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Miguel León Burgos



La protestona

 

Érase una vez un matrimonio que en sus inicios fue una pareja ejemplar. Todo estaba bien, no discutían y siempre estaban de acuerdo, pero con el tiempo eso cambió. Ella, Ana, era una gran persona, pero tenía sus momentos de indecisión y a veces le soltaba a su marido unas recriminaciones en las que él no tenía culpa. Se llamaba Miguel, era muy buena persona, siempre dispuesto a que en casa todo estuviera en orden y aunque él creía hacerlo bien, los enfados estaban a la orden del día. Era lo que ella llamaba “una pudentá”

-No; eso no. ¡Qué atrocidad de luz!...

-Pero mujer...

-No creo que para leer el periódico o para escribir, necesites tanta.

-Para escribir.. Acaso no; pero para leer, sí.

-Puedes leer en el comedor al lado de la ventana. Pero ten cuidado de no abrir la ventana, puede hacer corriente y la casa se enfriará, y que nos podamos constipar. Que no entre el sol, puede estropear los muebles.

-Tan hermoso que es ver el sol luciendo a través de la ventana..

-Y tanto que se pueden estropear nuestros hermosos muebles, los cuadros.. Esos que tanto admiran los que vienen a casa algunas veces, y que tanto dinero nos costaron.

-Bien, bien: ahora escribiré en el cuarto de informática; luego, iré al comedor a leer el periódico.. ¡Ay, Señor! Cómo añoro aquellos tiempos en que podía hacer lo que quisiera sin que nadie me echara la bronca. Aquel sol, aquel aire, aquel espacio siempre ante los ojos.

-Y seguramente, aquellas chinches, aquellas goteras, aquel frío ¡Aquella falta de higiene! - dijo Ana.

-Y, el exceso, ¿No es otra falta de higiene?-respondió Miguel.

-¿Qué dices? Dijo Ana un poco sulfurosa - Cómo podías soñar tú, que pudiéramos tener tantas cosas bonitas en casa si no las cuidamos.

-Ya lo sé - respondió con ánimo templado Miguel - pero no hay que estar esclavos de lo que es perecedero y que se puede renovar en cualquier momento. Este es nuestro hogar, nuestro - repitió él - y que muchas veces deseo hacer cosas y tú con tu carácter no me dejas hacer.

-¿Qué no te dejo hacer?- respondió ella cada vez más furiosa -¿Qué no te dejo hacer?. Soy una mártir, siempre pensando en que todo esté limpio, y que nuestro hogar reluzca como una patena.

Y soltó un sollozo.

Miguel intentó capear el temporal que sabía que se le avecinaba diciendo.

-Pero mujer, si solo he dicho...

-¡Que has dicho!, ¡Que has dicho!. Siempre estás con lo mismo, que no te dejo hacer nada, que no puedes leer, ni escribir, en fin, ¿Sabes que te digo?. Haz lo que quieras, si la casa está sucia, pues que esté, si quieres leer o escribir, hazlo donde quieras hacerlo. A mí déjame en paz y no me fastidies. ¡Soy una esclava!.

Y de nuevo un corto sollozo, que no era sollozo, hizo que él se acercara e intentó abrazarla, pero ella lo rechazó. Miguel, hombre sufrido se apartó de ella y espero lo que a continuación sabía que iba a venir.

-¡Soy una esclava!- repitió Ana. Todo esto esclaviza y no puedo más.

-La verdad - dijo él - no veo la esclavitud por ninguna parte. Tú haces lo que tienes que hacer y sabes que te ayudo en todo lo que puedo. - acabó diciendo - mujer, no te pongas así.

-Tu no ves esta esclavitud, pero yo sí y la sufro. Todo cuanto nos rodea, es más que yo, es antes que yo, puesto que he de amoldarme a ello, puesto que he de tenerlo todo en cuenta... ¡Sol!, ¡Aire!, ¡Espacio!.

-Eso se queda fuera de aquí aunque me conviene, porque no les conviene a los cuadros, a nuestros muebles, los... ¿Habré de irme a la calle o subir al terrado a trabajar?

-Comprendo qué... respondió ella.

-Sí, sí, comprendo tanto. ¡Tanto!... Qué, ya ves, a pesar de lo que digo, me someto, dudo y acabo por opinar, a ratos, como tú. Mi pensamiento es el que siempre protesta.. Mientras la voluntad calla.

-Hijo, yo todo lo hago por bien.. Creo que te cuido...

-Cómo a todo esto, y... Por ello temo morir de carencia de luz, de aire, de...

-¡Jesús, qué cosas dices! Te dejo. Anda, anda, trabaja, tonto, trabaja.

-¿Por qué soy tonto?, Trabajo tanto como tú en casa ayudándote.

-Hombre, podías sentarte más poco a poco. Te dejas caer en las butacas de una manera que...

-Eso quisiera yo, poder dejarme caer poco a poco y no puedo. Buena señal sería para mí y para mis piernas.

-De todos modos... Piensa que estos muebles no son recios y pesados como los que antaño se hacían.

-Bien protesté yo que los cambiaras. En fin, veré de agarrarme a algo para sentarme lentamente y que no sufran estas preciosidades aunque yo padezca.

-Oye, ten en cuenta que estás estropeando el cenicero de plata oxidada. Lo pones perdido con las colillas.

-¿Quieres que me las guarde en los bolsillos?

-No; pero como las dejas encendidas, puedes quemar algún mueble y cuesta mucho borrar las quemaduras; hay que hacerlo con pasta, y desaparece la linda patina del oxidado.

-Bueno; ponme en su lugar un plato sopero, una cazuela, un orinal, una escupidera, que yo pueda fumar a gusto sin preocupaciones. ¡Caray! Con la esclavitud de las cosas.

-¡Hijo, vaya geniecito te está saliendo con los años!

-¡Con los años y con las...

-Te participo que acabamos de recibir el recibo del catastro y ha subido una barbaridad, todo ha subido hasta las nubes.

-Pues no he comido más que otros meses. Con esto de hacer dietas, me estoy muriendo de hambre.

-Ya, ya. ¡Paciencia!

-Tampoco he gastado en ninguna cosa extraordinaria.

-Tú, no.. Es decir.. ¿Olvidas que hemos gastado en cosas de casa? Que si los vasos de whisky, lo de Venca, las compras extras para la cena que vamos a hacer para los amigos. Y otras muchas cositas.

-¿Cosas? ¿Más cosas todavía?

-De primera necesidad.

-Pero en esta casa, ¿Hay algo de primera necesidad?

-No empieces Miguel, no empieces. Y, sobre todo, quítate el vicio de apoyar los pies doblados en el suelo de ese modo cuando está sentado, o cuando los pones encima de las banquetas del saloncito, hay que lavar muchas veces las fundas. Estás estropeando mucho las zapatillas.

-Deja de fastidiar. Toma las zapatillas, toma los calcetines, toma todo. ¿Me dejas respirar un poco? ¡Qué horror, esto de vivir así, pensando en todo lo que nos rodea!

-Vaya, hombre, no te pongas así.. Eso es. ¿Qué trabajo te cuesta? ¿Estás viendo? ¡Ajajá!. Ahora te lavaré las zapatillas y los calcetines y mientras pones los pies encima de este trapo que está limpio.

-¡Señor, Señor!

-No te quejes. Vives bien.

-Ana, te digo que no puedo más. Me sacrifico por ayudarte mientras tú está trabajando fuera de casa. Y ¿Qué es lo que consigo?. Voy a comprar, hago la comida, pongo la lavadora, hago platitos especiales para ti. Me esfuerzo en complacerte. No salgo de casa si no es contigo. No voy a bares, no me relaciono con nadie, solo estoy pendiente de ti y deseo que seas tú la que vistas lo mejor posible, que todas tus compañeras te envidien. Y sabes que cuando me dices que me tengo que comprar ropa, siempre mi respuesta es que tengo de todo.

-Vaya ganas de exagerar que tienes Miguel- Aun estoy esperando que alguna vez estrenes aquella “Corbanda” que te regalé.

-Pero, mujer, tú no ves que no me pongo camisa. Dónde me coloco esa corbanda, ¿Dónde tú sabes?. Sabes que me sobra todo y de todo y solo disfruto teniéndote a mi lado.

-Exagerado, ya será menos - dijo riendo Ana.

Pero ella no dejó la conversación morir.

- Pues ya lo ves, a pesar de eso que dices, cada día se gasta más. La vida está imposible.

-Más imposible estoy yo. Debiera vivir en el campo, en pleno sol, a pleno aire.

-Claro, luchando con las moscas, los mosquitos, el polvo, el fastidio y todas las bestias que te pudieran atacar.

-Respirando libre. ¡Viviendo! Porque esto no es vivir. ¡Que no le de el sol a los muebles! ¡Que no se manche esto o lo otro! ¡Que puede romperse! ¡El filtro Sinaí, que se puede romper! ¡Las sillas, que se pueden romper!. Parece ser que todo te importa más que yo. Parece ser que aquí el esclavo soy yo.

-¡Señor, Señor, cuánta barbaridad!

-¡Seguir así trabajando en las tareas del hogar! ¿Por qué? ¿Para qué?. ¿Para que los muebles duren más? Para que cuando yo pueda hacer o intente algo que no esté de acuerdo contigo, me eches la “pudentá”. Pienso, y te lo digo de corazón, lo que poseemos tenemos que disfrutarlo. Lo hemos hecho con nuestro mutuo esfuerzo, esto que nos rodea es nuestro reino, nuestra casa, nuestro hogar. Piensa, que no nos lo podremos llevar. Y somos tan necios, tan orgullosos, tan estúpidos, que no medimos y apreciamos todo lo que tenemos, y, teniéndolo todo nada más que en usufructo, casi no lo gozamos; algunos, ni ese casi.

-¡Vaya, vaya! ¡Cálmate! Ya has dicho bastantes tonterías en poco rato.

-Todo tiene un límite.. ¡Hasta nosotros! No debemos obrar como si las cosas y los seres hubiéramos de ser eternos, ni debo privarme del uso íntegro de todo cuanto tenemos. Que si todos pensaran como yo, no habría museos de antigüedades. Bueno; pues que las falsifiquen.. Como ya se hace para delicia de tontos, provecho de listos y sin perjuicio para nadie.

-¡Que vas a derribar ese jarrón japonés de la dinastía Ming , con alguno de tus manotazos!

-¿Sabes lo que te digo amada Ana? ¡Que quiero vivir! ¡Quiero ser libre! ¡Quiero gozar de lo que poseemos! No es justo que, tras haberlo ganado todo, me muera sin haber disfrutado nada mío. No, ¡No quiero y no quiero!.

Ante este arrebato, Ana, que no tenía nada de tonta, comprendió que su esposo, a quién ella quería con todas las fibras de su ser, no se merecía que de vez en cuando por su corto genio, a veces, se pudiera sentir culpable de haber hecho algo que no entraba en su manera de ser y no lo hacia a conciencia.

Él que era una persona comprensiva, y dúctil, que se acoplaba a las nuevas circunstancias. Muchas veces ella sin quererlo, tenía unas reacciones que no venían a cuento. Ofendía sin darse cuenta y lo humillaba por no estar a la altura de las circunstancias.

Él se estaba sintiendo un poco enfadado, así que una mañana le dijo

- Ana, ven que quiero hablar contigo seriamente.

-Sí, mi amor, ya voy ¿Qué quieres?

-Verás- dijo Miguel- Sé que a veces me despisto un poco y que no parece que cuido las cosas. Tengo mis defectos, pero quiero de nuevo recordarte que debemos disfrutar de lo que tenemos, y muchas veces me riñes sin haber motivo y eso me fastidia.

-No me había dado cuenta cariño. Sabes - dijo Ana - es que me gusta mucho la limpieza y cuando veo ceniza por el suelo, las sillas fuera de su sitio y las luces encendidas, me dá mucha rabia y por eso te regaño.

-Lo que haces - le cortó Miguel - no es regañarme, me echas broncas y me siento mal y fuera de lugar.

-¿Y qué puedo hacer? Dijo ella sonrojándose.

-Pues debes controlarte y no estar pendiente de sí hago esto o lo otro, soy un poco despistado, pero no es para que tu te enfades.

-Mi cielo - dijo Ana - entiendo el mensaje, procuraré controlarme y no estaré pendiente de si no me gusta algo de lo que haces. ¿Conforme?

Bien - así me gusta - Yo también trataré de no hacer nada que te pueda incomodar.

Ana se acercó a su marido y mimosa le ofreció sus morritos y él la besó amorosamente. En eso, ella se había fijado que en el suelo había ceniza de un cigarrillo y le soltó.

-¡Serás cochino! Mira lo que has hecho.

Miguel se encogió de hombros y se dijo a sí mismo

-“Esta mujer no cambiará, es insoportable, pero ¡La quiero tanto!”...




 

 



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