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Génesis
El padre Labat nos cambió la vida. No era el colegio Santiago Apóstol, los jesuitas de Vigo, lo pueblerino, lo provinciano; era la ciudad…
En 1974 Vigo era una ciudad paleta. Tenía ese complejo, esa vergüenza gallega de sentirse por debajo del resto de los ciudadanos del país. No era una cuestión de listos y tontos, era más bien una cuestión geográfica, costumbrista. De silencios, de no levantar la voz; de vivir en dos metros cuadrados. Uno puede tener la familia más aristocrática, más antigua y noble de la tierra, que si no se relaciona con otra gente, con otros mundos, siempre será un paleto. La suerte de vivir en determinadas ciudades es que, aunque Mahoma no valla a la montaña, la montaña va a Mahoma. Pero no en Galicia… Por aquí no pasaba nadie, y el gallego no podía salir a conocer. Salía a trabajar, con la cabeza baja, sin culpa.
El colegio podía considerarse como una excepción. Los jesuitas te mostraban un mundo universal, te enseñaban a pensar y hacían que te sintieses especial.
Naturalmente que había curas de campo, simples, silvestres. Pero cuando aparecía un jesuita de mundo, se te abría la mente a un universo desbordante y maravilloso: El padre Requejo, el Villamil, el Labat...
Este último venía de Castilla, no recuerdo bien de donde, creo que de Valladolid. Apareció en Septiembre como nuestro nuevo tutor con una maleta llena de optimismo, de ilusiones. Con él, a los trece años, estudiábamos geografía económica de los Estados Unidos y de la Unión Soviética. Nos explicó que en el mundo había dos bandos, que los dos eran buenos y malos, que debíamos estudiarlos y saber donde estábamos pues venían tiempos de cambio. No tenía tabúes de ningún tipo en una época llena de ellos.
Sin embargo, si algo seguro que recuerdan todos sus alumnos de aquella época, eran sus actividades extraescolares: Organizó un campeonato de fútbol en el que todos los alumnos del curso participaron. Cada pandilla tenía su equipo. Jugabas con tus amigos de verdad estuviesen en tu clase o no, jugasen bien o no. Al equipo le podías poner el nombre que te daba la gana, y todos tenían seis u ocho suplentes, lo que favorecía la asistencia de los que no sabían, o no querían, jugar. Llegado el día del partido se quedaban en el banquillo charlando, a veces animando. La mayoría solo jugaba si faltaba alguien. Pero hacían equipo: Si ganábamos nos alegrábamos todos; si perdíamos, por un momento, nos fastidiaba a todos...
Pero lo mejor de estas actividades, en las que el fútbol no pasaba de ser una anécdota, era que, con un horario antiguo, en el que salíamos a las siete de la tarde después de casi nueve horas de clase, funcionaban. Tus gustos, tus ilusiones, tus inquietudes, tu inconformismo, todo cabía en aquellos momentos mágicos en los que te dejaban ser tu mismo, elegir, volar... Aquel curso conocimos el deporte, el ajedrez, la lectura, la música. Pero también el compañerismo, la diversidad, la tolerancia, la opinión. Conocimos el mundo en el que vivíamos, y nos conocimos a nosotros mismos.
En los colegios grandes y antiguos siempre había enormes cuartos infrautilizados. En uno de ellos, realmente en un rincón, se guardaba el material deportivo: Camisetas, balones, alguna cuerda, un bombín y poco más… Recuerdo haber visto todo aquello en el suelo y al padre Labat mirando en silencio entre nosotros hasta que dijo: << Esta será la biblioteca. Ahora os suena como algo rollo. Pero un día os daréis cuenta de que la mejor forma de estar solo es con un libro en las manos. >> En pocos días aquello se llenó de estanterías que trepaban hasta el techo cargadas con todo tipo de literatura juvenil. Había desde “Tintines” hasta “Los Cinco”; “los siete secretos”; una colección magnifica de pequeñas novelas de guerra; otra de viajes; biografías: de deportistas, actores, escritores, en general de cualquier artista; enciclopedias juveniles; atlas; diccionarios... Después de leerlo, en la última página del libro, con un lápiz, escribías tu nombre. En cuanto había cinco o seis anotados el padre Labat los reunía para que hablasen sobre lo que habían leído. Solos. Sin nadie. Eran tertulias de niños de trece años en la que no había mentiras. Decíamos lo que pensábamos.
El otro cuarto que revoluciono, si cabe más, nuestras vidas, era en principio una capilla… Rodeando la iglesia grande del colegio había tres o cuatro capillas donde los curas decían sus obligadas misas a solas, prácticamente a oscuras; de espaldas... Conseguir que la mayor de ellas se desmontase para crear la primera sala de música que había tenido el colegio, seguro que no fue tarea fácil. Pero lo consiguió... Un día de Noviembre el padre Labat nos reunió a doce alumnos, los que él consideró, en base no sé a que, más representativos de las cuatro clases que formaban el curso, y nos llevo a comprar discos. Teníamos un presupuesto de quince mil pesetas, que nos permitía comprar unos tres discos a cada uno. El también compró alguno con dinero de su bolsillo: Uno de Paul Mauriat, otro de Ray Conniff, y dos de los Beatles. En poco tiempo nos hicimos con una buena colección. La gente traía los discos de su casa, los marcaba en una esquina poniendo su nombre en un papelito de esos que se pegan, y los dejaba allí para que todo el mundo pudiese escucharlos. También se hablaba de música. De los grupos del momento. Sobre todo de los ingleses y americanos.
Así fueron pasando los días, el tiempo, una época. Al año siguiente murió Franco, y un año más tarde, en aquella sala de música, sucedió algo que a muchos nos marcaría la vida... Un alumno apellidado Pérez Martínez, con el que no me unía una especial relación, dejó en la sala un disco en el que aparecía un árbol difuminado a lo lejos con unos pajaritos en sus ramas. El disco se llamaba Wind & Wuthering, y era de un grupo ingles llamado Génesis del que ya habíamos oído hablar, pero del que nunca habíamos escuchado nada. En un principio no nos gusto, pero enseguida nos dimos cuenta de que estábamos escuchando algo distinto, especial... El pequeño conocimiento que teníamos sobre la música nos decía que lo realmente bueno no te gusta las primeras veces que lo escuchas. Más tarde la vida te va enseñando que eso ocurre con casi todo. Uno debe estar dispuesto a “perder el tiempo”. A darle tiempo a las cosas para que consigan conquistarte, gustarte. Mi primera Coca Cola, por ejemplo, me supo a gloria. Sin embargo, recuerdo, durante no pocos días, haber bebido vino sin que me gustase. Hoy el vino, como muchas otras cosas, me parece algo que no te debes perder. La Coca Cola simplemente la combino, y no siempre, con un denso y suave ron añejo... Lo mismo ocurre con ciertas comidas, con el tabaco habano, con el deporte, con la música clásica, en general con todas las artes…
Génesis no se puede bailar. No repite siempre lo mismo. Es opera… Y la opera requiere que la mimes; que le seas fiel; que la escuches con todos tus sentidos… Con los ojos cerrados; con olores de otra época; con la garganta seca; con imaginación. Con mucha, imaginación.
Hoy la música se escucha mientras conduces, lees, bebes, paseas, bailas. Nosotros nos sentábamos medio tumbados en un viejo sofá de los que ya no tienen muelles y parece que estás sentado en el suelo y simplemente escuchábamos. Intentábamos seguir la melodía hasta que nos la sabíamos de memoria. Hasta que adivinábamos los cambios. Los giros.
En 1.970 los Beatles todavía tocaban juntos. En ese tiempo Peter Gabriel, Anthony Phillips, Anthony Banks, Michael Rutherford y John Mayhew, publican “Trespass”. Era otro mundo... De su música se podía decir de todo; de su ritmo; de sus voces; de sus cambios… Era una música infinita en la que uno podía oír lo que quería oír. Estar donde quería estar. Sentir lo que quería sentir... Sin embargo, si algo sobresalía en el grupo, era su fuerza. La fuerza de un mundo que no era el de los sesenta. Que era un cenit. La cima de una montaña...
“Nursery Cryme”, de 1971, continua a “Trespass”. Junto con “Foxtrot” 1972, “Selling England By The Pound” 1973, y “The Lamb Lies Down On Broadway” de 1974, forman la época dorada. Excepto en “Trespass“, el grupo quedaría formado por, Tony Banks, Michael Rutherford, Peter Gabriel, Steve Hackett y Phil Collins. |