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  LEER Relato  

Luis Iglesias Fouce



Hablando con él

 

-¡No me toques los cojones! ¿Qué es eso de que no tienes opciones? ¡Se supone que tú tienes todas!

-¡Y las tengo! ¡Pero entre conceptos antagonistas uno ha de elegir!

-¡Excusas!

-¡No! – Silencio - Te enseñaré una cosa. ¡Mira! Es una de los últimos inventos de Sony. Cuesta más de tres mil euros y prácticamente lo hace todo. Es un perrito robot fantástico. Ladra, gime, hace sus necesidades, es cariñoso con los niños... ¡Ves! ¡Mira que caritas pone! Se mueve por donde quiere. Salta, corre... Podrías llenar un enorme jardín con ellos y no tendrías ni un problema. No romperían nada, ni se comerían tus flores, ni se pelearían entre ellos. Sería un jardín perfecto, pero... ¿Lo preferirías con perros de verdad? ¿Qué escogerías? ¡Hacer un jardín libre o justo!

-¡Me estás volviendo loco con cosas que ni comprendo! ¡Yo te estoy hablando de mí, de mi vida! ¡De por qué tuve que nacer en un barrio de mierda! ¡De por qué mis padres se maltrataban, se pegaban! ¡De por qué no me querían ni les importaba! – Silencio - ¡Te lo diré de otra forma! ¡Soy un drogadicto! ¡Mala gente! ¡Soy ladrón, ratero, burro! ¡Triste, infeliz! ¡Solo me preocupo de mí! ¡No tengo ni una cualidad! ¡Seguro que habría matado si se hubiese dado el caso! – Silencio - ¡Dime! ¿Crees que podría haber sido de otra forma? ¡Se sincero!

-¡No! Tu concretamente, no. Quizá otra persona. Pero tendría que tener algo. Algo concreto. Genético. ¡No! ¡Tu, no!

-¡Joder! ¡Y lo dices así! ¡Qué no he tenido elección, ni oportunidad, ni posibilidad, me lo dices así! ¡Así de fácil! – Silencio - ¡Eres un hijo de puta! – Silencio - ¿Podemos hacer lo que queramos? – El otro asintió – ¡Entonces quiero que me lleves a mi barrio, a mi casa! ¡Quiero verme allí con seis años!

Al instante aparecieron en las afueras de una gran ciudad en un barrio marginal de chabolas. Junto a la puerta destartalada de una de ellas, la que tenían al lado, un hombre husmeaba entre la chatarra.

-¡Hostiá! ¡Es mi padre!

-¡Ven! – Dijo el otro –

Cincuenta metros detrás de la casa, junto a un muro de ladrillo y cal, sucio, pintado y destartalado, dos jóvenes de unos trece o catorce años, delgados, con pantalón vaquero y melenilla de mediados de los setenta, se pasaban un porro casi sin sacar las manos de los bolsillos. Junto a ellos un niño de unos seis años no sacaba ojo, como haría cualquier pequeño, de lo que hacían los otros.

-¿Soy yo?

-¡Sí!

Los jóvenes se fueron sin mirarle. El niño aprovechó la ocasión para coger el porro del suelo y apurar la última calada. A siete metros de su niñez, este lloraba mirándose… << ¡No me jodas! ¡Por Dios! >>

Salieron de allí. Durante un rato permanecieron en silencio.

-¡Tu has creado lo que has querido! ¡No puedes escapar a tus responsabilidades!

-No lo hago. No es mi responsabilidad.

-¡Todo, es tu responsabilidad! ¡Vuelves a lo mismo! ¡No eres claro!

El otro trató de explicarse.

-Un día creas un mundo nuevo. En la nada comienzas a colocar cosas y las dejas ahí. – Silencio - Durante millones de años se trata de un mundo puramente mineral. Pero existe el movimiento. El cosmos está lleno de gases y se dan explosiones que cambian la fisonomía de las cosas. En realidad, es una simple evolución de lo que has creado, pero parecen creaciones nuevas. – Silencio - Sin embargo nada es injusto: No existe la vida... La posibilidad de que aleatoriamente se pudiesen formar grandes moléculas proteínicas y de ADN parecía irreal. Pero el tiempo era infinito, y ocurrió.

-¡No sé si te entiendo! ¿Que tratas de decirme? ¡Que somos el fruto de un error divino!

-¡No! ¡Lo que digo es que yo no controlo el futuro! ¡Ni siquiera lo conozco! La libertad del mundo que he creado me lo impide. ¡Y quise hacerlo libre! ¡Para qué crear un mundo dirigido! – Silencio - De la nada creé el mundo y en ese mundo se dio la vida. ¡Perfecto! ¡No hay ningún problema! ¡Nadie cuestionaba las normas! Grandes moléculas, microorganismos, plantas, animales. La libertad de unos perjudicaba a otros, pero no era injusto. Era así. Esas eran las reglas del juego. – Silencio - Pero apareció el hombre... Algunos animales desarrollaron la parte final de sus extremidades. Comenzaron a coger, a agarrar, a poder llevar cosas de un sitio a otro, a marcar. Podían dominar a otros animales, construir, pintar, interpretar. Desarrollaron su inteligencia y comenzaron a pensar. ¿En que? En que no querían pasar ni hambre ni frío. En que no lo querían pasar ni hoy ni mañana. En que querían vivir. En la muerte. En la buena y en la mala suerte. En lo justo y en lo injusto. – Silencio - Ahora pensaban, y eso les hacía creerse superiores a las demás especies. Por eso cuestionaron las normas. La libertad les pareció injusta, porque tenían miedo… Una mosca puede morir, y mil. Un perro puede sufrir, y mil perros. Pero no mi madre, ni mi hermano, ni mi amigo... – Silencio - La facultad de pensar les permitió interpretar hechos que les parecieron injustos, pero no intentaron cambiarlos. Intentaron amoldarse. Solucionar sus problemas individualmente, familiarmente. Pues lo primero que les dio su inteligencia, fue arrogancia y egoísmo. –Silencio - ¡Ven conmigo!

 

Caminaban por la lonja del monasterio de San Lorenzo del Escorial. Hacía frío, aunque todo respiraba a primavera. Pasaron por el portón que daba entrada al patio. Había movimiento de soldados, de lo que parecían hombres de corte. De mujeres fregando, barriendo, limpiando.

Una vez dentro atravesaron salas, subieron escaleras y siguieron pasillos, hasta llegar a un pequeño cuarto. Un minúsculo hombrecillo vestido de negro escribía con parsimonia sobre un pergamino. El suelo era de madera, las paredes de piedra, y a través de una pequeña ventana abierta entraba algo de luz y no se sabía bien si calor o frío. Estaba solo: Una silla, una mesa, poco más le acompañaba.

-Este fue uno de los reyes del mundo. Durante más de cuarenta años el hombre más poderoso de la tierra. En este mismo instante, lo es.

-¿En que año estamos?

-En 1.574. – Silencio - ¡Mírale bien! Después trata de responderme. ¿Le envidias algo?

-¡No lo sé! – Silencio - ¡En realidad no! ¡No sé! ¡Quizá el poder!

-El hombre más poderoso del mundo, de hace solamente cuatrocientos años, y no le envidias nada. – Silencio - ¡Vámonos!

 

De los doce grados pasaron a los treinta en un instante. El enorme portón del jardín de una lujosa mansión se abría para ellos. Un sol brillante se colaba entre los árboles hasta iluminar la hierba perfecta.

-¿Dónde estamos?

-En Estados Unidos. En California.

La casa era blanca. Unas enormes columnas protegían la puerta de entrada. Pasaron a un hall, y de allí a una sala con un violonchelo y un gran piano en el medio sobre una magnifica alfombra. Rodeaba el conjunto una biblioteca de más de dos pisos perfecta. De aquí pasaron a un salón de verano lleno de luz, de plantas y muebles de mimbre con aspecto oriental que se abrían a un jardín espléndido. En medio una solemne piscina de mármol blanco bajaba el cielo hasta la tierra.

Un hombre de unos cincuenta años tomaba el sol sobre la colchoneta blanca de una tumbona de madera. Le rodeaban tres bellísimas mujeres que le atendían en todo cuanto necesitaba. En otra parte un camarero perfectamente uniformado preparaba cócteles con mimo, con tiempo, sin levantar la cabeza de su mesa de mantel claro.

Al otro lado de la casa estaba el garaje. Un esmerado chofer sacaba brillo a un viejo Rolls. También había un Jaguar, un Aston Martin. Después un descapotable... En total contaron once coches. Todos negros, rojos o blancos.

Encima del garaje había un helicóptero. Detrás unas caballerizas con unos magníficos caballos.

-¿Es todo del de la piscina?

-¡Todo! Como él en California hay muchos. – Silencio - ¿Y de él? ¿Envidias algo?

-¡Coño, todo! ¿Qué quieres decir con esto?

-Que todo lo que te gustaría tener se puede comprar con dinero. Que son cosas que no siempre han existido. Que no eres un hombre libre.

 

De pronto cambió todo…

 

Se encontraba en medio de un inmenso y extraño campo de trigo que, en cualquier dirección, lindaba solo con el cielo: El mundo era azul y amarillo... Durante un tiempo permaneció inmóvil, hasta que el otro apareció de espaldas a él como a unos diez metros. En ningún momento se giró ni le habló. Solamente comenzó a caminar. Este le siguió.

Hacía mucho calor. El tiempo fue pasando: Horas y horas... Sin embargo el sol no se movía de su cenit. Todo era muy raro. Pero la sensación era placentera, tranquila, silenciosa. No reflexionabas. Simplemente caminabas. Le seguías.

Después de muchas horas, a lo lejos, apareció un pequeño punto que a medida que avanzaban se iba transformando en un árbol, en un gran roble con forma de hongo. No pegaba allí. Pero allí estaba.

Al llegar a él, y pasar del sol a su sombra, se dio cuenta de que se había convertido en otra persona. Respiraba distinto, más rítmico; mejor. Se sentía más ágil, más limpio, más libre. Su mente surcaba entre ideas que no había tenido nunca. Era más amplia, más curiosa; más universal… Aquella sombra era como la revelación de un mundo que ahora veía con total nitidez, sencillo, fácil.

Se sentó en el suelo. El otro ya lo había hecho antes y, aunque parecía dormido, al sentarse este abrió los ojos.

-No hay peor odio que el engendrado por la envidia. ¡Ni el de la injusticia! Es el más escondido; el más sibilino; el más traicionero. No se puede manifestar, chillar. Y te quema por dentro porque hace que no te gustes, que te detestes... – Silencio - Vuestra arrogancia os hizo sustituir a Dios: vuestros valores; vuestra cultura; vuestra estética, por el Becerro de Oro: el tener; el poder; el vicio... Y en esa mesa sentasteis juntos al cero y al infinito. – Silencio - La envidia genera odio. El odio violencia. Y la violencia es caprichosa; injusta. Libre...

-¿Qué podemos hacer?

-La justicia ha de ser una cruzada, un logro humano. Si os la regalo, os convertiré en esclavos.

-¿Entonces?

-¡No sé! – Silencio - Imagino que siempre podremos llamar a mi prima la de Buenos Aires.



 

 



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