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  LEER Relato  

Carlos Echarri Fernández



Cuento II

Sí, claro que se acordaba de las palabras de su madre “algún día harás grandes cosas, algún día, si por fin dejas de pensar únicamente en jugar”

Claro que se acordaba de que lo que más le gustaba era jugar. Con el gesto muy serio, no de niña, un gesto superior de mujer, de autoridad y su pequeño cuerpo erguido sobre una silla practicaba en el patio del bloque de pisos donde vivía con sus padres y un anciano tío de ojos perdidos.

Practicaba su magia. Moviendo la cabeza, la nariz, guiñando los ojos trataba de revivir animalitos muertos.

-vamos, vuela, vuela, arriba- solía gritarle a un par de alas muertas. Lo que muere puede revivir.

Amaba las pequeñas formas puntiagudas de los caparazones de los insectos. Cuando estos se vaciaban en medio de las piedras del patio y comenzaban a resecarse al sol, lloraba de angustia.

-yo que jamás moriré

Era injusto que las cosas desapareciesen cuando ella era inmortal. Pensaba que jamás crecería y que eternamente existiría como una niña. Sus padres seguramente serían de otra raza.

Quería que las flores no se secasen, que en invierno desaparecieran las golondrinas, que la lluvia caliente de las deliciosas tormentas de verano, lluvia que le recordaba su pequeña bañera ( el sabor deleble de algo olvidado antes de nacer) jamás dejase paso a la lluvia gélida que hacía esconderse a la gente en alcobas de granito. Deseaba que la gente viviese siempre en la calle, hablando y haciendo ruido de vasos y platos hasta la madrugada, que no se extinguiese la música, ni los bailes de los jóvenes entre las farolas pegajosas de mosquitos junto al río.

Deseaba intervenir para eternizar la felicidad.

Más bien no lo sabía, pero deseaba que todo continuase intacto. Las conversaciones a media voz en las ventanas abiertas al patio, las paredes de color mostaza empapadas de sol, chorreando al atardecer borbotones anaranjados. Las mujeres delgadas de brazos finos y pendientes brillantes saliendo húmedas del baño acariciando sus senos sin pudor tras puertas entornadas. Sus ojos se extasiaban ante los pies descalzos, enjoyados, colgando del muro del río, apenas sumergidos en el agua, jugando sobre su frescura con las hojas abiertas en pétalos, manchadas de mariposas tan grandes como manos abiertas.

Sobre todo amaba la sonrisa de su madre y el dolor intenso que le producía pensar que como todo, también eso acabase. Que acabase su mano que peinaba sus cabellos, la mano sosteniendo el pañuelo con el que limpiaba su cara cuando se ensuciaba, la voz que solía cantar por las noches, el bello perfil dibujado contra el azul radiante de la noche electrizada por una tormenta, la mano enguantada que la tomaba de su diminuta mano al subir el peldaño del tranvía, mientras sus ojos infantiles se clavaban en los cables de los que a veces colgaban gotas de lluvia empañadas de sol y con olor a cuerpo recién lavado.

El miedo no existía, la inquietud permanecía siempre alejada de su vida.

Una noche muy cálida, después de cenar, salió al patio y se escondió en un arbusto cuajado de flores blancas y muy olorosas. Vio salir a su madre con un vestido blanco con encajes en las muñecas y en el cuello. El vestido se ceñía a las caderas y la falda era muy larga. La siguió con la mirada. Después de cerrar la pequeña verja que separaba el patio de la calle, la vio dirigirse hacia el río. Luego volvió corriendo con las manos en la cara, sin el bolso blanco con cierre dorado. Estaba llorando.

Paso a paso, la niña, con su pequeño cuerpo temblando de expectación y miedo, llegó hasta el río.

De las aguas se levantó una espalda desnuda, chorreando lotos. Su cabeza empapada se giró y pudo reconocer a su padre. A su alrededor jugaban muchachas desnudas, nadando, girando sobre la superficie, mostrando el torso y luego la espalda. Cordones de agua corrían sobre sus pechos. Su padre, con sus brazos robustos sacó como un pez a uno de aquellos ágiles cuerpos. Combándose entre sus brazos, rodeó el cuello de aquella estatua atlante. Y vio el rostro de su padre pegado al asustado y fascinado de una hermosa muchacha de largos cabellos pegados a la espalda, los vio besarse. Luego la muchacha bajó los ojos llena de pudor. Y los volvió a levantar con una sonrisa. Soltó una carcajada, mientras estrechaba fuertemente la cabeza de aquel hombre que era su padre...

La niña corrió en busca de su madre

Al pasar por la habitación de su tío no pudo reprimir la tentación de mirar. Como siempre dormía con las ventanas abiertas, dejando que la brisa ondulase las cortinas. Dormía con los ojos abiertos, aquellos extraños ojos eléctricos. Un hilo de saliva caía de su boca involuntariamente. Sufría de horribles dolores y por las noches siempre se le oía quejarse. Jamás se levantaba de la cama. No podía mover las piernas. Su cara se había vuelto triste después de tanto tiempo. Casi no hablaba. Solía pasarse el día mirando por la ventana. A veces cogía al vuelo escenas ajenas de felicidad o de tristeza. No se le hacía mucho caso, llevaba la vida de un mueble.

Al no hallar a su madre en su cuarto quiso ir a buscarla al baño. Fue entonces cuando la oyó salir de allí llorando. Sin saber por qué se ocultó en el armario. Estaba vacío. Toda la ropa estaba extendida sobre la cama. Con un gesto de desesperación se cubrió en rostro con las manos. Después continuo metiendo cosas en la maleta, aunque de vez en cuando tenía que detenerse para frotarse los ojos. También, a intervalos casi regulares, se oían los quejidos tristes del tío.

Bajo el marco de la puerta, aureolado por el resplandor viscoso de una luz de neón que había detrás de él, apareció el cuerpo de sus esposo, con el torso desnudo, chorreando agua y lotos. Se quitó los pantalones y una gran vara curva se aproximó al vestido blanco de su madre, con encajes en las mangas y en el cuello. Le puso la mano sobre el hombro.

-déjame

El brazo que trataba de luchar cae bajo la otra mano, fuerte, de dedos retorcidos. Empujando con la mano sobre el hombro consigue que se hinque de rodillas y le retuerce el brazo.

-por favor

En la suave penumbra, unos dientes muy blancos se abren en una pequeña sonrisa en un feroz rostro de ojos clavados en el cuello de la mujer con el vestido blanco. La suelta. Ella cae sobre la cama con las rodillas en el suelo.

-¿por qué?
-por qué, eh?. No tienes derecho a preguntármelo!
-¿por qué?
-no quiero contestarte, no me da la gana, no sabes nada!

Se fue hacia la ventana del cuarto
Retiró la gran tela a rayas que colgaba por afuera.
Entró la noche y el frío.

-tengo necesidades, tengo necesidades

Repetía en voz cada vez más baja. Quizá trataba de convencerse

-¿qué voy a hacer ahora?
-nada, no vas a hacer nada.

Se acercó impetuoso a ella

-no vas a hacer nada. Eres mi mujer, entiendes?

Desgarra su falda

-eres mi mujer

Desgarra los encajes del cuello

-eres mi mujer

Poco a poco la despoja de su vestido

-mi mujer

Mientras su marido le va quitando la ropa, desgarrándola, ella permanece de espaldas, el cuello arqueado, los ojos grandes e inmóviles mirando al techo.

-¿qué voy a hacer?

Repite con toda calma, sin levantar la voz, como hablando consigo misma, mientras su marido tiembla de odio, de furor, metiendo el pene a golpes secos y obstinados. Su esposa gira la cabeza y ve una raja en la puerta del armario y en la oscuridad el brillo intenso de una pupila humedecida.

-¿qué voy a hacer mi pequeña, hija mía, qué puedo hacer?


El reloj no se ha detenido y sobre su superficie pasan los lentos cuerpos blandos de las aves gigantescas.

-un segundo

La niebla fría friega la superficie de madera. Un cuerpo tirado junto al borde, le cuelga la mano sobre el agua, los pies desnudos y los dedos retorcidos. Se acerca un hombre vestido de blanco con larga barba.

-¿enfermo?
-no
-¿qué entonces?
-déjame- se gira sobre su piel aceitosa y abisma sus ojos en el mar

Un niño sentado sobre sus piernas juega con una moneda de oro. El sol se desliza sobre la blanda superficie de la nubes como una tinta demasiado aguada.

Dentro del barco, una escalera de madera conduce a un compartimiento comunitario. Al hacer el recodo, bajando, dos hombres se tambalean ebrios:

-tú primero
-tú
-tú irás antes al infierno.

Una madre trata de dar de mamar a su hijo. Un anciano sin cejas la mira, sentado, apoyando su barbilla en sus dos manos, entrelazadas sobre un bastón.

-mi hija se muere
-no se puede hacer nada- dice el anciano, cerrando los párpados llenos de arrugas.
-no, su enfermedad no tiene remedio- sus manos tiemblan; -quizá si lo llevo a la luz- por un instante sus ojos se iluminan; -es tan difícil vivir en esta penumbra.
-no son más felices los que viven en la luz- suspira el anciano, haciendo temblar sus dientes, -y tú niña...

La niña busca a su madre tras la ventana, mirando por el agujero del cristal.

-niña, dime qué haces

Pero ella no responde, sigue mirando, mirando

-acabará ella también como mi hijo
-eres una pequeña muy rara, ¿sabes?
-todos acaban igual
-mamá, mamá- en su voz tiemblan cables de bronce y en sus ojos se abomba un cristal con venas que se derriten sobre sus mejillas.

-déjeme tranquilo, siga su camino- la pierna vestida con una media se aparta rápidamente del brazo que acaba de pisar. Hombres medio desnudos se arremolinan, ceden el paso con los ojos llenos de sueño bajo el cielo gris y el frescor de la mañana que preludian los tizones encendidos bajo los bordes de las nubes que está más al este. –no, no, yo no sé nada; aquí no hay nadie, sólo pobres, esclavos peregrinos y estibadores- la mujer sigue su camino hacia el borde del agua. Pasa junto a los restos que quedan del pabellón levantado en el día de la sagrada procesión. Pilares de madera sin cobertura alguna. El agua tersa se quiebra por el viento.

-qué busca esa mujer aquí- inquiere un hombre mientras retira de su frente ladeándola hacia la nuca un gorra negra llena de grasa, -¿quién es?
-creo que viene del Distrito!
-claro!
-gente excéntrica! Espíritus revueltos dentro de su propia carne!
-muy cierto.

El hombre de la gorra ríe despectivamente: -mira, está tratando de sobornar a alguien.

-no señora- un hombre sin dientes sonríe para sus adentros y levanta una mezquina mirada llena de sombras y reflejos lúgubres, como las aguas pútridas de una cloaca. –No muchas gracias- con su mano huesuda retira los billetes que le dirige la mujer. –Como comprenderá no conozco niños-. Girándose toma delicadamente de los hombros a una niña desnuda, con la mano acaricia sus labios, que luego besa, con el dedo índice recorre el contorno de uno de sus pequeños pechos, que luego besa; levantándose, se encamina con la niña cogida de la mano, ésta vuelve varias veces el rostro y dirige a la mujer miradas llenas de miedo y resignación.

-no se puede secuestrar al secuestrador de niños
-déjala, ya se irá
-maldita! Cree que puede venir a conseguir algo, qué querrá?

Apoyada sobre el borde del asfalto, mira en lo profundo de las aguas. Ve el rostro de su hija. Lo rompe con el dedo, lo moja y lo lleva hasta su cara, poniéndose gotas de mar en la mejilla, la frente, el párpado, la oreja, la punta de la lengua.

-¿qué busca, por qué está buscando...

Los hombres del fondo se levantan como cadáveres de un cementerio. Ocultando el débil sol fresco de la mañana, un buque de chimeneas brillantes eleva sus columnas de humo al cielo, acercándose al muelle, como una ballena, como un monstruo marino.

La mujer llora sobre el mar con e rostro empapado. -¿Por qué la he perdido?

Con el paso del tiempo las cosas pierden su poder, la potencia sexual, la consistencia, el tejido de la existencia...

En el agua se forman diminutas ondas después de caer en ella una piedra. –Ven, sígueme-. La muchacha coge de la mano a su hermana a la que le pesa la cabeza de llevar la corona de hojas de papel de oro. -¿puedo quitármela?, -luego. La trenza de la hermana mayor cimbrea con el ritmo de los hombros desnudos. Se sienta encima de la cabeza. –ven. La hermana pequeña se sienta sobre sus rodillas. -¿quién la puso aquí?. –no lo sé. Los cabellos semejan tanto la realidad que caen en tirabuzones a ambos lados de la cara de la mujer de piedra que se asoma al mar con una mano sobre el agua. –A veces el dedo que tiene extendido queda sumergido. –Sí, ya lo sé, es la marea. –Qué lista. Le da un beso y le quita la corona de oro. –Voy a peinarte. –Una trenza. –¿Como la mía? –Sí. Felices, hundidas en la luz oleosa del sol que mancha débilmente el ocaso otoñal, ambas ríen sobre la espalda de la estatua que llora apoyada en el borde del mar la pérdida de su hija. –Es una piedra muy dura- dice la hermana mayor, corriendo descalza sobre las piernas y saltando al suelo. La pequeña coloca su oído en la piedra. –Yo ya lo he intentado y no se oye nada. –Dicen que se oye. –Es mentira. –Espera, lo oigo, lo oigo. –Calla y ven, es tarde. –Lo he oído. –Claro. Y ambas caminan hacia su casa, descalzas y frescas. La mayor triste o contrariada. La pequeña seria, pero loca de alegría por dentro: ha escuchado latir el corazón que según la leyenda palpita dentro de la estatua.

 



 

 



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