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Cuento IV (II)
Esa misma noche la luna no había podido dormir como
de costumbre sobre el pequeño estanque con sus estrellas
que la acompañaban. Aquella noche una extraña
niebla lo había cubierto todo y todo estaba como tamizado
en sonidos acolchados y visiones llenas de extraños
reflejos fantasmales. Unas mariposas nocturnas revoloteaban
entre dos grandes troncos de árbol bajo la luz de la
luna, y entre las sombras de las hojas las mariposas de alas
plateadas se ocultaban y reaparecían, visiones sobrenaturales.
Un vapor emergía de entre las hierbas. El silencio
se rompía en ráfagas de viento. Todo parecía
esperar, anhelando algo, algo fatal y terrible. La noche calla,
cercada de sí misma, temblando aterida.
-ahora soy toda tuya, ya nada puede separarnos
-yo siempre tendré miedo
De la sombra que proyecta un gran árbol emerge, como
una aparición, el rostro perturbado y lleno de miedo
del hombre del caballo, del desconocido que había salvado
a Natalia.
-no, ya no hay nada que temer, ahora estamos juntos
La voz de Natalia susurraba, entrecortada por silencios, por
las caricias de la mano trémula de Nicolás,
puesto que este era el nombre de quien la salvara.
-creo que hemos hecho algo terrible
-calla, por favor, calla
-no deja de atormentarme
¿por qué?
-sé que voy a morir, si pudieses comprender cuánto
miedo hay en mi alma.
¿de qué?
-de algo vago, de nada, le tengo miedo a nada, a mi mano,
a tus ojos, escucha, ¿oyes?
-¡ámame!
-¿no has oído nada?
-¡ámame!
-no oyes nada, no me haces caso, yo no te importo, ¿qué
buscas aquí tirada, desnuda? Vulgar, ramera, sucia
( llora) tan hermosa ( se besan)
Las hebras del cabello se empapan de luna y de agua esparcidas
sobre la hierba. La mano de Nicolás se demora en el
tacto suave y el sabor inflamado de la piel de Natalia, tan
brillante como la superficie pulida de plata intacta, recién
salida de su sopor mineral. Y los labios se abaten en el contacto
y se demoran sorbiendo sus redondeces húmedas y sedientas.
Se siente el calor de la tierra susurrando en los costados
que giran unos sobre otros en al tierra núbil. Ahora
el chasquido y los dedos entrelazados. Toda una vida cabe
en los suspiros que alumbran un éxtasis mortuorio.
-déjame, déjame, no , te lo suplico, ahora desearía
llorar
Nicolás se cubre los ojos con las manos y siente el
frío que emana del filo seductor de su vientre, intacto
bajo el halo lunar.
-pequeño corazón, eres como un niño
-¿qué buscas ahora?
-tu boca, qué sino, tu boca, deja de temer y ama
Manos que se defienden del rostro felino de Natalia, que busca
devorar las entrañas: -te podría mecer entre
mis manos
La sonrisa salvaje y provocadora de Natalia despierta aún
más miedo en Nicolás, que como en una pesadilla,
siente irreales los movimientos de sus brazos, tan lentos,
pesados, siente cómo arde la cara de Natalia, que con
todas sus fuerzas trata de alejar de sí. Algo arde
en ella, se abalanza sobre él, cada vez más
pesada, se apoya en su pecho y oye crujir sus huesos; en un
reflejo de la luna, ve a Natalia, parece que se le afilasen
los dientes, que sus rostro se cubriese de pelo, y un hocico
despuntara donde antes estaba su bella nariz. Y algo parecido
a un ronroneo voluptuoso y terrible tiembla en su garganta,
y Natalia apenas lo puede contener con sus manos.
-creo que me duele la cabeza, siento que me estoy mareando,
me ahogo, necesito respirar. Aparta a Natalia de un golpe
y se incorpora a medias sobre su codo derecho: -qué
me está pasando, no consigo pensar con claridad, Natalia,
qué me estás haciendo. Trata de incorporarse
sin conseguirlo, se siente pesado, los músculos fríos
y cansados. –Es como si supiese que me voy a rendir
a algo, pero no sé que es. No tengo fuerza, no entiendo
por qué tengo miedo y esta angustia... ¡Natalia!
-¿qué?
-¿sigues ahí?
-claro, amor mío
Nicolás ríe despectivo: -ni siquiera te crees
lo que te dices. Se vuelve a tumbar de espaldas, con la mano
que deja caer sobre la hierba busca el cuerpo de Natalia.
-¿Dónde estás? (Ríe). -¿nunca
lejos, eh? (ríe como un loco). -¿qué
has hecho de mí, Natalia? Yo no debería estar
aquí, sé que me arrepentiré, algún
día, cuando...
-sólo sabes quejarte
-ya no Natalia, ya no, no dudo, ni me quejo, mi Natalia
-me alegro, resultabas molesto
-sí, Natalia, sé lo que quiero, sé lo
que quiero
-debes quererme a mí.
-amo tus garras que me despedazarán y tu boca que huele
a sangre.
-lo haré, lo haré, que no te quepa duda si se
te ocurre volver a hablarme así
-perdóname
-no te he oído, habla más alto, no te oigo
-“tengo ganas de llorar, tengo miedo, me voy a morir”
-no te oigo, no te oigo, no te oigo
-no puedo más,( grita y llora), me rindo, creo que
he perdido la razón, estoy loco
-ya es hora de callar, Nicolás
-sí
Nicolás la mira como un niño asustado, la mira
como a su madre que le salva de una pesadilla diciéndole
que todo era falso, que los sueños se desgarran con
el despertar.
-bésame
-¿cómo?
-bésame ahora mismo
Nicolás coloca su boca sobre uno de sus bellos pechos.
Con los ojos muy abiertos y mirada distraída permanece
en esa posición. Poco a poco va lamiendo y besando,
con miedo, temblando
-muy bien, sigue Nicolás
Lleno de estupor obedece y calla, con la boca moviéndose
alrededor de la carne. Natalia apoya la cabeza sobre la hierba
y mira hacia otro lado riendo con un dedo entre los dientes.
Esa noche el viento trajo terribles nubes que se montaban
unas sobre otras como olas infinitas o peldaños cerrándose
sobre abismos en los que a veces algunas estrellas perdidas
tímidamente se escurrían o la luz de la luna
recorría chorreando las gradas.
Una enorme tormenta rugía a lo lejos, se aproximaba
bramando y amenazaba con su furioso golpe contra la tierra
en ráfagas de lluvia y viento. El rugido se hacía
cada vez más imperioso y el galopar se excitaba a sí
mismo devorando la distancia, apresando con furor la lejanía,
alimentándose de esperanza según crecía
y se aproximaba con ojos horribles, encendidos en un horizonte
de relámpagos, encorvados y retorcidos como venas en
una sien desnuda, en un cráneo atravesado por el agujero
de un golpe.
Por las calles de la ciudad, a la luz de las velas que portan
dos largas columnas de hombres, se ilumina la noche, en la
fiesta del rey loco se lleva en andas un trono de madera adornado
con pan de oro, sobre el que descansa un hombre vestido de
armiño, seda y terciopelo, con el rostro cubierto por
una máscara en forma de gran pico de ave. Aderezado
con cintas de colores, el báculo que sostiene firme
en la mano representa un globo, como un mundo sobre el que
brilla el filo de oro de su gran pico curvado que refleja
las luces de las antorchas y velas que lo secundan.
De entre la multitud, algunas personas lanzan pétalos
de rosa secos junto con hojas también secas y ramas
retorcidas, se amontonan sobre el suelo en el que crujen las
pezuñas de los caballos que lenta e imperceptiblemente
tiran del carro en el que se asienta el rey loco. Tradición
antigua, recuerdo de un personaje fabuloso, mitad hombre,
mitad pájaro, que un día recorriera los caminos
haciendo y deshaciendo hechizos sobre animales, plantíos,
hombres y sobre toda la tierra. Sanador místico e hipnótico,
raptador, violador de mujeres, niñas, hembras de toda
clase y condición. Murió apedreado, quemado,
destripado, sus miembros desgarrados, descuartizados, desmembrado,
desvirgado, pisoteado y sepultado bajo una montaña
de rocas y excrementos entre los que hicieron guarida hormigas
y serpientes.
Aquella noche, preparado el patíbulo para la efigie
en la que se expurgaría el sufrimiento de toda la población,
el hombre que representaba al mayestático pájaro,
pronto a su consumación, no se dio cuenta de que entre
aquellos vecinos que atestaban las estrechas calles por entre
las que pasaba la procesión, una madre se dirigía
a su hijo, la señora Marthe amonestaba a su hijo Gutt.
-¿por qué no esperas hasta que vuelva tu padre?
-eso podría ser demasiado tarde, él casi nunca
está en casa, puede que... necesito hacerlo ahora,
cuanto antes
-que jóvenes sois y qué prisa tenéis,
me hubiese hecho ilusión que también estuviese
tu padre, pero yo no soy como él, tengo muchas debilidades
y no puedo decirte que no.
-sé que en cuanto estemos casados algo cambiará
en mi interior, ya nada será igual y mi vida cambiará
como por arte de magia, luego haremos todas las formalidades,
te lo prometo.
-supongo que tienes razón, supongo...
-madre, no nos hace falta aparentar nada, hacer ver que tenemos
lo que no tenemos, tan sólo es importante una cosa
para mí y es que por primer vez en mi vida sé
lo que quiero, deseo a una mujer, quiero casarme. Compartir
una vida. Todo en mí ha cambiado, ya no me importan
las cosas que antes me importaban. Y quiero vivir, siento
la necesidad de seguir respirando para darle todos mis días
a alguien. Todo ha cambiado tanto, como antes, que tenía
ganas de morir. Lamento todos los sufrimientos que habéis
tenido que sufrir por mí, lo siento...
-quién se acuerda de eso, ahora no es momento de hablar
de esas cosas.
-en algunos momentos la vida se nos hace insoportable
-yo ya casi no me acuerdo de nada
-yo me acuerdo de demasiadas cosas y todas horribles
-suelo pensar que tú no eras entonces tú mismo
-sí lo era y no lo era, pero ahora sé que aquellos
días están perdidos y nadie los puede recuperar,
así que pensaré que no existieron, aunque sólo
pensar en ello me haga hacer temblar, y yo...
El joven Gutt tomó la mano de su madre y la besó,
luego besó su rostro y luego la besó en más
lugares, escondidos, reales o soñados en la memoria.
-qué poco conozco a tu novia
-yo la amo porque siempre sabe cómo hacerte ver que
nada en la vida importa menos la dicha de vivir para hacerla
feliz. Cuando más triste me encontraba, cuando había
decidido matarme, cuando sabía que sólo existía
una forma lenta de tortura que cada día se renovaba
sin fin, sin la esperanza de que terminase alguna vez, pensé
en matarme, pero la muerte me daba tanto miedo como la vida
y sólo conseguía que aquella vida de tortura
se continuase a sí misma. Yo estaba sentado en el mercado,
miraba la carretera, , me acuerdo que miraba fascinado el
reflejo del sol en un cubo de agua, pero sin saber por qué
tuve que levantar la vista, algo me decía que tenía
que hacerlo, y la vi a ella, delante de mí, mirándome,
con los ojos llenos de algo suave, y una sonrisa que fue creciendo
poco a poco hasta iluminar el universo. Desde entonces la
amé. Ha sido la única persona que me ha mirado
así. Algo se rompió dentro de mí, una
parte se me cayó y otra empezó a lucir. Desde
entonces no cesa.
Aún vibraba en su boca como el eco de la sonrisa con
la que había estado hablando. Sin embargo hacia el
final, su voz se había ido ensordeciendo, como si una
fina melancolía se hubiese ido filtrando. Parecía
como si Gutt oscilase siempre entre estados opuestos en su
alma.
-todo saldrá bien hijo
-todo, todo
La tormenta había seguido acercándose, pero
como si la gente no se diese cuenta, la fiesta continuaba
en su mayor esplendor, inconscientes, locos de alegría.
Unas enormes copas de vino habían empezado a circular
por entre la gente pasándoselas de mano en mano, entrelazando
los dedos y cantando, acercándose, rozándose
con los labios y las mejillas. Una felicidad insana estallaba
en el rostro de cada uno. La locura, el desenfreno se adueñaban
e todos. Risas sin ningún sentido se confundían
con rostros de animales. Las puertas abiertas, los balcones
atestados, alguno había que iba desnudo. Las copas
seguían pasando, algunas se rompían contra el
suelo.
-hijo, ¿ves a aquella mujer?
-¿cuál, madre?
-aquella de allí. La señora Marthe señala
a una mujer que pasaba entonces junto a un portal de una casa.
Llevaba una máscara blanca y un vestido azul con un
cinturón rojo. Caminaba de prisa, como queriendo pasar
lo antes posible, parecía tener miedo de alguien y
quizá esa fuese la razón de que llevase puesta
la máscara.
-¿quién es?
-no, nadie, es una mujer que conocí en otro tiempo.
Gutt creyó ver algo parecido a la inquietud en el rostro
de su madre.
-Gutt, hijo, qué ha pasado con tu hermana, creo va
a venir un día de estos
-hace poco recibí una carta, me decía que ya
no estaba con ese hombre, ¿cómo se llamaba?
-Klaus
-sí, ese mismo
-hace mucho tiempo que no hablo con ella
La señora Marthe seguía mirando a la mujer de
la máscara. Cada vez mostraba más inquietud
su rostro, casi se había convertido en miedo.
-hijo, ven hijo
-¿qué pasa madre?
-creo que no me encuentro bien, llévame a casa por
favor.
-¿te mareas, necesitas aire?
-llévame a casa
La señora Marthe hablaba casi desfalleciendo, las últimas
palabras salieron de su boca en un murmullo apenas. Cuando
se hubieron alejado la señora Marthe se volvió
y miró hacia la muchedumbre, como si buscase algo.
-está bien, déjalo, creo que puedo ir sola a
casa, tú quédate, tienes que esperarla.
-estás segura, ¿no quieres que te acompañe?
-sabes lo que tienes que hacer, eres joven aprovecha tu tiempo,
me alegra pensar que vendrá alguien más a nuestra
casa, que ya no estaremos tan solos, desde que se fueron...
-debería acompañarte, no me fío, hay
tanta gente.
-no, te digo, quiero estar sola. Tú quédate
a esperarla, estoy impaciente por verla
-madre, la veo preocupada, qué te inquieta
-te digo que no es nada, no sé por qué tienes
que darle más importancia a lo que no la tiene
-mira como si estuviese buscando a alguien,¿es ella?
La ha visto, ya tendría que haber llegado
-¡no!, no ha venido nadie, me voy, tengo que preparar
la cena, lo he dejado todo encima de la mesa y me llevará
mucho tiempo ponerlo todo en orden
Gutt ríe complacido y feliz, la señor Marthe
parece aliviada,como si se hubier quietado un peso de encima:-dime
una cosa, hijo, dime que todo está bien
-¿qué tiene que estar bien madre?
La señora Marthe ríe feliz y caprichosa: -todo,
que eres muy guapo y que tu novia te está esperando
y que llegaréis para cenar
-sí
-me voy, tengo muchas cosas que hacer
Gutt le da un beso a su madre, pero no puede aliviarse de
la sensación de que algo extraño va a ocurrir,
de que algo que no tiene que pasar va a pasar, de que algo
desentona de la gracia con que su madre baja los peldaños
de una escalera de piedra que lleva a una fuente en donde
una farola de gas se refleja en la quietud del calor de la
noche en el agua estancada, contenida en una concha de piedra,
desplazada por el chorro en un rumor secreto.
La tormenta había empezado a rugir, las nubes condensadas
cada vez más unas sobre otras comenzaron a henchirse
alrededor de rayos de costados afilados que serpenteaban salvajes.
Ya caía la lluvia, espesa, oscura, con un extraño
olor que no se podía identificar. Sin embargo la fiesta
continuaba tal y como había empezado. La procesión,
seguida de todo el pueblo, salía ahora a las afueras
y pasaba junto a la colonia de prostitutas, obligadas a vivir
fuera de la ciudad, con todos sus hijos.
Sobre los peldaños de una grada se derramaban sus cuerpos
cuajados de joyas, ceñidas a sus brazos serpenteando,
alrededor del cuello, golpeaban a cada movimiento contra las
curvas de sus senos blancos, negros, colgaban de sus orejas
o de su cabeza. Se sobreponían unas junto a otras y
sus rostros empolvados y pintados se entremezclaban de tal
manera que parecían las figuras soberbias y excesivas
que se desbocan y cuelgan de las cornisas de templos donde
los dioses se sientan en asamblea pintarrajeados, se mecen,
se acarician, cuchichean, con ojos de perfil, mirada oblicua,
los párpados entornados con malicia y placer, las delicadas
manos de afiladas uñas tras la oreja que reposa en
la palma suave.
Sobre ellas se alza el cuerpo enorme y la cabeza terminada
en cuernos de un gigantesco toro recubierto de lamé
y lentejuelas. Delante de las llamas de cientos de antorchas
que cubrían el soto, el mágico resplandor del
toro coronaba las cabezas y los miembros entrelazados perezosamente,
blandamente, de las mujeres acostadas en peldaños,
colgadas de las aristas.
Las ráfagas empezaban a golpear contra las casas de
las afueras.
-cierra la ventana, va a empezar a llover y entrará
el agua
-déjame en paz, ¿por qué no te levantas
tú?
-a veces quisiera que me amases un poco
-nadie podría amarte
-lo sé
Aunque en realidad el agua había empezado a entrar
por la ventana, el hombre dormitaba y la mujer lloraba y quisiera
que el agua hiciese crecer en sus pies algas que la cubriesen
toda entera y que un árbol creciese alrededor de ella
en donde anidasen pájaros de voz luminosa.
Gutt estaba ahora escondido detrás de dos grandes hombres
que casi lo ocultaban. Había creído distinguir
al otro lado de la calle a su prometida. La gracia de sus
movimientos le hicieron sonreír. Se había escondido,
como jugando, detrás de un pilar, a veces actuaba de
forma un tanto extraña, pero para él resultaba
siempre encantadora. Allí se encontró con otro
hombre. Sin saber por qué algo había empezado
a sangrar en el corazón de Gutt y sonreía ante
su amada con una sonrisa nublada. Luego vio cómo se
besaban. Ella lo miraba con miedo y muy nerviosa. Parecía
una niña ruborizada. Movía los ojos con rapidez,
desviaba la vista, la bajaba al suelo, no se atrevía
a mirar resuelta, se pasaba la mano por el pelo... y Gutt
no podía respirar, la mano apoyada en la pared se desplomaba
hasta quedar de rodillas sobre el suelo.
En el bosque Natalia y Nicolás se habían dormido.
Alguien los estaba observando. Se trataba del extraño
que los había seguido desde la casa de la señora
Rottengaard. Escondido tras un árbol los había
contemplado a la luz de la luna.
-“¿qué es esto señor?, no debo
permitir que este hombre toque ese cuerpo tan puro, ese demonio
de piel sulfurosa, ese canalla, debo salvar la pureza, de
esas cejas, de esa frente, es una niña, sólo
una niña, tan perfecta como su madre.” No pudo
reprimir un acceso de ternura al ver las pequeñas y
rosadas muñecas de Natalia, y se tapó los ojos
con las manos. “Ese cuerpo no es tuyo, es mío,
mío, mío”
De la habitación del cuarto en que dormía el
señor Dubois, sale una luz muy tenue. La señora
Divert que ha estado en la procesión se acerca y llama.
Nadie responde. Luego se oyen unas pisadas y el cerrojo se
descorre. En la rendija que va agrandándose aparece
el rostro lívido del señor Dubois.
-Qué mala cara tiene, señor Dubois
El señor Dubois se aleja despacio de la puerta que
se va abriendo cada vez más hasta que todo el cuerpo
del señor Dubois aparece a la vista.
-parece que ha visto un fantasma
-¿de qué color tengo los labios?
-¿cómo dice?
-¿son azules?
-no, son... como los de todo el mundo
-mentira, son azules
El señor Dubois se lleva la mano a la cara y se palpa
la frente. La señora Divert realmente empezaba a tener
miedo. Sin embargo logró serenarse y se acercó
al señor Dubois. Parecía como si quisiera abrazarle.
Aproximó sus labios a las mejillas secas y olorosas
del anciano. Pensaba que él también estaba sintiendo
lo mismo que ella, en aquel momento. Le temblaban los ojos.
Sí, ahora lo sabía él también
estaba sintiendo lo mismo: -sabía que tú también...
lo he notado desde hace mucho, te tengo miedo, me haces temblar,
me fascinas, nunca hubiese sido tan osada, pero todo mi amor,
soy muy sensible, todo es para ti, todo.
Cómo la pobre señora Divert podría haber
pensado que todo el apasionado amor que sentía por
aquel hombre desde hacía tanto tiempo pudiese provocar
la reacción que provocó. Con ojos de loco empezó
a reír a carcajadas. La señora Divert sentía
una angustia incontenible que le hacía contraer el
rostro en una expresión un tanto ridícula.
De repente el señor Dubois asió su muñeca
con fuerza , la arrastró hasta una puerta que abrió
de golpe, la condujo escaleras abajo, arrastrándola.
En el sótano había unas enormes tinajas de barro
llenas de vino. Para subir a ellas había que utilizar
unas escaleras. Encendió un farol, agarrando con la
otra mano todavía a la pobre señor Divert. La
obligó a subir con él hasta el borde del gigantesco
recipiente. El señor Dubois la miró con una
fijeza terrorífica: -qué estúpida es
usted, qué demonios me importa a mí su amor,
la desprecio, mire, mire
La obligó a inclinarse sobre el vino y, alumbrada por
el farol, se podía ver flotando, con los cabellos empapados,
el rostro de la hija del señor Dubois, muerta, con
los ojos desorbitadamente abiertos y la lengua fuera, ahogada.
La señora Divert empezó a gritar, salió
corriendo, salió de la casa y sus gritos desgarradores
se perdieron entre la muchedumbre. El señor Dubois
hundió su rostro entre las manos, apoyando los codos
en el borde de la gran tinaja. Empezó a llorar...
Al final la vela se extinguió dentro del farol.
En el bosque Natalia se había acercado a la orilla
del mar y de rodillas se lavaba con agua espumosa en la concha
que formaban sus dos manos, trataba de quitarse el olor enredado
entre los pelos, las ingles, la piel rugosa, plegada, oscura.
Detrás de ella se oyen unos pasos. Cuando se da la
vuelta ve a Nicolás retorciéndose bajo el cuerpo
de un extraño. Nicolás se debatía, mientras
aquel hombre apretaba cada vez con mayor fuerza con sus manos,
trataba de ahogarlo. Nicolás ya no se movía,
no respiraba. Aquel hombre se dio la vuelta y la miró.
–ahora eres libre, ven conmigo
Por primera vez en mucho tiempo Natalia tuvo miedo, sin saber
por qué se acordó de su madre. Aquel hombre
se acercaba.
-¿qué quiere de mí?
-ayudarte Natalia
Se acercaba despacio, como si tuviese miedo de asustarla.
-¿cómo sabe mi nombre?
-tú madre te está esperando, te estamos esperando
-¡mi madre!
-¡Natalia!
Aquel grito la hizo estremecerse.
-ven conmigo Natalia
-¿conoce usted a mi madre?
Él se reía
-aunque tenga que llevarte a la fuerza...
Sus ojos ardían recorriendo la desnudez del cuerpo
de la muchacha.
-¿qué ha hecho con él?
-lo he matado
Puso cara de ingenuo, como si quisiera fingir burlonamente
que no era consciente de haber cometido un crimen
-¿está muerto?
Aquella ingenua pregunta parecía exasperar al hombre.
-lo merecía, te he salvado, ahora ven
-no lo comprendo
-no voy a perder más tiempo contigo, te he salvado
de un criminal
-él me dijo que me amaba, que no se podría separar
de mí mi nunca. Qué muerto parece, no es como
estaba antes, está muy cambiado.
-ven con tu madre y conmigo.
-escapé de mi madre
-ven con nosotros
-Nicolás, pobre, le tenía miedo a morir, ¿puedo
preguntarle si ahora la teme? Ahora quizá la vea con
otros ojos. ¿Puedo?
Natalia se acercó a la orilla, introdujo los pies en
el agua, que pronto le llegó a la rodilla, el hombre
la seguí pero no se atrevió a meterse en el
mar.
-¿qué hacer Natalia?
-me voy
La tormenta descargaba con furia contra la ciudad, batiendo
las casas, vaciando las calles, cerrando puertas y ventanas.
La gente corre a refugiarse a sus casas. Afuera las prostitutas
bajo la luz de los relámpagos se refugian en la primera
casa que encuentran. El gran toro resplandeciente cae de su
pedestal y se desliza por una pendiente hasta el mar donde
flota arrastrado por el viento.
El hombre que persigue a Natalia no puede impedir que ésta
se sumerja en el agua. Cuando está a punto de ahogarse,
bajo las aguas, su brazo se yergue y toca algo duro a lo que
se agarra con ambas manos sin saber lo que es. Trepa y llega
hasta una colina de oro a ambos costados de la cual tiende
sus piernas. Se da cuenta de que es un gran toro, no puede
reprimir la fascinación que le producen las brillantes
astas que desgarran las tinieblas por delante de ella. Se
aleja llevada por el viento, errante, asustada, chupándose
el pulgar, mira con ojos de terror por encima de su hombro
al extraño que se queda en la orilla gritando.
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