Quι es Estandarte | Sugerencias | Política de privacidad | Nos recomiendan | Boletín gratuito
  LEER
 · Poesía
 · Relato
 · Novela
 · Ensayo
 · Teatro
 · Tesis
 
  CRÍTICA
  CONCURSOS
 · Regalos y sorteos
 · Certámenes
 · Nuestro patrocinio
 
  PUBLICAR
 · Formulario
 · Tarifas
 
  RECURSOS
 · Enlaces
 · Guía de editores
 · Propiedad intelectual
 · Otros
 
  TIENDA LIBROS
  FOROS
  BOLETÍN
 · Altas y bajas
 · Últimos boletines
 
  PARA EDITORES
  PUBLICIDAD
 · Tarifas y ofertas
 · Intercambio de banners

 

  LEER Relato  

Luis Iglesias Fouce



Rosa Ángela

 

Mi historia comienza un 21 de Abril, no sé de que año, ni quiero calcularlo. Lo que sí sé, es que cumplía exactamente sesenta años...

Mi mujer Carmen y yo nos habíamos separado dos años antes por numerosas razones, que se fueron aparcando durante treinta y un años hasta que un día resurgieron, colapsando nuestras vidas, con la muerte de Alvarito, nuestro tercer hijo: el pequeño... Los otros dos, Genaro y Ana, vivían y viven, él en La Coruña y ella en Madrid. Los dos tienen dos críos, y aunque nuestra relación es buena, el hecho es que nos vemos de pascuas en flores. La distancia puede no ser el olvido, pero si además, se trabaja, se cuida a los hijos y, de vez en cuando, se sale a cenar con los amigos, no se tiene ni un minuto para recordar que hay otro mundo, que un día fue tu mundo, donde también te esperan.

Económicamente mi posición era buena, tranquila. Socialmente digamos que era una persona conocida, como en provincias lo somos muchos por familia, dinero o profesión. Y no les aburro más. El resto son chorradas. El caso es que estaba solo. En mi vida y en mi restaurante favorito. Cenando sin ganas con cara de póquer, intentando pasar desapercibido.

Dicen que lo mejor de los años es cumplirlos. Por eso terminé la copa, cogí el puro, y me fui a celebrarlo.

Siempre hay un par de sitios, o tres, donde la gente de mi edad se puede tomar una copa, digamos, en su ambiente. Lo malo de ellos, es que son un coñazo. No sé porqué ligamos la condición de alegre, divertido, aburrido o soso, con la edad. Bueno, si lo sé: hay mucho petardo después de los sesenta… El tiempo es benévolo con el serio y maltratador con el alegre. Los funerales están llenos de muertos en vida despidiendo a los que querrían seguir viviendo.

Camareros de otra época, musiquilla de ascensor de hotel, mesitas, sillitas... Solo faltaba un cartel que dijese <<¡Prohibido divertirse! ¡No ves que tienes sesenta años!>>

No duré mucho, apenas una copa y el final del puro. En el coche pensé en irme a casa, pero me encontraba demasiado bien. Decidí seguir la noche. Ir a un burdel y tomarme otra copa, a poder ser acompañado. La juventud, al contrario que la vejez, es enfermedad contagiosa: mientras está contigo.

Cuando llego a estos sitios siempre pienso lo mismo: << ¿Quién se irá con las feas? >> Y es que al lado de un bombón brasileño, o de una modelo rusa o polaca, siempre hay un grupito de gorditas, feotas y ceñidas, que trabajan. No sabes como ni con quien, pero trabajan.

Me apoyé en la barra. El grupito de gorditas, dicho con todo el respeto y cariño, charlaba entre ellas, pero, aunque siempre hay algo en que fijarse, las modelos y los bombones no aparecían por ninguna parte. La verdad es que me fui enfriando.

Caminaba hacia la salida cuando apareció una morena de las que ves pocas en una vida. << Parece mentira, pensé, que por cuatro duros puedas acostarte con una mujer como esa. >>

Entró por la puerta que sube a las habitaciones. Andaba despacio y, desde aquella cabeza alta, desde aquellos ojos negros, echó una mirada distante, seria, a todo el local, mientras iba a sentarse al fondo de la barra.

Cuando una chica se sienta así, dando la espalda al local, en una esquina, normalmente no tiene ganas de jarana. Pero aquella era algo tan especial que decidí intentarlo.

Me situé a su lado. Ella ni me miró.

-¡Hola! ¿Quieres que charlemos un rato? – Dije - Pero no me contestó.

-¡Por lo menos dime tu nombre! – Insistí - Sin duda te recordaré. Y así, al menos, sabré tu nombre. - Entonces me miró.

- Rosa Ángela. – Dijo – Y volvió a mirar al frente.

-¿Es todo lo que voy a sacar de ti? – Pregunté –

- Hoy sí. – Contestó –

Era brasileña.

-¿Puedo invitarte a una copa? – Continué –

-¡Puedes hacer lo que quieras! ¡Es tu dinero! Pero no voy a follar esta noche.

Aquella forma tan directa no me gustó. Por un momento permanecí callado. Pero lo tenía muy claro. ¡Es que tendríais que verla!

Avisé al camarero.

-¡Por favor, si es tan amable! ¿Podría ponerle a la señorita lo que desee? – Dije lo suficientemente alto para que ambos me oyesen. - ¡Para mi un güisqui! ¡Gracias!

Entonces se animó, y supo recoger el envite.

-¡Una botella de champán, por favor! – Gritó -

-¿Quieres un benjamín? – Le preguntó el camarero un tanto despistado –

-¡No! ¡Quiero una botella, grande, de champán! – Dijo sin dejar de mirarme - ¡Francés! – Continuó -

Ante mi gesto de consentimiento el camarero se giró y fue a buscar lo que le habíamos pedido. Rosa Ángela seguía mirándome chulesca, retante. Aquello me divertía.

-El Champagne, siempre es francés – Dije -

Pero ella era ágil.

-¿De que otras cosas sabes? – Dijo –

-¡De algunas! Nada importante – Contesté - Ahora lo que me interesa es saber de ti ¡Saberlo, todo, sobre ti!

-¡No hay problema! Mientras tengas dinero te contaré mi vida ¿Quieres que me la invente?

-¡Quiero escucharte! Sentarme a tu lado, y escucharte.

Más de dos horas estuve hablando con aquel ser irreal. Todo, parecía irreal... Una mujer joven y bella charlaba conmigo animadamente. Con un viejo. El resto no perdían ni un minuto en hablarme. A pesar del parentesco. A pesar de una amistad de años... Sin embargo aquel ser adorable me agarraba las manos mientras charlábamos. Me miraba a los ojos. Me escuchaba… ¿Dinero? ¡Qué importa el dinero!

Aquella noche no nos acostamos juntos. Ella no quería. Me contó que era de una aldea llamada Dourada cercana a una ciudad llamada Macapá, en la desembocadura del Amazonas, en la misma línea del Ecuador. Que su padre trabajaba en los árboles del caucho. Que su madre caminaba diariamente a la ciudad donde vendía objetos de artesanía indígena: bellas maderas nativas, polvo de manganeso, huesos y dientes de animales, semillas de flores, plumas de pájaros... También me habló de sus hermanos; de sus hijos; de sus treinta años… Me dijo que se encontraba algo sola. Pero que daba gracias a Dios porque todos estaban bien. Que la vida no la había maltratado. Que era hermosa. Que quien lo había hecho tenía nombre y apellidos. Pero que no le guardaba rencor.

Durante los próximos dos días solo pensé en ella. La noche siguiente cogí un atlas y busqué Macapá. Allí estaba, en la desembocadura del Amazonas, en la misma línea del Ecuador. Después entre en Internet…

Macapá: Capital del territorio de Amapá en el delta del río Amazonas. 250.000 habitantes. Amapá es el estado brasileño con menor índice de degradación de sus bosques, playas y marismas. El de mayor número de especies animales. En su territorio, medio millón de habitantes viven dedicados a la agricultura y a la pesca. El clima es húmedo y caluroso. Dos estaciones, la del sol y la de la lluvia. Es la zona de más ríos del mundo, casi todos navegables.

Al día siguiente cené suave y me fui a verla. Había poca gente. Ella estaba sentada junto a la barra con otra chica. Llevaba un vestido negro. Parecía una estrella de cine de los años cuarenta.

Se alegro al verme. Hablaba en brasileño con normalidad al tiempo que sonreía y no dejaba de abrazarme. Me presentó a su amiga. Yo, cortésmente, invité a las dos a una copa.

-¿Beberás Champagne? – Le pregunté –

-¡Solo una copa! – Contestó - Hoy quiero estar contigo

En veinte minutos estábamos arriba. Pero el sexo no fue bueno... Me ayudó a desnudarme. Después me cogió de la mano y me llevó al baño. Sentado en el bidé, mirando hacia la pared en una postura innoble, me lavó la polla.

-¡No necesito esto! – Dije mirándola –

Ella sonrió ligeramente, pero no dijo nada.

-¿Qué quieres hacer? – Preguntó –

-¡No sé! Lo que tú quieras – Contesté –

Entonces se sentó en la cama y comenzó a chupármela. Yo no estaba contento de cómo sucedían las cosas desde que habíamos subido, pero agarré su cabeza, su pelo, con mis manos, y disfruté. ¡Joder, si disfruté! Después se puso de espaldas, de rodillas con la cabeza apoyada en la almohada, y dijo:

-¡Vamos, cariño! ¡Métemela por detrás!

Aquel cariño falso me daba ganas de vomitar. Todo era artificial. Mentira. Pero al mismo tiempo sentía que quería follármela. Estaba caliente. Muy caliente. Soñaba con montarla por aquel culo moreno, tatuado, perfecto.

Me corrí en un minuto: de reloj. En ese tiempo ella continuó mintiendo en exagerados jadeos. Al terminar se giró y me dijo que fuese a limpiarme al baño.

-¡Tira el condón en la papelera! – Chilló desde el cuarto –

Finalizada la operación continuaba desnuda en la cama: Había pagado una hora...

-¡Siéntate aquí!

Obedecí. Ella comenzó de nuevo a chupármela pero, después de haberme corrido, todo era distinto.

-¡Para! – Le dije –

-¿No quieres más? – Preguntó –

-¡No!

Nos vestimos en silencio. Después dijo:

-¿Té pasa algo? ¿No te ha gustado?

-¡Sí! No te preocupes – Dije -

Los días fueron pasando. Un día un amigo que vive en el extranjero me llamó y nos fuimos a cenar juntos, siempre lo hacíamos cuando venía. Al terminar le acompañé hasta su hotel. No sé por qué, supongo que me animó el hablar sobre los años pasados, el agradable encuentro con un viejo amigo, no lo sé. El caso, es que decidí ir a verla.

-¿Me invitas a una copa? – Me preguntó -

-Cómo quieras - Contesté – ¿Qué quieres tomar?

-Lo mismo que tu

-¡Dos güisquis, por favor!

El camarero sirvió las copas. Ella cogió su vaso y estiró el brazo hacia mí en señal de brindis.

-¿Qué pasó el otro día? ¿Qué no té gustó?

-¡Nada! – Contesté - El problema fue el primer día, que me gustó demasiado – Dije -

-¿No té gusta el sexo?

-El sexo es un vicio que me gusta, pero que no tengo. Igual que me gusta beber y no soy un alcohólico. Necesito una razón para beber. También para follar. – Ella escuchaba en silencio - Quizá envejecer, entre otras cosas, sea también eso: necesitar una razón para hacer las cosas.

-¡Tu no eres viejo! – Dijo –

-¡Soy lo que soy! Tengo sesenta años. ¡Ni cincuenta, ni setenta! ¡Sesenta! Me encuentro bien. ¡Ya veremos cuanto dura esto!

-¡Pareces más joven! – Siguió –

-¡No insistas! ¡Me da lo mismo! El caso es que no me gusta el sexo si no hay algo de sentimiento.

-¡Pero yo soy una puta! – Dijo -

-¡Lo sé! ¡No estoy pidiendo que me quieras! Lo que pido es que me trates arriba como me trataste el primer día aquí abajo. Con un poco de cariño. Sin prisas.

Se hizo un largo silencio.

-Me cuesta mucho aquí dentro. – Dijo - El otro día necesitaba hablar. Necesitaba que me escuchasen. ¿Recuerdas que té dije que no podía subir?

-¡Sí!

-Había subido con un tío muy agresivo. Nunca lo había visto antes. No quería mamadas, ni nada. Solo meterme aquella enorme polla. Montarme como si fuese un animal... Me hizo daño. Sangré un poco. Yo me puse de espaldas para que me lo hiciese como a un perro: Ellos creen que lo hacemos porque sabemos que es lo que más les gusta. Pero en realidad es para no verles. Para que no nos besen. Para no sentir su olor podrido, su peso encima; su cara pegada a la nuestra... Me doy la vuelta y pienso en mis niños; en mis papás... A veces lloro, pero finjo que es un orgasmo. Les encanta pensar que me corro. ¡Cómo pueden ser tan burros!

-Lo siento. – Dije –

-¡No pasa nada! Tú no tienes la culpa. – Dijo poniendo mis manos entre las suyas. Mirándome. Sonriéndome. -

-¿Quieres que nos veamos fuera? – Preguntó luego -

-¡No sé si te aburrirás conmigo! – Contesté -

-¡Puede! Por eso deberás pagarme.

 

El domingo la recogí temprano y la llevé al puerto, donde tengo un pequeño barco. Comimos, bebimos… Paseamos por la playa aún desierta. Nos bañamos en un mar brillante. En aguas frescas y transparentes... Apenas hablamos. Sobre las nueve la dejé en su casa.

-¡Sube! –Me dijo –

-¡No sé! Estoy cansado.

-¡Por favor! – Insistió –

 

Desde aquel día estuvimos juntos. Ella continuaba con su trabajo, pero nos veíamos casi todos los días.

Una tarde, de noche, sabía que no trabajaba pero, cosa poco habitual, no me llamaba.

Aparecí en su casa. Me la encontré llorando sobre la cama. Sola. A oscuras… Su hermano de diecisiete años había muerto en un accidente de moto.

No sabía que decirle, como consolarla. Por un momento me sentí demás. Pero me equivoqué.

Rosa Ángela se refugió en mí como en un padre; como en un amante; como en un amigo. Me obligó a trasladarme a su casa, a su vida. Sin embargo, después de aquello, solo pensaba en sus hijos, en su país. Temí que llegase el día en que me dijese que no aguantaba más, que necesitaba a su familia, que se iba...

Una mañana me desperté antes de lo acostumbrado: Amanecía. Llovía… Rosa Ángela dormía a mi lado. De pronto abrió los ojos y vio que yo estaba despierto mirándola.

-¡No duermes, mi amor! ¡Verás como dormirás conmigo! – Dijo rodeándome con sus brazos. Apoyando su cabeza, de nuevo dormida, en mí. –

A cada instante rejuvenecía. Disfruté de aquel momento mágico sin moverme. Esperándola.

Al rato.

- ¿Sigues despierto? – Preguntó sin abrir los ojos. -

-¡Vayámonos! – Dije -

-¡A donde!

-¡A tu país! ¡A tu casa! ¡Quiero conocer a los tuyos! ¡Sentirme más cerca de ti!

Se giró y me miró.

-¿Quieres decir unos días?

-¡Ya veremos! – Dije - ¡Déjame ayudarte!

-¿Por qué? – Preguntó –

-¡Porque me harías muy feliz! Yo solo tengo dinero. Dinero, algún conocimiento, y mi profundo amor por ti. – Ella sonrió y me acarició la mejilla - Tengo sesenta años, pero me siento joven. Mientras esté bien, me gustaría quedarme a tu lado. ¡Donde quieras! Donde seas feliz.

Nos abrazamos.

 

Diez días más tarde volábamos a Brasil...

 

Mi hamaca se suspende entre árboles vivos. Mucho más vivos... En ella me separo del mundo. Contemplo la vida desde la barrera.

A veces, junto al río, veo a los niños jugando desnudos. No tienen nada, y lo tienen todo… Que distinta resulta la vida según hayas nacido aquí o allá. Sin embargo morir, que idéntico resulta en cualquier parte.

Creo que me quedaré aquí. Perdido entre ríos, playas y marismas. Entre flamencos, tucanes y tortugas marinas. Entre aves migratorias. Entre aguas dulces y saladas.

Desde la ventana de nuestro cuarto veo las playas de Fazendinha y de Araxá. Los indios Karipuná y waiapí dicen que, en ellas, el padre Amazonas tiene sus aguas domadas. Dourada está cortada por la línea del ecuador. Aquí la tierra, no oscila.



 

 



  Obras de este autor

· Chapapote
· Pepe el suertudo
· El descubrimiento
· La bella Susana
· Génesis
· El cine
· El pollito
· Parole. Parole...
· Vacío
· Mi amigo el director del banco
· Hablando con él
· Coños
· Rosa Ángela
· Envejecer
· Su
· Educación y cultura

 


· Critica esta obra
· Lee otras críticas


  Autores

. Aguirre Franco, Rafael
. Álvarez Ansina, Nuria
· Arévalo Cruz, Antonio
· Arévalo Cruz, Antonio (II)
· Arévalo Cruz, Antonio (III)
· Carbajosa Gómez, Miguel José
· Castillo Escobar, Juana
· Castillo Escobar, Juana (II)
· Claure, Roy
· Claure, Roy (II)
· Dell’Acqua Pedreira, Alvaro Antonio
· Echarri Fernández, Carlos
· Fernández Aredo, Paloma

· Ferrer Alonso, Montserrat

· Figuerola Manso, Jaime

· Gnatiuk, José

· Iglesias Fouce, Luis

· Iglesias Fouce, Luis (II)

· León Burgos, Miguel

· León Burgos, Miguel (II)

· León Burgos, Miguel (III)

· Lucas Buñuel, Alfonso de

· Maneiro, Luz
· Nicolás Cabrero, Enrique Eloy de
· Santiago, Carlos
· Yago Escorial

 


© Estandarte.com