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  LEER Relato  

Carlos Echarri Fernández



Cuento III

Piso tras piso los dos hombres suben hasta el cuarto situado en la buhardilla del edificio. Sus pasos quedaban ahogados en los peldaños de madera, pues subían despacio. Sus manos enguantadas se asían ágilmente a la barandilla. Se detienen ante la puerta. Uno de los dos saca de un bolsillo de su chaleco una llave. La puerta se abre. Se enciende una bombilla. Los rostros quedan en la penumbra producida por el ala del sombrero. Cuando van a entrar el que está delante se da la vuelta y rodea al otro la cintura con uno de sus brazos. Le acerca el rostro y le da un beso. El otro, de un rostro más delicado, se echa hacia atrás y recibe el beso cerrando los ojos. Un ligero temblor arquea su pierna que provoca un efecto de tornasol de la luz de la bombilla sobre el delicado satén del pantalón, muy tirante debido a las trabillas que pasan bajo las botas de un charol brillante y recién pulido. La puerta vuelve a cerrarse.


En el reloj de pared acaban de sonar las doce. ¡Las doce de la noche! Y él aún no ha podido dormirse. Lleva toda la noche oyendo el ruido que hace la gota que cae sobre el lavabo de porcelana. Un ruido sordo, pero estridente al resonar dentro de su cabeza. Un alambre muy fino cruza de un lado a otro la habitación. A veces parece que se oyen pisadas afelpadas, como las de un gato ahí fuera. Pero él sabe que no son reales, tampoco lo es el alambre, ni el ruido del agua. El grifo siempre está seco. Sólo tiene quince años pero por las noches su miembro se enerva para beber las delicadas brisas de la noche. No se puede negar que las noches del estío son toda una delicia. Las doce y cuarto, otra noche de vigilia: es para volverse loco.


Un bello efecto, una delicada luz anaranjada como la de un melocotón cae sobre el pasillo, se quiebra en la puerta entornada y sobre un pie tendido en el suelo. Las cortinas de una ventana revolotean, se abomban un instante, una ráfaga de viento entra. La puerta entornada va abriéndose poco a poco. La luz, tan cargada y porosa, que parece la del sol que se pone ( gracias a la pantalla que han puesto sobre la lámpara) ilumina ahora la espalda de un hombre que yergue su tronco. Mira al techo. Vuelve a agacharse y se reclina sobre el cuerpo de una mujer, cuyo pie era el que antes podía verse entre la abertura de la puerta. Siguen: él la acaricia, pasa sus manos por sus costados y por sus pechos; la besa, roza su mejilla contra la de ella; ella se deja amar sobre el suelo del baño. La luz recorta por la mitad su cuerpo, la parte superior queda a oscuras. Dobla las rodillas y las pega a la espalda del hombre y tras un momento de intenso placer las destensa y las abre tanto como puede, las deja sobre el suelo, como si estuviese muerta. El hombre se levanta y de su miembro brillante gotea un poco de líquido. Se marcha. Ahora, a la luz melocotón se ve el vientre de la mujer respirar pausadamente.


-tengo que dormirme cuanto antes. El joven se levanta de su cama retirando de su cuerpo la liviana sábana que se le pegaba a la piel sudorosa. Se queda durante un tiempo sentado y luego vuelve a tumbarse. Permanece unos segundos mirando al techo sin pestañear. Por fin consigue erguir su cuerpo del hoyo que ha formado sobre el colchón. Se dirige al lavabo; tambaleándose a duras penas se mantiene en pie hasta llegar al espejo en el que se mira. Se toca la frente con una mano, mientras con la otra se apoya en el lavabo. Mira su reflejo en el cristal azogado. Se le cierran los ojos de sueño, pero no puede dormir.
-tengo...tengo que dormir...oh... Deja resbalar su mano por la fría porcelana y dando un traspié coge una palangana que llena de agua. El sonido del agua contra la descascarillada palangana choca con un ruido a tubo, mientras se llena formando pequeños remolinos. Mira el agua correr, siente la cálida brisa de la noche cruzar su cuerpo y siente un cosquilleo en los testículos. Está completamente desnudo. Apenas manteniéndose en pie mete la cabeza en el agua. La sumerge varias veces y la saca completamente mojada, grandes chorros caen sobre la palangana, parecen tornillos frotándose entre lijas. La luna aparece e ilumina las sábanas plegadas. Alguien vierte desde el piso de arriba agua a la calle. Pasa sobre el rayo de luna. La luz se deshace en pequeñas bolas de aluminio. Con los ojos casi cerrados y la boca entreabierta se dirige a la cama otra vez. Mira a un lado y a otro. No ve nada. Da un manotazo delante de sí. Se pasa la mano por la cara, estirándose el labio inferior. No ve nada hasta que siente la cama bajo su cuerpo. Parece que empieza a dormir.


-¿no has oído eso? ¡hola! ¿dónde estás? ¿dónde se habrá metido? La mujer se levanta del suelo y abre la puerta. Se asoma por la raja. Se apoya sobre ella y se inclina balanceándose con sus pies desnudos juntos sobre la alfombra del pasillo. –pero ¿dónde te has metido? No está aquí. Cierra la puerta –es increíble. Abre otra puerta, la cierra, se mesa el cabello, lo peina con las manos desnudas, su inmensa cabellera, echándolo hacia atrás, levantando la frente. Da un profundo suspiro Se dirige a una puerta al fondo del pasillo. –creo que he oído un ruido, pero ¿dónde se habrá metido?, creo que ha sido arriba, en la buhardilla que se supone está vacía, parecía como si...
-¿estabas hablando conmigo...
La puerta se abre, suena un ruido a goma y un chasquido
-mi nariz, mi nariz, estoy sangrando...
-¿qué pasa, qué estabas haciendo detrás de la ...


Cuando creía que ya estaba empezando a dormirse...
Se despierta sobresaltado: -¿qué ha sido ese ruido?


-Tengo que decirte una cosa. Se oye el tapón desenroscándose de la botella, el golpe que produce cuando choca con el cristal del vaso y el líquido que lo va llenando poco a poco. –he dicho que tengo que decirte una cosa. Se había quitado el sombrero y lo había dejado sobre la mesa. Uno de los hombres, el que tiene aspecto de ser mayor sigue llenándose vasos y vaciándolos al instante. El otro, el más joven y delicado, permanecía de codos sobre la ventana abierta mirando hacia fuera. Si pudiéramos verle la cara veríamos su expresión de dolor al mirar hacia un horizonte en donde la noche se perdía en el infinito, en donde apenas unas pocas estrellas eran visibles. Sus ojos empezaron a humedecerse: -no empieces.
-yo te poseo, siguió el hombre cada vez más borracho. –yo te poseo y hago contigo lo que quiera. Eres de mi más absoluta propiedad. Todo lo que tienes lo he hecho yo para ti.
-no empieces, maldito, maldito...musitó en que estaba acodado sobre la ventana, cerrando los ojos sobre las lágrimas y apretando sus delicados labios.
-no me haces caso, no me quieres hacer caso. Cuando era joven mi padre me dijo que yo sólo servía para comerme su dinero ( otro vaso), solía... sí ( otro vaso) ¿qué estaba diciendo?...solía mirarme con una sonrisa de imbécil. No gritaba, no rugía, era... ( otro vaso) no era un león, era un... ( otro vaso) se ría de mí, me despreciaba. Nunca quería dirigirme la palabra. Se me quedaba mirando hasta que yo empezaba a gritar irritado. Entonces mirando a mi madre se dirigía a mí como si yo no estuviese presente....ah...( otro vaso)
Por fin, empapado de alcohol, cae sobre la mesa. El cráneo repercute sobre la madera. Se le cae un hilo de baba. Ronca, complacido, como un bebé.


Es de noche. Una ventana panelada con doscientos cincuenta recuadros de cristal, los cuales pueden abrirse oblicuamente, basculando en la parte por la parte de abajo para dejar entrar el aire. Unos cuantos están abiertos, otros están cerrados. La luna impacta sobre ellos, cae al suelo, su luz pura y fría. Recorta por la mitad una mesa y una máscara que hay sobre ella. La mitad del rostro de porcelana queda iluminada, la otra mitad a oscuras. Está festoneada de plumas rojas y negras. Más allá, en el suelo, hay unas medias y un zapato de tacón con una punta muy afilada, tirado sobre un costado. Más allá hay una cómoda con un espejo. En el centro de la habitación hay una silla. A ambos lados de la cómoda más de cincuenta cajoncillos suben unos sobre otros, cajoncillos de madera pequeños y profundos. Al correr sobre sus pequeños rieles, al ser abiertos, parece que se oyen granos de pimienta siendo triturados. La forma del mueble, envolviendo los cajones, es abombada, como grandes orejones, tan altos que casi tocan el techo. En frente del espejo se sostiene torcida una vela apagada, a medio consumir. También una barra de labios. Unos papeles escritos y un lapicero. En la pared, justo detrás, un gran espejo ocupa toda la pared, desde el suelo hasta el techo. El espejo de la cómoda y el de la pared se miran uno a otro.


En esta misma habitación entra el otro hombre, el más joven. Se sienta en la silla, frente al espejo. Se quita la chaqueta y se queda en chaleco. Se quita el sombrero y se suelta el pelo: una cabellera abundante le cae sobre la espalda. Es una mujer. Se desanuda la corbata. Se quieta el chaleco y los tirantes. Lo deja todo sobre la mesa. Se suelta los puños de la camisa y se la quita. Sus pequeños senos tiemblan reflejados en el espejo. Se mira en el espejo, se quita los pantalones y se queda completamente desnudo. Se acerca a la ventana y se sienta en el suelo. La cubre la luz lunar. Se inclina hacia atrás apoyándose en sus manos y presenta sus pechos a la delicada luz de aquella noche serena. Luego se coloca la máscara. Es un antifaz de porcelana blanca con plumas negras. Como si la luz blanca y transparente la abrazase, se retuerce para asirla y rodearla. Se retuerce voluptuosamente en el suelo. Su esbelto y alargado cuerpo se mueve casi a impulsos.


Parecía que por fin iba a conseguir dormir...
Los jadeos, tan fieros, tan audibles, lo despertaron. Sus ojos se fijaron abiertos como dos luces. Qué era aquello, qué podía ser. Se levantó rápidamente de la cama. Ahora ya no se oye nada. Camina descalzo, sin hacer ningún ruido. Cuando pasa cerca de una pared, vuelve a oír los gemidos. Son dolorosos y están llenos de placer: es algo fascinante y aterrador. En esa misma pared hay un cuadro cubierto con rendijas. Por ahí es pon donde sale el sonido. –seguro que todo es mentira, seguro que todo es una alucinación. Con su pie desnudo palpa las piezas metálicas oblicuas y mete el dedo en los agujeros. –vaya, en realidad sí que hay un agujero abierto en la pared; bueno, normalmente las alucinaciones pueden mezclarse con hechos reales. Al retirar el pie la pieza metálica cae. De repente se le ocurre la absurda idea de introducirse por el agujero. –Pero, qué estupidez, si sólo podría caber mi pie, quizá dos, qué idea tan estúpida. Pero volvió a escuchar los susurros, los gritos, el placer, el éxtasis. –Quién es, quién es. Una alucinación seguro. Creía que se estaba volviendo loco, sobre todo cuando estaba metiendo la cabeza por el agujero por el que antes ni siquiera hubiera cabido su mano. Se dio cuenta de que no podía introducir los hombros, así que se quedó con la cabeza metida en un agujero, no tan negro, de dimensiones variables. –Qué absurdo es todo esto. Pero, sí , de nuevo aquellos gritos y susurros tan agudos como filos de navaja batiendo miel. Quizá encontrase un cuerpo de plata colgando de algún cuello suave sobre el que injertaría besos de diferentes colores y esquejes implantados. O quizá al otro lado sólo hubiera una habitación con olor a ratas muertas mordisqueándose. Pero él, lo que de verdad quería era un colchón de piedras sillares, tan alto que tuviese que utilizar una escalera para llegar hasta arriba y allí habría labrado un hueco con forma de persona, con las piernas dobladas y los brazos sobre la cabeza. Como si se hubiese quedado la huella de un hombre caído para dormir de cualquier manera. Los bostezos le recordaron que tenía sueño. Habría, claro, como no, un gato maullando. Como esa muchacha que maúlla, que lleva puesto un antifaz blanco y plumas negras. Pero qué era eso. Al no poder entrar con los hombros notaba cómo su cuello se había ido alargando, haciéndose kilométrico, empujando a su cabeza a través de recodos de tuberías hasta llegar a otro agujero idéntico al de su habitación, con las mismas rejas. Aunque bien sabía que, en realidad, seguía donde estaba, pegado a su cuerpo, con la cabeza metida en un agujero...


Al principio no vio nada, seguía en el suelo, casi inconsciente. Al incorporarse sintió la presencia de alguien. Era como el aliento de alguien que estuviese demasiado cerca. Fue cuando se quedó callada y completamente inmóvil: sintió algo moviéndose a su izquierda y era tan claro que no había lugar a duda. Con el miedo de algo peligroso, o queriendo conocer la naturaleza de un miedo que quizá podría no serlo tanto, giró su cabeza rápidamente hacia ese lado. Con un gesto de orgullo, reflejado en sus ojos y la boca, asustada, entreabierta. Sus labios, bastante carnosos se humedecieron. Al girarse, su cabellera se derramó sobre el hombro derecho.
Quizá hubiese debido preguntar quién estaba allí, pero el caso es que no lo hizo. Sin embargo no vio nada. Mejor quitarse el antifaz. Ahora reposa junto a ella en el suelo. Increíble, pero aquella luz de luna la estaba haciendo sudar. Justo en el momento aparta la vista, otra vez se oye el ruido, como el del caparazón de un insecto viscoso arrastrándose por un lugar estrecho.
Vuelve a mirar y se da cuenta de que en la pared había un hueco cuadrado cubierto con una pieza metálica, una celosía formando rombos. Allí podría haber alguien. Como un insecto, como una araña retirando sus largas patas, se hizo a un lado, después retrocedió hasta dar con la espalda contra la pared y allí se recogió sobre sí misma, rodeando las rodillas con sus brazos y allí, quieta, muy quieta, sus enormes ojos acuosos contemplaron sin pestañear aquel pequeño espacio en el que... un par de ojos acababan de cerrarse.


-Te digo que yo no he oído nada. –Deberías hacer algo. –Algo como qué. –Tú eres policía.
-Me estás pidiendo que vaya a registrar la buhardilla, ¿es eso? No lo estarás diciendo en serio. No, no puedo hacer eso. Eso es tan absurdo. Creo que empiezas a tener alucinaciones. Incluso debería preocuparme si fuese un esposo responsable.
-Ya sé que no eres responsable. Pero no estoy loca. He oído a alguien moviéndose allá arriba. Estoy completamente segura, en ambas buhardillas. Y te diré más, estoy segura de que a media noche siempre sube alguien las escaleras. Todas las noches.
-Vaya, ahora también tendré que registrar las dos buhardillas que llevan desocupadas desde antes de que viniésemos a vivir aquí.
El sargento de la metropolitana estaba metido en la cama, completamente desnudo. Abrió el cajón de la mesilla y extrajo un cigarrillo de un paquete. Se lo encendió. Ya el gesto era un desafío. Sabía que a su mujer no le gustaba que fumase en la cama. –Pues que se aguante. Él lo hacía y ella tenía que resignarse. Tan solo era su mujer y un hombre tiene derecho a fumar donde le venga en gana. Así que ya lo sabía. Cigarro al acostarse y cigarro al levantarse. Esto de las alucinaciones ( sonrisita satisfecha) era otra de sus argucias. Siempre buscaba cualquier tontería para encender la discusión, para empezar a hablar a gritos y hacer que él se sintiera mal. –Pues que discuta ahora, pero el cigarrillo me lo fumo. Ya sabía cómo iba a dirigirla para ganar esta vez en la discusión. Tendría que callarse y llorar calladita. Estaba dispuesto a conducir su casa a unos términos humanos, a hacer del hogar el lugar de descanso que se merecía después del duro trabajo. Silencio, tranquilidad, la comida caliente y la cama lista... los días en que no trabajaba por la noche.
Al dar la última calada vio entre las volutas del humo un recuerdo haciéndose imagen tan nítida que se le revolvieron los nervios. –Eso sí que es una mujer, Alexia Fiodorovna. Afilados labios infinitos como playas ansiosas perdiéndose en el sol, su rostro altivo y frío de ojos inalcanzables, su cuello suave lleno de bocas succionando y el hombro blanco saliendo de la chaqueta de cuero y el vestido de puntos tan gruesos que revelaba toda su desnudez. Su mano sobre el hombro, cerraba los ojos, abría un poco la boca. Arisca y sumisa, fabulosa, sublime. Tendida en la cama, agitando su poderosa cabellera, con golpes de cabeza a un lado y otro, mientras le miraba con ojos de fiera y la boca húmeda. Y cuando, oh, cuando... se perdía, como si estuviese muerta, mirándole con la cabeza inclinada hacia la espalda, la curva, la curva del cuello, bajando la vista para mirarle y luego, después de... sosegada, riendo entre los últimos estremecimientos, contorsionando el cuerpo como si alguien le hiciese cosquillas...


-¿Hay alguien hay? No hubo repuesta. -¿Hay alguien o algo ahí?
El cambio de especie tampoco produjo ningún efecto sobre aquello que se escondía tras la rejilla.
Como en una pesadilla, viendo algo que se desarrolla delante de nuestros ojos con un pitido en los oídos y un mareo, un fuerte mareo. Afuera puede llover o hacer sol. Los cristales pueden, a la luz del sol, mostrar zonas empañadas de polvo o suciedad. Las gotas pueden caer finas como hilos o pesadas, provenientes de las cañerías o de las cornisas. Pero en la pesadilla todo sucede como en un trance en nuestra cabeza, desde dentro hacia dentro. Aquello estaba sucediendo afuera y era como si los sentidos se hubiesen puesto almohadillas en los pies y sigilosos hubiesen colocado un velo, un filtro por el cual lo real dejaba detrás los trozos más sutiles y sólo lo más grueso llegaba al cerebro.
Y ella vio cómo despacio al celosía se despegaba de la pared y caía al suelo sin hacer ruido. De la oscuridad emergió una cabeza que avanzaba hacia ella y tras ella un largo y nervudo cuello. Se desplazó hasta la mitad de la habitación y se quedó allí muy quieta. Los rizos iluminados dejaban trozos de sombra bajo ellos, como volutas huecas. Su rostro sereno fijaba sus ojos en los de ella que ya no lo miraba ni con tanto miedo ni con tanto disgusto.
Habiendo hecho un ademán, como queriendo huir, él dijo con un tono tajante: -no.
Ella se detuvo, asustada, fría, inquieta. Se detuvo y esperó.
La cabeza prosiguió: -la amo a usted
Después habló y habló y habló
Ella oía, quería prestar atención, pero no hacía caso de nada. Sólo se repetían en su cabeza las mismas palabras: “la amo, la amo”. Qué quería decir aquello. Algo empezó a tirar de ella, de su epidermis endurecida como un caparazón hacia dentro. Y recordó, o mejor vinieron hasta ella imágenes de las que ni siquiera se acordaba, escenas quizá de algún pasado, llegaban como arrastradas por el oleaje del mar. Y creyó discernir no las palabras, sino el mismo tono, la forma, el color de aquello que había salido de la lengua repugnante de aquella cabeza. -¿Será un sueño?
La propia escena, lo que tenía de absurdo, la hizo reír.
-¿es que se ríe de mí?, inquirió la cabeza, a la que aquella risa había cortado el habla en seco.
-es todo tan ridículo.
-¿es ridículo que yo la ame?
-no, claro, dijo tímidamente. Los ojos de la cabeza seguían mirándola. Sí, claro ahora se acordaba del peso y de la forma de unos ojos que la habían mirado así. Y luego vinieron palabras, no las mismas que las que le había dirigido la cabeza, pero también así de... así como de luz y de mar. Claro, era en la playa.
-¿y cómo sabe que me ama?
-yo no estoy seguro, pero créame que moriría por usted, hasta me dejaría cortar la cabeza. Es un sentimiento desesperado.
-no, no, no ( empieza a irritarse) así no es, diga por qué, cómo sabe que me ama.
-vaya, esto sí que es ridículo
-¿es ridículo que le pregunte cómo sabe que lo que siente es amor y no un resfriado?
-creo que me estoy sintiendo insultado
-pues siéntase
-ahora tengo ganas de llorar
Pero ella no le hacía caso. Estaba tratando de hallar algo allí en aquellos recuerdos junto al mar. Fue hace tanto tiempo. Antes de que la casaran con su tío. Costumbre avalada por la religión del país. Pero antes de eso, -oh, yo era muy niña, tan pequeña y tan frágil “como el cristal”, casi se podía romper al limpiarla... –pero no, no espera... la cabeza parece impacientarse. –Era, sí, ahora me acuerdo, era la cabeza de un muchacho que la miraba con los mismos ojos. Palabras, y caricias por todo el cuerpo.
-¿usted me acariciaría?
La cabeza cambia de expresión. Parece iluminarse de una nueva y radiante esperanza.
-claro que lo haría, bueno, no ahora, cuando disponga de todo mi cuerpo.
-oh, qué gracioso es usted
-puedo serlo más mire, empezó a realizar toda suerte de estúpidas muecas con la cara. Ella reía, reía como no lo había hecho nunca. Con el cuerpo flexible. Incluso se atrevió a levantar un poco la voz: -sabe una cosa...( risas, no puede contenerse, risas nerviosas) sabe qué... a que no lo adivina... sabe, oh, Dios mío, nunca me había reído tanto.
Sin embargo recordaba que aquella otra vez, ella no reía; era todo lo contrario, era todo muy triste. Tan triste como cuando habían metido a su madre en aquella caja negra tan reluciente que parecía de piedra. La metieron con todas aquellas joyas que tanto le gustaban.
-oiga, usted no es nada serio
-pues yo, bueno, ¿usted cree?
-y encima se cree con derecho a amarme
-está bien, si usted quiere que me vaya...
-yo no he dicho tal cosa
-me iré, no se hable más
-¿y su amor, cabecita?
-no se burle de mí
-eso le hace daño ¿eh?
-es que estoy muy solo, seguro que usted jamás se ha sentido así
-acierta
-por eso es tan cruel
-soy cruel con un ser repugnante como usted
En el mar, a la orilla del mar, allí, mientras el viento se le quedaba entre las manos pegajosas, se había quedado muda, muda, aunque quería gritar, aunque quisiera romper su pecho con un gran gemido, como un niño desconsolado, nada salía de su boca. Junto a ella su hermoso vestido rojo, rasgado, y el lazo del cuello, las medias y los zapatos... un oscuro túnel de eco y viento, la lengua pegada al paladar sabe a sal... los zapatos se los lleva el mar, tragados por la espuma.
-yo también estoy sola, terriblemente.
La cabeza había desaparecido. Dónde estaba. Sólo quedaba el agujero en la penumbra de la luz sublunar. Y el eco de la presencia de un hombre. Ella estaba a punto de echarse a llorar. Pero entonces, antes de que cayese la primera lágrima, los ojos de la cabeza abrieron otra vez su luz en la penumbra y con el silencio de la pesadilla se acercó despacio hasta ella, su cuello flotando sobre el suelo.
-apenas sí me conoces
-es cierto, casi no te conozco y sin embargo...
-... sin embargo...( entre extáticos desfallecer y revivir se besan con el ritmo chocante, vacilante de hormigas arrastrando sus cuerpos por piedra en polvo, o tiza... sin embargo ¿nos amamos?)
-sí, sí, sí
-yo también lo creo.


Una mosca revolotea alrededor de la bombilla colgada del techo. Tan sucia, colgando apenas de un cable sacado del techo. Al revolotear su sombra vibra nerviosamente sobre el rostro del otro hombre. Ronca, su vientre hinchado en muchos pliegues. Su rostro, ahora casi infantil, parece musitar una plegaria casi sonriendo.
Ya se le puede mirar, ya no hay tensión en su mirada, cerrada por unos párpados ligeros. Pero algo consigue despertarla. Llama al muchacho, que es muchacha. Sus bramidos podrían despertar a toda la casa. Aunque sabe quo no debe hacerlo, que nadie debe conocer su escondite, que debe mantenerse oculto.
-dónde estás maldita
En su furia derriba la silla sobre la que estaba sentado. Tambaleándose llega hasta la ventana, escupe por ella, la saliva se le cae por la barba, se limpia con la manga.
-te encontraré, es que quieres esconderte. A ver, a ver dónde se ha ido ahora... la puerta, no está bien cerrada, por ahí no. Ah la policía, quiere traicionarme. La mataré. Pero, no, no puede ser. Me duele muco la cabeza. Qué dolor. Sé que ella me quiere. Pero dónde estás. Qué dolor. Se me va la cabeza. Pero por qué no estás aquí para ayudarme. Yo, yo siempre, te he ayudado tanto... me odias, lo sé, quiere venderme, pero eso lo veremos...maldita, te atraparé, no creas que puedes huir de mí.


La imagen de repente se esfuma junto con las volutas del humo. De la oscuridad del cuarto de al lado emerge una silueta oscura. Esbelta y erguida, flexiona una rodilla mientras, flexiona la rodilla y levanta la pierna, apoyándose en la otra. Va desnuda y oculta el brazo derecho tras de su cuerpo, cuya mano lleva a la cadera. Con el brazo izquierdo levanta a la altura de su rostro una pistola: -vas a ir ahora mismo
En él se mezcla la fascinación erótica y el miedo ante el arma que sabe cargada, apuntándole directamente.
Justo en ese momento bramidos atronadores y el golpe de algo que se cae sobre el suelo hielan la respiración del apuesto policía, a quien se le cae la ceniza sobre la rugosa manta.
-Qué, qué es eso
-te lo dije, te lo dije
-no hay nadie, qué puede ser eso
Su mujer corre hacia la cama y de rodillas sobre ella se abalanza hacia su marido y le entrega la pistola. –y ahora...
-... iré.


-Qué claridad
-parece una luz de tubos de plata
-hoy he sentido algo extraño. Mi vida era tan árida como la piedra de un encendedor. Lo siento no he podido dejar de gemir y gritar, este placer estaba bullendo en mí y tú lo has despertado
-ha sido como dormir en el vapor de una nube
-y luego...
-no, no, creía que eso no sucedería. No hay que inquietarse por las cosas sobre las que no tenemos derechos. No pienses. Hay algo aparte de esta noche
-un caos gigantesco
-imagínate que pudiésemos disolvernos en esa luz.
-he tenido ganas de llorar
-dime, dime
-¿qué?
-podría morir ahora
-afuera hay alguien
-qué dices
-sí ojalá muriésemos

-escúchame... si ahora salieses y mirases por la ventana, ¿sabes qué verías?
-no
-nada, el mundo sería una fotografía rota... pero nosotros estamos a salvo
-somos unos náufragos
-¿no serás una alucinación?
-¿por qué tiemblas?
-estoy loco, todo lo que veo es mentira, todo lo que oigo, todo es un horror. No, tú no lo eres, lo sé.
-a mí me pasa lo contrario. Que todo es demasiado real. Lo toco y se hace más real. No es una suerte, es algo horrible. Todo está lleno de espinas, de esquinas. Es desconsolador, desconsolador. Pero tu rostro es suave, no tiene esquinas.
-estás empezando a hacer que me sienta como un hombre
-y acaso ¿no has venido para eso? Escucha, qué era yo hasta que tú has venido. Nada. Vivíamos uno al lado del otro. Tan desconocidos como si viviésemos en países diferentes. Soy transparente, un espejismo. Pero ahora siento incluso, te parecerá una tontería, incluso el peso de mis pensamientos. Te quiero, ¿sabes?
-lo sé
-cómo lo sabes
-yo también.

Durante bastante tiempo ninguno de los dos se movió. Parecían tener miedo incluso de interrumpir la respiración del otro. Ella estaba apoyada contra la pared y en su regazo acariciaba la cabeza.

-dime una cosa
-¿qué?
-¿tienes esperanza?
-¿a qué te refieres?
-desde que soy huérfana jamás he podido disfrutar de los momentos que merecían la pena. Siempre buscaba lo contrario. Es algo extraño. Cuando sabía que algo iba a gustarme, lo dejaba, me iba en busca de un dolor cada vez más intenso.
-sí, es extraño, pero en cierto sentido a mí me pasa lo mismo
-supongo que somos un par de estúpidos
-no, no hemos malgastado nada
-de pensarlo me dan ganas de llorar
-es que simplemente la gente como nosotros nunca, haga lo que haga, será capaz de sentir lo bello de lo que nos da la felicidad. Estamos condenados a tocarlo sin inmutarnos, como si palpásemos un cadáver
-y dura tan poco tiempo
-sí
-¿por qué, por qué, por...

Ahora sus lenguas vuelven al contacto áspero y dulce del beso anhelado y sus bocas parecen querer ocultar el eco de las palabras. Ahora es cuando el reloj golpea su péndulo que desplaza las manecillas y el sonido metálico y deletéreo se encasquilla a la segunda campanada.


Los pies en los peldaños de la escalera apenas hacen ruido. Dos sombras se escabullen subiendo ligeras, como reptando por las paredes. El que va delante lleva una pistola en la mano derecha; le sigue una mujer con una linterna en la mano izquierda.
Se detienen a ambos lados de la puerta de la buhardilla izquierda.
-escucha atentamente, cuando cuente tres yo daré una patada y me precipitaré dentro como una centella. Tú vendrás detrás de mí y alumbraras. Mantente siempre a mi espalda y a una cierta distancia.
-muy bien, de acuerdo
-es importante que te mantengas a cierta distancia
-¿por qué?
-júramelo
-sí
Cuando iba a empezar a contar ella fue acercándose imperceptiblemente a él y cuando casi tocaba su pecho susurró muy quedamente: -¿crees que hay peligro?
-siempre lo hay, mantente siempre detrás de mí.
-si te pasase algo...
-voy a empezar a contar, uno, dos...
-quiero que sepas que si te pasase algo...yo, bueno, quiero que sepas que yo te quiero, aunque tú....( “se que has estado con muchas mujeres, las conozco a todas, me he tomado el trabajo de conocerlas a todas, quizá esté loca. Me gusta humillarme tal vez. No podía aguantar saber que nunca me habías querido. Te casaste conmigo sin amarme. Al principio no podía comprender nada. Ahora sé que son mujeres a las que no amas. Unas sustituyen a otras y no dejan más que el recuerdo del placer de un instante. No amaba a ninguna mujer, ni a ella ni a mí. Jamás has amado, no eres capaz. Me di cuenta de que era más dolorosa la vida de quien no puede amar que aquella de quien ama lo que nunca podrá poseer. Entonces supe por qué odiabas, por qué estabas triste. No sentía compasión, al principio sólo podía sentir odio. Sólo comprendí. Siempre te amé, como una idiota. Y quizá lo siga haciendo. No se puede compadecer a aquel a quien se ama. Yo era una sombra a tu lado, te amaba y te curaba las heridas...”)
-¡tres!


Sin embargo, lo cierto es que estaba amaneciendo. El policía y su mujer irrumpen en la habitación y sólo encuentran una cama vacía, toda revuelta, junto a una gran ventana, por donde entra la luz del amanecer.
-¿tú ves algo?
-no, nada. Sí, mira, a la derecha.
-¿qué es eso?
Tan sólo las piernas flexionadas y el trasero de un hombre metida la cabeza en un agujero.
-¿qué hacemos?
-algo me dice que deberíamos sacarlo de ahí
-¿tú crees que está...
-¿muerto? Hay que comprobarlo.


“Sé que hay alguien contigo. Escucha querida, estoy dispuesto a perdonarte otra vez. Sabes que siempre lo hago, sabes que lo único que quiero es que no me engañes. Eso no puedo soportarlo. Si me dices la verdad... sé que has tratado de acabar conmigo, tanto tiempo, creía que no iba a darme cuenta... pero si hay alguien contigo pensaré que lo has traído para matarme y entonces... eso no...eso no te lo perdono”.


-va a entrar
-ya no nos queda tiempo, estamos perdidos
-no hagas nada, no te muevas
-pero ¿qué dices? Tenemos que tratar de huir
-no
-¿por qué?
-ahora que nos hemos encontrado, ¿quieres que nos separemos?. Tú y yo estaremos siempre unidos
-pero yo no quiero morir
-si vives, jamás volveremos a vernos. Si estamos juntos ahora, estaremos siempre como ahora.
-tienes razón, la vida sólo es soledad
-sufrimiento sin fin, pero si morimos abrazados... imagínatelo, tendrán que enterrarnos juntos o quemarnos con mi cabeza en tu regazo
Ambos se besan y se abrazan, apretándose tanto que se oyen crujir su huesos.


Al otro lado el policía y su mujer comenzaron a tirar del cuerpo introducido en el agujero. Al principio no conseguían nada, el hombre parecía atorado. Le hablaban, pero él no contestaba. Por fin y sin saber por qué, cedió y delante de ellos se desplomó un cuerpo sin cabeza. La mujer del policía no pudo evitar mirar con horror y voluptuosidad el corte ensangrentado. Ni siquiera parpadeaba.
-no lo mires. Por primera vez en mucho tiempo, el marido la abrazó y arrancó su mirada del cadáver.
Sin embargo, al otro lado de la pared se oía algo. Su mujer estaba como enloquecida y rápidamente se agachó y miró por la abertura.
Apuntando con la pistola trataba de encontrar algo sobre lo que disparar. Pero lo único que vio la horrorizó demasiado. En el suelo, la cabeza desgajada del tronco chorreaba sangre y formaba un charco en medio de la estancia. Junto a la pared una mujer aterrorizada miraba abrazada a sus rodillas, a un hombre enorme, que estaba de espaldas al agujero de la pared. Cuando bajó su brazo izquierdo, enmarcado por el cuadro del hueco vio una mano sosteniendo un mango de madera terminado en el filo de un hacha. Las miradas de las dos mujeres se cruzaron. El gran hombre se dio la vuelta y miró dentro del agujero obsequiando a la mujer del policía con una sonrisa repugnante. Con su mano enorme tanteaba dentro del conducto tratando de atraparla, la mano se hacía más grande cuanto más próxima estaba. Se desmayó, pero su marido la apartó y disparó hasta vaciar el cargador. El rostro acribillado se hundió en su propio brazo extendido y la mano abierta se detuvo inerte apenas saliendo del agujero, como queriendo agarrar algo.


A un lado: el policía besa a su mujer y la abraza.
- así que lo sabías todo
-así es
-y todo este tiempo
-olvidémoslo
-vaya, me siento idiota
-hagamos algo
-qué
-ya leo esperanza en tus ojos
-¿tu crees?
-podemos empezar a vivir una historia juntos, hagamos una novela
-cómo
-seamos como niños, inventemos una historia a partir de esta noche y vayamos investigando hacia atrás
-¿hacia atrás?
-no me mires con esa cara, no es nada extraordinario. Pensemos que, oh todo este tiempo, ya sé, que todo estaba, cómo decirlo, estaba esperando esta noche, que si no hubiese llegado, nada hubiese ocurrido, ni siquiera el habernos conocido. Es extraño que esta gente haya muerto, pero, qué podemos aprender de esto
-yo no lo sé
-no, no te vayas, ahora o nunca
-¿pero qué?
Ella mira la mano inerte, muerta y le parece que empieza a disolverse. Siente detrás de ella la mano fuerte de su esposo. Se da la vuelta y se miran a los ojos. Se besan.
-está bien investiguemos
-sabes a dónde vamos a llegar.
-a ti y a mí.
-sí


Al otro lado la mujer sigue abrazada a sus rodillas. Mira fijamente la cabeza: -y ahora qué, ahora qué. Se muerde un dedo, gira la cabeza con dolor, apoya una mejilla en la palma desplegada de una mano y mira al cielo tibio de la mañana: -tenías razón, ahora nada habla de ti, pero tú- se le escapa una lágrima, -tú ya no tienes voz, ni cuerpo, ni siento nada de ti, sé que jamás en ningún lugar nos reuniremos, para qué querías morir. Se pasa las manos por la cabeza. Llora silenciosamente. –Podría dejarme morir insensiblemente, no sentiría nada, que poco sentido tiene nada, ni siquiera tus ojos muertos, qué estás mirando. Se puso de pie. Llego hasta el cuerpo muerto de su marido y se apoyo en el con el codo. Una sonrisa estúpida se le vino al rostro: -no sé por qué habría de confiar en ti. Con un dedo, pensando en otra cosa, se acaricia un seno: -ahora soy libre. Levanta una mirada aterradora. –ahora puedo hacer lo que quiera. Mirando con desprecio y burla al cadáver sobre el que se apoya hace un ruido con la lengua. –éste ya no me hará más daño. Empieza a reír con orgullo contenido, luego rompe en carcajadas, luego ríe llorando: -ya no me hará más daño, y tú ¿qué quieres? Mira intensamente en los ojos de la cabeza muerta. –También quieres esclavizarme, te crees que yo sólo sirvo para eso, pon también tus manos en mi cuello, pon tu boca, eso eso, pon, todo, y... se desplomó sobre el suelo. Mirando al techo con las manos jugaba sobre su vientre y lloraba: -ahora no sé que hacer, me da miedo seguir respirando mañana porque sé que será la misma vida, igual de horrible, sin sentido alguno, pero le tengo miedo a la muerte, no hay nada, tampoco estás tú. Con su mano cogió el hacha. -¿es ésta la solución?, eso sería bello, qué fácil, pero... me da tanto miedo, tanto.
Llorando deja caer el hacha que hiende la carne y muere con el cuello abierto en borbotones de sangre, abriendo mucho su boca, mucho.

La puerta que se cierra de un golpe rebasa el tope y se abre hacia el otro lado. El cuerpo de un titán se retuerce en escalas de piedra formando aristas de músculo y al romperse se disuelve en cordones de viento y surcos de oquedad; la puerta abierta, bajo la hierba los ojos se abren de alegría ante el espanto de verse.

 



 

 



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