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Luis Iglesias Fouce



La bella Susana

 

Cuando Emilio Barbero llegó a su casa, no se lo podía creer...

El siempre había sido, lo que llamaríamos, un pobre hombre: Bueno; con cara de despistado; algo tonto... Tenía esa cadencia, ese estilo, pulcro, atinado, suave, como el de algunos jesuitas en el colegio, que se paseaban con movimientos aterciopelados, entre gays, cursis y clericales. Su pelo te ponía nervioso. Era el pelo de un niño de siete años en un señor de treinta y siete. Del cuello de su camisa, arrogantemente planchado, abotonado hasta las últimas consecuencias, como si por él pudiesen escaparse algunas de las virtudes que le dijo tener su madre: ¡quien sino!, crecía un cráneo antiguo, pequeño, de jíbaro; de ratón. Nada que no tuviese escrito integral o con fibra podía entrar por su boca. ¡Como si su aspecto pudiese desmejorar!

Sin embargo, podríamos estar hablando horas sobre él que nada le definiría mejor que su propio coche. Aquel SEAT 124 de veintiséis años era su vivo retrato: Impecable, inmaculado, reluciente como el primer día, lo había heredado de su padre con está frase: << Si lo mantienes siempre limpio y aseado, como el pelo, las uñas y los zapatos, a pesar de tu aspecto llegarás a ser algo en la vida. >> ¡Que queréis que os diga! Era el típico coche que uno no puede mirar sin sentirse mal, descuidado, imperfecto, sucio.

Emilio Barbero cerró la sucursal del BSCH a las tres del mediodía. Como siempre, había declinado la invitación de sus compañeros para ir a tomar un vino: él, no bebía... Subió a su coche. En diez minutitos en casa. A esas horas no había tráfico.

Emilio Barbero era mediocre, previsible, previsor. Tenía más respuestas que preguntas. Incapaz de vivir sobre la marcha, regia su vida con orden y método. ¡Pero era feliz!

Durante el camino pensó en su suerte. ¡Suerte! Menuda palabra. Siempre había existido para todos menos para él: O al menos así lo creía, hasta que apareció Susana...

Susana era una de aquellas mujeres que no vivían en su mundo. A veces las veía, paseando por alguna de las calles del centro, o a través de los cristales de un gran coche, o entrando en una de las tiendas elegantes de la ciudad, pero nada más. Eran mujeres para las que no existían las colas, ni las pequeñeces, ni, por supuesto, él. Entonces... Ella era culta, inteligente, simpática. ¡Una mujer de mundo! Con un cuerpo que al verlo por primera vez en el supermercado, se la puso tan tiesa, que tubo que estar más de media hora haciendo meditación contra los botes de salsa de tomate, antes de poder darse la vuelta, avergonzado por el hinchazón. En una semana ya vivían juntos. Ahora llevaban otra de total y autentica dicha… Sin duda, pensaba, se debía a todas aquellas virtudes que tanto había escuchado a su madre y tanto le había costado cultivar. Seguro que aquella vida disciplinada, ordenada, basada en la tranquilidad y el sosiego, era muy apreciada por una mujer acostumbrada a otros ritmos. ¡Además, había otra cosa! ¡Algo, solo para escogidos! Hacía el amor como nadie...

Si. Susana se lo había dicho en multitud de ocasiones. Aunque en realidad no hacía falta: Se le notaba tanto… ¡Sentirle encima la derretía! ¡Tenía tal cantidad de orgasmos, espasmos…! En una ocasión incluso llegó a desmayarse. Al principio se asustó un poco. Pero luego, cuando abrió los ojos y con el rostro sudoroso le dijo, <<¡Ha sido el mejor polvo de mi vida!>> se sintió el hombre más feliz de la tierra. ¿Y por qué no?

 

Emilio Barbero entró en su casa y la puerta y la boca se le quedaron abiertas. ¡Todo había desaparecido! Y donde dice todo, quiere decir todo: hasta el mueble bar... De pronto recordó y miró hacia arriba. Un sudor frío le recorrió el cuerpo. Subió las escaleras de dos en dos hasta el dormitorio pero... Tampoco estaba. Su único cuadro. Su “Quesada” de dos millones de pesetas que aún pagaría religiosamente al banco durante tres años. En su lugar... ¡Oh Dios mío! Habían tenido el mal gusto de dejarle una fotografía en la que se veía a Susana, desnuda y sonriente, con un “pavo”, también desnudo y sonriente, encima. Sobre la foto se podía leer: <<¡Esto es follar, “pringao”!>> No solo le habían robado: Le habían hundido...

Salió de la casa. Andaba despacio. Sin darse cuenta se sentó en la acera.

- ¿Que ocurre? ¿Le pasa algo?

Era su vecina. Su casa estaba adosada a la de ella.

- Me han robado. – Dijo - Se lo han llevado todo.

- ¿Ha sido ella? – Preguntó -

- Sí.

Le cogió del brazo.

-¡Venga a mi casa! Llamaremos a la policía.

No era guapa, pero tenía una cara agradable.



 

 



  Obras de este autor

· Chapapote
· Pepe el suertudo
· El descubrimiento
· La bella Susana
· Génesis
· El cine
· El pollito
· Parole. Parole...
· Vacío
· Mi amigo el director del banco
· Hablando con él
· Coños
· Rosa Ángela
· Envejecer
· Su
· Educación y cultura

 


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