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Luis Iglesias Fouce



El descubrimiento

 

En 1.451 nace Isabel hermana de Enrique IV rey de Castilla. Ese mismo año a más de dos mil kilómetros, en Génova, uno de los personajes clave de la historia de la humanidad: Cristóbal Colón.

Dieciocho años después, la mañana del 19 de Octubre de 1.469, Colón navega hacia Túnez, se cree que al servicio del temido corsario francés Guillaume de Casenove, en lo que sería su primera gran travesía. En ese instante, en Valladolid, contraen sagrado matrimonio Isabel, hija de Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal, y Fernando, hijo de Juan II de Aragón y de Juana Enríquez, sin duda los más insignes monarcas de la historia de España.

En 1.476 Colón, al ser hundido su barco en extrañas circunstancias, llega a nado a la costa portuguesa. Ese mismo año se reúne en Lisboa con su hermano Bartolomé y contrae matrimonio con Filipa Moniz de Perestrello, de familia noble y afamada.

En 1.484 concibe la empresa de las Indias. Un año después presenta su proyecto en la corte de Portugal... El rey Juan II designa una comisión que estudia, y termina rechazando, el proyecto.

Su hermano Bartolomé lo presenta entonces en Inglaterra. Pero Enrique VIII también lo rechaza.

Desilusionado, y muerta su esposa, se traslada a España.

Acogido por los franciscanos del convento de La Rábida, cerca del puerto de Palos, es ayudado por el Fray Juan Pérez, prior del convento y exconfesor de la reina, que presenta su proyecto a la soberana.

Las deliberaciones en la corte española duran varios años y el proyecto es rechazado dos veces. Sin embargo Colón no pierde la esperanza… En esos años es mantenido por indicación expresa de la Corona.

El 23 de Mayo de 1.492 los vecinos de Palos fueron convocados en la iglesia de San Jorge donde se leyó la Orden Real: El pueblo de Palos era requerido para abastecer y armar dos carabelas a fin de que Colón pudiese ir donde los soberanos le enviaban. La Corona pagaría por adelantado cuatro meses de sueldo a las tripulaciones.

Se consiguieron, La Pinta, de Gómez Rascón y Cristóbal Quintero, y La Niña, de Juan Niño. Pero la gente no estaba ilusionada. Desconfiaban de un navegante extranjero y desconocido. De nuevo la ayuda de Fray Juan Pérez resulta definitiva: Se cita con Martín Alonso Yañez Pinzón y le convence para la causa.

Hijo mayor de una rica familia de Palos de larga tradición marinera y propietario de un barco con el que hacía frecuentes viajes comerciales junto a su hermano Vicente, era, sin duda, el armador y navegante más famoso de la zona. Cuando se propagó la noticia de que Martín Alonso iba a participar en el viaje como capitán de La Pinta y su hermano Vicente como capitán de La Niña muchos amigos y familiares se enrolaron inmediatamente.

El propio Martín Alonso es quien habla a Colón de la necesidad de incorporar una tercera nave que no fuese carabela, si no nao, dada la poca capacidad de carga de éstas. Se llamaba La Gallega y pertenecía a Juan de la Cosa. Más tarde sería rebautizada con el nombre de Santa María.

La tarde del 1 de Agosto se cerraban las últimas contrataciones.

 

Durante mucho tiempo, en Bayona, no hubo un niño más guapo que Luis Pérez García. Sin embargo, algunos años después, su pelo dorado, sus ojos verdes, su espléndida sonrisa y su cuerpo atlético, lejos de, como antaño, ayudarle, no le creaban más que problemas. A las mujeres del pueblo se las tenía ganadas, pues además de guapo era encantador. Pero con los hombres, ya era otro cantar.

La tarde del 8 de Mayo de 1.492 Colón llegaba a Palos... La reina Isabel, la mujer más poderosa del mundo, paseaba por los jardines de palacio ilusionada con la aventura de aquel apuesto navegante genovés... En la pequeña aldea de Bayona otra Isabel lloraba al leer la nota de su amante en la que le comunicaba que no acudiría a su cita esa noche: Luis Pérez García, tenía otro plan... Al salir del monasterio, donde su padre le había obligado a trabajar haciendo panes y postres en la cocina para que, al tener que madrugar, respetase las noches de las mujeres del pueblo, una manzana roja apareció ante la puerta. Aquella era la señal de la mejor de sus amantes. Una mujer portuguesa bellísima que solo poseía un defecto: Ser la esposa del temido Conde de Gondomar. Uno de los personajes más oscuros de la historia de Galicia.

El conde había ido a casa de su primo, el obispo de Tuy, y pasaría la noche fuera. A eso de las diez y media de la noche una sirvienta de confianza de su señora abría la puerta de un pasadizo que desde una de las bodegas del pazo comunicaba con el exterior de la muralla. Con sigilo subían luego tras la temblorosa luz de una vela las frías y mudas escaleras que conducían al cuarto donde su amada, Clara Seiría da Gama, le esperaba frente al fuego de una poderosa chimenea.

Por la mañana solo el recuerdo de aquella noche inmortal mantenía despierto al dichoso joven amante. Unos pasos lejanos hicieron que levantase la cabeza de su trabajo en la masa fofa. Las suaves palabras del fraile encargado de la portería dieron vuelco a su corazón: Había ido a verle.

Luis Pérez García siguió al fraile hasta un cuarto contiguo a la portería. Una vez a solas su amada corrió hacia él asustada.

-¡Debéis marcharos, amor mío! – Dijo ella - ¡El conde lo sabe todo!

-No le temo. – Contestó templado - Teme el que posee. Y yo, solo poseo la vida.

-¡Y mi amor! – Dijo ella. –

-¡Y el mío! – Dijo él. - Pero nuestro amor no perecerá. Aunque yo muera.

-¡Ni un instante seguiré viva sin vos!

-¡No digáis eso! – Abrazo -

-De sobra es conocida la cólera del Conde. Ira a por vos. – Silencio -

-¿Que queréis que haga?

-Quiero que toméis el caballo en el que he venido y no descanséis hasta llegar a Braga. Preguntad allí por la Quinta de las Cuatro Fuentes, donde encontrareis a mi hermana Isabel, a la que daréis esta carta. ¡Os suplico, amor mío, que obedezcáis en lo que os mande! – Abrazo y silencio –

-¡Debéis partir! Tomad este dinero. ¡Quiera el cielo que algún día volvamos a vernos!

Poco se sabe de su encuentro con Isabel en Braga. Tan solo que le instó para que fuese a Lisboa y entrase al servicio de un noble portugués amigo de la familia.

Se cree que fue una mañana en el viejo mercado “Da Pescada” de Lisboa, algunas semanas más tarde, donde escuchó hablar de un fabuloso viaje que un navegante genovés iba a realizar a las Indias en nombre de los reyes de España. Poco tardó en averiguar ciertos pormenores que le fascinaron. Un día, tras despedirse cortésmente del noble capitalino, partió hacia Palos para embarcarse en la más colosal aventura que el hombre había concebido.

 

Durante toda su vida recordaría aquella imagen del 1 de Agosto… La Pinta amarrada en el puerto. La Niña y La Santa María fondeadas al fondo sobre un mar de espejo. Ni una brisa, ni un viento, solo un calor machacón y pegajoso.

Frente al barco un hombre repasaba una lista y seguía con la mirada, y alguna que otras voces, el pertrecho.

-¡No! ¡Esos barriles a la bodega de popa! ¡Y bien distribuidos!

Era Francisco Martín Pinzón, maestre de La Pinta. Al cabo de un rato de ver a aquel joven tan distinto e inquieto por allí, se dirigió a él.

-¡Eh, muchacho! ¡Sí, tu! – Le dijo - ¿Quieres algo?

-¡No, gracias señor! – Contestó algo tímido –

-¿De donde eres? – Le preguntó –

-De Bayona ¡Gallego! – Contestó –

-No tienes pinta de marinero.

-No lo soy, señor.

-¡Que lastima, es lo único que se necesita! Faltan dos o tres marineros para la Capitana.- Le dijo - ¡Bueno, y un cocinero para La Pinta! – Continuó - Pero no tienes cara de cocinero.

En aquel instante Luis Pérez García sintió pasar la oportunidad por delante de sus narices. << El pan hay que cogerlo cuando pasa el panadero. >> - Pensó –

-Seguramente no, señor. ¡Pero lo soy! ¡Y bueno! – Continuó envalentonado –

Francisco Martín Pinzón le miró sorprendido. Sin embargo, dijo:

-Ven conmigo.

Comenzaron a caminar.

-¿A donde vamos?

-A ver al capitán. ¡El mejor navegante del mundo! Mi hermano. – Sonrió - El es quien hace las contrataciones.

Martín Alonso Pinzón era mayor que Francisco. Tendría unos cincuenta años. Su tez morena, curtida por el mar y el viento. Su gesto serio, duro; aún rebelde. Mandón.

-¡Te traigo un cocinero! – Dijo Francisco - ¡Al menos es lo que él dice!

-¿Lo eres? – Preguntó mirándole a los ojos -

-¡Lo soy, señor!

-¿Por qué eres tan rubio?

-¡No lo sé, señor! Mi madre lo es. En mi pueblo lo somos muchos.(*1)

-¡Bien! Llevamos trigo, harina, carne y sardinas en salazón, queso, ajos, pasas, aceite… ¿Que sabes hacer con esto?

Luis Pérez García reflexiono un momento.

Pan, bollos… Carne con migas y ajos; sardinas en aceite; carne dulce con harina y pasas… Se freír, cocer, asar…

-Parece que conoces la cocina. – Dijo Martín Alonso - Pero piensa que tendrás una gran responsabilidad en este viaje. ¡Donde hay hambre, no hay contento!

 

Que lanza es el amor juvenil. Que torrente de fuerza que lo arrasa todo; que lo lleva todo. Pero que efímero... A los veinte los sentimientos vienen y van como el viento rola en las velas. Se odia con locura. Se quiere con pasión. Se sufre con desgarro... Sin embargo, todo pasa a la mañana siguiente; o esa misma noche; o esa tarde calurosa lejos de casa... La juventud siempre encuentra refugio. Siempre hay alguien dispuesto a refugiarse en ella.

 

Luis Pérez García se despertó mojado, sudando, entre las sabanas de una mujer de ojos y pelo negros y piel aceitunada. Que lejos quedaba su pueblo. Su amada, Clara Seiría da Gama...

Francisco Martín Pinzón dirigía la maniobra desde el puerto. Junto a la pasarela de subida a la nave repartía puestos y obligaciones a los que iban llegando. Tres horas más tarde navegaban en redondo esperando a la Santa María, que no levó anclas hasta las doce, por lo que la primera noche la pasaron fondeados frente al puerto con las tripulaciones completas.

A las seis de la mañana del 3 de Agosto de 1.492, con las tripulaciones confesadas y comulgadas, partían del puerto de Palos rumbo sudoeste...

Los dieciocho días que tardaron en llegar a las Canarias fueron tranquilos. Navegaban en mar conocido, cosa que tranquilizaba a las tripulaciones.

Un día, ya a finales de Septiembre, amanecieron en una desesperante encalmada. Unas salves de la Capitana tronaron en el cielo. Al levantarse el viento los barcos se acercaron unos a otros.

De las dos carabelas descendieron unos botes. Al de La Pinta subieron, Martín Alonso Pinzón, Su hermano Francisco, y dos marineros para el remo. No se sabe de qué les habló Colón, pero desde aquel día cambiaron los gestos a bordo. La preocupación y la angustia vencieron al entusiasmo y al método. Hasta la intensidad y el tono de voz cambiaron en los barcos: Comenzó el cuchicheo…

El 6 de Octubre, gracias al apoyo de los hermanos Pinzón, Colón logra apaciguar los ánimos en un primer motín. Sin embargo, tres días más tarde, habiendo fallado todos sus cálculos, los hermanos creyeron lo más justo permanecer al lado de la marinería. Por ello, dieron un ultimátum al almirante: Tres días con el mismo rumbo para arribar a alguna parte.

 

La suerte es, sin duda, el mayor freno a nuestra arrogancia. El mejor indicador de lo que somos: Poca cosa...

Dieciséis años atrás Colón llegaba a nado a la costa portuguesa. Su barco, su primer barco, había sido hundido por su propia “mercancía”: unos cuarenta africanos que llevaba a Lisboa para vender como esclavos... Sus ojos juveniles vieron incrédulos como aquellos hombres prefirieron morir. Agotado y enfermo fue encontrado por unos pescadores. Después, tuvo días de recuperación y de reflexión. Y pensó en su suerte: No la había buscado, pero la había encontrado. La vida, le daba otra oportunidad...

 

A las dos de la madrugada del 12 de Octubre de 1.492, el vigía de La Pinta, Rodrigo de Triana, en realidad Juan Rodríguez Bermejo, divisó tierra. Unas horas más tarde ponían pie en la playa de una pequeña isla de Las Lucayas (Bahamas) cuyo nombre indígena era Guanahaní, y a la que Colón bautizo con el nombre de San Salvador.

Los indígenas del lugar se mostraron amistosos. Colón les regalaba todo aquello que parecía sorprenderles, en general cosas de poco valor. Dos días después se ordenó el zarpe para seguir explorando.

El 12 de Noviembre llegaron a una gran isla a la que llamaron La Española. (Haití – Republica Dominicana) Allí encontraron la mayor comunidad y se produjo el mayor trueque entre indígenas y españoles.

Era maravilloso contemplar como quince siglos de miedos, de represiones, de oscuridad, se desmoronaban como un castillo de naipes ante la sencillez de lo natural, ante la verdad desnuda de un gesto, de una caricia, de una sonrisa... Por supuesto que había, ante el asombro indígena, quien se comportaba de manera indigna, aprovechada, a veces cruel. Pero también, como Luis Pérez García, quien vivía las inhibiciones de las nativas como una cosa más dentro de un paraíso, de una apabullante ostentación de la naturaleza.

Cuando el 21 de Noviembre, tras una fuerte discusión con Colón, Martín Alonso Pinzón se separa del almirante y ordena embarcar, una joven nativa llamada Gunaí despide al apuesto cocinero de La Pinta sin una lágrima, sin un pesar. En su cara solo la sonrisa por haber compartido unos días, unas noches, el silencio, la paz.

Durante días navegaron entre islas cada vez más bellas. Pero las ciudades descritas por Colón no aparecían por ninguna parte.

El 6 de Enero en la bahía de Samaná, al nordeste de La Española, los capitanes vuelven a encontrarse. A Colón se le ve cansado, de alguna forma desilusionado. En aquel mes y medio de separación había ordenado levantar un fuerte al que llamó Navidad. Pero para desgracia de todos, la noche del 24 de Diciembre, perdió a La Santa María, después de que esta encallase sin que pudiese ser rescatada.

 

Los últimos días que Luis Pérez García pasó junto a Gunaí la sombra de la despedida segura y eterna aumentaba el romanticismo de sus miradas, de sus sonrisas, de sus caricias, de sus deseos. Los sentimientos se dilataban en el silencio. Las sensaciones se multiplicaban en momentos mudos. Sin palabras... Nunca dos mundos habían estado tan cerca.

El 16 de Enero, después de despedirse de los treinta y nueve hombres que se quedaban en el fuerte con la orden de reunir la mayor cantidad de oro posible, se emprendió el regreso.

La Niña, capitaneada por Colón, y La Pinta, navegaron juntas hasta cerca de las Azores, donde una tormenta separó a las embarcaciones.

El 2 de Marzo de 1.493 La Pinta llegó a Bayona antes de que Colón lo hubiese hecho a Lisboa.

Martín Alonso envió un informe a los Reyes Católicos y partió hacia Palos gravemente enfermo. Logró llegar a su pueblo natal. Pero el 31 de Marzo, en el monasterio de La Rábida, murió aquejado de una extraña enfermedad: La sífilis.

 

Habían pasado muchos meses. Sin embargo, además de la propia alegría, cierto recelo acompañaba a Luis Pérez García hacia su hogar. Su madre fue la primera en advertirlo.

-¡No temas! – Le dijo - Una mañana, antes de San Mateo, apareció muerto en su cama.

-¿Y ella? – Preguntó –

-Ella cerró el pazo y se fue. Dicen que vive en Braga.

Luis Pérez García relató su aventura ante sus padres, su hermana, un tío, dos sobrinos y el abuelo materno.

Su madre mandó a la niña a comprar un buen pescado, y no poco vino, para celebrar la triunfal bienvenida.

-¡Cocinaré yo! – Dijo él - Llevo mucho tiempo haciéndolo para los hombres. Hoy agradeceré hacerlo para mí familia.

Vuelta la niña juntó a todos frente al fogón.

-¡Mirad! Esto se llama batata.

 

Los españoles descubrieron el age: Tubérculo rico en azúcar y almidón llamado generalmente batata. Se consumió en España y en Europa hasta el siglo XVII, cuando Pizarro trae de los Andes la “papa quechua”. Más tarde se le cambiaría el nombre, pues parecía irreverente, en ciertos círculos, su parecido con el del Santo Padre. Había despertado al mundo uno de los alimentos más importantes: La patata.

 

-¿Qué es este polvo rojo? – Preguntó su madre –

-Es una especie que consiguen al moler unos vegetales rojos que previamente han secado durante meses al sol. Le llamo pimentón.

Ante la atenta mirada de todos puso al fuego agua de mar mezclada con agua dulce. Cuando comenzó a hervir metió en ella la batata pelada y troceada y unos minutos después la merluza. Más tarde peló unos dientes de ajo que dejó en una sartén para ponerlos al fuego. Entonces, de lo más profundo de su equipaje, sacó una garrafa pequeña y dijo: << Esto es aceite de oliva. Viene del sur, no de Las Indias. Es alimento de reyes. >> Y comenzó a verterlo en la sartén sobre los ajos.

Cuando todo se había hecho puso la merluza en una fuente y la rodeó con las batatas. Retiró del fuego la sartén y esparció sobre aquellos ajos fritos el pimentón, mezclándolo todo con una cuchara de madera. Para finalizar roció con toda aquella salsa rojiza la merluza y las batatas.

-¡A comer! – Chilló –

Se sentaron a la mesa y comieron y bebieron con alegría. Finalizando la comida su abuelo, mirando hacia el plato a aquel tubérculo desconocido, preguntó:

-¿Cómo se llamaba esto?

-¡Batata, abuelo! ¡Batata! – Le contestó Luis Pérez García-

-¡Carallo! Merluza con batata a la Gallega. ¡Isto si que e un descubrimento!(*2)

 

(*1) Los pueblos costeros del sur de Galicia eran visitados tradicionalmente por navíos nórdicos. Desde el siglo VI se tiene indicios de ciertas oleadas que, sin duda, dejaron algo más que arenques ahumados.

(*2) ( En gallego, en el original )



 

 



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