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Cuento II
Sí, claro que se acordaba de las palabras de su madre
“algún día harás grandes cosas,
algún día, si por fin dejas de pensar únicamente
en jugar”
Claro que se acordaba de que lo que más le gustaba
era jugar. Con el gesto muy serio, no de niña, un gesto
superior de mujer, de autoridad y su pequeño cuerpo
erguido sobre una silla practicaba en el patio del bloque
de pisos donde vivía con sus padres y un anciano tío
de ojos perdidos.
Practicaba su magia. Moviendo la cabeza, la nariz, guiñando
los ojos trataba de revivir animalitos muertos.
-vamos, vuela, vuela, arriba- solía gritarle a un
par de alas muertas. Lo que muere puede revivir.
Amaba las pequeñas formas puntiagudas de los caparazones
de los insectos. Cuando estos se vaciaban en medio de las
piedras del patio y comenzaban a resecarse al sol, lloraba
de angustia.
-yo que jamás moriré
Era injusto que las cosas desapareciesen cuando ella era
inmortal. Pensaba que jamás crecería y que eternamente
existiría como una niña. Sus padres seguramente
serían de otra raza.
Quería que las flores no se secasen, que en invierno
desaparecieran las golondrinas, que la lluvia caliente de
las deliciosas tormentas de verano, lluvia que le recordaba
su pequeña bañera ( el sabor deleble de algo
olvidado antes de nacer) jamás dejase paso a la lluvia
gélida que hacía esconderse a la gente en alcobas
de granito. Deseaba que la gente viviese siempre en la calle,
hablando y haciendo ruido de vasos y platos hasta la madrugada,
que no se extinguiese la música, ni los bailes de los
jóvenes entre las farolas pegajosas de mosquitos junto
al río.
Deseaba intervenir para eternizar la felicidad.
Más bien no lo sabía, pero deseaba que todo
continuase intacto. Las conversaciones a media voz en las
ventanas abiertas al patio, las paredes de color mostaza empapadas
de sol, chorreando al atardecer borbotones anaranjados. Las
mujeres delgadas de brazos finos y pendientes brillantes saliendo
húmedas del baño acariciando sus senos sin pudor
tras puertas entornadas. Sus ojos se extasiaban ante los pies
descalzos, enjoyados, colgando del muro del río, apenas
sumergidos en el agua, jugando sobre su frescura con las hojas
abiertas en pétalos, manchadas de mariposas tan grandes
como manos abiertas.
Sobre todo amaba la sonrisa de su madre y el dolor intenso
que le producía pensar que como todo, también
eso acabase. Que acabase su mano que peinaba sus cabellos,
la mano sosteniendo el pañuelo con el que limpiaba
su cara cuando se ensuciaba, la voz que solía cantar
por las noches, el bello perfil dibujado contra el azul radiante
de la noche electrizada por una tormenta, la mano enguantada
que la tomaba de su diminuta mano al subir el peldaño
del tranvía, mientras sus ojos infantiles se clavaban
en los cables de los que a veces colgaban gotas de lluvia
empañadas de sol y con olor a cuerpo recién
lavado.
El miedo no existía, la inquietud permanecía
siempre alejada de su vida.
Una noche muy cálida, después de cenar, salió
al patio y se escondió en un arbusto cuajado de flores
blancas y muy olorosas. Vio salir a su madre con un vestido
blanco con encajes en las muñecas y en el cuello. El
vestido se ceñía a las caderas y la falda era
muy larga. La siguió con la mirada. Después
de cerrar la pequeña verja que separaba el patio de
la calle, la vio dirigirse hacia el río. Luego volvió
corriendo con las manos en la cara, sin el bolso blanco con
cierre dorado. Estaba llorando.
Paso a paso, la niña, con su pequeño cuerpo
temblando de expectación y miedo, llegó hasta
el río.
De las aguas se levantó una espalda desnuda, chorreando
lotos. Su cabeza empapada se giró y pudo reconocer
a su padre. A su alrededor jugaban muchachas desnudas, nadando,
girando sobre la superficie, mostrando el torso y luego la
espalda. Cordones de agua corrían sobre sus pechos.
Su padre, con sus brazos robustos sacó como un pez
a uno de aquellos ágiles cuerpos. Combándose
entre sus brazos, rodeó el cuello de aquella estatua
atlante. Y vio el rostro de su padre pegado al asustado y
fascinado de una hermosa muchacha de largos cabellos pegados
a la espalda, los vio besarse. Luego la muchacha bajó
los ojos llena de pudor. Y los volvió a levantar con
una sonrisa. Soltó una carcajada, mientras estrechaba
fuertemente la cabeza de aquel hombre que era su padre...
La niña corrió en busca de su madre
Al pasar por la habitación de su tío no pudo
reprimir la tentación de mirar. Como siempre dormía
con las ventanas abiertas, dejando que la brisa ondulase las
cortinas. Dormía con los ojos abiertos, aquellos extraños
ojos eléctricos. Un hilo de saliva caía de su
boca involuntariamente. Sufría de horribles dolores
y por las noches siempre se le oía quejarse. Jamás
se levantaba de la cama. No podía mover las piernas.
Su cara se había vuelto triste después de tanto
tiempo. Casi no hablaba. Solía pasarse el día
mirando por la ventana. A veces cogía al vuelo escenas
ajenas de felicidad o de tristeza. No se le hacía mucho
caso, llevaba la vida de un mueble.
Al no hallar a su madre en su cuarto quiso ir a buscarla
al baño. Fue entonces cuando la oyó salir de
allí llorando. Sin saber por qué se ocultó
en el armario. Estaba vacío. Toda la ropa estaba extendida
sobre la cama. Con un gesto de desesperación se cubrió
en rostro con las manos. Después continuo metiendo
cosas en la maleta, aunque de vez en cuando tenía que
detenerse para frotarse los ojos. También, a intervalos
casi regulares, se oían los quejidos tristes del tío.
Bajo el marco de la puerta, aureolado por el resplandor viscoso
de una luz de neón que había detrás de
él, apareció el cuerpo de sus esposo, con el
torso desnudo, chorreando agua y lotos. Se quitó los
pantalones y una gran vara curva se aproximó al vestido
blanco de su madre, con encajes en las mangas y en el cuello.
Le puso la mano sobre el hombro.
-déjame
El brazo que trataba de luchar cae bajo la otra mano, fuerte,
de dedos retorcidos. Empujando con la mano sobre el hombro
consigue que se hinque de rodillas y le retuerce el brazo.
-por favor
En la suave penumbra, unos dientes muy blancos se abren en
una pequeña sonrisa en un feroz rostro de ojos clavados
en el cuello de la mujer con el vestido blanco. La suelta.
Ella cae sobre la cama con las rodillas en el suelo.
-¿por qué?
-por qué, eh?. No tienes derecho a preguntármelo!
-¿por qué?
-no quiero contestarte, no me da la gana, no sabes nada!
Se fue hacia la ventana del cuarto
Retiró la gran tela a rayas que colgaba por afuera.
Entró la noche y el frío.
-tengo necesidades, tengo necesidades
Repetía en voz cada vez más baja. Quizá
trataba de convencerse
-¿qué voy a hacer ahora?
-nada, no vas a hacer nada.
Se acercó impetuoso a ella
-no vas a hacer nada. Eres mi mujer, entiendes?
Desgarra su falda
-eres mi mujer
Desgarra los encajes del cuello
-eres mi mujer
Poco a poco la despoja de su vestido
-mi mujer
Mientras su marido le va quitando la ropa, desgarrándola,
ella permanece de espaldas, el cuello arqueado, los ojos grandes
e inmóviles mirando al techo.
-¿qué voy a hacer?
Repite con toda calma, sin levantar la voz, como hablando
consigo misma, mientras su marido tiembla de odio, de furor,
metiendo el pene a golpes secos y obstinados. Su esposa gira
la cabeza y ve una raja en la puerta del armario y en la oscuridad
el brillo intenso de una pupila humedecida.
-¿qué voy a hacer mi pequeña, hija mía,
qué puedo hacer?
El reloj no se ha detenido y sobre su superficie pasan los
lentos cuerpos blandos de las aves gigantescas.
-un segundo
La niebla fría friega la superficie de madera. Un
cuerpo tirado junto al borde, le cuelga la mano sobre el agua,
los pies desnudos y los dedos retorcidos. Se acerca un hombre
vestido de blanco con larga barba.
-¿enfermo?
-no
-¿qué entonces?
-déjame- se gira sobre su piel aceitosa y abisma sus
ojos en el mar
Un niño sentado sobre sus piernas juega con una moneda
de oro. El sol se desliza sobre la blanda superficie de la
nubes como una tinta demasiado aguada.
Dentro del barco, una escalera de madera conduce a un compartimiento
comunitario. Al hacer el recodo, bajando, dos hombres se tambalean
ebrios:
-tú primero
-tú
-tú irás antes al infierno.
Una madre trata de dar de mamar a su hijo. Un anciano sin
cejas la mira, sentado, apoyando su barbilla en sus dos manos,
entrelazadas sobre un bastón.
-mi hija se muere
-no se puede hacer nada- dice el anciano, cerrando los párpados
llenos de arrugas.
-no, su enfermedad no tiene remedio- sus manos tiemblan; -quizá
si lo llevo a la luz- por un instante sus ojos se iluminan;
-es tan difícil vivir en esta penumbra.
-no son más felices los que viven en la luz- suspira
el anciano, haciendo temblar sus dientes, -y tú niña...
La niña busca a su madre tras la ventana, mirando
por el agujero del cristal.
-niña, dime qué haces
Pero ella no responde, sigue mirando, mirando
-acabará ella también como mi hijo
-eres una pequeña muy rara, ¿sabes?
-todos acaban igual
-mamá, mamá- en su voz tiemblan cables de bronce
y en sus ojos se abomba un cristal con venas que se derriten
sobre sus mejillas.
-déjeme tranquilo, siga su camino- la pierna vestida
con una media se aparta rápidamente del brazo que acaba
de pisar. Hombres medio desnudos se arremolinan, ceden el
paso con los ojos llenos de sueño bajo el cielo gris
y el frescor de la mañana que preludian los tizones
encendidos bajo los bordes de las nubes que está más
al este. –no, no, yo no sé nada; aquí
no hay nadie, sólo pobres, esclavos peregrinos y estibadores-
la mujer sigue su camino hacia el borde del agua. Pasa junto
a los restos que quedan del pabellón levantado en el
día de la sagrada procesión. Pilares de madera
sin cobertura alguna. El agua tersa se quiebra por el viento.
-qué busca esa mujer aquí- inquiere un hombre
mientras retira de su frente ladeándola hacia la nuca
un gorra negra llena de grasa, -¿quién es?
-creo que viene del Distrito!
-claro!
-gente excéntrica! Espíritus revueltos dentro
de su propia carne!
-muy cierto.
El hombre de la gorra ríe despectivamente: -mira,
está tratando de sobornar a alguien.
-no señora- un hombre sin dientes sonríe para
sus adentros y levanta una mezquina mirada llena de sombras
y reflejos lúgubres, como las aguas pútridas
de una cloaca. –No muchas gracias- con su mano huesuda
retira los billetes que le dirige la mujer. –Como comprenderá
no conozco niños-. Girándose toma delicadamente
de los hombros a una niña desnuda, con la mano acaricia
sus labios, que luego besa, con el dedo índice recorre
el contorno de uno de sus pequeños pechos, que luego
besa; levantándose, se encamina con la niña
cogida de la mano, ésta vuelve varias veces el rostro
y dirige a la mujer miradas llenas de miedo y resignación.
-no se puede secuestrar al secuestrador de niños
-déjala, ya se irá
-maldita! Cree que puede venir a conseguir algo, qué
querrá?
Apoyada sobre el borde del asfalto, mira en lo profundo de
las aguas. Ve el rostro de su hija. Lo rompe con el dedo,
lo moja y lo lleva hasta su cara, poniéndose gotas
de mar en la mejilla, la frente, el párpado, la oreja,
la punta de la lengua.
-¿qué busca, por qué está buscando...
Los hombres del fondo se levantan como cadáveres de
un cementerio. Ocultando el débil sol fresco de la
mañana, un buque de chimeneas brillantes eleva sus
columnas de humo al cielo, acercándose al muelle, como
una ballena, como un monstruo marino.
La mujer llora sobre el mar con e rostro empapado. -¿Por
qué la he perdido?
Con el paso del tiempo las cosas pierden su poder, la potencia
sexual, la consistencia, el tejido de la existencia...
En el agua se forman diminutas ondas después de caer
en ella una piedra. –Ven, sígueme-. La muchacha
coge de la mano a su hermana a la que le pesa la cabeza de
llevar la corona de hojas de papel de oro. -¿puedo
quitármela?, -luego. La trenza de la hermana mayor
cimbrea con el ritmo de los hombros desnudos. Se sienta encima
de la cabeza. –ven. La hermana pequeña se sienta
sobre sus rodillas. -¿quién la puso aquí?.
–no lo sé. Los cabellos semejan tanto la realidad
que caen en tirabuzones a ambos lados de la cara de la mujer
de piedra que se asoma al mar con una mano sobre el agua.
–A veces el dedo que tiene extendido queda sumergido.
–Sí, ya lo sé, es la marea. –Qué
lista. Le da un beso y le quita la corona de oro. –Voy
a peinarte. –Una trenza. –¿Como la mía?
–Sí. Felices, hundidas en la luz oleosa del sol
que mancha débilmente el ocaso otoñal, ambas
ríen sobre la espalda de la estatua que llora apoyada
en el borde del mar la pérdida de su hija. –Es
una piedra muy dura- dice la hermana mayor, corriendo descalza
sobre las piernas y saltando al suelo. La pequeña coloca
su oído en la piedra. –Yo ya lo he intentado
y no se oye nada. –Dicen que se oye. –Es mentira.
–Espera, lo oigo, lo oigo. –Calla y ven, es tarde.
–Lo he oído. –Claro. Y ambas caminan hacia
su casa, descalzas y frescas. La mayor triste o contrariada.
La pequeña seria, pero loca de alegría por dentro:
ha escuchado latir el corazón que según la leyenda
palpita dentro de la estatua.
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