|
Cuento III
Piso tras piso los dos hombres suben hasta el cuarto situado
en la buhardilla del edificio. Sus pasos quedaban ahogados
en los peldaños de madera, pues subían despacio.
Sus manos enguantadas se asían ágilmente a la
barandilla. Se detienen ante la puerta. Uno de los dos saca
de un bolsillo de su chaleco una llave. La puerta se abre.
Se enciende una bombilla. Los rostros quedan en la penumbra
producida por el ala del sombrero. Cuando van a entrar el
que está delante se da la vuelta y rodea al otro la
cintura con uno de sus brazos. Le acerca el rostro y le da
un beso. El otro, de un rostro más delicado, se echa
hacia atrás y recibe el beso cerrando los ojos. Un
ligero temblor arquea su pierna que provoca un efecto de tornasol
de la luz de la bombilla sobre el delicado satén del
pantalón, muy tirante debido a las trabillas que pasan
bajo las botas de un charol brillante y recién pulido.
La puerta vuelve a cerrarse.
En el reloj de pared acaban de sonar las doce. ¡Las
doce de la noche! Y él aún no ha podido dormirse.
Lleva toda la noche oyendo el ruido que hace la gota que cae
sobre el lavabo de porcelana. Un ruido sordo, pero estridente
al resonar dentro de su cabeza. Un alambre muy fino cruza
de un lado a otro la habitación. A veces parece que
se oyen pisadas afelpadas, como las de un gato ahí
fuera. Pero él sabe que no son reales, tampoco lo es
el alambre, ni el ruido del agua. El grifo siempre está
seco. Sólo tiene quince años pero por las noches
su miembro se enerva para beber las delicadas brisas de la
noche. No se puede negar que las noches del estío son
toda una delicia. Las doce y cuarto, otra noche de vigilia:
es para volverse loco.
Un bello efecto, una delicada luz anaranjada como la de un
melocotón cae sobre el pasillo, se quiebra en la puerta
entornada y sobre un pie tendido en el suelo. Las cortinas
de una ventana revolotean, se abomban un instante, una ráfaga
de viento entra. La puerta entornada va abriéndose
poco a poco. La luz, tan cargada y porosa, que parece la del
sol que se pone ( gracias a la pantalla que han puesto sobre
la lámpara) ilumina ahora la espalda de un hombre que
yergue su tronco. Mira al techo. Vuelve a agacharse y se reclina
sobre el cuerpo de una mujer, cuyo pie era el que antes podía
verse entre la abertura de la puerta. Siguen: él la
acaricia, pasa sus manos por sus costados y por sus pechos;
la besa, roza su mejilla contra la de ella; ella se deja amar
sobre el suelo del baño. La luz recorta por la mitad
su cuerpo, la parte superior queda a oscuras. Dobla las rodillas
y las pega a la espalda del hombre y tras un momento de intenso
placer las destensa y las abre tanto como puede, las deja
sobre el suelo, como si estuviese muerta. El hombre se levanta
y de su miembro brillante gotea un poco de líquido.
Se marcha. Ahora, a la luz melocotón se ve el vientre
de la mujer respirar pausadamente.
-tengo que dormirme cuanto antes. El joven se levanta de su
cama retirando de su cuerpo la liviana sábana que se
le pegaba a la piel sudorosa. Se queda durante un tiempo sentado
y luego vuelve a tumbarse. Permanece unos segundos mirando
al techo sin pestañear. Por fin consigue erguir su
cuerpo del hoyo que ha formado sobre el colchón. Se
dirige al lavabo; tambaleándose a duras penas se mantiene
en pie hasta llegar al espejo en el que se mira. Se toca la
frente con una mano, mientras con la otra se apoya en el lavabo.
Mira su reflejo en el cristal azogado. Se le cierran los ojos
de sueño, pero no puede dormir.
-tengo...tengo que dormir...oh... Deja resbalar su mano por
la fría porcelana y dando un traspié coge una
palangana que llena de agua. El sonido del agua contra la
descascarillada palangana choca con un ruido a tubo, mientras
se llena formando pequeños remolinos. Mira el agua
correr, siente la cálida brisa de la noche cruzar su
cuerpo y siente un cosquilleo en los testículos. Está
completamente desnudo. Apenas manteniéndose en pie
mete la cabeza en el agua. La sumerge varias veces y la saca
completamente mojada, grandes chorros caen sobre la palangana,
parecen tornillos frotándose entre lijas. La luna aparece
e ilumina las sábanas plegadas. Alguien vierte desde
el piso de arriba agua a la calle. Pasa sobre el rayo de luna.
La luz se deshace en pequeñas bolas de aluminio. Con
los ojos casi cerrados y la boca entreabierta se dirige a
la cama otra vez. Mira a un lado y a otro. No ve nada. Da
un manotazo delante de sí. Se pasa la mano por la cara,
estirándose el labio inferior. No ve nada hasta que
siente la cama bajo su cuerpo. Parece que empieza a dormir.
-¿no has oído eso? ¡hola! ¿dónde
estás? ¿dónde se habrá metido?
La mujer se levanta del suelo y abre la puerta. Se asoma por
la raja. Se apoya sobre ella y se inclina balanceándose
con sus pies desnudos juntos sobre la alfombra del pasillo.
–pero ¿dónde te has metido? No está
aquí. Cierra la puerta –es increíble.
Abre otra puerta, la cierra, se mesa el cabello, lo peina
con las manos desnudas, su inmensa cabellera, echándolo
hacia atrás, levantando la frente. Da un profundo suspiro
Se dirige a una puerta al fondo del pasillo. –creo que
he oído un ruido, pero ¿dónde se habrá
metido?, creo que ha sido arriba, en la buhardilla que se
supone está vacía, parecía como si...
-¿estabas hablando conmigo...
La puerta se abre, suena un ruido a goma y un chasquido
-mi nariz, mi nariz, estoy sangrando...
-¿qué pasa, qué estabas haciendo detrás
de la ...
Cuando creía que ya estaba empezando a dormirse...
Se despierta sobresaltado: -¿qué ha sido ese
ruido?
-Tengo que decirte una cosa. Se oye el tapón desenroscándose
de la botella, el golpe que produce cuando choca con el cristal
del vaso y el líquido que lo va llenando poco a poco.
–he dicho que tengo que decirte una cosa. Se había
quitado el sombrero y lo había dejado sobre la mesa.
Uno de los hombres, el que tiene aspecto de ser mayor sigue
llenándose vasos y vaciándolos al instante.
El otro, el más joven y delicado, permanecía
de codos sobre la ventana abierta mirando hacia fuera. Si
pudiéramos verle la cara veríamos su expresión
de dolor al mirar hacia un horizonte en donde la noche se
perdía en el infinito, en donde apenas unas pocas estrellas
eran visibles. Sus ojos empezaron a humedecerse: -no empieces.
-yo te poseo, siguió el hombre cada vez más
borracho. –yo te poseo y hago contigo lo que quiera.
Eres de mi más absoluta propiedad. Todo lo que tienes
lo he hecho yo para ti.
-no empieces, maldito, maldito...musitó en que estaba
acodado sobre la ventana, cerrando los ojos sobre las lágrimas
y apretando sus delicados labios.
-no me haces caso, no me quieres hacer caso. Cuando era joven
mi padre me dijo que yo sólo servía para comerme
su dinero ( otro vaso), solía... sí ( otro vaso)
¿qué estaba diciendo?...solía mirarme
con una sonrisa de imbécil. No gritaba, no rugía,
era... ( otro vaso) no era un león, era un... ( otro
vaso) se ría de mí, me despreciaba. Nunca quería
dirigirme la palabra. Se me quedaba mirando hasta que yo empezaba
a gritar irritado. Entonces mirando a mi madre se dirigía
a mí como si yo no estuviese presente....ah...( otro
vaso)
Por fin, empapado de alcohol, cae sobre la mesa. El cráneo
repercute sobre la madera. Se le cae un hilo de baba. Ronca,
complacido, como un bebé.
Es de noche. Una ventana panelada con doscientos cincuenta
recuadros de cristal, los cuales pueden abrirse oblicuamente,
basculando en la parte por la parte de abajo para dejar entrar
el aire. Unos cuantos están abiertos, otros están
cerrados. La luna impacta sobre ellos, cae al suelo, su luz
pura y fría. Recorta por la mitad una mesa y una máscara
que hay sobre ella. La mitad del rostro de porcelana queda
iluminada, la otra mitad a oscuras. Está festoneada
de plumas rojas y negras. Más allá, en el suelo,
hay unas medias y un zapato de tacón con una punta
muy afilada, tirado sobre un costado. Más allá
hay una cómoda con un espejo. En el centro de la habitación
hay una silla. A ambos lados de la cómoda más
de cincuenta cajoncillos suben unos sobre otros, cajoncillos
de madera pequeños y profundos. Al correr sobre sus
pequeños rieles, al ser abiertos, parece que se oyen
granos de pimienta siendo triturados. La forma del mueble,
envolviendo los cajones, es abombada, como grandes orejones,
tan altos que casi tocan el techo. En frente del espejo se
sostiene torcida una vela apagada, a medio consumir. También
una barra de labios. Unos papeles escritos y un lapicero.
En la pared, justo detrás, un gran espejo ocupa toda
la pared, desde el suelo hasta el techo. El espejo de la cómoda
y el de la pared se miran uno a otro.
En esta misma habitación entra el otro hombre, el más
joven. Se sienta en la silla, frente al espejo. Se quita la
chaqueta y se queda en chaleco. Se quita el sombrero y se
suelta el pelo: una cabellera abundante le cae sobre la espalda.
Es una mujer. Se desanuda la corbata. Se quieta el chaleco
y los tirantes. Lo deja todo sobre la mesa. Se suelta los
puños de la camisa y se la quita. Sus pequeños
senos tiemblan reflejados en el espejo. Se mira en el espejo,
se quita los pantalones y se queda completamente desnudo.
Se acerca a la ventana y se sienta en el suelo. La cubre la
luz lunar. Se inclina hacia atrás apoyándose
en sus manos y presenta sus pechos a la delicada luz de aquella
noche serena. Luego se coloca la máscara. Es un antifaz
de porcelana blanca con plumas negras. Como si la luz blanca
y transparente la abrazase, se retuerce para asirla y rodearla.
Se retuerce voluptuosamente en el suelo. Su esbelto y alargado
cuerpo se mueve casi a impulsos.
Parecía que por fin iba a conseguir dormir...
Los jadeos, tan fieros, tan audibles, lo despertaron. Sus
ojos se fijaron abiertos como dos luces. Qué era aquello,
qué podía ser. Se levantó rápidamente
de la cama. Ahora ya no se oye nada. Camina descalzo, sin
hacer ningún ruido. Cuando pasa cerca de una pared,
vuelve a oír los gemidos. Son dolorosos y están
llenos de placer: es algo fascinante y aterrador. En esa misma
pared hay un cuadro cubierto con rendijas. Por ahí
es pon donde sale el sonido. –seguro que todo es mentira,
seguro que todo es una alucinación. Con su pie desnudo
palpa las piezas metálicas oblicuas y mete el dedo
en los agujeros. –vaya, en realidad sí que hay
un agujero abierto en la pared; bueno, normalmente las alucinaciones
pueden mezclarse con hechos reales. Al retirar el pie la pieza
metálica cae. De repente se le ocurre la absurda idea
de introducirse por el agujero. –Pero, qué estupidez,
si sólo podría caber mi pie, quizá dos,
qué idea tan estúpida. Pero volvió a
escuchar los susurros, los gritos, el placer, el éxtasis.
–Quién es, quién es. Una alucinación
seguro. Creía que se estaba volviendo loco, sobre todo
cuando estaba metiendo la cabeza por el agujero por el que
antes ni siquiera hubiera cabido su mano. Se dio cuenta de
que no podía introducir los hombros, así que
se quedó con la cabeza metida en un agujero, no tan
negro, de dimensiones variables. –Qué absurdo
es todo esto. Pero, sí , de nuevo aquellos gritos y
susurros tan agudos como filos de navaja batiendo miel. Quizá
encontrase un cuerpo de plata colgando de algún cuello
suave sobre el que injertaría besos de diferentes colores
y esquejes implantados. O quizá al otro lado sólo
hubiera una habitación con olor a ratas muertas mordisqueándose.
Pero él, lo que de verdad quería era un colchón
de piedras sillares, tan alto que tuviese que utilizar una
escalera para llegar hasta arriba y allí habría
labrado un hueco con forma de persona, con las piernas dobladas
y los brazos sobre la cabeza. Como si se hubiese quedado la
huella de un hombre caído para dormir de cualquier
manera. Los bostezos le recordaron que tenía sueño.
Habría, claro, como no, un gato maullando. Como esa
muchacha que maúlla, que lleva puesto un antifaz blanco
y plumas negras. Pero qué era eso. Al no poder entrar
con los hombros notaba cómo su cuello se había
ido alargando, haciéndose kilométrico, empujando
a su cabeza a través de recodos de tuberías
hasta llegar a otro agujero idéntico al de su habitación,
con las mismas rejas. Aunque bien sabía que, en realidad,
seguía donde estaba, pegado a su cuerpo, con la cabeza
metida en un agujero...
Al principio no vio nada, seguía en el suelo, casi
inconsciente. Al incorporarse sintió la presencia de
alguien. Era como el aliento de alguien que estuviese demasiado
cerca. Fue cuando se quedó callada y completamente
inmóvil: sintió algo moviéndose a su
izquierda y era tan claro que no había lugar a duda.
Con el miedo de algo peligroso, o queriendo conocer la naturaleza
de un miedo que quizá podría no serlo tanto,
giró su cabeza rápidamente hacia ese lado. Con
un gesto de orgullo, reflejado en sus ojos y la boca, asustada,
entreabierta. Sus labios, bastante carnosos se humedecieron.
Al girarse, su cabellera se derramó sobre el hombro
derecho.
Quizá hubiese debido preguntar quién estaba
allí, pero el caso es que no lo hizo. Sin embargo no
vio nada. Mejor quitarse el antifaz. Ahora reposa junto a
ella en el suelo. Increíble, pero aquella luz de luna
la estaba haciendo sudar. Justo en el momento aparta la vista,
otra vez se oye el ruido, como el del caparazón de
un insecto viscoso arrastrándose por un lugar estrecho.
Vuelve a mirar y se da cuenta de que en la pared había
un hueco cuadrado cubierto con una pieza metálica,
una celosía formando rombos. Allí podría
haber alguien. Como un insecto, como una araña retirando
sus largas patas, se hizo a un lado, después retrocedió
hasta dar con la espalda contra la pared y allí se
recogió sobre sí misma, rodeando las rodillas
con sus brazos y allí, quieta, muy quieta, sus enormes
ojos acuosos contemplaron sin pestañear aquel pequeño
espacio en el que... un par de ojos acababan de cerrarse.
-Te digo que yo no he oído nada. –Deberías
hacer algo. –Algo como qué. –Tú
eres policía.
-Me estás pidiendo que vaya a registrar la buhardilla,
¿es eso? No lo estarás diciendo en serio. No,
no puedo hacer eso. Eso es tan absurdo. Creo que empiezas
a tener alucinaciones. Incluso debería preocuparme
si fuese un esposo responsable.
-Ya sé que no eres responsable. Pero no estoy loca.
He oído a alguien moviéndose allá arriba.
Estoy completamente segura, en ambas buhardillas. Y te diré
más, estoy segura de que a media noche siempre sube
alguien las escaleras. Todas las noches.
-Vaya, ahora también tendré que registrar las
dos buhardillas que llevan desocupadas desde antes de que
viniésemos a vivir aquí.
El sargento de la metropolitana estaba metido en la cama,
completamente desnudo. Abrió el cajón de la
mesilla y extrajo un cigarrillo de un paquete. Se lo encendió.
Ya el gesto era un desafío. Sabía que a su mujer
no le gustaba que fumase en la cama. –Pues que se aguante.
Él lo hacía y ella tenía que resignarse.
Tan solo era su mujer y un hombre tiene derecho a fumar donde
le venga en gana. Así que ya lo sabía. Cigarro
al acostarse y cigarro al levantarse. Esto de las alucinaciones
( sonrisita satisfecha) era otra de sus argucias. Siempre
buscaba cualquier tontería para encender la discusión,
para empezar a hablar a gritos y hacer que él se sintiera
mal. –Pues que discuta ahora, pero el cigarrillo me
lo fumo. Ya sabía cómo iba a dirigirla para
ganar esta vez en la discusión. Tendría que
callarse y llorar calladita. Estaba dispuesto a conducir su
casa a unos términos humanos, a hacer del hogar el
lugar de descanso que se merecía después del
duro trabajo. Silencio, tranquilidad, la comida caliente y
la cama lista... los días en que no trabajaba por la
noche.
Al dar la última calada vio entre las volutas del humo
un recuerdo haciéndose imagen tan nítida que
se le revolvieron los nervios. –Eso sí que es
una mujer, Alexia Fiodorovna. Afilados labios infinitos como
playas ansiosas perdiéndose en el sol, su rostro altivo
y frío de ojos inalcanzables, su cuello suave lleno
de bocas succionando y el hombro blanco saliendo de la chaqueta
de cuero y el vestido de puntos tan gruesos que revelaba toda
su desnudez. Su mano sobre el hombro, cerraba los ojos, abría
un poco la boca. Arisca y sumisa, fabulosa, sublime. Tendida
en la cama, agitando su poderosa cabellera, con golpes de
cabeza a un lado y otro, mientras le miraba con ojos de fiera
y la boca húmeda. Y cuando, oh, cuando... se perdía,
como si estuviese muerta, mirándole con la cabeza inclinada
hacia la espalda, la curva, la curva del cuello, bajando la
vista para mirarle y luego, después de... sosegada,
riendo entre los últimos estremecimientos, contorsionando
el cuerpo como si alguien le hiciese cosquillas...
-¿Hay alguien hay? No hubo repuesta. -¿Hay alguien
o algo ahí?
El cambio de especie tampoco produjo ningún efecto
sobre aquello que se escondía tras la rejilla.
Como en una pesadilla, viendo algo que se desarrolla delante
de nuestros ojos con un pitido en los oídos y un mareo,
un fuerte mareo. Afuera puede llover o hacer sol. Los cristales
pueden, a la luz del sol, mostrar zonas empañadas de
polvo o suciedad. Las gotas pueden caer finas como hilos o
pesadas, provenientes de las cañerías o de las
cornisas. Pero en la pesadilla todo sucede como en un trance
en nuestra cabeza, desde dentro hacia dentro. Aquello estaba
sucediendo afuera y era como si los sentidos se hubiesen puesto
almohadillas en los pies y sigilosos hubiesen colocado un
velo, un filtro por el cual lo real dejaba detrás los
trozos más sutiles y sólo lo más grueso
llegaba al cerebro.
Y ella vio cómo despacio al celosía se despegaba
de la pared y caía al suelo sin hacer ruido. De la
oscuridad emergió una cabeza que avanzaba hacia ella
y tras ella un largo y nervudo cuello. Se desplazó
hasta la mitad de la habitación y se quedó allí
muy quieta. Los rizos iluminados dejaban trozos de sombra
bajo ellos, como volutas huecas. Su rostro sereno fijaba sus
ojos en los de ella que ya no lo miraba ni con tanto miedo
ni con tanto disgusto.
Habiendo hecho un ademán, como queriendo huir, él
dijo con un tono tajante: -no.
Ella se detuvo, asustada, fría, inquieta. Se detuvo
y esperó.
La cabeza prosiguió: -la amo a usted
Después habló y habló y habló
Ella oía, quería prestar atención, pero
no hacía caso de nada. Sólo se repetían
en su cabeza las mismas palabras: “la amo, la amo”.
Qué quería decir aquello. Algo empezó
a tirar de ella, de su epidermis endurecida como un caparazón
hacia dentro. Y recordó, o mejor vinieron hasta ella
imágenes de las que ni siquiera se acordaba, escenas
quizá de algún pasado, llegaban como arrastradas
por el oleaje del mar. Y creyó discernir no las palabras,
sino el mismo tono, la forma, el color de aquello que había
salido de la lengua repugnante de aquella cabeza. -¿Será
un sueño?
La propia escena, lo que tenía de absurdo, la hizo
reír.
-¿es que se ríe de mí?, inquirió
la cabeza, a la que aquella risa había cortado el habla
en seco.
-es todo tan ridículo.
-¿es ridículo que yo la ame?
-no, claro, dijo tímidamente. Los ojos de la cabeza
seguían mirándola. Sí, claro ahora se
acordaba del peso y de la forma de unos ojos que la habían
mirado así. Y luego vinieron palabras, no las mismas
que las que le había dirigido la cabeza, pero también
así de... así como de luz y de mar. Claro, era
en la playa.
-¿y cómo sabe que me ama?
-yo no estoy seguro, pero créame que moriría
por usted, hasta me dejaría cortar la cabeza. Es un
sentimiento desesperado.
-no, no, no ( empieza a irritarse) así no es, diga
por qué, cómo sabe que me ama.
-vaya, esto sí que es ridículo
-¿es ridículo que le pregunte cómo sabe
que lo que siente es amor y no un resfriado?
-creo que me estoy sintiendo insultado
-pues siéntase
-ahora tengo ganas de llorar
Pero ella no le hacía caso. Estaba tratando de hallar
algo allí en aquellos recuerdos junto al mar. Fue hace
tanto tiempo. Antes de que la casaran con su tío. Costumbre
avalada por la religión del país. Pero antes
de eso, -oh, yo era muy niña, tan pequeña y
tan frágil “como el cristal”, casi se podía
romper al limpiarla... –pero no, no espera... la cabeza
parece impacientarse. –Era, sí, ahora me acuerdo,
era la cabeza de un muchacho que la miraba con los mismos
ojos. Palabras, y caricias por todo el cuerpo.
-¿usted me acariciaría?
La cabeza cambia de expresión. Parece iluminarse de
una nueva y radiante esperanza.
-claro que lo haría, bueno, no ahora, cuando disponga
de todo mi cuerpo.
-oh, qué gracioso es usted
-puedo serlo más mire, empezó a realizar toda
suerte de estúpidas muecas con la cara. Ella reía,
reía como no lo había hecho nunca. Con el cuerpo
flexible. Incluso se atrevió a levantar un poco la
voz: -sabe una cosa...( risas, no puede contenerse, risas
nerviosas) sabe qué... a que no lo adivina... sabe,
oh, Dios mío, nunca me había reído tanto.
Sin embargo recordaba que aquella otra vez, ella no reía;
era todo lo contrario, era todo muy triste. Tan triste como
cuando habían metido a su madre en aquella caja negra
tan reluciente que parecía de piedra. La metieron con
todas aquellas joyas que tanto le gustaban.
-oiga, usted no es nada serio
-pues yo, bueno, ¿usted cree?
-y encima se cree con derecho a amarme
-está bien, si usted quiere que me vaya...
-yo no he dicho tal cosa
-me iré, no se hable más
-¿y su amor, cabecita?
-no se burle de mí
-eso le hace daño ¿eh?
-es que estoy muy solo, seguro que usted jamás se ha
sentido así
-acierta
-por eso es tan cruel
-soy cruel con un ser repugnante como usted
En el mar, a la orilla del mar, allí, mientras el viento
se le quedaba entre las manos pegajosas, se había quedado
muda, muda, aunque quería gritar, aunque quisiera romper
su pecho con un gran gemido, como un niño desconsolado,
nada salía de su boca. Junto a ella su hermoso vestido
rojo, rasgado, y el lazo del cuello, las medias y los zapatos...
un oscuro túnel de eco y viento, la lengua pegada al
paladar sabe a sal... los zapatos se los lleva el mar, tragados
por la espuma.
-yo también estoy sola, terriblemente.
La cabeza había desaparecido. Dónde estaba.
Sólo quedaba el agujero en la penumbra de la luz sublunar.
Y el eco de la presencia de un hombre. Ella estaba a punto
de echarse a llorar. Pero entonces, antes de que cayese la
primera lágrima, los ojos de la cabeza abrieron otra
vez su luz en la penumbra y con el silencio de la pesadilla
se acercó despacio hasta ella, su cuello flotando sobre
el suelo.
-apenas sí me conoces
-es cierto, casi no te conozco y sin embargo...
-... sin embargo...( entre extáticos desfallecer y
revivir se besan con el ritmo chocante, vacilante de hormigas
arrastrando sus cuerpos por piedra en polvo, o tiza... sin
embargo ¿nos amamos?)
-sí, sí, sí
-yo también lo creo.
Una mosca revolotea alrededor de la bombilla colgada del techo.
Tan sucia, colgando apenas de un cable sacado del techo. Al
revolotear su sombra vibra nerviosamente sobre el rostro del
otro hombre. Ronca, su vientre hinchado en muchos pliegues.
Su rostro, ahora casi infantil, parece musitar una plegaria
casi sonriendo.
Ya se le puede mirar, ya no hay tensión en su mirada,
cerrada por unos párpados ligeros. Pero algo consigue
despertarla. Llama al muchacho, que es muchacha. Sus bramidos
podrían despertar a toda la casa. Aunque sabe quo no
debe hacerlo, que nadie debe conocer su escondite, que debe
mantenerse oculto.
-dónde estás maldita
En su furia derriba la silla sobre la que estaba sentado.
Tambaleándose llega hasta la ventana, escupe por ella,
la saliva se le cae por la barba, se limpia con la manga.
-te encontraré, es que quieres esconderte. A ver, a
ver dónde se ha ido ahora... la puerta, no está
bien cerrada, por ahí no. Ah la policía, quiere
traicionarme. La mataré. Pero, no, no puede ser. Me
duele muco la cabeza. Qué dolor. Sé que ella
me quiere. Pero dónde estás. Qué dolor.
Se me va la cabeza. Pero por qué no estás aquí
para ayudarme. Yo, yo siempre, te he ayudado tanto... me odias,
lo sé, quiere venderme, pero eso lo veremos...maldita,
te atraparé, no creas que puedes huir de mí.
La imagen de repente se esfuma junto con las volutas del humo.
De la oscuridad del cuarto de al lado emerge una silueta oscura.
Esbelta y erguida, flexiona una rodilla mientras, flexiona
la rodilla y levanta la pierna, apoyándose en la otra.
Va desnuda y oculta el brazo derecho tras de su cuerpo, cuya
mano lleva a la cadera. Con el brazo izquierdo levanta a la
altura de su rostro una pistola: -vas a ir ahora mismo
En él se mezcla la fascinación erótica
y el miedo ante el arma que sabe cargada, apuntándole
directamente.
Justo en ese momento bramidos atronadores y el golpe de algo
que se cae sobre el suelo hielan la respiración del
apuesto policía, a quien se le cae la ceniza sobre
la rugosa manta.
-Qué, qué es eso
-te lo dije, te lo dije
-no hay nadie, qué puede ser eso
Su mujer corre hacia la cama y de rodillas sobre ella se abalanza
hacia su marido y le entrega la pistola. –y ahora...
-... iré.
-Qué claridad
-parece una luz de tubos de plata
-hoy he sentido algo extraño. Mi vida era tan árida
como la piedra de un encendedor. Lo siento no he podido dejar
de gemir y gritar, este placer estaba bullendo en mí
y tú lo has despertado
-ha sido como dormir en el vapor de una nube
-y luego...
-no, no, creía que eso no sucedería. No hay
que inquietarse por las cosas sobre las que no tenemos derechos.
No pienses. Hay algo aparte de esta noche
-un caos gigantesco
-imagínate que pudiésemos disolvernos en esa
luz.
-he tenido ganas de llorar
-dime, dime
-¿qué?
-podría morir ahora
-afuera hay alguien
-qué dices
-sí ojalá muriésemos
-escúchame... si ahora salieses y mirases por la ventana,
¿sabes qué verías?
-no
-nada, el mundo sería una fotografía rota...
pero nosotros estamos a salvo
-somos unos náufragos
-¿no serás una alucinación?
-¿por qué tiemblas?
-estoy loco, todo lo que veo es mentira, todo lo que oigo,
todo es un horror. No, tú no lo eres, lo sé.
-a mí me pasa lo contrario. Que todo es demasiado real.
Lo toco y se hace más real. No es una suerte, es algo
horrible. Todo está lleno de espinas, de esquinas.
Es desconsolador, desconsolador. Pero tu rostro es suave,
no tiene esquinas.
-estás empezando a hacer que me sienta como un hombre
-y acaso ¿no has venido para eso? Escucha, qué
era yo hasta que tú has venido. Nada. Vivíamos
uno al lado del otro. Tan desconocidos como si viviésemos
en países diferentes. Soy transparente, un espejismo.
Pero ahora siento incluso, te parecerá una tontería,
incluso el peso de mis pensamientos. Te quiero, ¿sabes?
-lo sé
-cómo lo sabes
-yo también.
Durante bastante tiempo ninguno de los dos se movió.
Parecían tener miedo incluso de interrumpir la respiración
del otro. Ella estaba apoyada contra la pared y en su regazo
acariciaba la cabeza.
-dime una cosa
-¿qué?
-¿tienes esperanza?
-¿a qué te refieres?
-desde que soy huérfana jamás he podido disfrutar
de los momentos que merecían la pena. Siempre buscaba
lo contrario. Es algo extraño. Cuando sabía
que algo iba a gustarme, lo dejaba, me iba en busca de un
dolor cada vez más intenso.
-sí, es extraño, pero en cierto sentido a mí
me pasa lo mismo
-supongo que somos un par de estúpidos
-no, no hemos malgastado nada
-de pensarlo me dan ganas de llorar
-es que simplemente la gente como nosotros nunca, haga lo
que haga, será capaz de sentir lo bello de lo que nos
da la felicidad. Estamos condenados a tocarlo sin inmutarnos,
como si palpásemos un cadáver
-y dura tan poco tiempo
-sí
-¿por qué, por qué, por...
Ahora sus lenguas vuelven al contacto áspero y dulce
del beso anhelado y sus bocas parecen querer ocultar el eco
de las palabras. Ahora es cuando el reloj golpea su péndulo
que desplaza las manecillas y el sonido metálico y
deletéreo se encasquilla a la segunda campanada.
Los pies en los peldaños de la escalera apenas hacen
ruido. Dos sombras se escabullen subiendo ligeras, como reptando
por las paredes. El que va delante lleva una pistola en la
mano derecha; le sigue una mujer con una linterna en la mano
izquierda.
Se detienen a ambos lados de la puerta de la buhardilla izquierda.
-escucha atentamente, cuando cuente tres yo daré una
patada y me precipitaré dentro como una centella. Tú
vendrás detrás de mí y alumbraras. Mantente
siempre a mi espalda y a una cierta distancia.
-muy bien, de acuerdo
-es importante que te mantengas a cierta distancia
-¿por qué?
-júramelo
-sí
Cuando iba a empezar a contar ella fue acercándose
imperceptiblemente a él y cuando casi tocaba su pecho
susurró muy quedamente: -¿crees que hay peligro?
-siempre lo hay, mantente siempre detrás de mí.
-si te pasase algo...
-voy a empezar a contar, uno, dos...
-quiero que sepas que si te pasase algo...yo, bueno, quiero
que sepas que yo te quiero, aunque tú....( “se
que has estado con muchas mujeres, las conozco a todas, me
he tomado el trabajo de conocerlas a todas, quizá esté
loca. Me gusta humillarme tal vez. No podía aguantar
saber que nunca me habías querido. Te casaste conmigo
sin amarme. Al principio no podía comprender nada.
Ahora sé que son mujeres a las que no amas. Unas sustituyen
a otras y no dejan más que el recuerdo del placer de
un instante. No amaba a ninguna mujer, ni a ella ni a mí.
Jamás has amado, no eres capaz. Me di cuenta de que
era más dolorosa la vida de quien no puede amar que
aquella de quien ama lo que nunca podrá poseer. Entonces
supe por qué odiabas, por qué estabas triste.
No sentía compasión, al principio sólo
podía sentir odio. Sólo comprendí. Siempre
te amé, como una idiota. Y quizá lo siga haciendo.
No se puede compadecer a aquel a quien se ama. Yo era una
sombra a tu lado, te amaba y te curaba las heridas...”)
-¡tres!
Sin embargo, lo cierto es que estaba amaneciendo. El policía
y su mujer irrumpen en la habitación y sólo
encuentran una cama vacía, toda revuelta, junto a una
gran ventana, por donde entra la luz del amanecer.
-¿tú ves algo?
-no, nada. Sí, mira, a la derecha.
-¿qué es eso?
Tan sólo las piernas flexionadas y el trasero de un
hombre metida la cabeza en un agujero.
-¿qué hacemos?
-algo me dice que deberíamos sacarlo de ahí
-¿tú crees que está...
-¿muerto? Hay que comprobarlo.
“Sé que hay alguien contigo. Escucha querida,
estoy dispuesto a perdonarte otra vez. Sabes que siempre lo
hago, sabes que lo único que quiero es que no me engañes.
Eso no puedo soportarlo. Si me dices la verdad... sé
que has tratado de acabar conmigo, tanto tiempo, creía
que no iba a darme cuenta... pero si hay alguien contigo pensaré
que lo has traído para matarme y entonces... eso no...eso
no te lo perdono”.
-va a entrar
-ya no nos queda tiempo, estamos perdidos
-no hagas nada, no te muevas
-pero ¿qué dices? Tenemos que tratar de huir
-no
-¿por qué?
-ahora que nos hemos encontrado, ¿quieres que nos separemos?.
Tú y yo estaremos siempre unidos
-pero yo no quiero morir
-si vives, jamás volveremos a vernos. Si estamos juntos
ahora, estaremos siempre como ahora.
-tienes razón, la vida sólo es soledad
-sufrimiento sin fin, pero si morimos abrazados... imagínatelo,
tendrán que enterrarnos juntos o quemarnos con mi cabeza
en tu regazo
Ambos se besan y se abrazan, apretándose tanto que
se oyen crujir su huesos.
Al otro lado el policía y su mujer comenzaron a tirar
del cuerpo introducido en el agujero. Al principio no conseguían
nada, el hombre parecía atorado. Le hablaban, pero
él no contestaba. Por fin y sin saber por qué,
cedió y delante de ellos se desplomó un cuerpo
sin cabeza. La mujer del policía no pudo evitar mirar
con horror y voluptuosidad el corte ensangrentado. Ni siquiera
parpadeaba.
-no lo mires. Por primera vez en mucho tiempo, el marido la
abrazó y arrancó su mirada del cadáver.
Sin embargo, al otro lado de la pared se oía algo.
Su mujer estaba como enloquecida y rápidamente se agachó
y miró por la abertura.
Apuntando con la pistola trataba de encontrar algo sobre lo
que disparar. Pero lo único que vio la horrorizó
demasiado. En el suelo, la cabeza desgajada del tronco chorreaba
sangre y formaba un charco en medio de la estancia. Junto
a la pared una mujer aterrorizada miraba abrazada a sus rodillas,
a un hombre enorme, que estaba de espaldas al agujero de la
pared. Cuando bajó su brazo izquierdo, enmarcado por
el cuadro del hueco vio una mano sosteniendo un mango de madera
terminado en el filo de un hacha. Las miradas de las dos mujeres
se cruzaron. El gran hombre se dio la vuelta y miró
dentro del agujero obsequiando a la mujer del policía
con una sonrisa repugnante. Con su mano enorme tanteaba dentro
del conducto tratando de atraparla, la mano se hacía
más grande cuanto más próxima estaba.
Se desmayó, pero su marido la apartó y disparó
hasta vaciar el cargador. El rostro acribillado se hundió
en su propio brazo extendido y la mano abierta se detuvo inerte
apenas saliendo del agujero, como queriendo agarrar algo.
A un lado: el policía besa a su mujer y la abraza.
- así que lo sabías todo
-así es
-y todo este tiempo
-olvidémoslo
-vaya, me siento idiota
-hagamos algo
-qué
-ya leo esperanza en tus ojos
-¿tu crees?
-podemos empezar a vivir una historia juntos, hagamos una
novela
-cómo
-seamos como niños, inventemos una historia a partir
de esta noche y vayamos investigando hacia atrás
-¿hacia atrás?
-no me mires con esa cara, no es nada extraordinario. Pensemos
que, oh todo este tiempo, ya sé, que todo estaba, cómo
decirlo, estaba esperando esta noche, que si no hubiese llegado,
nada hubiese ocurrido, ni siquiera el habernos conocido. Es
extraño que esta gente haya muerto, pero, qué
podemos aprender de esto
-yo no lo sé
-no, no te vayas, ahora o nunca
-¿pero qué?
Ella mira la mano inerte, muerta y le parece que empieza a
disolverse. Siente detrás de ella la mano fuerte de
su esposo. Se da la vuelta y se miran a los ojos. Se besan.
-está bien investiguemos
-sabes a dónde vamos a llegar.
-a ti y a mí.
-sí
Al otro lado la mujer sigue abrazada a sus rodillas. Mira
fijamente la cabeza: -y ahora qué, ahora qué.
Se muerde un dedo, gira la cabeza con dolor, apoya una mejilla
en la palma desplegada de una mano y mira al cielo tibio de
la mañana: -tenías razón, ahora nada
habla de ti, pero tú- se le escapa una lágrima,
-tú ya no tienes voz, ni cuerpo, ni siento nada de
ti, sé que jamás en ningún lugar nos
reuniremos, para qué querías morir. Se pasa
las manos por la cabeza. Llora silenciosamente. –Podría
dejarme morir insensiblemente, no sentiría nada, que
poco sentido tiene nada, ni siquiera tus ojos muertos, qué
estás mirando. Se puso de pie. Llego hasta el cuerpo
muerto de su marido y se apoyo en el con el codo. Una sonrisa
estúpida se le vino al rostro: -no sé por qué
habría de confiar en ti. Con un dedo, pensando en otra
cosa, se acaricia un seno: -ahora soy libre. Levanta una mirada
aterradora. –ahora puedo hacer lo que quiera. Mirando
con desprecio y burla al cadáver sobre el que se apoya
hace un ruido con la lengua. –éste ya no me hará
más daño. Empieza a reír con orgullo
contenido, luego rompe en carcajadas, luego ríe llorando:
-ya no me hará más daño, y tú
¿qué quieres? Mira intensamente en los ojos
de la cabeza muerta. –También quieres esclavizarme,
te crees que yo sólo sirvo para eso, pon también
tus manos en mi cuello, pon tu boca, eso eso, pon, todo, y...
se desplomó sobre el suelo. Mirando al techo con las
manos jugaba sobre su vientre y lloraba: -ahora no sé
que hacer, me da miedo seguir respirando mañana porque
sé que será la misma vida, igual de horrible,
sin sentido alguno, pero le tengo miedo a la muerte, no hay
nada, tampoco estás tú. Con su mano cogió
el hacha. -¿es ésta la solución?, eso
sería bello, qué fácil, pero... me da
tanto miedo, tanto.
Llorando deja caer el hacha que hiende la carne y muere con
el cuello abierto en borbotones de sangre, abriendo mucho
su boca, mucho.
La puerta que se cierra de un golpe rebasa el tope y se abre
hacia el otro lado. El cuerpo de un titán se retuerce
en escalas de piedra formando aristas de músculo y
al romperse se disuelve en cordones de viento y surcos de
oquedad; la puerta abierta, bajo la hierba los ojos se abren
de alegría ante el espanto de verse.
|