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La viejecita y sus manís
Erase una vez una viejecita muy viejecita, que estaba sola en el mundo. Una vez tuvo familia pero ahora estaba sola, muy sola. Mientras ella iba por las callejuelas solitarias encerrada en sus pensamientos, no podía dejar de pensar en todos aquellos que alguna vez formaron parte de su vida. Sus papás que eran muy especiales para ella y para su hermano Paco. Recordaba a su papá, siempre serio y dispuesto a oírles en sus quejas o preguntas. Y su mamá... ¡Qué bella era su mamá!, ¡Cómo la echaba de menos!, siempre tan atenta y pendiente de sus dos hijos, ¡Cómo la echaba a faltar!. Pensando en ella las lágrimas acudieron a sus ojos y con una punta de su delantal se las enjugó. Siguió por aquellas silenciosas y oscuras callejuelas envuelta en sus pensamientos, mientras sus brazos abarcaban su pobre y exigua mercancía, unos paquetitos de maní recién tostados aquella misma tarde. Iba contenta, pensaba que como hacia frío la gente podría comprarle algunos paquetitos de sus manís recién tostados y empaquetados con mucho amor por ella.
Avanzaba lentamente y se daba cuenta de que a medida de que pasaba el tiempo cada paso le costaba más y más. Pero no por eso se arredró, incorporándose, daba la impresión de que nada pasaba. Iba despacio, acercándose al lugar que, desde hacía muchos años, ocupaba en la puerta del Teatro Tívoli de Barcelona. Eran muchos, muchos los años que se había apostado en sus puertas durante las noches de verano e invierno, ofreciendo sus paquetitos de manís, a la clientela que acudía para ver los espectáculos que ofrecía aquel magnífico teatro, cerca de la plaza de Cataluña.
Aquella viejecita que se llamaba Carmen, era aceptada por los acomodadores y dueños de la sala y además, por la persona que tenía la exclusiva de vender en el hall del teatro, durante la entrada y entreactos, caramelos y otras chucherías, Maria Solanich, que era una maravillosa persona. Muchas veces, cuando la viejecita no había podido vender su mercancía a los clientes habituales, ella se hacía cargo del resto. Una vez solucionado, Carmen muy agradecida, se iba con su pasito lento y tardo a su casita que estaba cercana a la Via Layetana. Cada vez le parecía que estaba más lejos su morada y a medida que se iba acercando, sentía un gran frío en su corazón, nadie la esperaba allí, sabía que en cuanto llegara a su hogar, las sombras de la noche y los recuerdos iban a empañar su corazón.
Sus pasos eran cada vez más lentos, más pausados y mientras caminaba iba rumiando sobre aquellos tiempos de gozo y placer que habían llenado su vida. Y lloraba y lloraba, sus ojos derramaban lágrimas y más lágrimas sin poderlas contener. Se encontraba tan sola... Tan frágil, tan nada de nada, que en aquellos momentos sintió deseos de morir, desaparecer sin dejar huella. ¿Quién iba a preocuparse de una vieja como ella?...
Una vez entró en su humilde casucha vacía de todo o casi todo, añoró su feliz infancia y juventud. Aquello era un antro, podría decirse que muy miserable y se sintió tan dejada de la mano de Dios que en un momento de angustia miró al techo de su casa como si mirara al cielo y exclamó.
-¿Por qué yo? ¿Qué mal he hecho en mi vida para merecer esto? ¿No he sido buena y considerada? ¿No me he portado bien y nunca he hecho mal a nadie?...
Y entonces le entró tanta congoja, que sólo la pudo remediar llorando y mesándose los cabellos. ¡Estaba tan triste!. ¡Tan agotadoramente cansada de aquella vida vacía!. Y lloró amargamente sin consuelo.
En su habitación no tenía calefacción y hacía frío, así que lo que hizo fue prepararse una sopa caliente de verdura y cuando estuvo lista sin casi saborearla, la fue tragando a pequeños sorbos y eso la hizo entrar en calor. No demoró mucho el acostarse en su humilde yacija, antes de introducirse en sus raídas mantas, rezó encomendándose a Dios, solicitando que en algún momento alguna luz pudiera iluminarla, y no tardó nada en quedarse dormida y soñó y soñó.
Su cara se iluminó con una sonrisa, mientras en sus sueños revivió su vida antes de llegar al punto en que ahora se encontraba. ¡Qué lindos sueños!. Se vio muy pequeña, infantil, estaba en un parque al lado de sus papás, cerca estaba su hermano Paquito. El día era luminoso y podía ver el azul del cielo y pocas nubes. Observando los alrededores en donde la familia se encontraba, pudo vislumbrar que en el lugar donde se hallaban instalados, la banda municipal estaba tocando una pieza y una gran multitud de gente escuchaba la bella música. ¡Estaba tan feliz con su familia!... Qué mañana tan inolvidable y qué placer cuando llegaron a su hogar, entraron y notaron aquel olor penetrante del cocido dominguero que impregnaba toda la casa. ¡Qué bien olía aquel puchero!.
Y aun en sus sueños, se relamió recordando que en cuanto se sentaban en la mesa, lo primero que sacaba su mamá era la sopa. ¡Qué sopa! Con sus menudillos, su pan en remojo y aquel exquisito plato se repartía con gran diligencia. Primero su papá, después Paquito, luego ella y seguidamente su mamá. Una vez acabado ese suculento plato, venía el resto del cocido, garbanzos, patatas, trozos de pollo, chorizo, morcilla y recordaba con gran exactitud, como su papá se ponía en el plato una buena cantidad de garbanzos y patatas, las aplastaba con el tenedor, encima colocaba un buen trozo de tocino y luego de esto, echaba encima algo de aceite de oliva, lo mezclaba con gran placer y toda la familia lo veía regodearse con aquella mezcolanza que antes de comerla se le hacia la boca agua. ¡Qué bueno estaba todo!. Luego si era la época de fresas, mamá las preparaba con zumo de naranja para Paco y para ella, para los papás con un poco de mistela. Y de sueño en sueño fue repasando parte de lo que fue su vida.
Su papá era el jefe de una gran oficina. Su hermano Paquito estudiaba en los Salesianos y la vida se desarrollaba suavemente, sin altibajos, hasta qué... Llegó la guerra, y trastocó todas sus vidas. Todo cambió de la noche a la mañana, de tenerlo todo, no tuvieron nada y aquí empezó su declive en todos los sentidos. Papá como adicto al bando vencido, fue encarcelado, casi fusilado y con ello, fueron proscritos y lo perdieron todo. Su hermano Paco, como gente joven que era y defensor de lo que era justo, se hizo militar y una vez alcanzado el grado de teniente lo enviaron al frente en donde sin que nadie pudiera saber cómo, cuándo, ni dónde, a partir de ese momento no tuvieron hijo los padres, ni ella hermano.
Y llegó la completa soledad para ella, ya que su mamá falleció repentinamente y no tardó nada en seguirla su padre que había enfermado en la cárcel y también murió. Se quedó sola sin recursos, y prácticamente vivía de la caridad de gente amiga y vecinos. Un día pensó que no podía seguir en esa situación y un amigo le sugirió que podía dedicarse a la venta de chucherias en la puerta de algún colegio. No le pareció mala la idea, pero para su cuerpo bastante fatigado por las estrecheces pasadas no aguantaba el trajín de ir cada día deambulando por la calle y luego estar horas y horas de pié en la puerta de algún colegio, tratando de que alguien le pidiera algo de lo que llevaba en su cestito de mimbre.
Y así fueron pasando los días, los meses, los años y las nieves del tiempo blanquearon sus otrora negros cabellos. Estaba cansada, muy cansada, pero lo que más sentía era su soledad y eso no lo podía evitar, no quería rendirse y seguía con su rutina de siempre, ir al mercado, comprar sus manís crudos y ella una vez en casa, los tostaba con amor en su pequeño hornillo. Luego iba colocando unas cantidades iguales en unos pequeños paquetitos y con mucho primor los colocaba en su cesto, los tapaba con un blanco paño y esperaba la hora de volver a salir a la calle, llegar a su pequeño rincón al lado de la entrada del Teatro Tívoli y esperar a lo que ella llamaba “su clientela”.
Así un día, otro y otro, era el cuento de nunca acabar, pero estaba resignada a aceptar aquello que era su destino y con gran paciencia esperaba y esperaba a que le fueran solicitados sus manís. Mientras estaba a solas en su espera, muchas veces se había quedado medio dormida y entonces soñaba con sus tiempos pasados. Podía ver con claridad a su querida familia, ella no era mayor, era pequeña y jugaba con sus papás y con su hermanito.
-¡Ven nena! - le decía su hermano Paquito - vamos a jugar con la pelota.
Tan real era su sueño, que aun medio dormida, levantaba sus brazos para coger y lanzar aquella pelota a su hermano. Veía como sus papás se reían viéndolos jugar. Cómo le gustaba que su mamá le pidiera un besito, y gozosamente, ella le ofrecía sus morritos y hasta podía notar el calor de los labios de su mamá.
De vez en cuando, alguno de sus clientes le solicitaba un paquetito de maní y ella se lo entregaba con una sonrisa. Despertaba de sus fantasías, que para ella eran una realidad y le hacía sentirse feliz, aunque cuando bajaba de aquellos bellos ensueños algo de amargura le roía por dentro. Muchas veces deseaba que no la molestaran, que no la despertaran de sus fantasías, que no le pidieran sus manís, deseaba seguir soñando y estar con su familia, sintiendo aquel bello placer de sentirse rodeada de tanto amor como había tenido. Deseaba soñar.
Un día de aquel crudo invierno, se estrenaba una nueva obra musical en el teatro y había gran expectación por parte del público, cosa que hizo que aquella noche acudiera gran cantidad de gente. Había vendido algunos paquetitos de manís, pero en la cesta aun le quedaban bastantes y estaba deseando vender todo para poderse ir a casa a descansar. Sin darse casi cuenta, se le había acercado un señor muy bien vestido que sintiendo lástima por ella, le preguntó.
-¿Qué vende buena señora?
Y Carmen respondió que eran manís tostaditos por ella misma.
-¿A cómo son los paquetitos?- le volvió a preguntar el señor.
Y Carmen le dijo que a 5 ptas.
-¿Cuántos tiene ahí en el cesto?-preguntó de nuevo el señor.
-Pues quedan 25 -fue la respuesta.
-¡Démelos todos!.
El caballero diciendo esto, le ofreció el dinero y esperó a que ella le
entregara su pedido, pero oyó con asombro que la mujer le decía.
-Señorito, si se lo vendo todo a usted, ¿Qué tendré yo para mis otros clientes?.
El señor no esperaba esa respuesta y en su interior se dijo así mismo. “Pues tiene razón”.
-Deme dos, por favor.
Se los pagó y con ellos en el bolsillo entró en el teatro sonriendo por aquella insólita situación.
Carmen se quedó de nuevo en su pequeño rincón en espera de sus otros clientes y mientras aguardaba, en sus sueños continuó viendo a su querida familia. ¡Qué guapo estaba su papá! ¡Qué elegante con su abrigo azul y su bufanda blanca!. Realmente tenía cogida la mano de su mamá y la de su hermano Paquito, se encontraban en un parque cerca de la rosaleda, su papá se había adelantado para comprar comida para las palomas, eso es lo que siempre hacía, mientras que su mamá lo miraba sonriendo en su firme caminar, pausado y sereno, ¡Amaba tanto a su esposo Tomás!...
A su hermano y a ella les gustaba que cuando echaban la comida al suelo, una nube de palomas de varios colores, se les pusieran encima de los hombros y de la cabeza, algunas de ellas les picaban en las manos, mientras ellos se reían. ¡Qué felicidad verse de nuevo con su familia! ¡Estaba tan feliz!... Se vio a sí misma con su hermoso traje blanco, sus zapatitos blancos y se pudo tocar el gran lazo que llevaba puesto en la cabeza que le recogía el cabello. ¡Qué guapa estaba!. Se encontraba tan linda que hasta dio unos pasos de baile mientras su hermanito la miraba riendo. Aquello no era un sueño, de verdad se encontraba con sus seres queridos y deseaba que no terminara nunca aquella felicidad, para ella era tan real... que hasta movió balanceando su cuerpo como si de verdad bailara, hasta se tocaba el pelo y entonaba una melodía, pero...
Pasada la media noche, Maria Solanich, la encontró sin vida, inerte, pero con una gran sonrisa de felicidad en su rostro que la hacía hermosa, muy hermosa. Maria imaginó que había ido a reunirse con sus seres queridos y tuvo la certeza de eso, debido a que su sonrisa se mantenía en su rostro, ya que la vida se le había escapado sin darse cuenta. Estaba convencida de que en aquellos momentos estaría rodeada del amor de su familia, y ya nunca más estaría sola...
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