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Su
“Si eres totalmente feliz, esta, no es tu página. Si el mundo te parece bien, tu país te parece bien, tu vida te parece bien, esta, no es tu página. Si tu universo es localista: tu casa, tu chico o tu chica, tus amigos, tus problemas, esta, no es tu página. Si tienes más respuestas que preguntas, esta, no es tu página. Si te conformas, no buscas, no crees, esta, no es tu página... ”
-¿Qué pretende la organización no gubernamental “SU”?
-Conseguir ayudas, fundamentalmente económicas, para los países, las regiones o las zonas, menos favorecidas de la tierra.
-Eso ya lo intentan otras muchas organizaciones. ¿Qué tiene esta de distinto?
-Las diferencias básicas son dos: La primera es que en “SU” no pedimos bienes: ni dinero ni cosas. La segunda es que las consecuencias que perseguimos no son, en si, el fin que pretendemos. Veámoslo con mayor detenimiento.
PRIMERA DIFERENCIA
Si hoy en día parásemos a cualquier ciudadano por la calle y le preguntásemos: ¿Qué es lo que tienes de más valor cuantificable en dinero? Nos hablaría de su casa, su coche, su trabajo, dinero, acciones... ¿Pero y si le preguntásemos a un gran número de personas? ¡A un gran grupo con una sola voz! ¿Creéis que variaría la respuesta en función de si tratamos con una sola persona o con un gran grupo?
Hace muchos años lo que tuviese de valor un grupo coincidiría con la suma de lo que tuviesen individualmente. Hoy no.
Desde la caída del muro de Berlín la teoría económica imperante en prácticamente la totalidad del mundo, es la capitalista. Y el eje central de esta, el libre mercado. La fórmula para conseguir que un producto sea más barato y de mejor calidad, es que lo fabrique quien quiera. ¡Cuantos más mejor! De esta forma quien pretenda vender tendrá que intentar que sus productos sean los de mejor calidad y mejor precio. Si no lo logra uno, lo hará otro. Los consumidores nos beneficiaremos de la competencia entre fabricantes de un mismo producto.
Hasta aquí todo parece fácil, claro. Sin embargo la propia esencia del libre mercado provoca la existencia de una gran variedad de marcas de un mismo producto. ¿Cómo sé cual es el más barato? ¿El de mejor calidad? ¿Y donde lo encuentro? Para contestar a estas preguntas nace la publicidad. No solo tengo que fabricar mi producto barato y bueno, sino que tengo que convencerte de ello para poder vendértelo.
A primera vista esto no parece un problema. Pero si reflexionamos un poco veremos que, no solamente lo es, sino que echa por tierra toda la teoría capitalista del libre mercado.
Alguien crea, produce algo. Producir ese algo le cuesta 100 y el mercado le dice que puede venderlo por 150, ganando 50, que es lo que él quiere. Sin embargo, son muchos los que fabrican ese tipo de producto, y él, para poder venderlo, quiere dar a conocer el suyo: Lo que cuesta; las mejoras que ha introducido en él; su calidad; donde encontrarlo... Pero esto tiene un coste, en muchas ocasiones, sobre todo si hablamos de productos finales, superior al del propio producto. La ventaja de calidad y precio que me ha proporcionado la competencia entre todos los fabricantes no cubre el coste derivado precisamente de esa competencia, el de convencer al consumidor final de que ese producto es distinto, mejor y más barato, que el resto.
¿Qué quiere decir esto? Principalmente dos cosas. Primero: Que la publicidad, absolutamente necesaria si se quiere, en un mundo capitalista, hacer llegar un producto al cliente final, encarece tanto dicho producto que convierte en incierto el eje central del libre mercado. El producto no es de mejor calidad ni tiene mejor precio por estar libre en el mercado. Una producción única abarataría el precio del producto final salvo que ese producto lo quisiésemos introducir en un mercado libre. Solo entonces tendría que jugar el juego de todos, pagar el canon, el impuesto que le permitiese llegar a la gente: La publicidad... Segundo: Que nuestro bien más preciado como grupo es nuestra voluntad conjunta porque… ¿Qué es la publicidad? La publicidad es el intento de comprar, de dirigir, nuestra voluntad hacia un producto. Es el mayor inhibidor de la libertad de todos los tiempos. Mucho mayor que cualquier dictador o sistema político de la historia. Lo que ocurre es que su esclavitud es velada, de esa de la que no te puedes quejar porque es legal, incluso, para muchos, moral. El truco es hacerte creer libre porque, en lugar de entre una o dos, puedes escoger entre trescientas cosas. ¿Pero es real esa libertad? ¡Preguntad a los grandes del marketing si realmente escogemos lo que de verdad queremos!
Sin embargo, el sistema genera un fallo. Después de muchos años de libre mercado las diferencias entre productos de una misma clase son mínimas. La diferencia es una idea, una sensación que nos venden, no una realidad. No nos debería importar comprar, consumir, unos u otros. Pensemos en algunos: ¡Que más nos da consumir una leche u otra! ¡Una botella de agua u otra! ¡Una marca de pasta u otra! ¡Una marca deportiva, o de ropa, u otra! ¡Trabajar con un banco o con otro! ¡Con un seguro o con otro! Las calidades son tan parecidas, los márgenes tan cercanos, que prácticamente nos da lo mismo.
La publicidad trata de buscar, de inventar, diferencias que en realidad no existen. Gracias a ella ciertos productos han ido creciendo, haciéndose conocidos en el mundo entero. Las empresas que los fabrican han ido comprando a sus competidores, o se han unido a ellos, hasta convertirse en verdaderos gigantes, con patrimonios y presupuestos mayores a los de muchos países. Así nacen las multinacionales. Cuanto mayores son, más invierten en comprar, en dirigir, nuestra voluntad. Y cuanto más lo consiguen, mayores son. De aquí, nuestra respuesta a la primera pregunta: La voluntad de muchas, de millones de personas unidas, es, sin duda, lo que tienen, lo que tenemos, de más valor.
Entonces tenemos, por un lado, que nuestra voluntad, que nuestro poder de decisión como grupo unido, vale miles de millones: puesto que a las grandes marcas, dirigir, comprar, nuestra voluntad, le cuesta miles de millones. Por otro, que en realidad nos dan lo mismo unos productos que otros, unas marcas que otras, puesto que hoy en día las diferencias entre ellos, generadas por el propio sistema, son mínimas.
Imaginaros que alguien os cuenta: << En un lugar del Chad, existe una enorme sequía desde hace treinta años. La gente muere, pueblos enteros desaparecen porque no tienen que comer ni que beber. Para terminar con todo esto hay un plan, un estudio de regadíos, de nuevas agriculturas, de hospitales, de escuelas, que cuesta unos 100 millones de Euros. Sin embargo, para conseguirlos, no os daremos un número de cuenta para que metáis vuestro dinero, bastará simplemente, con que durante un periodo de tiempo consumamos... “Coca Cola”, como refresco de cola. Leche “Pascual”, como leche. “Solares”, como agua mineral. Etc... Nos reuniremos con las distintas marcas y les diremos: Señores, somos una voluntad unida de más de 10 millones de personas, demostrable en correos, llamadas, firmas, mensajes, etc, y tenemos la siguiente propuesta: Sin que ustedes se anuncien, sin que inviertan un solo duro en publicidad, nosotros vamos a consumir sus productos durante un periodo de tiempo. A cambio ustedes aportaran a dicha causa en dinero o productos lo que se iban a gastar en publicidad. ¿Quién se pondrá en contra de lo que considera justo, de lo que quiere, una gran masa social? ¡Nadie se atreve a decir “No” a una mayoría que compra! >>
SEGUNDA DIFERENCIA
El dinero que nos cuesta la publicidad, millones y millones en todo el mundo, nada tiene que ver con el coste de producir, de crear, un producto. Sencillamente es el precio que pagamos por dirigir la voluntad de unos cuantos hacia donde queremos. Demasiado, para un mundo todavía lleno de hambre, frío, enfermedades, analfabetismo... Sinceramente no creo que sea algo que nos podamos permitir.
Hace ya muchos años, un señor llamado Ernest Hemingway, dijo que las personas no éramos como islas. Que todos formamos parte de un continente. Que no preguntásemos por quien doblan las campanas porque siempre doblan por todos y cada uno de nosotros...
El pensador y poeta hindú, Hasih Babasí, salió por primera vez de la India a los sesenta años. Viajo desde Bombay a Londres para pasar quince días. Se quedó viajando por Europa seis meses... Al regresar a su país, fue preguntado por el viaje y por la tardanza en la vuelta. << Occidente, Europa, es fascinante. – Contestó – La humanidad está caminando, desde el principio de los tiempos, en continua evolución hacia un todo común. En Europa no comprenden su desazón, su infelicidad. Tratan de ganar dinero para pasarse una vida ociosa: Viajar, comer, beber, jugar al golf... Responden con ello a que la vida, dicen, no tiene mucho sentido. Sin embargo, las preguntas debemos hacérnoslas en las dos direcciones... Precisamente porque te la pasas jugando al golf, es por lo que no tiene sentido. >>
La mayoría de los ciudadanos, en Europa, no son conscientes de que su pensamiento ha llegado, después de miles de años, a ese todo común. Ya no son islas. Ahora son personas. Y las personas debemos aceptar lo que somos. Si algo no nos gusta, si con algo no estamos de acuerdo, no podemos esconderlo en un rincón, olvidarlo, diluirlo en un día a día rutinario y conformista. Si hay sufrimiento, no podemos ser felices. Si hay miseria, no podemos ser felices. Si hay injusticia, no podemos ser felices... Ya no podemos mirar hacia otro lado. No podemos negar este sentimiento de universalidad. Las personas, no podemos ser felices en un mundo que no lo es. Por ello, debemos unirnos y empezar a cambiar el mundo porque, no somos muchos: “Somos Uno” |