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Carlos Echarri Fernández



Cuento IV (I)

-Natalia ven aquí, no quiero que te alejes tanto
La pequeña Natalia no oía a su madre y seguía avanzando a pequeños pasos hacia la vía del tren. Sus pies descalzos descansan sobre el cálido hierro iluminado por el sol..Inconsciente del peligro que corría y feliz de la agradable sensación de calor que pasaba del hierro a sus pies, la pequeña Natalia comenzó a caminar sobre el raíl, poniendo un pie detrás del otro, tocándose el talón de uno con la punta del otro, trataba de mantener el equilibrio.
En la lejanía el grito agudo de una locomotora acompaña a una enhiesta columna de humo que se acerca disolviéndose sobre un cuerpo de hojalata bruñido de sol.
Como si la pequeña Natalia no oyese, como si no hiciese caso del peligro que se aproxima cada vez más, sigue caminando sobre el hierro cálido.
-socorro, socorro, socorro
Una mujer desnuda, por las prisas se había puesto a todo correr un trozo de tela bordada contra los senos, sujetándola fuertemente, grita; su marido, cojeando, corriendo todo cuanto podía, se cruza con ella: -qué sucede
-la niña, Dios mío, la va a coger el tren, la niña
-pero, a qué niña te refieres
-la niña, el tren
La mujer no pudo reprimir un grito de miedo al ver a la niña caminando con los rizos rubios agitados por el viento, caminando de espaldas a la terrible fiera, rugiente, salvaje, a punto de arrollarla.
Vio a su marido correr cuesta arriba por el sendero que lleva al talud de la vía. Por más que se esforzaba o conseguía llegar. La mujer cerró los ojos. –no hay nada que hacer.
El anciano también se dio cuenta de que todo estaba perdido. Jamás conseguiría llegar. Además empezó a dolerle el pecho. ¿Un ataque al corazón? Sin pensar más en la niña se detuvo y se arrodilló con la mano presionada contra el pecho.
-no puedo hacer nada, lo siento, lo siento mucho
-que alguien haga algo por favor
-qué pasa, que sucede, cada vez más gente acudía.
Salían de callejones, hombres apresurándose con la cara enrojecida venían a grandes pasos. Unos se paraban a contemplar lo que pasaba sin entender nada y otros no podían evitar echarse a correr hacia el ferrocarril desesperadamente.
-no llegará nadie, estamos muy lejos.
-¿es que no había nadie con ella?
-estaba sola
-yo no sé, no he visto nada
-Dios mío, pobre niña, pobre.


El aguijón de hierro de la locomotora pasó mientras silbaba. Pasó junto a la pata del caballo que asustado por la violencia de la fiera metálica se irguió sobre las patas traseras. Tras lo cual el caballo, negro, caminó a paso lento, haciendo oscilar a la niña, que descansaba en el regazo de un hombre, de rostro enjuto y serio, tan triste que daba lástima recorrer los surcos de su cara. Con una expresión inmóvil, su mirada se perdía en la lejanía, sus movimientos eran parcos, su cuerpo estaba endurecido y su piel era ocre.
Mientras iba descendiendo la cuesta que llevaba al pueblo, la gente que le miraba atentamente, seguía fascinada su marcha. Sin embargo a nadie miraba él, siempre su vista puesta en un horizonte lejano. Mudos y asombrados todos, miraban aquel rostro endurecido y extraño. Sobre todo llamaba la atención la súbita aparición, la resuelta forma con que había conseguido salvar a la niña. Porque en realidad, de dónde había venido. Nadie lo había visto acercarse, auque también es cierto que ninguno había sido capaz de apartar su atención de la figura de la niña caminando tan despreocupada. Estaban todos fascinados por lo que había sucedido aquel día.
-¿pero de verdad hemos visto a esa niña?
-y ese extraño aparecido como un ángel
La mujer del hombre al que le había dado el ligero ataque al corazón, se había cercado a él y con la mano en su hombro, le miraba con ternura. Él, apoyada una rodilla en el suelo la miró y preguntó: -tú has tenido que verlo, desde ahí arriba.
-eso me gustaría, pero en realidad no he visto nada, ha sido todo tan rápido.
-¿cómo puede ser eso?, desde el balcón se divisa toda la llanura, hasta donde se pierde la vista, prácticamente no hay obstáculos, has tenido que verlo acercarse
-debería haber sido así, verdad, incluso pensarás que quiero ocultarlo, pero no he visto nada. Si hubiese venido por la derecha, por detrás del tren, lo habría visto acercarse, tampoco ha venido de la izquierda, allí de donde se acaba la ciudad tampoco ha salido.
-permítanme señores, pero ¿no creen que en todo lo que ha sucedido hay algo de sobrenatural?
El hombre que así acababa de hablar iba vestido completamente de negro con un sombrero muy alto. Sus gafas escondía dos pequeñas bolitas verdes abrumadas por el pelo espeso de las cejas. Todos se volvieron para mirarle. Nadie le conocía.
-¿quién es usted?
El hombre al que le había dado en infarto, que se llamaba Erik, le miró, sonrió y dijo: -yo también lo creo así, pero mi ignorancia me impide ver claramente. Creo que usted sabe más que nosotros.
-no me malinterprete, sólo vengo para advertirles.
-¿de qué?
-de algo malo. Intuyo que de esta visita no saldrá nada bueno. Háganme caso.
-¿por qué?
-no trataré de convencerles de nada, pero ese hombre, creo no equivocarme, no ha inspirado mucha confianza en ninguno de ustedes.
-usted lo conoce, ¿no es eso?
-háganme caso. Está bien, me veo obligado a revelarles que efectivamente lo conozco. Y hubiese preferido conocer al diablo que a ese ser.
-¿pero qué está usted diciendo?
-¿cómo se le ocurre algo así?, dijo la mujer de Eric, todos hemos visto que ha salvado a la niña, si no fuera por él, ahora estaría muerta, tenemos que estarle agradecidos.
-sí, es verdad, es ciert-, gritaban todos al mismo tiempo, tratando de acallar al extraño forastero, tan inquietante como el misterioso héroe que se alejaba cabalgando en dirección a la madre de la niña.
-pero díganme entonces una cosa, cómo ha llegado sin que nadie lo viese, por qué ese misterio
-qué más da, quizá todo tenga una explicación demasiado sencilla, lo único que importa es que ella está bien. La mujer de Eric miraba ahora al grupo formado por el desconocido, la niña, Natalia y su madre.
-eso es lo importante, pero qué pensarían si yo les dijese que ha podido salir de la tierra, que ese hombre viene del infierno.
-oh, pero que dice, qué locura.
Todos comenzaron a reír. Detrás de él, dos muchacho, uno gordo y de rostro enrojecido, el otro alto, delgado y pálido, detrás del hombre de negro, trataban de contener la risa, de tales esfuerzos que hacían estaban a punto de reventar; de repente al gordo se le escapó una carcajada que no pudo reprimir.
-veo que lo único que consigo es hacerles reír. Así me ha pasado a lo largo de toda mi vida. Es triste para mí, pero mucho más lo es para ustedes. Se acordarán de lo que acabo de decirles.


Era la mejor casa de la ciudad, estaba algo alejada del centro. En la puerta una aldaba con la que se llamaba y la casa parecía vibrar toda entera. La luz verde bajo un farol de hexágonos de cristal luce en una esquina cuando se hace de noche, como el ala de un hada vibrando y haciendo vibrar fantásticamente el aire en torno suyo.
Las ventanas de guillotina tienen el talle ceñido y altanero de los cuentos de invierno y las cortinas de encaje visten los cristales rodeados de una guirnalda de espalderas por donde los tallos de los rosales se entrecruzan cobijando voces ocultas. La profundidad, el espesor de susurros de primavera que se guardan como en cofres de esmeralda y ópalo.
No nos acerquemos al interior, no veamos lo que esconde la casa, tres pisos, uno sobre otro irguiéndose hasta lo más alto del tejado escamado de pizarra en donde el hueco de la buhardilla vigila como el ojo alerta, lloroso de un cíclope ensimismado.
Los dientes limados de las escamas se apoyan sobre la cornisa de la que bajan las cañerías ocultas entre rosas y susurrando bajo el suelo a las raíces entrecruzadas e íntimas.
Un esplendor de cerámica y de madera, como una serena casa de muñecas.


El caballo avanza pesadamente hacia el fondo de la calle y se detiene delante de la casa. De la puerta, un instante abierta, entornada, en la raja oscura vibrando el ala verde del hada, sale apresurada la madre de Natalia, la señora Rottengaard.
Cuando la señora Rottengaard vio venir al jinete con su hija no pudo reprimir un hondo dolor en su pecho. Parecía que el sol, reflejado en todas las paredes la cegaba. Creía negar la brillantez de su alrededor. La angustia que había sentido, la había vuelto inerte, parecía un fantasma blanco esperando el trompetazo de algún ángel. Creía desmayarse. Su belleza pálida podía parecer hundida en húmedas flores, una belleza difunta y empapada. El rizo que caía de su sien izquierda, se retorcía sobre su hombro blanco.
La niña se escurrió de entre los brazos de su salvador como una animal revoltoso y saltando a tierra corrió hacia su madre. En sus ojos brillaba una luz ardiente. Su rostro, al que afluía la sangre, su boca abierta, su cuerpo en tensión tratando de correr más.
El abrazo fue cálido y Natalia rodeaba el cuello de su madre y de daba besos en la mejilla y en el cuello y en la barbilla.
-mamá, yo no me daba cuenta de nada, no veía, no oía...
-qué habría sido de mí si te hubiese perdido, yo me moriría.
-no se preocupe más, ya está a salvo-, dijo el hombre del caballo
-no puedo, no puedo, siempre estoy asustada, a veces me imagino que la pierdo y ...creo que no puedo vivir sin preocuparme a cada segundo, ¿no tiene usted hijos?
-una vez tuve, sí, pero...-, el hombre se entristeció.
-le ruego que me perdone, no es asunto mío. ¿no quiere pasar?
-no gracias, tengo que continuar.
-mamá, salió de la tierra. La señora Rottengaard miró a su hija tiernamente, sentía cerca de ella, de nuevo, su voz y su acento y la cálida presencia de su cuerpo.
-¿de verdad?
-cuide de su hija, no deje que nadie se la quite. Aquellas palabras sonaron tan extrañas a la señora Rottengaard que...
-ya ha pasado todo, alégrese, ponga una sonrisa en ese rostro tan bello... hasta la vista.
Mientras el hombre se alejaba, la señora Rottengaard no pudo evitar endurecer su expresión mientras trataba de pensar detenidamente en algo.


El misterioso jinete partió y no volvió a ser visto aquel día; cuando el sol estaba poniéndose tras las ramas entrelazadas de los árboles del jardín del señor Dupont, éste, hacía tiempo viudo, hablaba con su vecina, señora Divert. Los músculos faciales del señor Dupont se movían muy despacio mientras hablaba con un tono neutro, como si sus palabras se le cayesen de la boca; sus ojos entornados apenas expresaban vida, de vez en cuando sacaba su mano del bolsillo y acompañaba su discurso con un gesto perentorio e indiferente, como si espantase moscas delante de su nariz, para luego volver a meterla en el bolsillo con la misma irresoluta involuntariedad.
La señora Divert resultaba su opuesto: vivaz, nerviosa, delgada, de escaso pelo, huesuda, de párpados abultados, sus ojos no podían permanecer en un punto fijo, lo recorría todo con su mirada nerviosa. Aun así hacía esfuerzos por ocultar los nerviosos movimientos de su cuerpo, con los brazos cruzados sobre el pecho. Sin embargo de vez en cuando al vibración congénita de sus piernas la traicionaba.
-¿usted cree?, yo no puedo opinar- dijo la señora Divert.
-está claro, todo está clarísimo- respondió el señor Dupont moviendo hacia arriba majestuosamente su mano de gordos dedos. –Es algo de lo que habla todo el mundo, de esa señora nueva cuya hija fue salvada en tan extrañas circunstancias
-sí, sí, me lo han contado.
-¿conoce a esa mujer?
-no,no, pero he oído cosas.
-oh, qué cosas
-¿está usted interesado, señor mío?- dijo la señora Divert con un estremecimiento de su cuerpo, como si hubiese pasado un escalofrío por su espalda.
-no, realmente no, claro- dijo Dupont con una negación de su cara, cerrando los ojos y apretando los labios.
-vive sola con su hija, su marido murió. Creo que no guarda ningún buen recuerdo de él. Se dicen tantas cosas. Tenía mucho dinero en vida,, pero parece que a la viuda no le va tan bien, su marido tenía muchas deudas.
-¿algún secreto tras la puerta?
-una cosa muy sombría según las habladurías.
-claro, claro- afirmó Dupont inclinando su cabeza sobre su grueso y abultado cuello.
-dicen que ella siempre quiso alejar a su hija de la influencia de su marido y del padre de éste.
-¿por qué?
-no lo sé, ella no guarda ningún buen recuerdo de él
-¿cuánto tiempo llevaban casados?
-su hija Natalia tiene quince años, nació el mismo año que se casaron, incluso se dice que antes de tiempo, ¿me comprende?. El señor Dupont afirmó con la cabeza, poniendo un gesto lleno de dignidad y resignación ante lo que oía. La señora Divert prosiguió: -él murió hace cinco años, por tanto pasaron diez años casados..
-y él murió
-de muerte natural, señor Dupont. El señor Dupont restregó su pie en el suelo como si apagase una colilla , mirando a la verja que lo separaba de la señora Divert.
-pero, dígame, la conoce a ella... ¿personalmente?
-oh, señor Dupont
-no se equivoque, señora Divert, no se equivoque- dijo Dupont con una ligera contrariedad que pronto se desvaneció en una sonrisa pícara, retorcida hacia un lado, aunque en realidad, estaba pensando en las extrañas costumbres de la señora Divert.
-es una dama muy rara
-¿por qué lo dice?
-así, tan blanca, tan delicada, parece enferma, parece un fantasma. Es bella, claro, es joven... Pero hay algo enfermizo en ella. Venga, le enseñaré algo. ¿ve aquella ventana de su casa?
-¿aquella que hace brillar el sol?
-no, la de arriba, la del último piso
-sí, sí, la veo
-siempre que voy o vengo la veo allí. Parece una alma en pena. ¿Sabe?. Siempre la veo vestir muy elegante. Le gusta mucho presumir
-pero usted dijo...
-sí, sí, que tenía problemas de dinero
-usted quiere decirme que es bastante vanidosa
-yo no digo nada, yo no digo nada. Casi no sale de su casa.
-¿se dedica a su hija?
-eso es claro. Hay algo en ella que no me gusta. Fíjese cómo dejó a su hija sola, casi la matan. No sé, no sé. A saber lo que tuvo que sufrir su marido. Definitivamente no me gusta.
-en cambio a mí me parece una mujer muy distinguida.
-tenga cuidado, no se fíe de ella
-¿qué quiere decir?
-¿no se ha fijado que es tan orgullosa que no desea tratar con nadie de esta ciudad? Seguro que echa de menos su vida de lujo en la ciudad. Esas mujeres son caprichosas, seguro que su pobre marido murió atormentado. Ya sabe todas ellas están rodeadas de una corte de amantes. No se fíe, no se fíe.
-está bien señora Divert, me hago cargo de sus advertencias.


El último rayo de sol iluminaba el raíl de la vía sobre el punto en que por la mañana había sucedido todo. Ya no hacía aquel calor que era como el golpe de un martillo sobre un yunque. Ahora los matices de las sombras se mezclaban alrededor de la luz del atardecer, llena de sigilo y sonidos secretos. Una brisa, una melodía, palabras entrecortadas y la tierra que había empezado a producir perfumes como un cuerpo gozoso y tibio, perezoso entre las sábanas.
Aquel extraño hombre dio unos pasos a lo largo de la vía, ensimismado, mirando al suelo y alargando mucho los pasos. Al detenerse hurga en uno de sus bolsillos del que extrae un pequeño libro. Lee en voz baja unas palabras, como musitando una oración. Levantó la vista y cerrando los ojos siguió con su particular rezo. Después calló y toda su expresión parecía conmovida por una profunda emoción. Después siguió caminando a largos pasos. Se detuvo y dirigiéndose a la ciudad dijo con el puño levantado: -ya veremos cómo acaba todo esto.


Ya es de noche, la gente cena en sus casas, los que han cenado, mantienen alegres conversaciones en torno a la mesa, vaciando vasos de licor; los niños más pequeños, con los ojos cargados de sueño, se tambalean de camino a la cama y con expresión tierna e inocente despiden a sus madres con besos cálidos. Las tabernas aún se mantienen abiertas durante un tiempo y los jugadores se contemplan en los vasos llenos de líquido iridiscente aureolados por el humo del tabaco iluminado por las lámparas de gas que desde las ventanas y escondidas entre las ramas de los árboles parecen lunas para los que entran desde la calle. Las calles se vacían, casi no queda nadie, quizá el cuerpo de algún borracho, mendigo o loco, hundido en el barro o en un charco que refleja alguna cornisa bajo la que un instante se ilumina un recuadro naranja, se descorren las cortinas y alguien vierte un cubo de agua sucia sobre el charco y rompe la nitidez de su reflejo en pequeñas estrías onduladas cuyas diminutas cimas en forma de onda iluminan igualmente con su resplandor viscoso las luces de las farolas. Quizá a medianoche, el encargado de reducir su intensidad tropiece con el cuerpo inerte y somnoliento de algún hombre de rostro cuajado de llagas y barbas macilentas. Quién sabe si no se apiadará de él y no le dará una pequeña moneda, para sacar la cual haya tenido que hurgar con sus dedos índice, corazón y pulgar en lo profundo de su bolsillo. Y tal vez el hombre lo agradezca con ojos sonrientes y mesándose la barba se diga que es bellos aquel cielo que sobre su cabeza, moteado de luces, se abre infinito y profundo.


En casa de la señora Rottengaard, como cada noche, ella toca el piano, mientras su hija la escucha sentada junto a ella. No es que sea una virtuosa, pero conoce el oficio. Ha decidido que nadie eduque a Natalia, lo hará ella misma. Y la razón principal podría ser el dinero, puesto que no dispone de mucho. Pero aunque en sus pensamientos a veces se le llegue esta idea, ella sabe que no debe confiar en nadie que no sea ella para educar a su hija. Si hubiese tenido dinero habría pagado a un tutor, encargado de guiar a Natalia bajo su estricta vigilancia. Era una mujer muy culta y podía enseñarle dibujo, música, labor, historia, un poco de geografía y varios idiomas. Leían mucho juntas, disfrutando con una misma sensibilidad. Desde muy pequeña en Natalia habían brotado rasgos indelebles que recordaban a su madre. Tanto físicos como anímicos. Sus gustos eran idénticos. Amaban las cosas bellas y los pensamientos bellos. Aunque quizá también se daban en Natalia alguno de los defectos de la madre, como una cierta tendencia a exagerar algunos sentimientos con raros accesos que de profundizarse no estarían lejos de la locura.


Con los pasos ligeros de un hada, Natalia caminaba por el centro del salón. Su madre la miraba con ternura. Una ligera sonrisa iluminaba su rostro como el sigiloso rayo de luna hace brillar el borde de las nubes. Intercambian miradas cómplices. Todo un mundo se vela y se cifra en gestos, miradas, secretos de una vida compartida. Su madre mantiene las manos sobre el teclado del piano. Uno a uno los sonidos se mezclan. Y los movimientos de Natalia son hermosos, medidos, gráciles. Su bello cuerpo expresa formas, expresa sentimientos sublimados por la música. La belleza, la pureza de su rostro, la vida, la luz que arde sosegada dibujan en Natalia un mundo frágil, delicado, pero trágico, al borde de peligros que salva graciosamente, pero sobre los que palpita como las alas de una mariposa, bellas, cerniéndose sobre la nada.
La música cesa y la dulzura de la sonrisa de Natalia se hace plateada en el marco de la ventana por la que mira.
Su mano se apoya en una de las columnitas que flanquean la ventana. Su madre llega por detrás, se oye el crujido de su falda y su mano se posa sobre la de Natalia y ésta ve el anillo de su dedo anular. La belleza de las manos de su madre la hace sonreír. La felicidad de los raíles iluminados por la luna se mezcla a su propia felicidad. Su madre se contagia un instante, pero parece como si no pudiese soportar por mucho tiempo la perfección de las cosas dispuestas por el alma o quizá no llegase a sentirlas tan profundamente como Natalia. Su sonrisa se va poco a poco ensombreciendo. Natalia apoya su cabeza en el corsé encajes que cubre el bello pecho de la señora Rottengaard. Algo suave se le prende en los párpados mientras siente la caricia de los dedos de su madre sobre su cabeza con infinita blandura. Parece que arrulla cosas indescifrables, cantos o suspirosa media voz.
-mamá, es extraño lo de ese hombre.
La señora Rttengaard muestra un gesto decidido contemplando la noche tras la ventana. Parece sentir un escalofrío. Pero es algo que no sobrepasa su cuerpo y la bella Natalia, sonriendo se entrega a la dulzura que siente en todo lo que existe.
-cuando me tomó entre sus brazos me sentí como si me estuviesen abrazando. Es un hombre duro, su cara no es como la tuya, no es bello. Parece triste, enfadado. Salvó mi vida y yo ni siquiera sabía que estaba en peligro. No oía nada, no veía nada. No sabía que había un tren detrás de mí. Él apareció no sé de dónde. Pero me cogió con tanta dulzura, parece un hombre tosco, pero en sus manos había tanta ternura...
-Natalia, Natalia
-¿qué mamá?
-tú sabes que yo le debo la vida a ese hombre. Si te hubiese pasado algo yo no podría vivir, yo... La madre acerca su rostro al de Natalia y ésta siente cómo llora. Natalia la contempla curiosa y feliz, con sus manos en las mejillas de su madre. Siente que es la misma felicidad que la está ahogando toda la noche.
-¿por qué lloras? ¡cuánto te quiero!
-yo, también, sabes que te quiero.
-mamá, no puedo olvidar a ese hombre, su rostro no se me va de la cabeza.
-no creo que lo volvamos a ver
-yo creo que sí, es algo que me lo está repitiendo alguien dentro de mí.
-¿por qué dices eso? ¿tú quieres volver a verlo?
-no lo sé, no sé que me pasa, por un lado sé que me alegraría si lo volviese a ver, pero también sentiría miedo.
-Natalia
-mamá, ¿tú no crees que en ese hombre había algo diferente al resto de personas?
-no lo sé Natalia.
-me parece que lo comprendo mejor que a nadie, que al estar con él he vivido un poco de su vida.
-Natalia, Natalia, qué te pasa esta noche, hablas de forma diferente.
-no lo sé, pero cuando antes miraba por la ventana, en la noche, he sentido que toda la belleza del mundo estaba dentro de mí. Mira mamá, ¿ves los raíles?
-los veo, cariño
-y mira el álamo aquél y el río, ¿los ves, mamá, los ves?
-sí, los veo.
La señora Rottengaard soltó una lágrima. Sentía algo muy pesado dentro de ella, algo que la ahogaba. Natalia estaba mirando otra vez por la ventana y no se daba cuenta de nada. Seguía mirando, la sonrisa reflejada en el cristal, todo lo que había detrás, en la noche.
Su madre decidió marcharse silenciosamente para que su hija no la oyese. Al salir por la puerta vio a Natalia enmarcada por la puerta. Vio junto a ella un jarrón con flores azules. Cogió una y se la prendió en el pecho, otra en el pelo. Se le vino a la mente la idea de que no había vuelto a llevar flores desde que era joven. Temblando, inquieta sin saber por qué, fue subiendo despacio la escalera que describía una curva hacia la izquierda. Según iba subiendo Natalia desaparecía de su vista, desde la cabeza, cortada por el marco de la puerta.
Se contempló delante del espejo y se dio cuenta de que ya no era joven. Se quitó la flor. Tomó un velo del armario que había usado de joven, cuando interpretó u papel en una obra de teatro. Se lo puso, se cubrió el rostro y las lágrimas. Se acordó sin querer de su marido. Se fue desnudando lentamente, dejaba caer las prendas al suelo hasta hacer un montón que le cubría los tobillos. Elevó los brazos, arqueó su cuerpo delante del espejo que reflejaba la blancura de su piel. Acariciaba los pechos, mientras dejaba su mente en blanco, a la que acudió un pensamiento que la hizo temblar. Natalia podría abandonarla. Sentía frío en el alma y una soledad hueca como una estancia lujosa y vacía, llena de ecos pero sin voces humanas, ni calor humano. Sabía ahora que sólo tenía el amor de Natalia. Sentía una pesadumbre de cosas que flotaban con rapidez a través de su alma. Pensamientos hasta entonces escondidos. Empezaba a acusarse de no haber hecho nada, de no haber conseguido nada en su vida, de no tener nada. Abajo sonaba ahora el piano con la mano torpe de alguien que no sabe tocar bien pero con el espíritu de quien es fiel a la propia felicidad. Como hablando consigo misma, con la persona que tenía delante en el espejo se dice que ella también ha sentido lo mismo que Natalia, pero que alguien se lo ha llevado todo, que alguien le quitó todo y la dejó sola, sala, “sólo te tengo a ti Natalia”. Al cerrar los ojos se queda dormida con la angustia de su corazón intacta, mientras las yemas de sus dedos ardían con el deseo de abrazar algo, mientras en el piso de abajo, la felicidad explotaba sonido tras sonido.


Natalia, tras dejar de tocar el piano, gira varias veces sobre las puntas de sus zapatillas y corre hacia la puerta. Con una sonrisa de placer recoge las faldas de su vestido. Casi con la rapidez del pensamiento el alba se insinúa tras los cristales. Ya era muy tarde; se pone el dedo en los labios, se sentía muy cansada, pensaba que tenía que irse a la cama, pero sabía que no podría dormir en una noche así, qué maravilla era vivir, vivir siempre así como estaba ahora.
Tumbada en la cama da vueltas incansablemente, sin conseguir poder dormirse. Sus pensamientos son demasiado ruidosos. Nada consigue ocultarlos, silenciarlos acallarlos. Mañana todo empezará otra ve. Se pondría un vestido nuevo, iría al río, pasearía durante toda la mañana, se iría con su gato. Había olvidado a su madre. Oh, las clases, pobre mamá. Con los ojos tristes mirando al techo, sus labios seguían sonriendo. Pero deseaba tanto salir de la casa y buscar lo que creía que había encontrado. Pero era imposible no dar las clases con su madre. La quería tanto, había hecho tanto por ella... pero aunque sea por un día...Frunciendo los labios en una mueca de disgusto se dio media vuelta y miró la luz del amanecer a través de los visillos. Era mejor dormirse y que sucediera lo que tuviese que suceder. Cerró los ojos pensando que el sueño la visitaría. Trató de encerrar todos sus pensamientos, pero una ráfaga de viento abrió la puerta que golpeó contra la pared y sus ojos se abrieron de nuevo. Ya estaba decidido, mañana no saldría, estaría todo el día con su madre, como de costumbre, así se tranquilizaría y podría dormir. Sin embargo tampoco ahora conseguía conciliar el sueño. Qué hacer, qué hacer. Escondió su cabeza bajo las sábanas, pero tampoco así mejoraban los resultados. Fue observando minuciosamente el dibujo y la forma del dosel que cubría la cama, después pasó a las sinuosidades de las columnas llenas de nervios y por último miró sus uñas, fijándose especialmente en la perfección y la redondez de la curva. Sí, ya está, así es, ahora a dormir.
Pese a todos sus esfuerzos, los rayos del sol iban aumentando de intensidad, ella seguía despierta contemplando cómo la sombra se reducía y detrás de las cortinas un resplandor cada vez mayor comenzaba a colarse en la penumbra.
No había conseguido dormir ni siquiera cinco minutos cuando su madre la llamó desde abajo para tomar el desayuno. Se levantó sin dominar su equilibrio y con un gran dolor en la cabeza. El frío del suelo en las plantas de sus pies le hizo recordar dónde había dejado las zapatillas. Sentada delante del espejo empezó a peinarse mientras los ojos se le cerraban. Se dio cuenta de que sería hermosa cuando creciese, un pensamiento que jamás se la había pasado por la imaginación antes. También se dijo que le gustaría olvidar todo lo que había hecho hasta entonces, que no servía de nada. Tampoco hasta entonces se había preguntado si la vida que llevaba era buena o mala. Jamás se había atrevido a juzgar nada. Sin embargo ahora se sentía diferente. Se descubrió a sí misma preguntándose cosas en las que hasta entonces nunca había pensado, de las que jamás se había preocupado, pensando que debían ser así y no de otra manera. Por ejemplo se preguntaba por qué su madre se empezaba en seguir encerrada en aquella casa, no era justo para ninguna de las dos y aunque se engañaba pensando que se preocupaba por su madre, se decía que era aún muy joven y que debía disfrutar un poco más de la vida, en realidad era por ella misma por quien se inquietaba. Viéndose en le espejo no pudo evitar esbozar una sonrisa que ocultó en seguida detrás de las manos, quizá avergonzándose de algo. Pero tenía que confesar que todo en ella era perfecto: su cara, su pelo, la perfección y la gracia de sus brazos, su cuello...
Cuando su madre volvió a llamarla ya estaba vestida, así que bajó rápidamente las escaleras pensando con delectación en que había pasado una noche entera sin dormir, y que se repondría en seguida la próxima noche y al día siguiente, oh, qué felicidad.


Acaba de sonar la hora en el reloj de la pared. Natalia entra en la cocina mientras el toque del reloj va expirando y su eco se debilita. Natalia no da muestras de la fatiga de toda una noche sin dormir. Su madre se lava las manos en le chorro del grifo.
-qué día tan hermoso hace hoy mamá
La señora Rottengaard se da la vuelta y se da cuenta de que su hija se ha vestido con mucho esmero. Casi puede leer en sus ojos el fuego de una vida desconocida para ella. Se siente turbada, no puede sostener la mirada de su hija, tanto que tiene que bajar la vista: “qué extraña belleza parece rodearla hoy”
-¿hay lecciones hoy mamá?
Aquel tono tan diferente del que solía emplear su hija extrañaron horriblemente a la señora Rottengaard. Se la quedó mirando muy quieta, con la cafetera entre las manos. Siente el deseo de volver a contemplar otra vez a su hija: “qué diferente, no parece la misma persona”. Le dio un vuelco el corazón al ver su vestido y su peinado.
-¿qué pasa mamá, hay lecciones hoy?
-claro.... Natalia.....cómo lo preguntas?
La señora Rottengaard casi habla balbuciendo. Afuera el sol se filtra a través de las hojas de un árbol que cubre la ventana con sus ramas. El juego de luces y sombras teje y desteje figuras vibrantes de hojas, ramas y ramas sobre el respaldo de un gran sofa. Al lado hay una pequeña cómoda con seis cajones. Huele a café.
-hoy no tomaré lecciones
Al caminar Natalia imprime a su falda un movimiento lento, voluptuoso, seductor. Camina como sobre una cuerda floja, levantando y manteniendo el pie en el aire un instante.
A cada paso un torrente de felicidad se le sube a la boca y parece como si tuviese que vomitarlo.
-¿no... tomarás lecciones?
La voz de la señora Rottengaard llora mientras el día se le escapa de las manos y Natalia con la rodilla apoyada en el sofá mira por la ventana con la cara apoyada entre las manos.


Natalia caminó todo el día, a lo largo del río, por las afueras de la ciudad, corriendo como una loca, respirando a grandes bocanadas; riendo, tumbándose en el suelo, manchándose el vestido, metiendo los pies descalzos en el agua con la pesadez de una estatua y desnudando la blancura de su cuerpo acariciado por el soplo del viento cargado de aromas y sol.


La señora Rottengaard estuvo sola, sentada en un sillón hasta el mediodía. Sus rizos polvorientos descansaban sobre los encajes que cubrían el respaldo del sillón. Sus brazos descansaban también sobre los brazos del sillón y parecía una muñeca con el cuello tieso y los ojos perdidos, perdidos en la oscuridad de un recuerdo o de una nada.


Cuando la tarde ya estaba muy avanzada, la señora Rottengaard descorrió con su pálida mano temblorosa las pesadas cortinas de su habitación y miró a la calle con ojos asustados, como si temiese que alguien pudiera verla. En aquel mismo instante el señor Dubois y la señora Divert pasaban sobre las sombras que en el suelo proyectaban las varillas de la verja que separaba la calle de la casa de la señora Rottengaard. Con su mano de gruesos dedos en la verja, el señor Dubois miró a la ventana y sonrió satisfecho mientras hacía un saludo con el sombrero. Sus gruesos labios sonriendo tenían algo de salvaje y grosero. La señora Rottengaard cerró de un golpe la ventana con uno ojos en los que brilló un instante una fiereza concentrada. En el rostro del señor Dubois la sonrisa se le rompió en una extraña mueca y sus abotargados párpados se abrieron un poco más de lo normal. Su mano, nerviosa, se alejó de la verja y no sabiendo qué hacer se ajustó la corbata en la que brillaba un alfiler con un grueso rubí. Luego miró la hora en el reloj de bolsillo que extrajo con dificultad, se le resbalaba entre los dedos. Se giró hacia la señora Divert, temiendo que se hubiese dado cuenta de algo, “no ha visto nada, menos mal”, estaba atenta a lo que pasaba en otra calle donde un muchacho hablaba a gritos. En realidad sí que la señora Divert se había dado cuenta de todo, pero sensible a la humillación que acababa de sufrir el señor Dubois, trató de disimular lo mejor que pudo, maldiciendo en su interior a la señora Rottengaard.


-creo que usted no me entiende.
-perfectamente, como se lo digo, solo que no conseguirá convencerme.
-es usted de ideas fijas.
-siempre he confiado en unos principios firmes.
-está bien, muy bien, pero...y si yo le dijera que puedo financiar todo el proyecto, ¿comprende?, todo el proyecto, todos los ensayos, sean o no satisfactorios.
-pero, yo no puedo creer eso
El señor Dubois permaneció un rato sentado en su diván con los dedos sosteniendo un grueso cigarro al que dio una última calada. Su invitado, el doctor Erwin, limpiaba sus gafas con un pañuelo.
-¿por qué?
-señor Dubois, quiero saber por qué me ha hecho venir esta noche a su casa.
El señor Dubois se levantó y sus botas crujieron. El doctor Erwin miró con ironía sus piernas tan gruesas y su oronda barriga bajo el chaleco negro. Parecía reírse de toda aquella figura tan descabellada.
-tan sólo quiero invertir en su proyecto, ¿no lo entiende?, con mi dinero podrá desarrollar todas sus teorías. Le conozco a usted y lo que hace.
-pero...
-¿quiere el dinero?
-al menos quiero saber por qué tiene tanto interés en mis trabajos.
El doctor Erwin podía esperar cualquier cosa del señor Dubois menos un gesto de filantropía. En el fondo de su alma sospechaba de las intenciones reales de aquel hombre tan siniestro.
-no me interprete mal ( el señor Dubois se habái dado cuenta perfectamente de la insistente mirada del doctor y de su silencio, en el que parecía estar juzgándole), supongo que se hace cargo de mi situación, yo no le culpo a usted ni a nadie de lo que se puede murmurar sobre mí, tanto será verdad como mentira. El caso es que me siento solo y apesadumbrado, la conciencia me come el corazón y quisiera,... usted es tan buena persona...
El doctor parecía perder por primera vez en su vida el dominio sobre sí mismo, los ojos casi se le llenaban de lágrimas. –cuánto lo siento, señor Dubois, yo, no tengo palabras, usted, yo me sentiré halagado de hacer todo lo que pueda, verá cómo su dinero no se malgasta, será una inversión en... en humanidad, su mejor inversió.
“Imbécil”, pensó el señor Dubois mientras tragaba humo y lo soltaba por sus gruesos labios. Su barbilla replegada varias veces se le hundía en el nudo de la corbata. Su mano, pesada, cargada de anillos, se levantó del brazo del sofá y de un empujón, como si no tuviese mano y el brazo acabase en un muñón, se subió las gafas: -quiero leerle parte de las disposiciones que he tomado respecto del dinero que quiero cederle.
-¡Maravilloso!
“Es más imbécil de lo que yo pensaba”


Las escaleras de la casa de la señora Rotengaard son amplias y bellas, las gradas son de mármol, recubiertas de espesas cortinas azules de terciopelo, en lo alto se abre el espacio a través de un rectángulo de bordes dorados que llega hasta la claraboya en forma de cúpula partida por aristas de bronce. Por dentro acolchado de seda azul con botones dorados, unidos entre sí con pequeñas cadenas. Sobre los peldaños se extiende una gran alfombra en la que se pierde el eco de los pasos y el ruido de las voces. El pasamanos es de caoba. La escalera se detiene en un rellano del primer piso desde el que se puede contemplar la altura y el espacio abiertos gravitando, el acolchado, que parecía un rumos de olas y las esquinas que cierran el espacio abierto sobre la escalera. Desde aquel rellano se podía acceder a las habitaciones del primer piso. Para subir al segundo hacía falta usar otra escalera, de caracol, a la que se accedía por una estrecha puerta en la que había grabada una estrella en madera de seis puntas. Pero allí, en el gran espacio cuadrado que envolvía la escalera, podían verse dos ángeles de metal, aunque tenían el aspecto de ser esculturas de piedra. Sus cuerpos robustos y musculosos se retorcían uno junto al otro; desde los pies las piernas se tensaban hasta los gigantescos abdómenes, tras los que los hombros abultaban, el cuerpo recostado. Un brazo se levantaba como una curva de piedra hasta la grácil mano que se tocaba con la de su compañero. Sus grandes rostros se encontraban en la esquina y se miraban con ojos huecos y labios tan bellos, tan perfectamente perfilados que parecían auténticos labios, cerrados, guardando la belleza que sus miradas provocaban mutuamente.


Desde la puerta de su casa el señor Dubois despedía con la mano al doctor Erwin que también le despidió desde dentro del coche de caballos en el que partía, mientras las nubes anaranjadas del ocaso lavaban los granos de la luz pegados a la capota y se reflejaban en las vías inundadas entre el barro, por donde discurrían las ruedas arrastradas por los caballos de tez oscura y algo cansada.
Cuando ya estaba cerrando la puerta y sólo su ojo aparecía por la ranura de la puerta, se detuvo a escuchar el sonido de unos zapatos aproximándose por la calle y vio a su hija abriendo la pequeña puerta de la verja que daba al jardín. Llevaba un vestido naranja muy vaporoso y un collar que daba varias vueltas alrededor de su cuello.
Para no ser visto, su padre cerró la puerta con mucho cuidado y se puso a observar a su hija de rodillas, detrás de una mesa con una gran bola de cristal llena de agua. Se arrodilló y miró a través de la ventana, descorriendo un poco la cortina. Tanto se estiraron las junturas de su pantalón que acabaron por abrírsele. Sin embargo su cara enrojecida siguió ante el cristal observándolo todo sin hacer caso de nada más.
Su hija, Úrsula, se puso de puntillas, se recogió la falda con una mano e inspeccionó la casa en busca de alguien que pudiera estar espiando. Mordiéndose el labio de impaciencia, escudriñó cada rincón. Luego con una sonrisa, se volvió de nuevo hacia la verja. Un joven elegante se acercó con pasos rápidos, haciendo crujir sus botas sobre la calle. Tomó a Úrsula del rostro con su mano enguantada y le dio un rápido y breve beso en los labios. Ella se inclinó todo lo que pudo para relamer todo el sabor de aquel beso, para atrapar el tacto de los labios que se alejaban, se inclinó todo lo que pudo sobre la verja para llegar al joven que se mantenía erguido, tratando de apartarse cuanto podía de Úrsula. El joven se apartó de ella e hizo un gesto muy extraño, medio sonriendo, medio burlándose de Úrsula, algo que ella, con los ojos cerrados no podía ver. Su padre el señor Dubois tuvo que ver la tela de la falda de Úrsula tensarse sobre el cuerpo de su hija al inclinarse sobre la verja.
Cuando Úrsula entró por la puerta su padre estaba sentado en un sillón fumando una pipa junto al fuego, apoyado uno de sus pies en los hierros forjados a modo de pantalla delante del hogar. Su hija procuraba hacer el mínimo ruido posible para no atraer la atención de su padre, sólo se oía su leve respiración, el ruido que hacía al cerrar la puerta y el extinguido taconeo aproximándose al sofá del que emergía la mitad de la cabeza de enmarañados cabellos de su padre. Trató de pasar de largo, de llegar hasta la escalera y huir de la presencia de su padre: no tenía ganas de hablar con su padre, nunca tenía ganas de hablar con él.
-¿eres tú Úrsula?
Se detuvo sobre una pierna, haciendo equilibrios para no caer, apoyándose con las yemas de los dedos en una pared. Su voz, su tono la hicieron temblar. Siempre que tenía miedo ponía cara de idiota. La cabeza caída sobre el pecho y el sombrero entre las manos se sentó, desplomándose en su asiento, delante de su padre que no apartaba la vista del fuego. El señor Dubois sólo se decidió a hablar después de otra calada a su pipa.
-¿quién era ese hombre?
La sorpresa con que su hija recibió la noticia provocó que el señor Dubois sonriera como un hiena.
-¿quién padre?
-no seas idiota, ese al que has despedido a la puerta de mi casa.
-un amigo.
-¿es así como besas a tus amigos? Dime Úrsula, ¿así?, ¿en los labios? Dime Úrsula, ¿es eso digno de mi hija, besarse en la calle, exhibiéndose para que todos vean lo estúpida que es?
Úrsula no pudo contener las lágrimas.
-porque eres muy estúpida mi querida hija, veo que todo mi dinero no ha servido para meterte nada en la cabeza. Sólo sabes adornarte y lucirte para la diversión del primer cretino que se te acerca.
El señor Dubois se dio cuenta entonces de que Úrsula llevaba puesto un colgante nuevo. Lo miró con un gesto muy severo: -pequeña damita descerebrada, ese hombre no te ama, pero te compras colgante nuevos para él, ¿crees que te ama?, desde luego que no, soy tu padre y tengo el deber de advertirte estas cosas, tengo experiencia y sé que ese hombre va detrás de mi dinero, no te ama, no te ama. Debo ser sincero, tienes que aprender a defenderte de esos seductores, ten en cuenta que es lo único que van buscando en ti. Me veo incluso en la obligación de ser cruel para abrirte los ojos, porque tú con tu tan débil entendimiento... El señor Dubois, tratando de imitar un gesto de cariño paterna, se acercó a su hija y le dijo suavemente: -tú, tú cariño no eres el tipo de mujer que gustan los hombre de lucir en los días de gala...( la ingeniosa invención obligó al señor Dubois esbozar una sonrisita que trató de ocultar por todos los medios). Úrsula lo vio y un dolor inmenso se abrió en su alma. Sabía que era fea, pero en lo más profundo de su alma soñaba con un hombre que la amase. Jamás lo había conocido y siempre había aguantado los sarcasmos de su padre, pero, aquella broma, en aquel momento...
-me quiere, me quiere, huiré con él, me escaparé...
El señor Dubois puso su mano en el hombro de su hija, cuya respiración henchía el pecho sobre el que se ondulaban los largos pliegues de encaje de su camisa, del que el cuello alto se cerraba con una hilera de botones que se ceñían al cuello sofocado de Úrsula. Su padre deslizó la mano con placer, con una sonrisita, por el corpiño de satén anaranjado muy ajustado. La tomó de la mano enguantada y la levantó del sofá pese a su resistencia. Se le hundieron las mejillas y cerró los ojos mientras su padre tiraba de ella. La levantó como si fuese de trapo. Temblaba mucho y parecía una lujosa muñeca de pecho abombado. La golpeó suavemente con el dorso de su mano varias veces sobre el rostro. Cada vez que lo hacía ella lanzaba un gritito. La dejó y se marchó. Cuando hubo abierto la puerta, se volvió y dijo: -espero que no vuelvas a ver a ese hombre; yo me encargaré de que se le quiten las ganas de volver por aquí.


El hombre al que antes habíamos visto entre el pueblo anunciando la naturaleza infernal del salvador de la pequeña Natalia y luego viéramos caminar sobre los raíles del tren amenazando al pueblo, ahora, al anochecer, volvía por las afueras del pueblo, paseando a grandes zancadas en dirección a la casa de la señora Rottengaard, que como sabemos, queda bastante alejada del centro del pueblo. Parecía absorto en oscuras contemplaciones. En ocasiones torcía el gesto con disgusto, enarcar las cejas y mover dubitativamente la barbilla sobre la una fina barba había empezado a despuntar. A veces se llevaba la mano y se mesaba los pequeños pelos, se detenía y con la punta de su bota removía el polvo del suelo.
-sí, sí, claro, pero qué pasaría si...
Dudando seguía su camino y se detenía otra vez. Bajo las gafas sus ojos se detenían inspeccionando cualquier cosa: un trozo de papel, la rueda de un carro, una moneda, los surcos abiertos en la tierra llenos de agua.
-oh, Dios mío, ¿qué he de hacer? Esta hora amarga pasará. Todo pasa, conforme a tu voluntad..., pero si yo fuese más fuerte, si yo no fuese un cobarde... una señal, al fin una señal para que mi alma descanse.
Se detuvo otra vez, justo delante da la casa de la señora Rottengaard. No había reconocido el lugar, aunque, después de fijar en él una mirada involuntaria y detenida, como si algo le llamase la atención, se dio cuenta de quién era aquella casa: -¿qué hago yo aquí, será una señal? Estaba muy cansado, sudaba sentía mucho calor, se secó la frente con un pañuelo, con el sombrero se abanicó.
La cara se le volvió a llenar de sudor y se balanceaba de un lado a otro recostado contra la pared de la casa, justo al lado de una ventana. Se aflojó el nudo de la corbata y se abrió la camisa, sentía un ligero dolor en el pecho.
-sufro, sufro, sufro... ya a ti te da igual.
Sacó de un bolsillo el libro que antes leyera con tanta atención: “evangelio de San Juan”. Cerró los ojos como abstraído en profundo deleite. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Mantuvo los ojos cerrados, murmurando algo ininteligible, mientras apretaba con fuerza en sus manos el pequeño libro.. Pasado un tiempo abrió los ojos y su mirada llena de terror y desesperación cayó al suelo donde se fijó, mientras dejaba pasar el tiempo, insensible, quieto, con el cuerpo apoyado en la pared. Poco a poco fue abriendo los dedos, que estaban agarrotados sobre las páginas arrugadas, y el libro fue cayendo, resbalando hasta que se desplomó, golpeó en su rodilla y dio contra el suelo.
Justo en ese instante se oyó, detrás de las cortinas de la ventana a una mujer llorando. No lloraba a gritos, sino quedamente. Sin estrépito pero con amargura. Habiendo salido de su indiferencia lóbrega, tenía un gran interés en saber quién lloraba con tanta pena y con tanto calor. Espió por entre los visillos, dentro de la habitación. Lo primero que vio fue un sillón de espaldas a la ventana. A la luz del fuego que ardía en una chimenea pudo descubrir una gran falda en la que se reflejaban la luz cambiante de las llamas. Bajo ella asomaba un pie descalzo, enfundado en una media gris. El cabello, sobre su rostro de perfil, describía una curva, como de una voluta. Y el perfil de aquel rostro, era lo más bello que jamás había visto. Las cejas eran tan finas como las líneas de la nariz y de la barbilla, la piel era blanca y lustrosa, los ojos pequeños y conmovedoramente húmedos. La lágrimas cruzaban sus mejillas con un rastro brillante, su boca se estremecía con un elegante dolor y a veces los párpados se abatían sobre los ojos, aportando aún más serenidad al llanto. Alguna vez la sacudía una pequeña convulsión que apenas la hacía temblar. Su llanto sereno y acerbo. Aquella fragilidad hirió profundamente el pecho de nuestro espía, había tanto dolor, sentía tanta compasión, ya sentía el contacto de sus manos con las de la dama, de sus labios ardorosos con los pálidos transidos de dolor. Tanto deseaba fundirse en la tristeza de aquel ser que ya experimentaba el placer de colmar aquel dolor y expresar su amor al ser sufriente, puesto que el también sufría, pero...
-alguien viene, me esconderé, me esconderé, puesto que ya no puedo huir sin que me vea, y tú, tú, como yo sin consuelo, me esconderé y velaré tu dolor, yo, yo...


Observa escondido a la entrada de la casa, en la ventana se reflejaba la gran luna, ya no la ocultaban las nubes, ya no interrumpían el curso de su camino y se mostraba espléndida entre un cortejo de nubes serenas. Pero entre las hojas unos ojos abiertos esperaban, esperaba, murmuraba “ahora, ahora” murmuraba “quién eres” murmuraba “ahora, ahora”
Natalia entró con sigilo en la casa puesto que no quería despertar a nadie. Había pasado todo el día fuera, ni siquiera había comido, aunque el hambre no la inquietara, como tampoco se preocupó de su madre en todo el día, casi se había olvidado de que existía. “Qué habrá hecho todo el día sola”. Se acercó a la cocina de puntillas.”Estará durmiendo, qué cruel he sido”. Sus ojos se vaciaron de vida, su rostro se vació de expresión y como ausente, encendió maquinalmente las velas de un candelabro. Sentada comió con mucho apetito, engullendo grandes tragos de cerveza y casi sin masticar el pan y la carne. “Soy feliz, soy feliz”. Después de comer, la invadió un ligero sopor “la luna, la noche” empezó a cabecear “mañana, mañana” no podía mantener los ojos abiertos más tiempo “me disculparé, mi madre comprenderá” se durmió profundamente.


Su madre pasó toda la noche durmiendo con los ojos enrojecidos de llorar, tendida en la cama sobre un gran velo y un traje que había usado en su primer papel, en una obra de teatro con breves fragmentos cantados. Sostenía en la mano una vieja fotografía en al que aparecía ella, de joven, junto con toda la compañía. Estaba descoloreada y amarillenta, rota por las lágrimas y la fuerza con la que la agarraba. Sus piernas desnudas asomaban por un lado de la cama. Las zapatillas se habían deslizado hasta el suelo. Por la ventana el brillo de la luna se quedaba prendido en la gasa del vestido y velo. En el tocador, frente a un espejo roto, había dos velas encendidas. Cuando se hubieron consumido, cuando el último aliento de la llama se hubo extinguido en dos hilos de humo suspirando, el día rompió a lo lejos y las tonalidades de la mañana comenzaron a girar en el cielo en matices de azul claro y espejeante.


La señora Rottengaard descubre a su hija dormida en la cocina, su cabeza descansando sobre los brazos plegados encima de la mesa. Su cara se abrió como los pétalos al recibir la luz del sol, que brillaba sobre los cabellos de Natalia, esparcidos a su espalda y sobre su frente. Respiraba como un animal, haciendo unos extraños ruidos, como una fiera descansando. Ahora volvía a verla tal y como era cuando era una niña muy pequeña. Una criatura que buscaba los brazos calientes de su madre llena de besos.
La señora Rottengaard empezó a preparar el desayuno. Llevaba puesto un peinador con dibujos de flores rojas y verdes. Se le ceñía perfectamente a un cuerpo, tan lleno a pesar de la edad, que sus formas se destacaban en curvas muy pronunciadas en los senos y en las caderas. Su hija se despertó sonriendo. Lo primero que vio fue la sombra de su madre, moviéndose despacio y en silencio, tratando de no despertarla. Sin saber por qué la actitud de su madre, esa delicadeza que siempre había mostrado con ella la repugnó indeciblemente.
La señora Rottengaard deslizó una rápida mirada para ver qué hacía su hija; al ver que estaba despierta la apartó, pero luego la volvió a dirigir con la misma rapidez y la retiró de inmediato.
Su hija preguntó: -¿qué tal has descansado?
La señora Rottengaard sonrió, contenta de que todo volviese a su lugar.
-bien, en realidad muy bien, me siento como nueva, me he duchado y he calmado mis nervios.
-me alegro ¿y ayer?
Aquello la contrarió. Sin embargo estaba dispuesta a vencer toda adversidad. Así que siguió sonriendo, aunque se percibía que lo hacía forzadamente, se podría decir que sus sonrisa era una transparencia de la anterior.
Suspirando dijo: -Natalia, un día perdido es malo, pero hoy reanudaremos las clases.
-mamá, creo... creo que ... te sienta muy bien esa bata, ¿es de cachemira?
-no, es de seda
Aquel tono de ironía que había utilizado su hija inquietó mucho a la señora Rottengaard. Miró a Natalia como si no la conociera, parecía una extraña.
-no dices nada, pensaba que tendrías ganas de volver a ...
-no quiero tus lecciones, no las he querido nunca.
-¡pero Natalia! ¿A qué viene esto?
-¿por qué me has tenido encerrada? Todo este tiempo, ¿por qué? Me has hecho mucho daño, no has hecho más que meterme ideas estúpidas en la cabeza, y mi padre...
-¿qué pasa con tu padre?
Por fin la señora Rottengaard perdió el dominio sobre sí misma. Pero su ira iba dirigida contra ella misma, contra la irrupción del pasado, contra algo que hubiese querido olvidar. No podía enfrentarse otra vez con los remordimientos y cosas pasadas. “Tu padre, tu padre, tu padre” volvía el recuerdo de su marido lleno de detalles, un recuerdo tan nítido como si la estuviese viendo, veía su rostro, sus manos, su pecho, cómo iba vestido, cómo hablaba, con su acento que lentamente se arrastraba llenándolo todo de él, como de una baba densa y pegajosa.
-sólo tratas de hacer que le olvide, que no recuerde nada, nada que no seas tú, nada que no venga de ti, has hecho de mi una cobarde, una estúpida, encerrada aquí, hasta la luz del sol me parece extraña, todo es falso. Pero el mundo empieza donde acabas tú, donde acaba esta casa. Estoy harta voy a volverme loca.
Natalia se levantó y se dirigió a su madre, la tomó de una mano.
-no eres ningún ángel, no, no lo eres, eres cruel, eres un horror.
Después apretó fuertemente sus dientes sobre los dedos de la mano de su madre, apretó, mordió hasta que la sangre salió de las heridas y empapó sus encías, chorreando por su boca.
La señora Rottengaard lanzó un gemido y perdió el conocimiento, se desplomó de espaldas sobre los pliegues de la bata, que crujieron bajo su cuerpo, la cabeza produjo un ruido hueco al chocar contra el suelo. Natalia salió corriendo, dejó la puerta abierta en su huida precipitada. El intruso, escondido entre las hojas, se acercó a pasos cortos, mirando a derecha e izquierda. Vio el cuerpo de la señora Rottengaard, de cuya mano corría la sangre.


“Señor, señor, ¿es esta mi señal? Así tiene que ser, no has podido equivocarte. Te doy gracias, señor, gracias por esta oportunidad. Mira, señor, cuánto sufrimiento hay sobre la tierra. La crueldad de esta niña, sus ojos furiosos, casi tiemblo de miedo. Señor, ¿me has elegido a mí? Casi tiemblo como una chiquilla. Cumpliré tu voluntad, señor, señor, dame fuerza, tengo miedo. Oh, ella, ella, es tan bella, mira, este rostro que sufre, cómo es posible que se de el dolor y la belleza, cómo, puesto que empiezo a sentir amor por ella, es justo que cure su dolor, yo soy el elegido, señor, yo la amo, pero sé que no debo hacer nada, nada, hay tanto mal en mí, tanto, qué horror, debo amarla, pero no sé hacerlo, ¿es realmente un sentimiento bueno? No, es una pasión horrible , insana. Amo tus bellos ojos de animal salvaje, tras tu apariencia veo tu piel de tigresa, tus ojos, oh... la amo, amo, amo con este beso, qué dolor en los labios, con este beso, yo...., debo hacer algo, traeré a tu hija, traeré a tu hija, señor, señor.

 



 

 



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