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Cuento IV (I)
-Natalia ven aquí, no quiero que te alejes tanto
La pequeña Natalia no oía a su madre y seguía
avanzando a pequeños pasos hacia la vía del
tren. Sus pies descalzos descansan sobre el cálido
hierro iluminado por el sol..Inconsciente del peligro que
corría y feliz de la agradable sensación de
calor que pasaba del hierro a sus pies, la pequeña
Natalia comenzó a caminar sobre el raíl, poniendo
un pie detrás del otro, tocándose el talón
de uno con la punta del otro, trataba de mantener el equilibrio.
En la lejanía el grito agudo de una locomotora acompaña
a una enhiesta columna de humo que se acerca disolviéndose
sobre un cuerpo de hojalata bruñido de sol.
Como si la pequeña Natalia no oyese, como si no hiciese
caso del peligro que se aproxima cada vez más, sigue
caminando sobre el hierro cálido.
-socorro, socorro, socorro
Una mujer desnuda, por las prisas se había puesto a
todo correr un trozo de tela bordada contra los senos, sujetándola
fuertemente, grita; su marido, cojeando, corriendo todo cuanto
podía, se cruza con ella: -qué sucede
-la niña, Dios mío, la va a coger el tren, la
niña
-pero, a qué niña te refieres
-la niña, el tren
La mujer no pudo reprimir un grito de miedo al ver a la niña
caminando con los rizos rubios agitados por el viento, caminando
de espaldas a la terrible fiera, rugiente, salvaje, a punto
de arrollarla.
Vio a su marido correr cuesta arriba por el sendero que lleva
al talud de la vía. Por más que se esforzaba
o conseguía llegar. La mujer cerró los ojos.
–no hay nada que hacer.
El anciano también se dio cuenta de que todo estaba
perdido. Jamás conseguiría llegar. Además
empezó a dolerle el pecho. ¿Un ataque al corazón?
Sin pensar más en la niña se detuvo y se arrodilló
con la mano presionada contra el pecho.
-no puedo hacer nada, lo siento, lo siento mucho
-que alguien haga algo por favor
-qué pasa, que sucede, cada vez más gente acudía.
Salían de callejones, hombres apresurándose
con la cara enrojecida venían a grandes pasos. Unos
se paraban a contemplar lo que pasaba sin entender nada y
otros no podían evitar echarse a correr hacia el ferrocarril
desesperadamente.
-no llegará nadie, estamos muy lejos.
-¿es que no había nadie con ella?
-estaba sola
-yo no sé, no he visto nada
-Dios mío, pobre niña, pobre.
El aguijón de hierro de la locomotora pasó mientras
silbaba. Pasó junto a la pata del caballo que asustado
por la violencia de la fiera metálica se irguió
sobre las patas traseras. Tras lo cual el caballo, negro,
caminó a paso lento, haciendo oscilar a la niña,
que descansaba en el regazo de un hombre, de rostro enjuto
y serio, tan triste que daba lástima recorrer los surcos
de su cara. Con una expresión inmóvil, su mirada
se perdía en la lejanía, sus movimientos eran
parcos, su cuerpo estaba endurecido y su piel era ocre.
Mientras iba descendiendo la cuesta que llevaba al pueblo,
la gente que le miraba atentamente, seguía fascinada
su marcha. Sin embargo a nadie miraba él, siempre su
vista puesta en un horizonte lejano. Mudos y asombrados todos,
miraban aquel rostro endurecido y extraño. Sobre todo
llamaba la atención la súbita aparición,
la resuelta forma con que había conseguido salvar a
la niña. Porque en realidad, de dónde había
venido. Nadie lo había visto acercarse, auque también
es cierto que ninguno había sido capaz de apartar su
atención de la figura de la niña caminando tan
despreocupada. Estaban todos fascinados por lo que había
sucedido aquel día.
-¿pero de verdad hemos visto a esa niña?
-y ese extraño aparecido como un ángel
La mujer del hombre al que le había dado el ligero
ataque al corazón, se había cercado a él
y con la mano en su hombro, le miraba con ternura. Él,
apoyada una rodilla en el suelo la miró y preguntó:
-tú has tenido que verlo, desde ahí arriba.
-eso me gustaría, pero en realidad no he visto nada,
ha sido todo tan rápido.
-¿cómo puede ser eso?, desde el balcón
se divisa toda la llanura, hasta donde se pierde la vista,
prácticamente no hay obstáculos, has tenido
que verlo acercarse
-debería haber sido así, verdad, incluso pensarás
que quiero ocultarlo, pero no he visto nada. Si hubiese venido
por la derecha, por detrás del tren, lo habría
visto acercarse, tampoco ha venido de la izquierda, allí
de donde se acaba la ciudad tampoco ha salido.
-permítanme señores, pero ¿no creen que
en todo lo que ha sucedido hay algo de sobrenatural?
El hombre que así acababa de hablar iba vestido completamente
de negro con un sombrero muy alto. Sus gafas escondía
dos pequeñas bolitas verdes abrumadas por el pelo espeso
de las cejas. Todos se volvieron para mirarle. Nadie le conocía.
-¿quién es usted?
El hombre al que le había dado en infarto, que se llamaba
Erik, le miró, sonrió y dijo: -yo también
lo creo así, pero mi ignorancia me impide ver claramente.
Creo que usted sabe más que nosotros.
-no me malinterprete, sólo vengo para advertirles.
-¿de qué?
-de algo malo. Intuyo que de esta visita no saldrá
nada bueno. Háganme caso.
-¿por qué?
-no trataré de convencerles de nada, pero ese hombre,
creo no equivocarme, no ha inspirado mucha confianza en ninguno
de ustedes.
-usted lo conoce, ¿no es eso?
-háganme caso. Está bien, me veo obligado a
revelarles que efectivamente lo conozco. Y hubiese preferido
conocer al diablo que a ese ser.
-¿pero qué está usted diciendo?
-¿cómo se le ocurre algo así?, dijo la
mujer de Eric, todos hemos visto que ha salvado a la niña,
si no fuera por él, ahora estaría muerta, tenemos
que estarle agradecidos.
-sí, es verdad, es ciert-, gritaban todos al mismo
tiempo, tratando de acallar al extraño forastero, tan
inquietante como el misterioso héroe que se alejaba
cabalgando en dirección a la madre de la niña.
-pero díganme entonces una cosa, cómo ha llegado
sin que nadie lo viese, por qué ese misterio
-qué más da, quizá todo tenga una explicación
demasiado sencilla, lo único que importa es que ella
está bien. La mujer de Eric miraba ahora al grupo formado
por el desconocido, la niña, Natalia y su madre.
-eso es lo importante, pero qué pensarían si
yo les dijese que ha podido salir de la tierra, que ese hombre
viene del infierno.
-oh, pero que dice, qué locura.
Todos comenzaron a reír. Detrás de él,
dos muchacho, uno gordo y de rostro enrojecido, el otro alto,
delgado y pálido, detrás del hombre de negro,
trataban de contener la risa, de tales esfuerzos que hacían
estaban a punto de reventar; de repente al gordo se le escapó
una carcajada que no pudo reprimir.
-veo que lo único que consigo es hacerles reír.
Así me ha pasado a lo largo de toda mi vida. Es triste
para mí, pero mucho más lo es para ustedes.
Se acordarán de lo que acabo de decirles.
Era la mejor casa de la ciudad, estaba algo alejada del centro.
En la puerta una aldaba con la que se llamaba y la casa parecía
vibrar toda entera. La luz verde bajo un farol de hexágonos
de cristal luce en una esquina cuando se hace de noche, como
el ala de un hada vibrando y haciendo vibrar fantásticamente
el aire en torno suyo.
Las ventanas de guillotina tienen el talle ceñido y
altanero de los cuentos de invierno y las cortinas de encaje
visten los cristales rodeados de una guirnalda de espalderas
por donde los tallos de los rosales se entrecruzan cobijando
voces ocultas. La profundidad, el espesor de susurros de primavera
que se guardan como en cofres de esmeralda y ópalo.
No nos acerquemos al interior, no veamos lo que esconde la
casa, tres pisos, uno sobre otro irguiéndose hasta
lo más alto del tejado escamado de pizarra en donde
el hueco de la buhardilla vigila como el ojo alerta, lloroso
de un cíclope ensimismado.
Los dientes limados de las escamas se apoyan sobre la cornisa
de la que bajan las cañerías ocultas entre rosas
y susurrando bajo el suelo a las raíces entrecruzadas
e íntimas.
Un esplendor de cerámica y de madera, como una serena
casa de muñecas.
El caballo avanza pesadamente hacia el fondo de la calle y
se detiene delante de la casa. De la puerta, un instante abierta,
entornada, en la raja oscura vibrando el ala verde del hada,
sale apresurada la madre de Natalia, la señora Rottengaard.
Cuando la señora Rottengaard vio venir al jinete con
su hija no pudo reprimir un hondo dolor en su pecho. Parecía
que el sol, reflejado en todas las paredes la cegaba. Creía
negar la brillantez de su alrededor. La angustia que había
sentido, la había vuelto inerte, parecía un
fantasma blanco esperando el trompetazo de algún ángel.
Creía desmayarse. Su belleza pálida podía
parecer hundida en húmedas flores, una belleza difunta
y empapada. El rizo que caía de su sien izquierda,
se retorcía sobre su hombro blanco.
La niña se escurrió de entre los brazos de su
salvador como una animal revoltoso y saltando a tierra corrió
hacia su madre. En sus ojos brillaba una luz ardiente. Su
rostro, al que afluía la sangre, su boca abierta, su
cuerpo en tensión tratando de correr más.
El abrazo fue cálido y Natalia rodeaba el cuello de
su madre y de daba besos en la mejilla y en el cuello y en
la barbilla.
-mamá, yo no me daba cuenta de nada, no veía,
no oía...
-qué habría sido de mí si te hubiese
perdido, yo me moriría.
-no se preocupe más, ya está a salvo-, dijo
el hombre del caballo
-no puedo, no puedo, siempre estoy asustada, a veces me imagino
que la pierdo y ...creo que no puedo vivir sin preocuparme
a cada segundo, ¿no tiene usted hijos?
-una vez tuve, sí, pero...-, el hombre se entristeció.
-le ruego que me perdone, no es asunto mío. ¿no
quiere pasar?
-no gracias, tengo que continuar.
-mamá, salió de la tierra. La señora
Rottengaard miró a su hija tiernamente, sentía
cerca de ella, de nuevo, su voz y su acento y la cálida
presencia de su cuerpo.
-¿de verdad?
-cuide de su hija, no deje que nadie se la quite. Aquellas
palabras sonaron tan extrañas a la señora Rottengaard
que...
-ya ha pasado todo, alégrese, ponga una sonrisa en
ese rostro tan bello... hasta la vista.
Mientras el hombre se alejaba, la señora Rottengaard
no pudo evitar endurecer su expresión mientras trataba
de pensar detenidamente en algo.
El misterioso jinete partió y no volvió a ser
visto aquel día; cuando el sol estaba poniéndose
tras las ramas entrelazadas de los árboles del jardín
del señor Dupont, éste, hacía tiempo
viudo, hablaba con su vecina, señora Divert. Los músculos
faciales del señor Dupont se movían muy despacio
mientras hablaba con un tono neutro, como si sus palabras
se le cayesen de la boca; sus ojos entornados apenas expresaban
vida, de vez en cuando sacaba su mano del bolsillo y acompañaba
su discurso con un gesto perentorio e indiferente, como si
espantase moscas delante de su nariz, para luego volver a
meterla en el bolsillo con la misma irresoluta involuntariedad.
La señora Divert resultaba su opuesto: vivaz, nerviosa,
delgada, de escaso pelo, huesuda, de párpados abultados,
sus ojos no podían permanecer en un punto fijo, lo
recorría todo con su mirada nerviosa. Aun así
hacía esfuerzos por ocultar los nerviosos movimientos
de su cuerpo, con los brazos cruzados sobre el pecho. Sin
embargo de vez en cuando al vibración congénita
de sus piernas la traicionaba.
-¿usted cree?, yo no puedo opinar- dijo la señora
Divert.
-está claro, todo está clarísimo- respondió
el señor Dupont moviendo hacia arriba majestuosamente
su mano de gordos dedos. –Es algo de lo que habla todo
el mundo, de esa señora nueva cuya hija fue salvada
en tan extrañas circunstancias
-sí, sí, me lo han contado.
-¿conoce a esa mujer?
-no,no, pero he oído cosas.
-oh, qué cosas
-¿está usted interesado, señor mío?-
dijo la señora Divert con un estremecimiento de su
cuerpo, como si hubiese pasado un escalofrío por su
espalda.
-no, realmente no, claro- dijo Dupont con una negación
de su cara, cerrando los ojos y apretando los labios.
-vive sola con su hija, su marido murió. Creo que no
guarda ningún buen recuerdo de él. Se dicen
tantas cosas. Tenía mucho dinero en vida,, pero parece
que a la viuda no le va tan bien, su marido tenía muchas
deudas.
-¿algún secreto tras la puerta?
-una cosa muy sombría según las habladurías.
-claro, claro- afirmó Dupont inclinando su cabeza sobre
su grueso y abultado cuello.
-dicen que ella siempre quiso alejar a su hija de la influencia
de su marido y del padre de éste.
-¿por qué?
-no lo sé, ella no guarda ningún buen recuerdo
de él
-¿cuánto tiempo llevaban casados?
-su hija Natalia tiene quince años, nació el
mismo año que se casaron, incluso se dice que antes
de tiempo, ¿me comprende?. El señor Dupont afirmó
con la cabeza, poniendo un gesto lleno de dignidad y resignación
ante lo que oía. La señora Divert prosiguió:
-él murió hace cinco años, por tanto
pasaron diez años casados..
-y él murió
-de muerte natural, señor Dupont. El señor Dupont
restregó su pie en el suelo como si apagase una colilla
, mirando a la verja que lo separaba de la señora Divert.
-pero, dígame, la conoce a ella... ¿personalmente?
-oh, señor Dupont
-no se equivoque, señora Divert, no se equivoque- dijo
Dupont con una ligera contrariedad que pronto se desvaneció
en una sonrisa pícara, retorcida hacia un lado, aunque
en realidad, estaba pensando en las extrañas costumbres
de la señora Divert.
-es una dama muy rara
-¿por qué lo dice?
-así, tan blanca, tan delicada, parece enferma, parece
un fantasma. Es bella, claro, es joven... Pero hay algo enfermizo
en ella. Venga, le enseñaré algo. ¿ve
aquella ventana de su casa?
-¿aquella que hace brillar el sol?
-no, la de arriba, la del último piso
-sí, sí, la veo
-siempre que voy o vengo la veo allí. Parece una alma
en pena. ¿Sabe?. Siempre la veo vestir muy elegante.
Le gusta mucho presumir
-pero usted dijo...
-sí, sí, que tenía problemas de dinero
-usted quiere decirme que es bastante vanidosa
-yo no digo nada, yo no digo nada. Casi no sale de su casa.
-¿se dedica a su hija?
-eso es claro. Hay algo en ella que no me gusta. Fíjese
cómo dejó a su hija sola, casi la matan. No
sé, no sé. A saber lo que tuvo que sufrir su
marido. Definitivamente no me gusta.
-en cambio a mí me parece una mujer muy distinguida.
-tenga cuidado, no se fíe de ella
-¿qué quiere decir?
-¿no se ha fijado que es tan orgullosa que no desea
tratar con nadie de esta ciudad? Seguro que echa de menos
su vida de lujo en la ciudad. Esas mujeres son caprichosas,
seguro que su pobre marido murió atormentado. Ya sabe
todas ellas están rodeadas de una corte de amantes.
No se fíe, no se fíe.
-está bien señora Divert, me hago cargo de sus
advertencias.
El último rayo de sol iluminaba el raíl de la
vía sobre el punto en que por la mañana había
sucedido todo. Ya no hacía aquel calor que era como
el golpe de un martillo sobre un yunque. Ahora los matices
de las sombras se mezclaban alrededor de la luz del atardecer,
llena de sigilo y sonidos secretos. Una brisa, una melodía,
palabras entrecortadas y la tierra que había empezado
a producir perfumes como un cuerpo gozoso y tibio, perezoso
entre las sábanas.
Aquel extraño hombre dio unos pasos a lo largo de la
vía, ensimismado, mirando al suelo y alargando mucho
los pasos. Al detenerse hurga en uno de sus bolsillos del
que extrae un pequeño libro. Lee en voz baja unas palabras,
como musitando una oración. Levantó la vista
y cerrando los ojos siguió con su particular rezo.
Después calló y toda su expresión parecía
conmovida por una profunda emoción. Después
siguió caminando a largos pasos. Se detuvo y dirigiéndose
a la ciudad dijo con el puño levantado: -ya veremos
cómo acaba todo esto.
Ya es de noche, la gente cena en sus casas, los que han cenado,
mantienen alegres conversaciones en torno a la mesa, vaciando
vasos de licor; los niños más pequeños,
con los ojos cargados de sueño, se tambalean de camino
a la cama y con expresión tierna e inocente despiden
a sus madres con besos cálidos. Las tabernas aún
se mantienen abiertas durante un tiempo y los jugadores se
contemplan en los vasos llenos de líquido iridiscente
aureolados por el humo del tabaco iluminado por las lámparas
de gas que desde las ventanas y escondidas entre las ramas
de los árboles parecen lunas para los que entran desde
la calle. Las calles se vacían, casi no queda nadie,
quizá el cuerpo de algún borracho, mendigo o
loco, hundido en el barro o en un charco que refleja alguna
cornisa bajo la que un instante se ilumina un recuadro naranja,
se descorren las cortinas y alguien vierte un cubo de agua
sucia sobre el charco y rompe la nitidez de su reflejo en
pequeñas estrías onduladas cuyas diminutas cimas
en forma de onda iluminan igualmente con su resplandor viscoso
las luces de las farolas. Quizá a medianoche, el encargado
de reducir su intensidad tropiece con el cuerpo inerte y somnoliento
de algún hombre de rostro cuajado de llagas y barbas
macilentas. Quién sabe si no se apiadará de
él y no le dará una pequeña moneda, para
sacar la cual haya tenido que hurgar con sus dedos índice,
corazón y pulgar en lo profundo de su bolsillo. Y tal
vez el hombre lo agradezca con ojos sonrientes y mesándose
la barba se diga que es bellos aquel cielo que sobre su cabeza,
moteado de luces, se abre infinito y profundo.
En casa de la señora Rottengaard, como cada noche,
ella toca el piano, mientras su hija la escucha sentada junto
a ella. No es que sea una virtuosa, pero conoce el oficio.
Ha decidido que nadie eduque a Natalia, lo hará ella
misma. Y la razón principal podría ser el dinero,
puesto que no dispone de mucho. Pero aunque en sus pensamientos
a veces se le llegue esta idea, ella sabe que no debe confiar
en nadie que no sea ella para educar a su hija. Si hubiese
tenido dinero habría pagado a un tutor, encargado de
guiar a Natalia bajo su estricta vigilancia. Era una mujer
muy culta y podía enseñarle dibujo, música,
labor, historia, un poco de geografía y varios idiomas.
Leían mucho juntas, disfrutando con una misma sensibilidad.
Desde muy pequeña en Natalia habían brotado
rasgos indelebles que recordaban a su madre. Tanto físicos
como anímicos. Sus gustos eran idénticos. Amaban
las cosas bellas y los pensamientos bellos. Aunque quizá
también se daban en Natalia alguno de los defectos
de la madre, como una cierta tendencia a exagerar algunos
sentimientos con raros accesos que de profundizarse no estarían
lejos de la locura.
Con los pasos ligeros de un hada, Natalia caminaba por el
centro del salón. Su madre la miraba con ternura. Una
ligera sonrisa iluminaba su rostro como el sigiloso rayo de
luna hace brillar el borde de las nubes. Intercambian miradas
cómplices. Todo un mundo se vela y se cifra en gestos,
miradas, secretos de una vida compartida. Su madre mantiene
las manos sobre el teclado del piano. Uno a uno los sonidos
se mezclan. Y los movimientos de Natalia son hermosos, medidos,
gráciles. Su bello cuerpo expresa formas, expresa sentimientos
sublimados por la música. La belleza, la pureza de
su rostro, la vida, la luz que arde sosegada dibujan en Natalia
un mundo frágil, delicado, pero trágico, al
borde de peligros que salva graciosamente, pero sobre los
que palpita como las alas de una mariposa, bellas, cerniéndose
sobre la nada.
La música cesa y la dulzura de la sonrisa de Natalia
se hace plateada en el marco de la ventana por la que mira.
Su mano se apoya en una de las columnitas que flanquean la
ventana. Su madre llega por detrás, se oye el crujido
de su falda y su mano se posa sobre la de Natalia y ésta
ve el anillo de su dedo anular. La belleza de las manos de
su madre la hace sonreír. La felicidad de los raíles
iluminados por la luna se mezcla a su propia felicidad. Su
madre se contagia un instante, pero parece como si no pudiese
soportar por mucho tiempo la perfección de las cosas
dispuestas por el alma o quizá no llegase a sentirlas
tan profundamente como Natalia. Su sonrisa se va poco a poco
ensombreciendo. Natalia apoya su cabeza en el corsé
encajes que cubre el bello pecho de la señora Rottengaard.
Algo suave se le prende en los párpados mientras siente
la caricia de los dedos de su madre sobre su cabeza con infinita
blandura. Parece que arrulla cosas indescifrables, cantos
o suspirosa media voz.
-mamá, es extraño lo de ese hombre.
La señora Rttengaard muestra un gesto decidido contemplando
la noche tras la ventana. Parece sentir un escalofrío.
Pero es algo que no sobrepasa su cuerpo y la bella Natalia,
sonriendo se entrega a la dulzura que siente en todo lo que
existe.
-cuando me tomó entre sus brazos me sentí como
si me estuviesen abrazando. Es un hombre duro, su cara no
es como la tuya, no es bello. Parece triste, enfadado. Salvó
mi vida y yo ni siquiera sabía que estaba en peligro.
No oía nada, no veía nada. No sabía que
había un tren detrás de mí. Él
apareció no sé de dónde. Pero me cogió
con tanta dulzura, parece un hombre tosco, pero en sus manos
había tanta ternura...
-Natalia, Natalia
-¿qué mamá?
-tú sabes que yo le debo la vida a ese hombre. Si te
hubiese pasado algo yo no podría vivir, yo... La madre
acerca su rostro al de Natalia y ésta siente cómo
llora. Natalia la contempla curiosa y feliz, con sus manos
en las mejillas de su madre. Siente que es la misma felicidad
que la está ahogando toda la noche.
-¿por qué lloras? ¡cuánto te quiero!
-yo, también, sabes que te quiero.
-mamá, no puedo olvidar a ese hombre, su rostro no
se me va de la cabeza.
-no creo que lo volvamos a ver
-yo creo que sí, es algo que me lo está repitiendo
alguien dentro de mí.
-¿por qué dices eso? ¿tú quieres
volver a verlo?
-no lo sé, no sé que me pasa, por un lado sé
que me alegraría si lo volviese a ver, pero también
sentiría miedo.
-Natalia
-mamá, ¿tú no crees que en ese hombre
había algo diferente al resto de personas?
-no lo sé Natalia.
-me parece que lo comprendo mejor que a nadie, que al estar
con él he vivido un poco de su vida.
-Natalia, Natalia, qué te pasa esta noche, hablas de
forma diferente.
-no lo sé, pero cuando antes miraba por la ventana,
en la noche, he sentido que toda la belleza del mundo estaba
dentro de mí. Mira mamá, ¿ves los raíles?
-los veo, cariño
-y mira el álamo aquél y el río, ¿los
ves, mamá, los ves?
-sí, los veo.
La señora Rottengaard soltó una lágrima.
Sentía algo muy pesado dentro de ella, algo que la
ahogaba. Natalia estaba mirando otra vez por la ventana y
no se daba cuenta de nada. Seguía mirando, la sonrisa
reflejada en el cristal, todo lo que había detrás,
en la noche.
Su madre decidió marcharse silenciosamente para que
su hija no la oyese. Al salir por la puerta vio a Natalia
enmarcada por la puerta. Vio junto a ella un jarrón
con flores azules. Cogió una y se la prendió
en el pecho, otra en el pelo. Se le vino a la mente la idea
de que no había vuelto a llevar flores desde que era
joven. Temblando, inquieta sin saber por qué, fue subiendo
despacio la escalera que describía una curva hacia
la izquierda. Según iba subiendo Natalia desaparecía
de su vista, desde la cabeza, cortada por el marco de la puerta.
Se contempló delante del espejo y se dio cuenta de
que ya no era joven. Se quitó la flor. Tomó
un velo del armario que había usado de joven, cuando
interpretó u papel en una obra de teatro. Se lo puso,
se cubrió el rostro y las lágrimas. Se acordó
sin querer de su marido. Se fue desnudando lentamente, dejaba
caer las prendas al suelo hasta hacer un montón que
le cubría los tobillos. Elevó los brazos, arqueó
su cuerpo delante del espejo que reflejaba la blancura de
su piel. Acariciaba los pechos, mientras dejaba su mente en
blanco, a la que acudió un pensamiento que la hizo
temblar. Natalia podría abandonarla. Sentía
frío en el alma y una soledad hueca como una estancia
lujosa y vacía, llena de ecos pero sin voces humanas,
ni calor humano. Sabía ahora que sólo tenía
el amor de Natalia. Sentía una pesadumbre de cosas
que flotaban con rapidez a través de su alma. Pensamientos
hasta entonces escondidos. Empezaba a acusarse de no haber
hecho nada, de no haber conseguido nada en su vida, de no
tener nada. Abajo sonaba ahora el piano con la mano torpe
de alguien que no sabe tocar bien pero con el espíritu
de quien es fiel a la propia felicidad. Como hablando consigo
misma, con la persona que tenía delante en el espejo
se dice que ella también ha sentido lo mismo que Natalia,
pero que alguien se lo ha llevado todo, que alguien le quitó
todo y la dejó sola, sala, “sólo te tengo
a ti Natalia”. Al cerrar los ojos se queda dormida con
la angustia de su corazón intacta, mientras las yemas
de sus dedos ardían con el deseo de abrazar algo, mientras
en el piso de abajo, la felicidad explotaba sonido tras sonido.
Natalia, tras dejar de tocar el piano, gira varias veces sobre
las puntas de sus zapatillas y corre hacia la puerta. Con
una sonrisa de placer recoge las faldas de su vestido. Casi
con la rapidez del pensamiento el alba se insinúa tras
los cristales. Ya era muy tarde; se pone el dedo en los labios,
se sentía muy cansada, pensaba que tenía que
irse a la cama, pero sabía que no podría dormir
en una noche así, qué maravilla era vivir, vivir
siempre así como estaba ahora.
Tumbada en la cama da vueltas incansablemente, sin conseguir
poder dormirse. Sus pensamientos son demasiado ruidosos. Nada
consigue ocultarlos, silenciarlos acallarlos. Mañana
todo empezará otra ve. Se pondría un vestido
nuevo, iría al río, pasearía durante
toda la mañana, se iría con su gato. Había
olvidado a su madre. Oh, las clases, pobre mamá. Con
los ojos tristes mirando al techo, sus labios seguían
sonriendo. Pero deseaba tanto salir de la casa y buscar lo
que creía que había encontrado. Pero era imposible
no dar las clases con su madre. La quería tanto, había
hecho tanto por ella... pero aunque sea por un día...Frunciendo
los labios en una mueca de disgusto se dio media vuelta y
miró la luz del amanecer a través de los visillos.
Era mejor dormirse y que sucediera lo que tuviese que suceder.
Cerró los ojos pensando que el sueño la visitaría.
Trató de encerrar todos sus pensamientos, pero una
ráfaga de viento abrió la puerta que golpeó
contra la pared y sus ojos se abrieron de nuevo. Ya estaba
decidido, mañana no saldría, estaría
todo el día con su madre, como de costumbre, así
se tranquilizaría y podría dormir. Sin embargo
tampoco ahora conseguía conciliar el sueño.
Qué hacer, qué hacer. Escondió su cabeza
bajo las sábanas, pero tampoco así mejoraban
los resultados. Fue observando minuciosamente el dibujo y
la forma del dosel que cubría la cama, después
pasó a las sinuosidades de las columnas llenas de nervios
y por último miró sus uñas, fijándose
especialmente en la perfección y la redondez de la
curva. Sí, ya está, así es, ahora a dormir.
Pese a todos sus esfuerzos, los rayos del sol iban aumentando
de intensidad, ella seguía despierta contemplando cómo
la sombra se reducía y detrás de las cortinas
un resplandor cada vez mayor comenzaba a colarse en la penumbra.
No había conseguido dormir ni siquiera cinco minutos
cuando su madre la llamó desde abajo para tomar el
desayuno. Se levantó sin dominar su equilibrio y con
un gran dolor en la cabeza. El frío del suelo en las
plantas de sus pies le hizo recordar dónde había
dejado las zapatillas. Sentada delante del espejo empezó
a peinarse mientras los ojos se le cerraban. Se dio cuenta
de que sería hermosa cuando creciese, un pensamiento
que jamás se la había pasado por la imaginación
antes. También se dijo que le gustaría olvidar
todo lo que había hecho hasta entonces, que no servía
de nada. Tampoco hasta entonces se había preguntado
si la vida que llevaba era buena o mala. Jamás se había
atrevido a juzgar nada. Sin embargo ahora se sentía
diferente. Se descubrió a sí misma preguntándose
cosas en las que hasta entonces nunca había pensado,
de las que jamás se había preocupado, pensando
que debían ser así y no de otra manera. Por
ejemplo se preguntaba por qué su madre se empezaba
en seguir encerrada en aquella casa, no era justo para ninguna
de las dos y aunque se engañaba pensando que se preocupaba
por su madre, se decía que era aún muy joven
y que debía disfrutar un poco más de la vida,
en realidad era por ella misma por quien se inquietaba. Viéndose
en le espejo no pudo evitar esbozar una sonrisa que ocultó
en seguida detrás de las manos, quizá avergonzándose
de algo. Pero tenía que confesar que todo en ella era
perfecto: su cara, su pelo, la perfección y la gracia
de sus brazos, su cuello...
Cuando su madre volvió a llamarla ya estaba vestida,
así que bajó rápidamente las escaleras
pensando con delectación en que había pasado
una noche entera sin dormir, y que se repondría en
seguida la próxima noche y al día siguiente,
oh, qué felicidad.
Acaba de sonar la hora en el reloj de la pared. Natalia entra
en la cocina mientras el toque del reloj va expirando y su
eco se debilita. Natalia no da muestras de la fatiga de toda
una noche sin dormir. Su madre se lava las manos en le chorro
del grifo.
-qué día tan hermoso hace hoy mamá
La señora Rottengaard se da la vuelta y se da cuenta
de que su hija se ha vestido con mucho esmero. Casi puede
leer en sus ojos el fuego de una vida desconocida para ella.
Se siente turbada, no puede sostener la mirada de su hija,
tanto que tiene que bajar la vista: “qué extraña
belleza parece rodearla hoy”
-¿hay lecciones hoy mamá?
Aquel tono tan diferente del que solía emplear su hija
extrañaron horriblemente a la señora Rottengaard.
Se la quedó mirando muy quieta, con la cafetera entre
las manos. Siente el deseo de volver a contemplar otra vez
a su hija: “qué diferente, no parece la misma
persona”. Le dio un vuelco el corazón al ver
su vestido y su peinado.
-¿qué pasa mamá, hay lecciones hoy?
-claro.... Natalia.....cómo lo preguntas?
La señora Rottengaard casi habla balbuciendo. Afuera
el sol se filtra a través de las hojas de un árbol
que cubre la ventana con sus ramas. El juego de luces y sombras
teje y desteje figuras vibrantes de hojas, ramas y ramas sobre
el respaldo de un gran sofa. Al lado hay una pequeña
cómoda con seis cajones. Huele a café.
-hoy no tomaré lecciones
Al caminar Natalia imprime a su falda un movimiento lento,
voluptuoso, seductor. Camina como sobre una cuerda floja,
levantando y manteniendo el pie en el aire un instante.
A cada paso un torrente de felicidad se le sube a la boca
y parece como si tuviese que vomitarlo.
-¿no... tomarás lecciones?
La voz de la señora Rottengaard llora mientras el día
se le escapa de las manos y Natalia con la rodilla apoyada
en el sofá mira por la ventana con la cara apoyada
entre las manos.
Natalia caminó todo el día, a lo largo del río,
por las afueras de la ciudad, corriendo como una loca, respirando
a grandes bocanadas; riendo, tumbándose en el suelo,
manchándose el vestido, metiendo los pies descalzos
en el agua con la pesadez de una estatua y desnudando la blancura
de su cuerpo acariciado por el soplo del viento cargado de
aromas y sol.
La señora Rottengaard estuvo sola, sentada en un sillón
hasta el mediodía. Sus rizos polvorientos descansaban
sobre los encajes que cubrían el respaldo del sillón.
Sus brazos descansaban también sobre los brazos del
sillón y parecía una muñeca con el cuello
tieso y los ojos perdidos, perdidos en la oscuridad de un
recuerdo o de una nada.
Cuando la tarde ya estaba muy avanzada, la señora Rottengaard
descorrió con su pálida mano temblorosa las
pesadas cortinas de su habitación y miró a la
calle con ojos asustados, como si temiese que alguien pudiera
verla. En aquel mismo instante el señor Dubois y la
señora Divert pasaban sobre las sombras que en el suelo
proyectaban las varillas de la verja que separaba la calle
de la casa de la señora Rottengaard. Con su mano de
gruesos dedos en la verja, el señor Dubois miró
a la ventana y sonrió satisfecho mientras hacía
un saludo con el sombrero. Sus gruesos labios sonriendo tenían
algo de salvaje y grosero. La señora Rottengaard cerró
de un golpe la ventana con uno ojos en los que brilló
un instante una fiereza concentrada. En el rostro del señor
Dubois la sonrisa se le rompió en una extraña
mueca y sus abotargados párpados se abrieron un poco
más de lo normal. Su mano, nerviosa, se alejó
de la verja y no sabiendo qué hacer se ajustó
la corbata en la que brillaba un alfiler con un grueso rubí.
Luego miró la hora en el reloj de bolsillo que extrajo
con dificultad, se le resbalaba entre los dedos. Se giró
hacia la señora Divert, temiendo que se hubiese dado
cuenta de algo, “no ha visto nada, menos mal”,
estaba atenta a lo que pasaba en otra calle donde un muchacho
hablaba a gritos. En realidad sí que la señora
Divert se había dado cuenta de todo, pero sensible
a la humillación que acababa de sufrir el señor
Dubois, trató de disimular lo mejor que pudo, maldiciendo
en su interior a la señora Rottengaard.
-creo que usted no me entiende.
-perfectamente, como se lo digo, solo que no conseguirá
convencerme.
-es usted de ideas fijas.
-siempre he confiado en unos principios firmes.
-está bien, muy bien, pero...y si yo le dijera que
puedo financiar todo el proyecto, ¿comprende?, todo
el proyecto, todos los ensayos, sean o no satisfactorios.
-pero, yo no puedo creer eso
El señor Dubois permaneció un rato sentado en
su diván con los dedos sosteniendo un grueso cigarro
al que dio una última calada. Su invitado, el doctor
Erwin, limpiaba sus gafas con un pañuelo.
-¿por qué?
-señor Dubois, quiero saber por qué me ha hecho
venir esta noche a su casa.
El señor Dubois se levantó y sus botas crujieron.
El doctor Erwin miró con ironía sus piernas
tan gruesas y su oronda barriga bajo el chaleco negro. Parecía
reírse de toda aquella figura tan descabellada.
-tan sólo quiero invertir en su proyecto, ¿no
lo entiende?, con mi dinero podrá desarrollar todas
sus teorías. Le conozco a usted y lo que hace.
-pero...
-¿quiere el dinero?
-al menos quiero saber por qué tiene tanto interés
en mis trabajos.
El doctor Erwin podía esperar cualquier cosa del señor
Dubois menos un gesto de filantropía. En el fondo de
su alma sospechaba de las intenciones reales de aquel hombre
tan siniestro.
-no me interprete mal ( el señor Dubois se habái
dado cuenta perfectamente de la insistente mirada del doctor
y de su silencio, en el que parecía estar juzgándole),
supongo que se hace cargo de mi situación, yo no le
culpo a usted ni a nadie de lo que se puede murmurar sobre
mí, tanto será verdad como mentira. El caso
es que me siento solo y apesadumbrado, la conciencia me come
el corazón y quisiera,... usted es tan buena persona...
El doctor parecía perder por primera vez en su vida
el dominio sobre sí mismo, los ojos casi se le llenaban
de lágrimas. –cuánto lo siento, señor
Dubois, yo, no tengo palabras, usted, yo me sentiré
halagado de hacer todo lo que pueda, verá cómo
su dinero no se malgasta, será una inversión
en... en humanidad, su mejor inversió.
“Imbécil”, pensó el señor
Dubois mientras tragaba humo y lo soltaba por sus gruesos
labios. Su barbilla replegada varias veces se le hundía
en el nudo de la corbata. Su mano, pesada, cargada de anillos,
se levantó del brazo del sofá y de un empujón,
como si no tuviese mano y el brazo acabase en un muñón,
se subió las gafas: -quiero leerle parte de las disposiciones
que he tomado respecto del dinero que quiero cederle.
-¡Maravilloso!
“Es más imbécil de lo que yo pensaba”
Las escaleras de la casa de la señora Rotengaard son
amplias y bellas, las gradas son de mármol, recubiertas
de espesas cortinas azules de terciopelo, en lo alto se abre
el espacio a través de un rectángulo de bordes
dorados que llega hasta la claraboya en forma de cúpula
partida por aristas de bronce. Por dentro acolchado de seda
azul con botones dorados, unidos entre sí con pequeñas
cadenas. Sobre los peldaños se extiende una gran alfombra
en la que se pierde el eco de los pasos y el ruido de las
voces. El pasamanos es de caoba. La escalera se detiene en
un rellano del primer piso desde el que se puede contemplar
la altura y el espacio abiertos gravitando, el acolchado,
que parecía un rumos de olas y las esquinas que cierran
el espacio abierto sobre la escalera. Desde aquel rellano
se podía acceder a las habitaciones del primer piso.
Para subir al segundo hacía falta usar otra escalera,
de caracol, a la que se accedía por una estrecha puerta
en la que había grabada una estrella en madera de seis
puntas. Pero allí, en el gran espacio cuadrado que
envolvía la escalera, podían verse dos ángeles
de metal, aunque tenían el aspecto de ser esculturas
de piedra. Sus cuerpos robustos y musculosos se retorcían
uno junto al otro; desde los pies las piernas se tensaban
hasta los gigantescos abdómenes, tras los que los hombros
abultaban, el cuerpo recostado. Un brazo se levantaba como
una curva de piedra hasta la grácil mano que se tocaba
con la de su compañero. Sus grandes rostros se encontraban
en la esquina y se miraban con ojos huecos y labios tan bellos,
tan perfectamente perfilados que parecían auténticos
labios, cerrados, guardando la belleza que sus miradas provocaban
mutuamente.
Desde la puerta de su casa el señor Dubois despedía
con la mano al doctor Erwin que también le despidió
desde dentro del coche de caballos en el que partía,
mientras las nubes anaranjadas del ocaso lavaban los granos
de la luz pegados a la capota y se reflejaban en las vías
inundadas entre el barro, por donde discurrían las
ruedas arrastradas por los caballos de tez oscura y algo cansada.
Cuando ya estaba cerrando la puerta y sólo su ojo aparecía
por la ranura de la puerta, se detuvo a escuchar el sonido
de unos zapatos aproximándose por la calle y vio a
su hija abriendo la pequeña puerta de la verja que
daba al jardín. Llevaba un vestido naranja muy vaporoso
y un collar que daba varias vueltas alrededor de su cuello.
Para no ser visto, su padre cerró la puerta con mucho
cuidado y se puso a observar a su hija de rodillas, detrás
de una mesa con una gran bola de cristal llena de agua. Se
arrodilló y miró a través de la ventana,
descorriendo un poco la cortina. Tanto se estiraron las junturas
de su pantalón que acabaron por abrírsele. Sin
embargo su cara enrojecida siguió ante el cristal observándolo
todo sin hacer caso de nada más.
Su hija, Úrsula, se puso de puntillas, se recogió
la falda con una mano e inspeccionó la casa en busca
de alguien que pudiera estar espiando. Mordiéndose
el labio de impaciencia, escudriñó cada rincón.
Luego con una sonrisa, se volvió de nuevo hacia la
verja. Un joven elegante se acercó con pasos rápidos,
haciendo crujir sus botas sobre la calle. Tomó a Úrsula
del rostro con su mano enguantada y le dio un rápido
y breve beso en los labios. Ella se inclinó todo lo
que pudo para relamer todo el sabor de aquel beso, para atrapar
el tacto de los labios que se alejaban, se inclinó
todo lo que pudo sobre la verja para llegar al joven que se
mantenía erguido, tratando de apartarse cuanto podía
de Úrsula. El joven se apartó de ella e hizo
un gesto muy extraño, medio sonriendo, medio burlándose
de Úrsula, algo que ella, con los ojos cerrados no
podía ver. Su padre el señor Dubois tuvo que
ver la tela de la falda de Úrsula tensarse sobre el
cuerpo de su hija al inclinarse sobre la verja.
Cuando Úrsula entró por la puerta su padre estaba
sentado en un sillón fumando una pipa junto al fuego,
apoyado uno de sus pies en los hierros forjados a modo de
pantalla delante del hogar. Su hija procuraba hacer el mínimo
ruido posible para no atraer la atención de su padre,
sólo se oía su leve respiración, el ruido
que hacía al cerrar la puerta y el extinguido taconeo
aproximándose al sofá del que emergía
la mitad de la cabeza de enmarañados cabellos de su
padre. Trató de pasar de largo, de llegar hasta la
escalera y huir de la presencia de su padre: no tenía
ganas de hablar con su padre, nunca tenía ganas de
hablar con él.
-¿eres tú Úrsula?
Se detuvo sobre una pierna, haciendo equilibrios para no caer,
apoyándose con las yemas de los dedos en una pared.
Su voz, su tono la hicieron temblar. Siempre que tenía
miedo ponía cara de idiota. La cabeza caída
sobre el pecho y el sombrero entre las manos se sentó,
desplomándose en su asiento, delante de su padre que
no apartaba la vista del fuego. El señor Dubois sólo
se decidió a hablar después de otra calada a
su pipa.
-¿quién era ese hombre?
La sorpresa con que su hija recibió la noticia provocó
que el señor Dubois sonriera como un hiena.
-¿quién padre?
-no seas idiota, ese al que has despedido a la puerta de mi
casa.
-un amigo.
-¿es así como besas a tus amigos? Dime Úrsula,
¿así?, ¿en los labios? Dime Úrsula,
¿es eso digno de mi hija, besarse en la calle, exhibiéndose
para que todos vean lo estúpida que es?
Úrsula no pudo contener las lágrimas.
-porque eres muy estúpida mi querida hija, veo que
todo mi dinero no ha servido para meterte nada en la cabeza.
Sólo sabes adornarte y lucirte para la diversión
del primer cretino que se te acerca.
El señor Dubois se dio cuenta entonces de que Úrsula
llevaba puesto un colgante nuevo. Lo miró con un gesto
muy severo: -pequeña damita descerebrada, ese hombre
no te ama, pero te compras colgante nuevos para él,
¿crees que te ama?, desde luego que no, soy tu padre
y tengo el deber de advertirte estas cosas, tengo experiencia
y sé que ese hombre va detrás de mi dinero,
no te ama, no te ama. Debo ser sincero, tienes que aprender
a defenderte de esos seductores, ten en cuenta que es lo único
que van buscando en ti. Me veo incluso en la obligación
de ser cruel para abrirte los ojos, porque tú con tu
tan débil entendimiento... El señor Dubois,
tratando de imitar un gesto de cariño paterna, se acercó
a su hija y le dijo suavemente: -tú, tú cariño
no eres el tipo de mujer que gustan los hombre de lucir en
los días de gala...( la ingeniosa invención
obligó al señor Dubois esbozar una sonrisita
que trató de ocultar por todos los medios). Úrsula
lo vio y un dolor inmenso se abrió en su alma. Sabía
que era fea, pero en lo más profundo de su alma soñaba
con un hombre que la amase. Jamás lo había conocido
y siempre había aguantado los sarcasmos de su padre,
pero, aquella broma, en aquel momento...
-me quiere, me quiere, huiré con él, me escaparé...
El señor Dubois puso su mano en el hombro de su hija,
cuya respiración henchía el pecho sobre el que
se ondulaban los largos pliegues de encaje de su camisa, del
que el cuello alto se cerraba con una hilera de botones que
se ceñían al cuello sofocado de Úrsula.
Su padre deslizó la mano con placer, con una sonrisita,
por el corpiño de satén anaranjado muy ajustado.
La tomó de la mano enguantada y la levantó del
sofá pese a su resistencia. Se le hundieron las mejillas
y cerró los ojos mientras su padre tiraba de ella.
La levantó como si fuese de trapo. Temblaba mucho y
parecía una lujosa muñeca de pecho abombado.
La golpeó suavemente con el dorso de su mano varias
veces sobre el rostro. Cada vez que lo hacía ella lanzaba
un gritito. La dejó y se marchó. Cuando hubo
abierto la puerta, se volvió y dijo: -espero que no
vuelvas a ver a ese hombre; yo me encargaré de que
se le quiten las ganas de volver por aquí.
El hombre al que antes habíamos visto entre el pueblo
anunciando la naturaleza infernal del salvador de la pequeña
Natalia y luego viéramos caminar sobre los raíles
del tren amenazando al pueblo, ahora, al anochecer, volvía
por las afueras del pueblo, paseando a grandes zancadas en
dirección a la casa de la señora Rottengaard,
que como sabemos, queda bastante alejada del centro del pueblo.
Parecía absorto en oscuras contemplaciones. En ocasiones
torcía el gesto con disgusto, enarcar las cejas y mover
dubitativamente la barbilla sobre la una fina barba había
empezado a despuntar. A veces se llevaba la mano y se mesaba
los pequeños pelos, se detenía y con la punta
de su bota removía el polvo del suelo.
-sí, sí, claro, pero qué pasaría
si...
Dudando seguía su camino y se detenía otra vez.
Bajo las gafas sus ojos se detenían inspeccionando
cualquier cosa: un trozo de papel, la rueda de un carro, una
moneda, los surcos abiertos en la tierra llenos de agua.
-oh, Dios mío, ¿qué he de hacer? Esta
hora amarga pasará. Todo pasa, conforme a tu voluntad...,
pero si yo fuese más fuerte, si yo no fuese un cobarde...
una señal, al fin una señal para que mi alma
descanse.
Se detuvo otra vez, justo delante da la casa de la señora
Rottengaard. No había reconocido el lugar, aunque,
después de fijar en él una mirada involuntaria
y detenida, como si algo le llamase la atención, se
dio cuenta de quién era aquella casa: -¿qué
hago yo aquí, será una señal? Estaba
muy cansado, sudaba sentía mucho calor, se secó
la frente con un pañuelo, con el sombrero se abanicó.
La cara se le volvió a llenar de sudor y se balanceaba
de un lado a otro recostado contra la pared de la casa, justo
al lado de una ventana. Se aflojó el nudo de la corbata
y se abrió la camisa, sentía un ligero dolor
en el pecho.
-sufro, sufro, sufro... ya a ti te da igual.
Sacó de un bolsillo el libro que antes leyera con tanta
atención: “evangelio de San Juan”. Cerró
los ojos como abstraído en profundo deleite. “Yo
soy el camino, la verdad y la vida”. Mantuvo los ojos
cerrados, murmurando algo ininteligible, mientras apretaba
con fuerza en sus manos el pequeño libro.. Pasado un
tiempo abrió los ojos y su mirada llena de terror y
desesperación cayó al suelo donde se fijó,
mientras dejaba pasar el tiempo, insensible, quieto, con el
cuerpo apoyado en la pared. Poco a poco fue abriendo los dedos,
que estaban agarrotados sobre las páginas arrugadas,
y el libro fue cayendo, resbalando hasta que se desplomó,
golpeó en su rodilla y dio contra el suelo.
Justo en ese instante se oyó, detrás de las
cortinas de la ventana a una mujer llorando. No lloraba a
gritos, sino quedamente. Sin estrépito pero con amargura.
Habiendo salido de su indiferencia lóbrega, tenía
un gran interés en saber quién lloraba con tanta
pena y con tanto calor. Espió por entre los visillos,
dentro de la habitación. Lo primero que vio fue un
sillón de espaldas a la ventana. A la luz del fuego
que ardía en una chimenea pudo descubrir una gran falda
en la que se reflejaban la luz cambiante de las llamas. Bajo
ella asomaba un pie descalzo, enfundado en una media gris.
El cabello, sobre su rostro de perfil, describía una
curva, como de una voluta. Y el perfil de aquel rostro, era
lo más bello que jamás había visto. Las
cejas eran tan finas como las líneas de la nariz y
de la barbilla, la piel era blanca y lustrosa, los ojos pequeños
y conmovedoramente húmedos. La lágrimas cruzaban
sus mejillas con un rastro brillante, su boca se estremecía
con un elegante dolor y a veces los párpados se abatían
sobre los ojos, aportando aún más serenidad
al llanto. Alguna vez la sacudía una pequeña
convulsión que apenas la hacía temblar. Su llanto
sereno y acerbo. Aquella fragilidad hirió profundamente
el pecho de nuestro espía, había tanto dolor,
sentía tanta compasión, ya sentía el
contacto de sus manos con las de la dama, de sus labios ardorosos
con los pálidos transidos de dolor. Tanto deseaba fundirse
en la tristeza de aquel ser que ya experimentaba el placer
de colmar aquel dolor y expresar su amor al ser sufriente,
puesto que el también sufría, pero...
-alguien viene, me esconderé, me esconderé,
puesto que ya no puedo huir sin que me vea, y tú, tú,
como yo sin consuelo, me esconderé y velaré
tu dolor, yo, yo...
Observa escondido a la entrada de la casa, en la ventana se
reflejaba la gran luna, ya no la ocultaban las nubes, ya no
interrumpían el curso de su camino y se mostraba espléndida
entre un cortejo de nubes serenas. Pero entre las hojas unos
ojos abiertos esperaban, esperaba, murmuraba “ahora,
ahora” murmuraba “quién eres” murmuraba
“ahora, ahora”
Natalia entró con sigilo en la casa puesto que no quería
despertar a nadie. Había pasado todo el día
fuera, ni siquiera había comido, aunque el hambre no
la inquietara, como tampoco se preocupó de su madre
en todo el día, casi se había olvidado de que
existía. “Qué habrá hecho todo
el día sola”. Se acercó a la cocina de
puntillas.”Estará durmiendo, qué cruel
he sido”. Sus ojos se vaciaron de vida, su rostro se
vació de expresión y como ausente, encendió
maquinalmente las velas de un candelabro. Sentada comió
con mucho apetito, engullendo grandes tragos de cerveza y
casi sin masticar el pan y la carne. “Soy feliz, soy
feliz”. Después de comer, la invadió un
ligero sopor “la luna, la noche” empezó
a cabecear “mañana, mañana” no podía
mantener los ojos abiertos más tiempo “me disculparé,
mi madre comprenderá” se durmió profundamente.
Su madre pasó toda la noche durmiendo con los ojos
enrojecidos de llorar, tendida en la cama sobre un gran velo
y un traje que había usado en su primer papel, en una
obra de teatro con breves fragmentos cantados. Sostenía
en la mano una vieja fotografía en al que aparecía
ella, de joven, junto con toda la compañía.
Estaba descoloreada y amarillenta, rota por las lágrimas
y la fuerza con la que la agarraba. Sus piernas desnudas asomaban
por un lado de la cama. Las zapatillas se habían deslizado
hasta el suelo. Por la ventana el brillo de la luna se quedaba
prendido en la gasa del vestido y velo. En el tocador, frente
a un espejo roto, había dos velas encendidas. Cuando
se hubieron consumido, cuando el último aliento de
la llama se hubo extinguido en dos hilos de humo suspirando,
el día rompió a lo lejos y las tonalidades de
la mañana comenzaron a girar en el cielo en matices
de azul claro y espejeante.
La señora Rottengaard descubre a su hija dormida en
la cocina, su cabeza descansando sobre los brazos plegados
encima de la mesa. Su cara se abrió como los pétalos
al recibir la luz del sol, que brillaba sobre los cabellos
de Natalia, esparcidos a su espalda y sobre su frente. Respiraba
como un animal, haciendo unos extraños ruidos, como
una fiera descansando. Ahora volvía a verla tal y como
era cuando era una niña muy pequeña. Una criatura
que buscaba los brazos calientes de su madre llena de besos.
La señora Rottengaard empezó a preparar el desayuno.
Llevaba puesto un peinador con dibujos de flores rojas y verdes.
Se le ceñía perfectamente a un cuerpo, tan lleno
a pesar de la edad, que sus formas se destacaban en curvas
muy pronunciadas en los senos y en las caderas. Su hija se
despertó sonriendo. Lo primero que vio fue la sombra
de su madre, moviéndose despacio y en silencio, tratando
de no despertarla. Sin saber por qué la actitud de
su madre, esa delicadeza que siempre había mostrado
con ella la repugnó indeciblemente.
La señora Rottengaard deslizó una rápida
mirada para ver qué hacía su hija; al ver que
estaba despierta la apartó, pero luego la volvió
a dirigir con la misma rapidez y la retiró de inmediato.
Su hija preguntó: -¿qué tal has descansado?
La señora Rottengaard sonrió, contenta de que
todo volviese a su lugar.
-bien, en realidad muy bien, me siento como nueva, me he duchado
y he calmado mis nervios.
-me alegro ¿y ayer?
Aquello la contrarió. Sin embargo estaba dispuesta
a vencer toda adversidad. Así que siguió sonriendo,
aunque se percibía que lo hacía forzadamente,
se podría decir que sus sonrisa era una transparencia
de la anterior.
Suspirando dijo: -Natalia, un día perdido es malo,
pero hoy reanudaremos las clases.
-mamá, creo... creo que ... te sienta muy bien esa
bata, ¿es de cachemira?
-no, es de seda
Aquel tono de ironía que había utilizado su
hija inquietó mucho a la señora Rottengaard.
Miró a Natalia como si no la conociera, parecía
una extraña.
-no dices nada, pensaba que tendrías ganas de volver
a ...
-no quiero tus lecciones, no las he querido nunca.
-¡pero Natalia! ¿A qué viene esto?
-¿por qué me has tenido encerrada? Todo este
tiempo, ¿por qué? Me has hecho mucho daño,
no has hecho más que meterme ideas estúpidas
en la cabeza, y mi padre...
-¿qué pasa con tu padre?
Por fin la señora Rottengaard perdió el dominio
sobre sí misma. Pero su ira iba dirigida contra ella
misma, contra la irrupción del pasado, contra algo
que hubiese querido olvidar. No podía enfrentarse otra
vez con los remordimientos y cosas pasadas. “Tu padre,
tu padre, tu padre” volvía el recuerdo de su
marido lleno de detalles, un recuerdo tan nítido como
si la estuviese viendo, veía su rostro, sus manos,
su pecho, cómo iba vestido, cómo hablaba, con
su acento que lentamente se arrastraba llenándolo todo
de él, como de una baba densa y pegajosa.
-sólo tratas de hacer que le olvide, que no recuerde
nada, nada que no seas tú, nada que no venga de ti,
has hecho de mi una cobarde, una estúpida, encerrada
aquí, hasta la luz del sol me parece extraña,
todo es falso. Pero el mundo empieza donde acabas tú,
donde acaba esta casa. Estoy harta voy a volverme loca.
Natalia se levantó y se dirigió a su madre,
la tomó de una mano.
-no eres ningún ángel, no, no lo eres, eres
cruel, eres un horror.
Después apretó fuertemente sus dientes sobre
los dedos de la mano de su madre, apretó, mordió
hasta que la sangre salió de las heridas y empapó
sus encías, chorreando por su boca.
La señora Rottengaard lanzó un gemido y perdió
el conocimiento, se desplomó de espaldas sobre los
pliegues de la bata, que crujieron bajo su cuerpo, la cabeza
produjo un ruido hueco al chocar contra el suelo. Natalia
salió corriendo, dejó la puerta abierta en su
huida precipitada. El intruso, escondido entre las hojas,
se acercó a pasos cortos, mirando a derecha e izquierda.
Vio el cuerpo de la señora Rottengaard, de cuya mano
corría la sangre.
“Señor, señor, ¿es esta mi señal?
Así tiene que ser, no has podido equivocarte. Te doy
gracias, señor, gracias por esta oportunidad. Mira,
señor, cuánto sufrimiento hay sobre la tierra.
La crueldad de esta niña, sus ojos furiosos, casi tiemblo
de miedo. Señor, ¿me has elegido a mí?
Casi tiemblo como una chiquilla. Cumpliré tu voluntad,
señor, señor, dame fuerza, tengo miedo. Oh,
ella, ella, es tan bella, mira, este rostro que sufre, cómo
es posible que se de el dolor y la belleza, cómo, puesto
que empiezo a sentir amor por ella, es justo que cure su dolor,
yo soy el elegido, señor, yo la amo, pero sé
que no debo hacer nada, nada, hay tanto mal en mí,
tanto, qué horror, debo amarla, pero no sé hacerlo,
¿es realmente un sentimiento bueno? No, es una pasión
horrible , insana. Amo tus bellos ojos de animal salvaje,
tras tu apariencia veo tu piel de tigresa, tus ojos, oh...
la amo, amo, amo con este beso, qué dolor en los labios,
con este beso, yo...., debo hacer algo, traeré a tu
hija, traeré a tu hija, señor, señor.
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