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Vacío
El agua cayendo sobre el agua.
Sonido, ritmo, corazón musulmán.
Los ojos cerrados bajo el sol de Marraques.
¿La brisa?
No existe brisa.
Ni aire...
Luz, color, aroma de rosas,
olor del desierto.
Al fondo la voz seca, callada, del muecín.
Y el agua cayendo sobre el agua...
1.954… Aquella luz brillante, dorada. Aquellas interminables tardes de la plaza “Djemaa El Fna“, de paseos por sus puestos, por su gente extravagante, esperpéntica. Las terrazas escondidas de los cafés. Sus thés con menta.
Llegué a la ciudad en enero. Un día seco, frío y corto de enero. Pronto los días cambiaron y yo fui cambiando, creciendo, con ellos. Seis meses más tarde la abandoné: Cuando más la quería.
Durante los primeros días no salí del hotel de reyes. Algunos bajaba y paseaba por sus jardines suaves, perfectos. Un día decidí terminar con aquel retiro y adentrarme en la ciudad que intuí lejana, distante: pero no era ella. Durante tiempo vagué por sus calles, sus muros, bajo su sol, su cielo y sus estrellas. Conocí las entrañas de una ciudad de contrastes: Antigua y moderna; ruidosa y callada; rica, pobre; viva... Los extremos se tocaban en ella.
Una mañana comencé a mirarla, a leerla, y ella comenzó a ayudarme: El azúcar es más dulce en Marraqués.
Hasta los veinte años tuve un padre, después me encontré con otro. Ni mejor ni peor. Simplemente el padre de quien ya no era un niño. Quizá de un hombre. No sé. Necesitaba saber tantas cosas. La ciudad me ayudaba. Pero un día, cuando más la amaba, me sentí fuera. Aquel no era mi espacio, mi sitio. Me pregunté que hacía allí, y la abandoné. En menos de tres horas me fui. Tal vez para siempre.
No hay campanas en el mundo que suenen como las de Roma. A cada repique parece que te hablase el tiempo. Su sonido atravesaba la ciudad hasta mis oídos recogiendo el encanto de una existencia bañada al sol, respetada, acariciada, por cientos de años dulces, benévolos. Era el equilibrio perfecto entre una vida agitada, moderna, y la quietud de mármol de una historia que parecía no querer irse.
Con el tiempo uno deja de interrogarse. Necesitas descansar. Nada hay tan vicioso como la comodidad de una vida fácil.
Llevaba dos años viajando. Ciudades hermosas; hoteles de trato amable, de otra época; buenos coches; noches interminables; mujeres bellas... Algunos amaneceres, volviendo, paseando por la ciudad dormida, surgían las dudas. Mis dedos fuertes, jóvenes, exprimían mi cabeza sin saber que querían conseguir sacar de ella. Entonces algún amigo de meses o de días, o alguna mujer benévola que olía mi dinero, me arropaba. Solo así conseguía dormirme.
Navegaba hacia Barcelona. Había sido Roma, pero antes lo fueron Madrid, París, Marraqués... Sentado cómodamente en cubierta analizaba aquellos días de vino y rosas.
Vientos azules: Ahora más cálidos; más fuertes, mas fríos... Al fondo una estrecha línea era la tierra. Quizá encima estuviese el cielo.
Dicen del Paseo de Gracia que es la calle más bella de España. Gaudí se descuelga y te acompaña por una avenida ancha, luminosa. Cerca, Las Ramblas se engalanan, se gustan. El día de los libros y las rosas huelen a amor, a cariño, a pan con tomate, a colmados, a habaneras… Huelen a España. Porque todas las Españas están en Barcelona.
Una mañana paseaba por el puerto viejo. Hacía calor. Al rato me senté en una terraza. Miraba el mar en el puerto. La gente pasando, hablando, sonriendo. Miraba las palomas, las gaviotas, las cosas que agitaba el viento.
Junto a mí dos elegantes mujeres, diría que madre e hija, charlaban animosamente. Sobre su mesa, al lado del café, del cenicero, había un folleto de viaje que, la supuesta madre, empujó sin querer con el codo hasta tirarlo al suelo. Al ver lo ocurrido me levanté cortésmente y lo recogí.
-¡Perdonen! Se les ha caído esto.
-¡Muchas gracias! Es usted muy amable.
La portada del folleto era la fotografía de una calle. En ella se veía un tranvía en una pendiente empedrada con dos muchachos colgados de una de sus puertas. Encima tendales con ropa secando tapaban, en parte, la desconchada pared de una casa. Las letras impresas sobre la fotografía, decían
“No esta rota, es así.” LISBOA.
Viajar en coche por España es maravilloso. Y si se hace en Septiembre mucho más… La primavera es especial en todas partes. Sin embargo, solo algunos lugares te permiten disfrutar de los maduros dorados de un Septiembre cálido.
Entré en la ciudad cayendo la tarde. Cuantos millones de atardeceres habrá escondidos en este mundo. Quien lo sabe... Aquella grandiosidad me sobrecogió. La silueta de la ciudad y el viejo puente colgante respiraban, como fantasmas, bajo un sol disimulado, oculto. Es la unión del calor con el agua en la inmensidad del mar de paja.
Tenía razón el folleto. Lisboa no es italiana; no nos recuerda a cada paso donde estamos. Ni es París; no es tan perfecta. Sin embargo esta viva. ¡No su gente, sus animales, sus árboles! Eso, está más o menos vivo en todas partes. Es lo otro. Lo muerto. La piedra, la arcilla, el cristal… Lo muerto está vivo en Lisboa. Quizá esa sea su magia. Las paredes se humedecen, cambian sus colores, sus olores, comienzan a descascarillarse, se caen. Pero que importa. Un día se levantan más vitales que nunca porque están vivas. Eternamente vivas... Solo el cambio garantiza la vida.
Nada importa el dinero cuando lo tienes. Ni el tiempo. Sin embargo, este es irrecuperable. Muchos días imagine mi vuelta. Mi casa. Menuda frase. Mi casa... Me gustaría saber cuanto de ella soy yo y que mío tiene ella.
Dicen que la felicidad es la ausencia del sufrimiento, del miedo. Yo sufría pero no sabía por qué. ¿Cuáles eran mis miedos?
En dos horas se recorre Sintra, pero un día es poco para conocerla. Es como leer poesía. La puedes leer en un minuto, pero has de pararte en los rincones y dejar pasar el tiempo para comprender cada instante.
De vuelta en la ciudad cenaba en un pequeño restaurante del puerto. Algún pescado frito con ensalada y una botella de vino. Estaba cansado, pero, como siempre, tenía la esperanza de que sucediese algo. Después de cenar continué en la mesa. Jugaba con el mechero y los cigarrillos mientras fumaba y bebía una copa de Oporto. La luz cayó de pronto y apareció una mujer morena. Nunca había escuchado un fado, y no entendía su letra, pero me atravesó el alma.
A la mañana siguiente paseaba frente al mar desde Cascais a Estoril. El día amaneció espléndido pero a medida que caminaba se fue estropeando. Primero se levanto un viento raro que cambiaba de un lado a otro. Más tarde aparecieron las nubes: blancas, claras. Pero pronto cambiaron de color. Se oscureció el día, y comenzó a llover.
Iba ya a coger un taxi cuando, enfrente, vi a una chica delgada recogiendo a toda prisa las cuatro mesas de la terraza de un restaurante que se llamaba “La luz del Azul”. Tenía una pequeña fachada de piedra con una puerta verde de madera y una ventana redonda.
Crucé la calle y entré. Tras una barra barnizada de color madera un hombre de mediana edad miraba unos papeles. Tenía un cigarrillo sobre un cenicero y a cada poco se giraba y buscaba algo con la mirada como si estuviese haciendo un recuento.
- ¿Esta abierto?
- ¡Por ahora no! ¡Pero si quiere esperar! Es cuestión de diez minutos.
Asentí con un gesto.
- ¿Si lo desea le puedo ofrecer una bebida?
- ¡Gracias! ¡Cualquier cosa!
La chica no paraba de entrar con platos, copas, cubiertos, manteles. En uno de esos momentos me miró y me sonrió. Al rato el hombre desapareció, y ella, terminado su trabajo, se metió en la barra y comenzó a escurrir su pelo negro, a secarse la cara, las manos… En aquel momento le pedí a Dios que no tuviese que ver nada con él.
- ¿Qué significa el nombre? – Le pregunté -
- ¿Qué nombre?
- ¡La luz del Azul! – Continué -
- Es el nombre de un faro.
- ¡Ya!
Pero ella comprendió, no sé como, pero comprendió…
- La desembocadura del río en el océano formaba unos arenales muy peligrosos. En otra época fueron muchos los que perdieron sus vidas… Entonces, sobre una gran roca, se construyó un faro que avisaba del peligro del arenal. La roca se llama “La peña Azul”. Le pusieron ese nombre porque los pescadores, al volver de faenar, desescamaban en ella sus peces. La roca, con las escamas pegadas, brillaba a la luz del sol con destellos azulados.
Ahora, de tarde en tarde, escribo desde la distancia. Tengo la sensación de haber navegado por el mundo sin rumbo, sin puerto, de haberme agotado. Sin embargo, ya nada ronda sobre mi cabeza.
Las personas creemos tener miedo a la soledad. A estar solos. A sentirnos solos. Pero en realidad lo que tememos es, no tener a quien querer, y que nadie nos quiera. |