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Miguel León Burgos



Cuento de Reyes

 

Cercana estaba la cabalgata de los Reyes Magos y el bullicio de la calle era patente. Faltaban pocos días y la chiquillería estaba sobre ascuas. Había que escuchar lo que esos niños se decían unos a otros con sus ilusiones puestas en los regalos que esperaban recibir.

_¿Sabes lo que me van a traer los Reyes?- le decía un pequeñin a un amigo.

_ Pués no sé ¿Qué?

_ Me van a traer una bicicleta roja con timbre y todo.

_ ¡Caray, que suerte! Le respondía el otro pequeñin.

_ ¿Y a ti que te traerán?- preguntaba este a su amigo.

_ A mí me van a traer un coche eléctrico, una pelota de fútbol, y también un estuche de pinturas, y esto y lo otro y lo de más allá.

Toda esta conversación y otras por el estilo, estaba escuchando Miguelín, el hijo de Juan y Ana. Se le hacia la boca agua solo de pensar la cantidad de juguetes que iban a tener sus amiguitos del colegio. Para sus adentros se decía – “¡Yo también tendré muchos juguetes!” Mis papás me han prometido que los Reyes me traerán muchas cosas por que me he portado muy bien durante todo el año.

Poco imaginaba él, que en su casa las cosas no estaban muy boyantes y que difícilmente su mamá llegaba a fin de mes con el sueldo de su papá. Pero el niño no podía pensar en eso tan complicado que es el dinero, sus ilusiones eran muchas y no pensaba en nada más que en tener sus juguetes.

Lo que Miguelito no sabía era que los niños pedían muchos, muchísimos juguetes, esto, lo otro, lo de más allá y que en esa noche de Reyes, recibían otras cosas, que a veces no les agradaban. Pero tenían que conformarse, no tenían otro remedio.

La familia de Miguelito era muy pobre y eso que solo eran tres de familia, para pasar con el mísero sueldo que recibía Juan en su trabajo en una fábrica de chapas. A pesar de hacer horas y más horas, cuando recibía el sobre con su sueldo, hasta le daba vergüenza dárselo a su mujer, ya que esta lo primero que hacia era contar el dinero y hacer apartados para los pagos de cada cosa. El gas, la luz, el Ocaso, el agua, lo que compraba en la tienda al fiado, cuando lo tenía distribuido, el resto es lo que les quedaba para comer todo el mes, y no era mucho.

Ana hacia milagros con lo que le quedaba para pasar el mes, era una buena cocinera y en aquella casa no se tiraba nada, todo era aprovechado hasta las últimas consecuencias. Si sobraba hervido, al día siguiente hacia un puré de verdura, si quedaba pan y estaba duro, con aquellos trozos hacia una buena sopa de pan con menudillos de pollo. Todo era aprovechado y es que Ana tenía en mente que su hijo debería tener sus juguetes el día de Reyes y ahorraba todo lo que podía, que no era mucho, e iba guardando en un cajón de la cómoda unos billetes, muy pocos, para ese maravilloso día. Para los juguetes de Miguelito.

De pensar en la carita que iba a poner su hijo cuando el día de los Reyes Magos despertara y viera en el balcón sus juguetes.. Se le ponía la carne de gallina.

Ana sabía que en la barriada era costumbre que el dia 6, día de Reyes, los niños sacaban a la calle sus hermosos juguetes, más que nada para dar envidia a sus amiguitos, a ver quién presumía más y qué juguete era mejor que los de sus amigos. Los unos sacarían gozosos sus bicicletas, sus balones de fútbol, sus coches eléctricos, en fin, y lo que Ana quería era que este año, su hijo también pudiera sacar a la calle sus juguetes, para que los demás supieran que no era menos que nadie.

De vez en cuando, cuando estaba sola en casa, abría el cajón de la cómoda y contaba sus escasos billetes. Y se le llenaba la cara de alegría al contemplar que el pequeño fajo no era tan pequeño, y que podría darle el gusto a su hijo de que tuviera sus caprichos. Tenía delante de ella la lista que le había escrito su hijo y la repasaba una y otra vez, viendo de lo que había en ella, cual podría ser el juguete asequible para su bolsillo. Y mientras la leía se reía por la gran cantidad de cosas que habían escritas en aquel papel, movía de vez en cuando la cabeza como diciendo ¡éste chiquillo mío!. Estando frente al espejo de la cómoda, aprovechó el tiempo y se cepilló su hermosa mata de pelo negro que le llegaba a la cintura. Se sentía orgullosa de ella y cepillaba y cepillaba, luego de haberlo hecho durante unos minutos se hizo un moño y se miró satisfecha del resultado.

Llegado el medio día apareció el marido una vez acabada su media jornada de trabajo y se sentaron los tres a comer. Mientras lo hacían Juan le preguntó a su mujer

-¿Qué vais a hacer esta tarde?

Y antes de que contestara su mamá, Miguelito respondió por ella

-¡Vamos a ver tiendas de juguetes! ¿Verdad mama?.

Ana se rió y le contestó afirmativamente.

 

- ¿Dónde iremos?-preguntó el niño.

-Pues iremos a la calle de Ruzafa, allí están las mejores tiendas y podremos encontrar lo que tu quieres pedirle a los Reyes Magos ¿Te parece bien?.

Miguelito riendo aplaudió con entusiasmo y no contestó nada, pero solo con ver aquella linda sonrisa en su cara, sus papás sabían que deseaba salir corriendo para ver muchos juguetes.

A media tarde salieron madre e hijo paseando hasta la calle de Ruzafa. Daba gusto ver toda la calle iluminada con arcos de luces, las tiendas esplendorosas con sus luces, algunas de colores. Los escaparates iluminados y repletos de juguetes de todas clases. Trenes en movimiento, coches de bomberos con sus faros encendidos, muñecas que caminaban, montones de pelotas y balones de fútbol. Aquello era el País de las Maravillas.

Miguelito con los ojos encandilados miraba sin ver, eran tantas cosas en qué fijarse que de un sitio pasaba a otro y apretaba la mano de su madre. Esta miraba emocionada a su hijo y en su interior temía el momento de preguntar precios. Entraron en una gran tienda y uno de los dependientes se acercó y preguntó-

-¿Desean algo? ¿Ven algo que les guste?

Ana no sabía que contestar y ante el asombro del dependiente, el niño se acercó a una estantería y preguntó-

-¿Cuánto vale este coche de carreras?

-Vale 100 euros.

-¿Y este otro?.Preguntó Miguelito.

-Ese que tiene tantos faros y lleva dos tripulantes, vale 200 euros.

-Ana no sabía dónde meterse, se estaba viendo en un compromiso ante la pasividad del que les estaba atendiendo. El niño miraba, y miraba, todo lo que veía y podía tocar le gustaba.

-Mamá este coche me gusta mucho.

-Vale, cariño vale, debemos ver otras cosas- Dijo Ana a su hijo.

Dirigiéndose al dependiente le dijo que cuando viera algo que de verdad les interesara le llamarían. Este un poco decepcionado porque había visto el interés del niño y preveía una venta segura, se apartó de ellos y regresó al interior de la tienda.

Madre e hijo siguieron viendo algunas tiendas más, todo estaba precioso pero con unos precios.. Ella estaba cansada de aquel largo paseo, así que le dijo a su hijo.

-Vamos a sentarnos un ratito, la mamá está cansada.

Y así lo hicieron. Mientras estaban sentados los dos, veían aquella muchedumbre deambulando por la calle, unos con niños, otros solos, y en los rostros de toda aquella gente se les veía preocupados, iban de un lado a otro, entrando en una tienda, saliendo, entrando en otra, en fin, un ir y venir de gente que caminaba sin rumbo fijo.

Se levantaron de su asiento en el banco de la calle y en una de las tiendas que estaba enfrente de ellos, el niño se quedó extasiado mirando un muñeco que estaba en el escaparate y llevaba puesto un traje de Spider Man.

-¡Mira mamá que traje tan precioso! ¿Me lo compras? ¿Verdad que estaré muy guapo con él?.

Ana no contestó, se limitó a fijarse en el precio y al ver lo que valía, sus ojos se abrieron con espanto, ¡casi 200 euros!.

¿Me lo traerán los Reyes Magos, mamá?.

-Es posible, es muy posible.

La contestación tranquilizó al niño, aunque su madre estaba haciendo cuentas mentalmente ¡200 euros! ¡Qué barbaridad!.

Se estaba haciendo tarde y Ana cogiendo de la mano a su hijo, aceleró el paso ya que se acercaba la hora de la cena y Juan, su marido, la estaría esperando en casa para cenar. Llegaron a su hogar resoplando y cuando entraron, vieron a Juan sentado en un sillón esperándolos. Se besaron y Ana se dirigió a la cocina para preparar la cena. Mientras tanto Miguelito le contaba a su padre todo cuanto habían visto, los juguetes que le gustaban y sobre todo hizo mención de aquel fabuloso traje de Spider Man. Su padre le escuchaba sonriendo, viendo el entusiasmo con que le estaba contando su paseo por los bazares. Se hizo la promesa de que ese año, su hijo tendría juguetes, ¡Ya lo creo que tendría!.

Pasaron varios días, y Ana tuvo la desagradable sorpresa de recibir un aviso de que tenía que pagar casi 150 euros por la reparación del coche de Juan. ¡Esto no se lo esperaba ella! ¿Por qué su marido no le había dicho que se le había estropeado el coche?.¡Maldita sea! De su boca salían truenos y diablos. Precisamente ahora que no tenían casi dinero y estaban pendientes los juguetes de Miguelito..

Por la mañana estando sola en casa, abrió el cajón de la cómoda y sacó su tesoro, su puñadito de billetes de 5 euros. ¡Qué pocos!, Se dijo así misma. No quiso contar lo que sumaban, pero como aun faltaban algunos días para Reyes, pensó en que debía ahorrar algo más de dinero y se dijo- Ahora comeremos todos los días patatas hervidas, mucho arroz y poca carne y aprovecharé los restos de unos huesos que están en la nevera para hacer un largo, muy largo cocido, con muchos garbanzos y así podré reunir un poco más de dinero. Se hizo esa promesa, ahorrar.

Mientras estaba haciendo sus cálculos aprovechó para mirarse en el gran espejo de la cómoda y procedió a deshacerse el moño que se había hecho el día anterior y sacando su hermoso cepillo con placa de carey, comenzó lentamente a pasarlo por su larguísima cabellera, tratando de llegar al extremo del todo, donde a veces se le enredaban las puntas. Se puso un poco de brillantina en el pelo. Para que el cepillo pudiera pasar más suavemente y cuando acabó, movió la cabeza con coquetería y admiró con orgullo sus cabellos, envidia de más de una vecina y admiración por parte de su marido.

Ya estaba anunciada la cabalgata de los Reyes Magos y la ilusión de todos los niños era ir a ver pasar a los tres Reyes y que desde las carrozas les echaran caramelos y chucherias. Y claro, Ana y Juan, querían llevar a Miguelito a ver esa noche de fantasía. Muy temprano cenaron aquella noche y cuando hubieron acabado salieron de su casa y andando se fueron a la plaza del Ayuntamiento para coger un buen sitio. Cuando llegaron aquello estaba a rebosar, pero Juan, con unos empujoncitos por aquí y otros por allá, lograron ponerse en primera fila enfrente de Casa Barrachina. Y ahora solo les quedaba esperar y esperaron casi dos horas, pero valía la pena para que el niño viera aquella explosión de colores, música, griterío de la multitud, aquello parecía ser un gran hormiguero.

Por la calle de San Vicente se oían unos fuertes gritos ¡Ya vienen, ya vienen!. Y la multitud comenzó a moverse intentando apoderarse de los mejores sitios, pero Juan y su familia, estaban decididos a no perder su lugar en donde estaban, aguantaron aquella marea humana y se quedaron en una posición privilegiada. No tardaron mucho en ir pasando grupos de comparsas, gente disfrazada como pajes, bandas de música y no tardaron ºnada en ir llegando las primeras carrozas. Los que las ocupaban, iban echando caramelos y pequeños juguetes, globos de colores y Juan pudo coger varias cositas para su hijo, que al recibirlas reía gozoso. Sus padres veían la alegría del niño y se llenaron de satisfacción.

Aparecieron por fin los Reyes Magos, el uno montado en un caballo blanco, era el rey Baltasar, Melchor iba montado en un camello muy adornado y Gaspar en un gran elefante. Saludaban con las manos a los niños, sus pajes que caminaban a los lados de las monturas, entregaban a la chiquillería unos sobres para que pudieran escribir a los Reyes los regalos que desearan recibir. Miguelito pudo hacerse con uno, se lo entregó a su papá y este lo guardó en el bolsillo. Mientras tanto nuevas bandas de música llenaban con sus melodías todo aquel entorno. Fueron pasando gente y más gente y cuando no llegaba nadie más, la gente comenzó a dispersarse. La familia tomó rumbo a su casa, comentando durante el camino todo lo que habían visto. Ana le preguntó a su marido que hora era y éste, sacando de un bolsillo del chaleco un reloj, lo miró en su mano y dijo;

-Es muy tarde, son las 11 y Miguelito no puede ni caminar de cansado que está. ¡Súbete a los hombros del papá!.

Y el niño así lo hizo, pero sin soltar la mano de su mamaita. Y pronto llegaron a su casa, cada uno con sus pensamientos. Ana pensando en el cajón de su cómoda y en su tesoro. El niño soñando con muchos juguetes y su traje de Spider Man. Y Juan ¡Ay Juan!. No había querido decirle a su mujer que había visto en una tienda en la calle de Colón, un precioso prendedor para sujetarse el pelo en una trenza. Era de plata y carey, una preciosidad.

Juan, hacia casi 5 meses que estaba ahorrando para podérselo regalar en el día de su cumpleaños que era precisamente el día 6 de Enero. Había dejado de fumar y de ir a tomar café en el bar con sus compañeros, todo con tal de que Ana tuviera algo que había estado deseando desde hacia muchos años.

Más de una vez ella le había comentado que le hubiera gustado tener un prendedor para el pelo, ya que haciéndose como se hacia moños cada día, y a pesar de que lo cuidaba peinándoselo muy cuidadosamente, el pelo se estropeaba. Así que había tomado esa decisión, regalarle ese prendedor, y se reía dentro de sí, pensando en la cara que ella pondría al ver aquel bonito regalo. Pero.. Había un problema, había estado ahorrando todo lo que podía y solo tenía reunido poco más de 160 euros y el prendedor valía casi 400, necesitaba más dinero y tomó una decisión.. ¿Cuál podría ser esa decisión determinante?.

¿Qué pensaba Ana para sus adentros?. ¿Qué podía regalarle a su marido que le hacía falta y deseaba desde hacia tiempo?. Ella no le había comentado nada a él, pero en una joyería de la calle de Ruzafa, pasando un día frente al escaparate, había visto expuesta, una bella leontina de oro, preciosa, que brillaba con fulgores de sol. ¡Que belleza!, Pensó Ana, precisamente es lo que necesita Juan para su reloj de bolsillo. Era de su abuelo y a mí no me gusta que lo lleve en el bolsillo del chaleco, se le puede caer y sería una desgracia. Entró en la tienda y preguntó el precio y casi se le cayó el alma al suelo, el dependiente le dijo que estaba de oferta y su precio era de 700 euros. ¡700 euros!. Casi le dio un desmayo. Dio las gracias y se fue a la calle.

¡Era tan preciosa aquella leontina!. Juan se lo merecía, nunca le había hecho ningún regalo y precisamente el día 6 de Enero era su aniversario de boda. Y mientras caminaba presurosa por la calle de Colón, iba pensando en la cara que su marido pondría al regalarle ella aquella hermosa leontina para su reloj. Pero.. De repente se acordó del cajón de la cómoda donde estaba su tesoro, su menguado tesoro. Mentalmente contó lo que sumaban aquel puñadito de billetes de 5 euros, tenía. Tenía..

La cabeza le daba vueltas y llegó a la conclusión de que con lo que tenía ahorrado, que sumaban 200 euros, con eso solo tenía para poder comprar algún juguete para su Miguelito. Le entró una gran congoja al verse impotente para poder hacer todo aquello que deseaba hacer, y tomó una decisión muy importante. ¿Cuál pudo ser aquella decisión tan tajante?.

Volviendo al principio de la historia, habría que remontarse a unos años atrás, que fue cuando casualmente se encontraron Ana y Juan en una fiesta de cumpleaños de un familiar de ella. Fue verse y un ángel pasó entre los dos, un amor fulminante llenó sus almas de todo lo bello que puede haber entre dos jóvenes que se agradan y que se complementan en todos los sentidos. Ya no pudieron separarse nunca más, y de esto se llegó al final que fue el casarse, unirse para siempre.

No fueron unos principios fáciles, les costó encontrar una casita que llenara sus aspiraciones, amueblarla, y no tardaron mucho en tener la felicidad de lograr el fruto de su amor, su Miguelito. Juan tuvo varios trabajos y al final por mediación de un familiar encontró un trabajo en las oficinas de una empresa de maderas, que fabricaba chapas. No era un trabajo bien remunerado, pero era fijo y les dió una seguridad relativa.

Fueron pasando los años, pero su amor seguía intacto, aquello no era amor, era adoración por parte de los dos a cada uno de ellos. Juan tenía a su Ana en un pedestal, era el todo para él. Para Ana, Juan era el hombre más masculino y varonil que había en la tierra. ¡Era tan hombre!. ¡Era tan bello!. Estaba locamente enamorada de él y encima tenían a su nene, a su Miguelito que los había unido aún más a ellos dos. En aquella casa reinaba una felicidad completa. Pero..

Cercana, muy cercana estaba la fecha del 6 de Enero y los dos, Ana y Juan debían resolver la compra de los juguetes de Miguelito y se pusieron de acuerdo en que Ana fuera a comprar lo que el niño deseaba y una tarde se fue y tuvo algunas dudas, pero al final decidió comprar un gran coche de bomberos y el solicitado traje de Spider Man. Se lo empaquetaron todo y calladamente se lo llevó a casa, sabiendo que de acuerdo con Juan, este se lo había llevado de paseo. Cuando entró lo que hizo Ana fue colocar el gran paquete encima de su armario y ya tranquila en ese aspecto, procedió a preparar la comida y esperó a que llegaran los hombres de la casa.

Cuando estos entraron, Ana y su marido intercambiaron miradas de complicidad y se sonrieron felices por haber solucionado lo de los regalos del niño sin que este se enterara. Ahora cada uno de ellos estaba pensando como darle la sorpresa a su pareja. Cada uno ya tenía decidido lo que iba a hacer y se lo guardó íntimamente, aunque los dos sonreían en su interior, pensando en la sorpresa que tenían preparada.

Y llegó el día 5, y ¡Vaya sorpresa que se iban a llevar los esposos!. El primero que salió de la casa con bastante prisa fue Juan, que directamente entró en la tienda en donde le guardaban el precioso regalo para su Ana, y recogió el paquetito. Con prisa regresó a su casa en donde él suponía estaba su esposa esperándolo. Pero no era así, ella no estaba. Juan se armó de paciencia y esperó y esperó.

Ana viendo salir de la casa a Juan, dejó a Miguelito al cuidado de una vecina y se fue con prisa a hacer unas gestiones. Luego con un regodeo de alegría, entró en la tienda donde le estaban guardando la leontina, el regalo para Juan, recogió el paquete luego de haberlo abonado y con prisas, regresó a su casa. Esperaba que su marido estuviera allí para darle su regalo, la estupenda sorpresa que ella le había reservado.

Y la impresión fue mayúscula por parte de los dos. ¡Vaya sorpresa!. Juan se quedó mirando a su esposa asombrado ya que llevaba puesto un pañuelo en la cabeza, cosa que le extrañó, ya que era algo inusual que Ana se pusiera nada en la cabeza, con su hermosa cabellera tenía bastante. Pero no dijo nada y esperó a que su esposa dijera algo. Esta, sin abrir la boca le hizo entrega de un pequeño paquete, él sin decir nada procedió a destapar el paquetito y cuando vio lo que contenía unas lágrimas asomaron a sus ojos. Sacó del paquete la hermosa leontina de oro y la levantó hasta sus ojos y siguió sin poder decir nada, tenía un nudo en la garganta.

Ana esperaba algún comentario, pero él se limitó a entregarle un paquetito a su esposa y esta emocionada procedió a destapar el regalo, cuando vio lo que contenía y lo sacó, pudo ver que en sus manos tenía un bellísimo prendedor de cabello, de plata y carey, lo miró y remiró sin saber que decir. Unas lágrimas fluyeron a sus ojos y con un teatral gesto se arrancó el pañuelo y Juan pudo observar que había desaparecido la hermosa cabellera de su esposa, solo pudo ver que ella se había quedado con una melenita de cabellos negros, muy corta, cortísima.

Juan seguía teniendo la leontina en sus manos y sin articular palabra, señaló la linda cabeza de su mujer y las lágrimas cayeron de sus ojos como fina lluvia de tristeza.

Ana, inmóvil también, sostenía en sus manos el hermoso prendedor de pelo. De su garganta tampoco salía ningún sonido, esperaba no sabía qué y Juan, que se había levantado de su asiento, aguardó unos instantes y en un movimiento impulsivo se adelantó hasta donde estaba Ana, esta había hecho el mismo movimiento, se encontraron y un gran abrazo los unió, mientras las lágrimas de los dos fluyeron como un torrente de amor y felicidad.

¿Cuál era el motivo de aquella situación?

De eso habría que hacer una reflexión y buscar los motivos. Él había empeñado su reloj de bolsillo para comprarle a su esposa el hermoso prendedor de pelo. Ella había vendido su hermosa mata de pelo para poder regalarle a él la bella leontina de oro. Y ahora se encontraban, que a él no le hacia falta la leontina por no tener donde ponerla, no tenía el reloj. A ella no le hacia falta el bello prendedor de pelo, no tenía su hermosa y larga cabellera.

Pero el tiempo pasaría e iría pasando, y a ella le creció mucho más hermoso y abundante que antes, y ya se pudo poner con alegría el bello prendedor. Y él pudo desempeñar su reloj, pudo ponerle entonces la linda leontina de oro y con eso presumir ante sus amigos del regalo que le había hecho su esposa. Y fueron felices, ella con su prendedor, él con su leontina y Miguelito con su gran coche de bombero y siempre vestido con su traje de Spider Man, y que fue la envidia de todos sus amiguitos...




 

 



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