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Luis Iglesias Fouce



El pollito

 

Manolo, sofocado, la tumbó contra unas jaulas. Sus miradas se cruzaban ansiosas por continuar con lo que, desde hacía tiempo, era inevitable. La atmósfera era densa y húmeda como la paja fresca de la mañana. Sus besos de labios carnosos, de campo, de tazón de leche y pan de pueblo.

El culo de ella apretado contra una de aquellas jaulas enseñaba unas nalgas marcadas, rojas. Sus bragas pronto conquistadas, aliadas de la febril pasión contenida, entorpecían ahora, a mitad de camino, la rendición de un coño oloroso, caliente, acariciado por un índice anillado, peludo y tosco.

No tardó en caer el sitio: Las bragas desaparecieron entre el heno, y una verga triunfal se paseaba arriba y abajo entre vítores y aleluyas. La rendición, sin condiciones, era un hecho.

Luego, más tarde, se vestían apurados sin hablarse, sin mirarse. Quizá avergonzados, arrepentidos. Quizá no… Ella no encontraba un zapato. El se arrodilló para buscárselo.

- ¡Mira! ¡Pobrecillo!

Un polluelo recién nacido chillaba la desgracia de su patita rota.

- ¿Hemos sido nosotros? – Preguntó ella -

- ¡No te preocupes, mujer! ¡Ellos no sufren! Mira, mételo aquí, en esta otra jaula.

Acariciándolo lo acomodó dentro.

- Pobre “Peludito” con una patita rota. – Dijo -

 

Mirando de reojo las noticias, Teresa maldecía en silencio su suerte mientras ponía la mesa antes de cenar. << Que poco sabe la juventud. - pensaba - Que poco tiene que ver la vida con lo que imaginábamos entonces. >> Aquel burro, que ahora era su marido, la sacó a bailar dos veces en las fiestas del pueblo… La cogió con fuerza, con lo que a ella en aquel momento le pareció seguridad en si mismo, la apretó contra su pecho, y comenzó a girar sin dejar de mirarla luciendo aquella sonrisa burlona, efímera, falsa... ¡Y aquello fue todo! Enseguida unos cuantos besos ocultos en algún lugar del pueblo, sobre todo en el cine, y poco más. Pronto llegaría aquel “si” rotundo delante de Don Anselmo, que era como decirlo delante del Papa, de Dios, o Dios sabe de quien... De nada se había arrepentido más en la vida que de aquel “si” febril, casi infantil, casi irreal. Era como el que pierde una pierna con seis años de una manera tonta, sin saber muy bien por qué, y se muere cojo con ochenta. Así es la vida: un timo.

 

- ¿Por qué no está puesto el partido? – Preguntó, sin mirarla, sentándose a la mesa delante del televisor. -

- No sabía que había. ¿Quién juega? ¿El Madrid?

- ¡El Madrid! ¡El Madrid...! ¡A ti que cojones te importa quien juega! ¡Si no sabes nada de fútbol! Pues si que...

Teresa terminó de poner la mesa dejando una fuente con comida en el medio.

- ¡No jodas! ¡Pero si hay pollo! ¡Que raro!

- ¿Si no hay para más? – Contestó en silencio. –

- ¿Que no hay para más? ¡Ahorra cojones! ¡Ahorra! ¡Cómo hacen otras! ¡Pero ya se sabe…! ¡Tuve yo que dar con la burra! ¡Llegue tarde al reparto y me tocó la burra! ¡Vieja, fea, y burra!

Teresa rompió a llorar. Corrió los cinco metros escasos que separaban la mesa de su cama y se dejó caer en ella dolida, avergonzada, hundida. No podía más... Podía entender que no la quisiese, ella era poca cosa. ¡Pero que la dejase en paz! ¿Por qué la odiaba? ¿Por qué tanto hacerla sufrir? ¡Tanto meterse con ella! ¡Tanto avergonzarla! ¿Por qué?

Un gorgojeo raro, lejano, devolvió su oído a la realidad. Su mente, sin embargo, seguía sumida en sollozos de injusticia, que duelen más, y chillan más, que los de la propia tristeza.

Poco a poco un silencio inhabitual, extraño, de esos que te hacen sentir que ha sucedido algo, ocupó la casa. Entonces, inquieta, separó la cabeza de la colcha y permaneció inmóvil unos segundos...

Recelosa, de puntillas, se levantó agitada y caminó hacia la voz que salía del televisor. Su marido, petrificado, tenía la cara encima del plato de guiso de pollo.

Con las dos manos agarró su cabeza con fuerza y lo recostó contra la silla. Nunca había visto un muerto, pero sabía que él lo estaba. Cogió la servilleta y le limpió la cara. Después bajo un poco el sonido del televisor y telefoneó.

Recostada en el sillón esperaba tranquila, quieta. En realidad tendría que sentirse feliz. Pero tantos años de educación temerosa, servil y católica, no se lo permitieron. Estaba casada. Y aquel era su marido.

Al día siguiente la sensación de remordimiento era menor. Caminaba lentamente hacia el hospital pensando en su vida, por primera vez en su futuro.

Una vez en el hospital se sentó donde le mandaron y esperó hasta que un hombre con bata blanca se acercó a ella.

- ¡Lo siento muchísimo! ¡Realmente ha sido un caso de mala suerte! Una pata de pollo astillada se le clavó en la tráquea. La comida le hizo un tapón y murió ahogado en pocos segundos. Lo siento.

A ella se le humedecieron los ojos.

- ¡Pobre “Peludito”! - Dijo -



 

 



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· El descubrimiento
· La bella Susana
· Génesis
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· El pollito
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· Mi amigo el director del banco
· Hablando con él
· Coños
· Rosa Ángela
· Envejecer
· Su
· Educación y cultura

 


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