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Miguel León Burgos



Sorpresa

 

Un nuevo día en la vida de Ana y Miguel. Sonaron los despertadores y ambos se despertaron sobresaltados. Ring, ring, ring... Ring, ring, ring... Miguel que es quién tiene más cerca los tres despertadores, se apresuró a apagarlos, ya que quiere que su mujercita duerma un poco más, mientras él prepara los desayunos. Se levantó despacito, apagó la luz y mientras ella toda mimosa le comentaba entre sueños.
-Amorcito, cuando esté el desayuno me despiertas.
-No te preocupes, duerme, yo me encargo de todo.
Miguel se levantó presuroso, tenía varias cosas que hacer, primero se lavó y arregló, y directo a la cocina a preparar las cosas. Llenó de agua la cafetera, puso el café en la cubitera, cortó unas naranjas, quiso hacer un zumo para su mujercita y con toda rapidez lo preparó, hizo unas tostadas, que casi se le queman, ya que estaba pendiente de que el café no se le saliera de las tacitas, calentó la leche, puso la mantequilla en la mesa y satisfecho vio que todo estaba listo. Decidió llamar a su mujer, se estaba haciendo la hora, se acercó a la cama y con voz suave la llama.
-Ana, es casi la hora y te tienes que duchar, levántate.
Ella renegando, pues aun le queda un rescoldo de sueño, se levantó y fue al cuarto de baño, en un plis plas se duchó, se arregló y cuando llegó a la cocina, estaba hecha un brazo de mar, esplendorosa y radiante, cosa que a Miguel le encanta.
-Estás preciosa Anita.
-Gracias amor, vamos a desayunar.
Los dos hicieron los honores y satisfechos se prepararon cada uno a ultimar los detalles para sus correspondientes trabajos, ella a la oficina, para ello recogió del vestidor su cartera de ejecutiva, se puso el abrigo y le ofreció la boquita a su marido, éste no desperdició la ocasión y le dio un largo y apasionado beso, ante el gesto de impaciencia de Anita.
-¡Deja, loco!, que no es hora de eso...
-¡Pero es que estás tan guapa que me...!
-Aguanta hombre, aguanta, no seas tan impetuoso por la mañana, cuando venga a la tarde nos desquitaremos. Adios mi amor, hasta luego.

Miguel se quedó un poco pachucho, estaba deseando seguir besando a su mujercita, pero comprendió que no era hora de eso, se repuso de inmediato y como todos los días comenzó su tarea de amo de casa. Recogió todo lo del desayuno, aseó la cocina y emprendió la tarea de limpiar la casa. No tardó mucho en hacerlo, ya estaba teniendo gran práctica y para él era pan comido. En una hora todo estaba hecho y creyó conveniente tomarse un descanso, así que fue a la salita y conectó la tele, daban noticias, todas malas, que sí un derrumbe, dos asesinatos, la guerra de Irak, que si esto, que si aquello. Aguanto un rato pero viendo que aquello era un cúmulo de malas nuevas, cogió una de las revistas que estaban en la mesita. Y aquella era la vida en rosa, que si aquel torero, que si la duquesa, que uno se divorciaba, el otro se casaba, en fin, una cantidad de tonterías de la prensa rosa. Eran casi las 11 y encendió de nuevo la tele, era la hora de su amigo Karlos el cocinero. Miguel se acomodó, pensando que quizás ese día podría tener alguna nueva receta para satisfacer a su mujer, esperaba algo nuevo.
-¡Tachán! Hola amigos, aquí su amigo de siempre ¿Qué tal están? Yo muy bien, y hoy va a ser un gran día, tengo buenas nuevas para todos vosotros, unas estupendas recetas que he sacado del cajón de mi abuela.
-Vamos a ver que sorpresa nos trae éste hoy – se dijo Miguel.
-Amigos, hoy voy a daros una receta que... ¡Ya, ya!, sólo de pensarlo se me hace la boca agua. ¡Veréis!. Mi abuela tenía escondida en el fondo de su misterioso cajón, una receta ¡Qué receta! Se trata nada más y nada menos que de la elaboración de... ¡Cocochas al pil pil!. Sorprendidos ¿Eh?. Nada menos que al pil pil.
-¿Qué son esas cocochas? ¿De qué está hablando éste hombre? – se dijo Miguel.
-Veréis, son muy fáciles de hacer y es un plato vasco muy exquisito. Debéis tener una docena de...
Miguel apagó la tele, no le hacía gracia ese plato tan exquisito, así que pensó que le podría hacer a su Ana un plato muy español, ¿Qué plato? ¿Una paella? ¿Un arroz al horno? ¡Difícil elección! Pensando, pensando, se decidió por uno muy valenciano, ¡Allipebre d´anguíles! ¡Que buena idea!. Pero... ¿Dónde estaba la receta esa? Recordaba que una vez la vio en un cajón de la cocina, buscó y buscó, y sí, allí estaba, leyó lo que ponía la receta y se auto-convenció de que le iba a dar una gran sorpresa a su mujer. Ella era valenciana y no se esperaría ese estupendo bocado ¡Allipebre d´anguíles! Repasó los ingredientes que le iban a hacer falta, 1 kilo de anguilas, tres dientes de ajo, aceite, pimiento rojo, agua, pan tostado, unas almendras, unas patatas ¡Qué fácil! ¡Vaya sorpresa que le iba a dar a su Anita!. Miró por los armarios y por la nevera, tenía sólo ajos, aceite y pimiento rojo y lo demás, sólo le faltaban las anguilas. Así que tenía que ir al mercado y se fue enseguida a comprar lo que le faltaba.
-¡Al buen pescado! ¡A la buena sardina! Vean, vean que fresco todo lo que tenemos - gritaba una u otra pescadera.
-Vamos a ver donde encuentro yo esas dichosas anguilas. ¿Oiga dónde venden las anguilas de la Albufera? – preguntó Miguel.
-¡Allá davant les te! – le respondieron.
El se dirigió al puesto donde tenían el pescado y efectivamente, estaban en una gran caja y pidió un kilo de ellas. La pescadera cogió un gran puñado y las puso en la báscula ¡Pero estaban vivas! Miguel retrocedió un poco asustado, parecían serpientes moviéndose y viendo la cara de susto de él, la pescadera le preguntó.
-¿Quiere que se las mate?
-Sí, por favor. ¡Pobrecitas! Yo no me atrevo.
La pescadera riendo por los gestos de Miguel, se apresuró a trocearlas y enseguida le entregó el paquete.
-Tome, aquí tiene su pedido.
Miguel medio avergonzado tomó el paquete y le preguntó algo tímidamente.
-¿Le tengo que quitar las espinas?.
-¡Ja, ja, ja! ¿Qué espinas dice usted? ¡Chicas! Mirad lo que me pregunta este señor, si le quita las espinas a las anguilas. ¡Ja, ja, ja, ja!.
Aquello fue el cachondeo padre en la sección de pescado, risas y más risas, y Miguel todo avergonzado, con una media sonrisita en su cara, se marchó de allí a toda prisa.

Cuando llegó a su casa, respiró tranquilo maldiciendo a quienes se habían burlado de él y se prometió no volver nunca más donde le habían ofendido. Ya más sosegado, se dirigió a la cocina y se dispuso a preparar la comida. Puso encima del banco, las anguilas, ajos, aceite, pimentón, y buscó una cazuela de barro que estaba en un rincón de un armario. Todo listo, leyó cuidadosamente cómo preparar el exquisito plato. Picar los dientes de ajo, para ello cogió el mortero y los picó, añadió unas almendras y unos trocitos de pan tostado, eso decía la receta. Puso una sartén en el fuego con un chorro de aceite y esperó a que se calentara.
-Ring, ring, ring – sonó el teléfono.
-¡Diga!, ¿Quién llama?
-Felicidades señor, hoy es su día de suerte.
-Felicidades ¿Por qué?
-Señor, le ha tocado un apartamento en Peñíscola, un apartamento que es suyo, le ha tocado en un sorteo especial.
-¿Qué me ha tocado un apartamento?
-Si señor, es usted dueño de un magnífico apartamento en la playa de Peñíscola.
-¡Qué bien! ¿Y ahora qué tengo que hacer?
-Pues, señor, debe venir mañana sábado a las 12 al hotel Renasa, para hacerle entrega de los documentos y debe firmarlos para que el apartamento sea de su propiedad.
-Vale, vale, mañana iré con mi esposa.
-Bien señor, hasta mañana, adios.
-¡Qué suerte! Me ha tocado un apartamento, luego llamaré a Ana y se lo diré. ¿Qué olor tan raro? ¡Caray la sartén en el fuego!.
Miguel como una exhalación fue corriendo a la cocina y ¡Oh sorpresa! el aceite ardiendo en la sartén, pudo apagar el fuego echando un paño encima de la sartén. ¡Menudo susto! Y ya tranquilizado, limpió la sartén, puso en marcha el extractor de humos y al poco rato todo estaba bien. Puso de nuevo la sartén en el fuego, añadió aceite. Puso una cucharadita de harina y otra de pimentón dulce en el mortero, lo removió todo con lo que había allí. Lavó las anguilas troceadas ¡Pobrecitas! Las rebozó con un poco de harina y fue colocando los trozos en el aceite caliente, una vez vio que estaban bien fritas las sacó poniéndolas en un plato. Lo siguiente fue trocear las patatas a taquitos, las sofrió en la sartén y una vez hecho esto, puso en la cazuela de barro las patatas, las anguilas y el aceite, le añadió unos vasos de agua que cubrió todo aquel mejunje. No se le olvidó poner unas pastillitas de caldo concentrado de pescado y una guindilla, añadió lo que tenía en el mortero y lo puso a hervir a fuego lento.
Ya lo tenía todo listo para dar la gran sorpresa a su mujercita, así que mientras el allipebre seguía su andadura, él se fue a la salita y llamó a su mujer a la oficina.
-¡Hola mujercita! ¿Cómo te va el día hoy?
-Bien, mi amor, muy bien ¿Quieres algo?
-Bueno, quiero darte dos buenas noticias.
-¿Dos buenas noticias? ¿Cuáles son?
-¡Ja, ja! Nos ha tocado un apartamento en la playa de Peñíscola.
-¿Un apartamento? ¿Cómo ha sido eso?.
-Esta mañana nos han llamado de una agencia y me han dado la noticia, en un sorteo que han celebrado no sé para qué, nuestro nombre salió y hemos sido los afortunados, hemos ganado, mi amor, hemos ganado.
-Qué bien, y ahora ¿Qué debemos hacer? ¿Nos va a costar algo?
-No mi amor, nos lo regalan.
-¡Huy, huy, huy! Ese tipo de regalo me huele mal.
-Qué no mujer que no, que no tenemos que pagar nada, lo hemos ganado en un sorteo y mañana a las 12 tenemos que ir para firmar los papeles de propiedad.
-Bueno, si tú lo dices, iremos. ¿Y la otra sorpresa?
-Te va a gustar, te estoy haciendo una comida que te vas a chupar los dedos.
-¿Qué es? ¡Dímelo!.
-No, que es una sorpresa.
-No me estarás tomando el pelo y harás una de las tuyas ¿No?
-No mujer no, he tenido mucho cuidado y es algo muy especial para ti, y cuando lo comas, entonces...
-¿Entonces qué?
-Haremos lo que esta mañana no me has dejado hacer.
-¡Qué tonto eres! Te quiero amor, hasta luego.
-Adios mi cielo, te espero con impaciencia.
Y una vez había dado las noticias a su mujercita, se arrellanó en el sofá y se echó una medio dormidita. Lo despertó un humo y unos olores que le llegaban desde la cocina y levantándose con presteza corrió como un loco, se había olvidado del allipebre que había dejado en el fuego y cuando llegó al fogón, aquello estaba hecho un carbón, todo salpicado, humos, la cocina toda sucia y se le cayó el alma al suelo. ¡Otra vez había fracasado en dar la gran sorpresa a su mujer!. Y lo peor es que se acercaba la hora en que llegaba Ana a casa y la comida...

Con gran apresuramiento, sacó la cazuela de barro medio chamuscada del fuego, al cogerla sin guantes de protección, le quemó las manos y se le cayó al suelo, y eso le faltaba, le salpicó los pantalones y lo que quedaba sin ensuciar de la cocina. Como un poseso recogió todo, limpió lo sucio, echó al cubo de la basura el resto de la comida, perfumó el ambiente y se preguntó.
-¿Qué hago de comida hoy?.
Revisó la nevera y no había mucho donde elegir, unos huevos, un poco de jamón, mantequilla, refrescos, y poco más. Tomó una decisión, ya sabía lo que iba a hacer. Recordó que en el armario del pan, le quedaban unos panecillos de hamburguesa, los sacó, quitó la parte de encima de ellos, sacó la miga y los puso en el horno para que se tostaran un poco, una vez hecho eso, los sacó y continuó con su idea. Peló unas patatas, con el rallador hizo que los trozos se convirtieran en una especie de palillos de patata, puso la sartén en el fuego con bastante aceite, y acordándose de algo, descolgó el teléfono, no quería interrupciones y siguió con su tarea. Aquellas patatas quedaron bien fritas, parecían pajuelas, las colocó en el hueco que había hecho en los panecillos, luego, con gran paciencia, frió los huevos cuidadosamente, y una vez fritos los colocó encima de las pajuelas de patata, los puso en unos platos y miró satisfecho su obra. Había colocado unos platitos con tiras de jamón y queso y unas cestitas con pan tostado y siguió con sus arreglos.

Arregló la mesa, incluso puso unos candelabros y colocó copas finas de cristal, las de las grandes celebraciones, había tenido la precaución de poner en la nevera unas botellas de vino y champañ. Arregló las servilletas colocadas en los aros de plata, los cubiertos relucientes y cuando vio que todo estaba a su gusto, entonces si pudo felicitarse por la buena idea que había tenido. No tardó nada en llegar Ana y cuando él la recibió con una gran sonrisa, temió lo peor, pero al entrar en el comedor y ver los preparativos, sonrió besando a Miguel y una vez sentados y él sacó en unas bandejitas aquellos platos, ella preguntó.
-¿Y eso qué es? ¿Qué has hecho para comer?
-Esa era mi sorpresa, te he preparado “Huevos al nido” ¿Qué te parecen?¿Te gusta mi sorpresa?.
-Sí que me gusta, desde hace muchos años que no he probado ese plato y me apetece mucho. ¡Te quiero mi rey! ¡Cómo me mimas!
-Tu te lo mereces, sabes que sólo vivo para ti. Ahora vamos a brindar. ¿Qué te parece?.
-Me parece muy bien ¿Por qué vamos a brindar?.
-Pues se me ocurre que por nuestro amor, porque siempre nos amemos como ahora, que siempre seamos felices y por nuestra salud.
-Por nuestra salud y nuestro amor.
¡Chin, chin, chin!, sonaron las copas mientras Ana y Miguel brindaban por todo lo bueno que la vida les había traído. Eran una pareja feliz y mientras iban devorando aquellos huevos al nido, se miraban mutuamente con amor y en sus mentes se estaba fraguando la idea de cumplir con lo anticipado, de una vez acabada la comida, dar rienda suelta a sus deseos de compartir sus cuerpos y... Lo cumplieron con creces.

 



 

 



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