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Miguel León Burgos



La cita

 

Paula era una joven bellísima, tenía una figura envidiable y era cortejada por los hombres debido a su gran atractivo. Trabajaba en unas grandes oficinas como secretaria y era la envidia de sus compañeras. Nunca le faltaban moscones a su alrededor que requerían su atención, ella, sabiendo su gran magnetismo, muchas veces caía en la tentación y ejercía el oficio más antiguo del mundo, no siempre quedaba satisfecha de sus relaciones y se hacía la promesa de no reincidir en aquella doble vida que tenía.
Pasó algún tiempo, y una tarde de primavera había quedado con unas amigas en la cafetería de unos grandes almacenes. El local estaba completamente lleno, pero pudo coger una mesita y se acomodó en ella con el fin de esperar a sus amigas. Se estaba haciendo tarde y nadie aparecía, así que viendo la tardanza de sus compañeras, decidió pedir un refresco para hacer algo más llevadero el tiempo de la espera. De vez en cuando miraba por los grandes ventanales que daban al interior del comercio y cuando menos se lo esperaba, el corazón le dio un vuelco, enfrente, por uno de ellos vio asomar un hombre. ¡Qué hombre!, Muy alto, bien parecido con un porte elegante y parecía dispuesto a entrar en la cafetería. Paula tenía fija su mirada en él, deseaba que entrase y quedó esperando a ver que es lo que hacía. El caballero entró y Paula se fijo en que estaba un poco indeciso, la mirada de él paseaba por el local, tratando de encontrar un sitio libre, pero no lo había. Ella pensó “Ojalá se acerque a mi mesa”, y de nuevo su corazón volvió a darle un vuelco, se estaba acercando, más cerca, más cerca, hasta que le vio de pie a su lado con una gran sonrisa en su cara, entonces oyó que le preguntaba.
-Señorita, ¿Me permite sentarme con usted? He visto que está sola y no veo ningún otro sitio libre ¿ Permite?.
Paula, le devolvió la sonrisa, mientras notaba un suave calorcito en su corazón y respondió.
-Puede, claro que puede, estaba esperando a unas amigas, pero creo que me han dado plantón.
Él se sentó sin perder la sonrisa y le preguntó.
-Gracias ¿ Qué desea tomar? La invito.
-No, nada. Estoy tomando un refresco, gracias.
-Me llamo Oscar.
-Yo Paula, mucho gusto.
Se estrecharon las manos y nada se dijeron en unos minutos, llegó el camarero y él solicitó una bebida, cuando se quedaron solos, se miraron y en medio de ellos pasó un ángel, ambos habían quedado cautivados por su oponente y sintieron que algo estaba a punto de suceder, y sucedió...
Oscar, joven de mediana edad, de buen parecer, con buena figura y prestancia, había quedado con unos amigos en aquellos almacenes, iban a comprar unos discos pero le habían dado plantón, un poco disgustado decidió subir a la cafetería para tomar algo, estaba enfadado, los amigos le habían hecho una mala pasada. Subió por las escaleras y allí se dirigió, cuando entró, pudo contemplar que estaban todas las mesas ocupadas, con cara de fastidio paseó su mirada por el local y de pronto, vio en una mesa cercana a una linda joven que se encontraba sola. Le agradó su bella figura, y aunque era un poco tímido, se acercó y solicitó permiso para sentarse, un calorcito tibio calentó su corazón, había quedado cautivado por la sonrisa de la joven y, ya no pudo apartar la mirada de ella. Sin darse cuenta la tarde fue transcurriendo lentamente, y de unas incipientes palabras llegaron a contarse sus vidas y no veían la hora de despedirse, estaban tan felices juntos... Se había hecho tarde, decidieron levantarse y salir del local, al llegar a la calle, él preguntó.
-¿Puedo acompañarte? ¿Vives muy lejos?.
-No, vivo cerca, si quieres me puedes acompañar.
No hablaron en bastante rato, muy juntos fueron caminando por las calles casi vacías, haciéndose confidencias.
-Yo trabajo de secretaria en el bufete de Sánchez y López, ahí en la calle Sagasta.
-Pues yo, soy ingeniero y tengo mi propia empresa de construcción.
-¡Qué bien! – comentó Paula – un empresario.
-No es muy grande mi firma, pero espero llegar a prosperar enseguida, tengo un buen equipo que me ayuda y vamos hacia arriba.
Siguieron caminando casi sin rumbo, pero se estaba haciendo tarde y los dos decidieron dar por terminado el paseo, ya que habían llegado a la casa de ella y era hora de despedirse.
-Bueno, me tengo que ir, mañana tengo que levantarme temprano y... – manifestó Paula – me espera un día de mucho trabajo.
-Bueno, pues tengo que despedirme, yo también madrugo mucho y se ha hecho tarde. ¿Verdad?.
Se estaban haciendo los remolones, ninguno de los dos quería dar el paso de la despedida y de repente Oscar le preguntó.
-¿Podemos vernos mañana? Me gustaría mucho volver a verte.
-Pues sí, creo que sí. Sí, me agradaría también que nos viéramos mañana.
-Pues entonces ¿Qué te parece si nos reunimos en los Viveros?.
-Me parece bien ¿A qué hora? – preguntó Paula.
-¿Qué te parece a las cuatro?. Nos podemos encontrar en el estanque de los patos.
-Bien. Bueno pues hasta mañana, allí nos encontraremos.
Se dieron las manos para despedirse y tardaron en soltarlas, y los dos cuando lo hicieron con algo de pesar, caminaron, ella entrando en el patio de su casa y él, sin dejar de mirarla, en dirección a la suya. Los dos estaban emocionados, habían quedado prendidos de su pareja y ambos deseaban volverse a encontrar al día siguiente. Cuando Paula entró en su casa, dejó el bolso en la entrada, se miró en el espejo del saloncito, se vio rozagante y esplendorosa, se miró, se remiró, y dio unos pasitos de baile de lo contenta que estaba y mientras se iba desnudando en su cuarto, entrecerró los ojos “¡Qué hombre! ¡Qué varonil!” Le gustaba ese hombre. Deseaba su compañía. Mientras estaba en el cuarto de baño refrescándose, se miró en el gran espejo de la pared, admiró su cuerpo, ni una arruga, senos firmes y turgentes, cintura estrecha, amplias caderas, una larga cabellera que enmarcaba su figura, y se vio bella, deseada por los hombres y entonces vaciló. Recordaba su otra vida secreta y le entró remordimiento, debía de acabar con eso, y mientras iba cavilando sobre qué hacer, se acostó y en sus sueños, en sus pensamientos vio a Oscar, el hombre que había llenado sus pupilas y su corazón y soñó con él...
Oscar mientras tanto iba pensando “¡Qué mujer! ¡Qué maravilla!” Y mientras caminaba hacia su casa, no dejaba de tenerla presente en su retina, había quedado cautivado por su sonrisa, por su voz, por su deliciosa figura, “¡Qué belleza de cuerpo!” Era una mujer perfecta, era la mujer que siempre había deseado amar y cuando llegó a su casa, sus pensamientos iban siempre en la misma dirección, hacia Paula “¡Qué lindo nombre, Paula!”. Estaba contento, la iba a ver al día siguiente, deseaba que el tiempo pasara aprisa, aprisa...
Y el día llegó, cada uno de los dos deseaba volver a ver a su conquista del día anterior. Y llegó la tarde, él a las tres, ya estaba en el estanque de los patos esperándola, con dudas de sí ella iba a olvidar la cita. Paseó por allí cerca, fumó varios cigarrillos, se enfadaba mucho al ver como las saetas avanzaban lentamente, dos minutos para las cuatro, las cuatro en punto y entonces su corazón estalló de júbilo, la vio acercarse por una de las veredas, la contempló con arrobo, llegaba, había cumplido su promesa. Sus miradas se encontraron, y en aquellos momentos el tiempo se detuvo, el sol brilló con más fuerza, las flores parecía que exhalaban sus mejores perfumes, en aquellos instantes sólo existían ellos y cuando sus manos se encontraron, los dos dieron un suspiro, ¡Ya estaban juntos!. Entrelazaron sus dedos y no hablaron, caminaron como sonámbulos, muy juntos, había llegado el amor para los dos.
Para la pareja el tiempo pasó entre nubes de algodón de amor, eran muy felices. Siempre estaban juntos, se hicieron novios, y su noviazgo era respetuoso por parte de él, aunque lógicamente hubo sus escarceos amorosos, la respetaba, cosa que Paula agradecía, él era un caballero y ella deseaba serle fiel siempre, aunque de vez en cuando...
No era de extrañar que los amigos de Oscar le tuvieran envidia, pero una envidia sana. Les agradaba que su amigo tuviera una novia tan bella, tan atractiva, aunque más de una vez alguno de ellos hubiera deseado que Paula fuera su novia, su mujer. Ella se daba cuenta de la expectación que causaba, trataba de vestir modosamente sin hacer ostentación de su hermosura, ella era de Oscar y de nadie más.
Y fue pasando el tiempo, bastante tiempo, y su amor estaba consolidado, era una delicia verlos pasear juntos con las manos entrelazadas y diciéndose las tonterías de enamorados. Oscar conoció a la familia de ella y a gran parte de sus amigas, que por cierto también la envidiaban a ella por aquel novio. Paula conoció a la familia de él, fue muy bien recibida, aunque a la madre...
La pareja ya hacia planes para casarse. Todo andaba sobre ruedas, eran muy felices y nada parecía que podía enturbiar aquella felicidad. Pero la voz insidiosa e insinuante de un “ buen amigo”, deslizó en los oídos de Oscar palabras que le hicieron sospechar que algo pasaba. No quería hacer caso de habladurías, pero en su cabeza sin quererlo, comenzaron a anidar algunos temores, algunas sospechas y se sintió infeliz. Sintió amargura en su corazón y aunque trataba de no creer lo que había sabido, siempre le quedaba la duda ¿Qué hacer?.
Paula no sospechaba nada de que lo que Oscar sabía o creía saber. Ella siguió con su vida sin ninguna preocupación, tenía su novio, tenía su vida y de vez en cuando, pues...
Un día, llamaron a su puerta.
-Ring, ring ringggggggggggggg.
Al abrirla, el cartero le entregó un sobre, una carta dirigida a ella, la tomó, cuando estuvo sola la abrió y pudo leer una sorpresiva misiva. En términos muy amables le estaban ofreciendo una cita, era de un industrial de Barcelona que iba a estar un día en la capital, le había hablado de ella un amigo común y deseaba conocerla. Le mencionaba una sustanciosa cifra para entregársela cuando se vieran. La citaba a una hora determinada en un hotelito cercano a la ciudad.
Paula quedó pensativa, deseaba por una parte dejar de hacer su doble vida, ahora que había encontrado al hombre que le había ofrecido un amor limpio y sincero, deseaba serle fiel. Pero por otra parte, la cifra que le ofrecía aquel industrial era muy importante y no debía despreciarla, se hizo la promesa que esa iba a ser la última vez que iba a vender su cuerpo, y con ese ánimo, sonrió para sus adentros, se sintió feliz porque iba a ser la última vez, esa era una decisión firme. No sabía quién era aquel caballero, pero parecía ser que algún conocido del pasado le había hablado de ella y ahora quería conocerla, hacer el amor, y pasar unas horas en buena compañía.“¿Cómo sería el caballero?” Se preguntaba Paula.
Conocía aquel hotelito, no estaba lejos de la ciudad y sabía que en unos minutos podría estar allí. Precisamente la cita era para aquella misma tarde, no tenía mucho tiempo y decidió arreglarse, se bañó, se perfumó y escogió un lindo vestido floreado, sacó de uno de los cajones de la cómoda un conjunto íntimo muy sexy de seda negra, sabía que excitaba a los hombres. Se lo puso, se miró en el espejo de la coqueta, y se encontró hermosa, muy hermosa y apetecible. Se puso el vestido que había escogido y luego de maquillarse, ya estaba lista para el encuentro con el caballero desconocido. A la hora exacta se encontró en el lugar de la cita, solicitó del conserje el número de la habitación del señor X, éste se la entregó y ella pausadamente subió al piso y cuando llegó a la puerta del cuarto, se miró en un espejito de mano, se repintó un poco los labios y llamó a la puerta.
Mientras esperaba que le abrieran, encontrados pensamientos cruzaban por su mente “¿Y si Oscar averiguaba lo que estaba haciendo? ¿Y si alguien le contaba cual era su otra vida? ¿Y sí, y sí?...” De verdad que se estaba arrepintiendo de haber acudido a la cita. Estuvo a punto de dar la vuelta e irse, pero la puerta se abrió y no le dio tiempo a dar un paso atrás, vaciló y... Decidida entró en la habitación, no pudo ver bien a la persona que le había abierto la puerta, ya que el resplandor del sol que entraba por el gran balcón que estaba abierto, le impedía ver con claridad, era una sombra sin rostro, pero cuando al fin pudo verla bien, le temblaron las piernas, casi le dio un desmayo, tuvo que apoyarse en el marco de la puerta para no caer. El personaje que tenía frente a ella era Oscar. ¡Oscar!.
El mundo se derrumbó a su alrededor, no pudo articular palabra y entonces escuchó la voz de él.
-Entra mujer, entra, no te preocupes, pasa. Piensa que no soy yo, piensa que soy el otro hombre que esperabas ver.
Paula se había quedado muda, aquello si que no se lo esperaba, ¡Oscar! Su Oscar estaba allí frente a ella, con una sonrisa hiriente en su rostro, con un rictus muy extraño. Quiso hablar.
-Yo, yo, yo... Yo no sabía que...
-¿Que no sabías qué?. Esperabas ver a un desconocido que te había escrito una carta pidiéndote una cita ¿No?. Esa persona que se había atrevido a escribirte un poema, incluso te había dibujado un corazón traspasado por una flecha ¿Quién creías que era?.
-Yo creía que...
-¿Quién creías que era?. Te imaginaste que ibas a encontrarte con un amante misterioso ¿No?. Que sin conocerlo te daba cita en este hotel. ¿Cómo me estás haciendo esto a mí?.
-Verás, yo recibí una carta y...
-¡Una carta! Anda, acabemos con esto, hazme el amor como lo haces con tus amantes. Te juro que hoy es la última vez que me engañas.
- Yo no sabía, yo no quería... Te quiero Oscar, yo te quiero...
Los sollozos le impidieron continuar, quiso acercarse a él, pero no pudo hacerlo, porque Oscar se separó de ella. Gemidos muy profundos surgían de su garganta, un gran temblor sacudió su cuerpo, estaba a punto de desmayarse cuando él continuó sus acusaciones.
-Han sido mis sospechas las que pensaron esta trampa y ahora es mi corazón el que se ahoga de pena, siento morir por tu engaño, por tu felonía.
Un gran sollozo le impidió seguir hablando, luego de unos segundos continuó con la voz quebrada por el llanto.
-Me has destrozado el corazón, te dejo, Paula, te dejo. Te dejo para siempre, quiero sufrir en soledad mi pena, te dejo y me marcho para siempre.
-Oscar, ¡No me dejes!. ¡Te amo!. ¡Por el amor de Dios!. Oscar te amo, no me dejes, ¿Qué voy a hacer sin ti?... ¡Oscar, Oscar, Oscar!...
Pero él no la escuchaba, salió de la habitación dando un gran portazo llorando lágrimas que le salían del corazón, lamentando ser tan desgraciado, deseando que en aquellos momentos el mundo acabara, deseando morir, deseando desaparecer. Y allí quedó Paula sollozando sin parar, su mundo había terminado, deseó morirse, lamentó no haber tenido fuerza de voluntad para evitar esa última vez, y se sintió desfallecer, pero ahora ya no había remedio, se sintió vacía por dentro, muriendo por dentro, envuelta en una terrible soledad, sin esperanzas, sin futuro...



 

 



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