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Pepe el suertudo
Los sábados nos reuníamos en “La Termita”, un conocido restaurante de la parte vieja de la ciudad. Su dueño Jacinto, siempre en la barra de la entrada con pinta de bodeguero refinado, lo regentaba desde hacía más de veinte años. Era un sitio casero, informal, cómodo y no exento de calidad.
En la parte trasera unas ruidosas escaleras de madera te subían hasta un cuarto que había sobre el almacén. Allí, después de comer, sobre las cuatro, se jugaba una partida de póquer en una mesa redonda de ocho jugadores. Póquer abierto: cinco cartas en la mesa y dos en la mano. La apertura era de mil pesetas, comenzabas con cincuenta mil de caja. Normalmente ganaba uno, a lo sumo dos, lo que perdía el resto. El día que ganabas eras el más listo, un fenómeno. Escucharías que habías tenido suerte, pero tu pensarías que no, que habías jugado bien. Tener suerte no se valoraba. Lo que se valoraba era vencerla. En el fondo, no dejábamos de ser una pandilla de arrogantes.
José Suances Salgueiro, o lo que es lo mismo, Pepe el Suertudo, era la excepción. Sin lugar a dudas la persona más especial que he conocido. Parecía que la vida lo respetaba, que compartía sus secretos con él. Su mente clara, sencilla <<Que no te engañe tu inteligencia, decía, la vida es suerte.>> <<Queréis jugar con vuestras reglas, pero ella, tiene las suyas.>>
Había nacido en un barrio del puerto. Su padre era jefe de estibadores. Su madre hacia las mareas de la navaja, la almeja y el berberecho. Sus abuelos, no sabían leer... A los doce años le dieron trescientas pesetas, al comenzar el curso, para material escolar. Dos grandes libretas de anillas, una goma, un sacapuntas, dos lápices y un bolígrafo, le costaron ciento cincuenta. Con la otra mitad hizo una quiniela y compró un billete de lotería. Ese sábado le toco el billete: dos millones de pesetas. El Domingo la quiniela: dieciséis millones… Su padre no podía creérselo. Rebosaba alegría. Su madre también, pero se asustó un poco << ¡Demasiada suerte! >> - dijo. –
Por supuesto les cambio la vida. Salieron del barrio hacia otro mejor, más alto, menos húmedo. Se compraron un piso, un coche... Al niño le cambiaron de colegio y le regalaron la mejor bicicleta que un mocoso de doce años podía tener. No volvió a jugar. No quiso. Pero a partir de entonces si deseaba algo lo conseguía, le tocaba, lo tenía. En los exámenes “caían” sus preguntas. Si miraba a una chica, esta se sentía atraída por él.
Cuando cumplió dieciocho años sus amigos le hicieron una fiesta y le llevaron al casino. No pudo negarse. Jugó lo que le duraron el gin-tonic y el primer habano de su vida. Ganó un millón y medio, y el nueve, su número, salió cuatro veces seguidas. Pero no volvió.
Con nosotros jugaba al póquer una vez al año. El primer sábado de octubre, sin que sirviese de precedente, jugábamos nueve en la mesa. Primero nos invitaba a comer. Luego nos limpiaba todo, a todos. Lo curioso, es que apenas sabía jugar. Y lo más curioso, es que el resto del año creíamos que había que saber hacerlo.
El domingo veintidós de marzo hacía un día precioso. A las dos y media del mediodía me encontraba con Pepe el Suertudo y tres amigos más en “La Piedra”, concretamente en el mercado de las ostras, que bullía salpicado de “guiris” descoloridos, casi todos en pantalón corto, que se acercaban a ver, preguntar, y no probar.
El “Canberra”, uno de los mayores trasatlánticos del mundo, había entrado de madrugada. Estos buques suelen permanecer en puerto menos de veinticuatro horas. Entran a primera hora de la mañana y parten sobre las cinco o seis de la tarde: ¡Guiris!
El segundo oficial de puente parecía dubitativo. La joven, de muy buen ver, que había coqueteado con él durante la cena del día anterior, no tendría más de diecisiete años. << Ahora estará paseando con sus padres por la ciudad, pensó. Hará algunas compras, se lucirá delante de los lugareños... >>
Pero el segundo oficial de puente estaba equivocado. Ella esperó inteligentemente a que todos desembarcasen: Un sobre-interpretado malestar de estomago convenció, sin embargo, a sus padres, que desolados la dejaban a bordo. Ahora no había que tener prisas. Simplemente aguardar a que en el puente, solo estuviese él.
- ¡Hola! – Dijo ella. -
- ¿Qué haces aquí? – Contesto él. –
Eso fue todo. Realmente la chiquilla no necesitaba que la convenciesen. Tras una rasgada mirada de puro vicio se abalanzó sobre él, le rodeo con sus brazos y le beso voluptuosamente. Sus mejillas marcaban abombadas la posición de sus lenguas ágiles, desenfrenadas, jóvenes. Al poco estaban metidos en faena: El con el pantalón y los calzoncillos por los tobillos haciendo el pingüino. Ella con las nalgas sobre la plancha de bordo del puente de uno de los mayores trasatlánticos del mundo. ¡Las bragas, Dios sabe donde! El pudor y la vergüenza, habían desembarcado. En el puente del “Canberra”, reinaba el desenfreno.
Una de las múltiples posturas, de las innumerables posiciones, postro la espalda de la chica sobre algunos mecanismos del puente. La sirena de uno de los mayores trasatlánticos del mundo sonó de pronto por toda la ciudad.
En aquel instante una gaviota volaba justo sobre la vertical de Pepe el Suertudo. Asustada por el sonido dejó escapar su sucia marca. Naturalmente, Pepe intuyó la cagada: Levantó la cabeza y, por primera vez en su vida, sonrió arrogante mientras daba un pasito hacia atrás para esquivarla. Al apoyar su segundo pie en el suelo pisó una ostra, a medio masticar, que un ingles cincuentón había escupido en la calle... ¡Joder!, fue lo último que dijo Pepe el Suertudo mientras caía hacia atrás dándose contra la esquina de la mesa de mármol de la ostrera en la nuca.
A la mañana siguiente la partida del sábado de “La Termita”, en pleno, nos encontrábamos en el cementerio de la ciudad despidiendo a José Suances Salgueiro. Sin duda, un hombre tocado por la fortuna. Pepe, el Suertudo. |