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Miguel León Burgos



Los callos

 

Nueva aventura de Miguel en los entresijos de la cocina. ¿Qué va a pasar ahora?. ¿Qué cosa rara va a hacer para comer?

Comienza un nuevo día y de repente suena el despertador, ¡Ring, ring, ring!. Son las 6 de la mañana y el matrimonio de Ana y Miguel se despiertan sobresaltados. ¡Ring, ring, ring! Presurosa la mano de Miguel apagó los tres despertadores, no dos, sino tres y cuando estuvieron en silencio, se apresuró a vestirse, mientras ella, remolona en la cama, continuaba solazándose en la penumbra de sus ensueños.

Él, como un buen amo de casa, presuroso se levantó, acicaló y preparó el desayuno de los dos. Mientras la cafetera estaba casi lista, él oyó que Ana, su maravillosa esposa, se estaba arreglando poniéndose guapa, pronto iba a salir para desayunar y luego dirigirse a su trabajo.
Cuando Miguel la vio aparecer en la cocina, sus ojos como siempre enamorados, la miró y se dijo ¡Qué hermosa es!. Mientras sus manos preparaban el zumo de naranja, las tostadas, la mantequilla, el café con leche y mientras ella, como una reina, con gran destreza cubría sus tostadas de una ligera capa de mantequilla, Miguel, embelesado la miraba, remiraba y pensaba. ¡Qué gran suerte haberme casado con ella!.

Mientras desayunaban, se miraban el uno al otro con amorosas miradas, estaban de verdad enamorados y sabían que cada uno de ellos estaba cumpliendo un papel en su matrimonio. Ella trabajaba y él, como jubilado que estaba, debía suplir las veces del ama de casa. Y era un tácito acuerdo entre los dos, que cada uno llevaba con placer la parte que le atañía.
-¿Qué vas a hacer hoy, mi amor?- preguntó Ana.
-Pues lo de siempre, aparte de las faenas de casa, esperarte con la ilusión de todos los días.
-¿Tienes pensado qué hacer para comer?.
-Pues no sé, tenemos muchas cosas en la nevera y si no de esto haré aquello, pensando que es lo que más te va a gustar.
-Eres un cielo, amor - dijo Ana.
Miguel se infló como un globo, sólo de pensar en que su mujercita pensaba que era un cielo y se le encogía el corazón de placer. Mientras en su mente estaba pensando que plato podría prepararle a su mujercita que la hiciera feliz y de momento no tenía pensado nada especial, pero le respondió.
-Hoy, te voy a hacer un plato que tengo pensado hacerte hace mucho tiempo. Espero que te guste y en cuanto lo pruebes dirás ¡Qué buen cocinero es mi Miguel!.
Ana, desconfiando un poco de las habilidades de su marido, respondió que esperaba que le diera una sorpresa, y una vez acabado el desayuno, cogió su cartera de ejecutiva y dándole un sonoro beso se despidió con un ¡Hasta luego!

Miguel se quedó con la miel en los labios del beso de su esposa y lo paladeó una y otra vez, pero en aquellos momentos sonó el cu cú del reloj del comedor, indicando que eran las ocho ¡Las ocho!. ¡Mon Dieu! Dijo Miguel, ¡Qué me va a coger el toro!

Y frenéticamente recogió la vajilla del desayuno, la lavó, colocó en su sitio y en mente tenía como un fichero de cómo tenía que hacer por prioridades sus trabajos del hogar. Hacer la cama, recoger la ropa sucia, poner la lavadora en marcha, pasar el mocho por toda la casa, bajar al súper para hacer la compra de lo que faltaba en casa y luego de haber cumplido todo lo que tenía previsto hacer, tendió la ropa y un poco cansado se dijo que tenía tiempo de ver un poco la televisión. Y cómodamente se sentó en uno de los sillones y fue pasando de un canal a otro y de repente ¡Ay de repente! Allí frente a él estaba comenzando su programa el cocinero de la tele, Karlos Meseguer.

Miguel estaba un poco escamado por las recetas que ese singular cocinero había dado por la tele. Pero pensando que tenía tiempo, creyó conveniente en escuchar lo que aquel afamado cocinero tenía que decir. Y mientras se servía un generoso trago de ron con coca cola, se sentó cómodamente teniendo entre sus manos un block y lápiz para anotar, si es que daba alguna buena receta. Y esperó, esperó, y llegó un momento que de tanta propaganda estaba hastiado y decidió apagar la tele, pero entonces, apareció el gran cocinero, con su delantal blanco, con su gorro de cocinero (Miguel se preguntó para qué, si no tenía casi pelo) Bueno en cuanto la pantalla se llenó con aquel hombre, tan dicharachero, que todo era bueno, que si el perejil, que si todo era rico, rico, rico, y cuando la mano de Miguel estaba a punto de apagar el televisor, hubo un comentario de Karlos que hizo que no lo apagara.

Este comenzaba diciendo que ese día iba a dar la receta para preparar unos deliciosos callos, callos a la madrileña.

¡Caray! ¡“Callos a la madrileña!”. A Miguel se le hizo la boca agua ¡Callos a la madrileña!, Que buen bocado, a lo mejor tenía suerte y conseguía tener una buena receta.
-Pero, no sé, no sé – pensó Miguel - este tío me da la impresión que coge recetas de algún libro y luego nos las endilga para que nos demos un tortazo. Bueno vamos a ver que nos dice.
Comenzó el programa y Karlos muy sonriente, con su grande y hermosa cocina, impoluta, llena de sartenes, cacerolas, con sus grandes y afilados cuchillos (en los cuales él nunca se cortaba), con sus fogones que siempre parecían estar apagados, ya que cuando hacía algo, luego, casi enseguida, enseñaba lo que ya tenía cocinado. Y Miguel se estaba desesperando. ¿Cuándo empieza este tío?. En algunos momentos tuvo la decisión de apagar la tele, pero resistió un poco más, y se dijo a sí mismo, si tarda cinco minutos más, apago y me voy.
Y pensó que podría hacer para comer una sopa de fideos y luego unas pechugas de pollo asadas, pero en aquel momento, en aquel preciso momento el cocinero de la tele, Karlos comenzaba su programa, el programa de la cocina en casa, de todo rico, rico, rico.
Miguel se dijo, si no empieza ya, me voy. Estuvo a punto de cerrar la emisora con el mando, pero el cocinero de la tele, con una gran sonrisa dijo,
-Tomen nota, les voy a dar la receta, una receta exclusiva de mi abuela para hacer los callos a la madrileña. ¡Je, je, je! Esta es una receta de mi abuela que si sabe que le he dado la receta a alguien me mata. Pero bueno, mis amigos cocineros no se lo van a decir. Así que tomar nota, no lo repetiré más que una vez. Tomar nota, ahí va; Es una receta para seis personas y no os paséis, 2 kilos de callos o tripa de res, quiero aclararos que en la zona de Valencia se llama tanda, 1 kilo de morro de vaca o ternera, 1 kilo de pata de vaca o ternera, 100 gramos de tocino, 1 hueso de jamón, 1 punta de jamón, 2 morcillas, 2 chorizos, y cabeza de ajos, 1 cebolla pequeña, 1 guindilla, 1 cucharadita de pimienta blanca molida, laurel, una cucharada de harina, pimentón Páprika, perejil, de eso mucho picado. O bien podéis hacerlo de otra manera, que es otra receta de mi abuela.
-¡Ya empezamos!. Este tío nos va a mezclar recetas y al final vamos a ver lo que nos saldrá. Bueno, he tomado nota de la primera receta, vamos a ver la segunda.
En la tele, Meseguer va a dar la segunda receta para hacer otros callos a la madrileña y mientras se dirige al público, se ríe, se ríe, hace guiños y al final dice.
-Tomen nota, 1 kilo y medio de callos, medio kilo de morro.
-¿Morro de qué? ¿De quién? Me parece que voy a perder la paciencia, sigo tomando nota.
-Seguimos – dice Karlos – 1 cucharada sopera de aceite, 2 chorizos, 2 morcillas, 1 guindilla, laurel, clavo.
-¿Clavos de qué?,
-Granos de pimienta, nuez moscada, dientes de ajo picados, una cebolla, harina, 2 tomates, 1 vaso de vinagre, agua, sal
-¿Y qué más?- pensó Miguel.
-Y eso es todo, ahora que cada uno escoja la receta que mejor le convenga y que haga unos buenos callos a la madrileña ¡Ja, ja, ja!- y diciendo esto sigue en su impoluta cocina haciendo otras cosas que no son los callos a la madrileña de su abuela. Y como colofón dice riendo.
-A mi no me gustan los callos. ¡Ja, ja, ja!.
Y entonces se cierra la emisión de la cocina de Karlos Meseguer.
Miguel se quedó con un palmo de narices y vio lo que tenía escrito, analizando lo que podía hacer, y se puso en acción para dar una esplendorosa sorpresa a su mujercita.
En aquellos momentos suena el teléfono ¡Ring, ring, ring!. Descuelga el auricular y oye la voz de su mujer que le anuncia.
-Mi amor, no voy a poder ir a comer, tengo mucho trabajo en la oficina y llegaré tarde. ¿No te enfadas verdad, mi amor?.
Que podía decir, pues nada, que no se enfadaba, que como tenía tiempo de poder hacer una comida especial le contesto.
-No te preocupes, te tengo una sorpresa que te vas a chupar los dedos hasta de los pies.
-¿Qué has preparado hoy, mi cielo? Me tienes intrigada con tanto misterio. ¿Es algo como aquella famosa tortada?.
-No mi amor, te voy a preparar algo que no esperas y que te va a recordar cuando estuviste en España.
-¿Qué es? La impaciencia me está matando.
-No te lo voy a decir, es una sorpresa y esta vez, te vas a quedar asombrada del exquisito plato que te he preparado con tanto amor.
-Me tienes intrigada, bueno mi amor, tengo que colgar que va a comenzar la reunión, nos vemos a la noche. Besitos mi cielo.
Miguel, se queda un poco decepcionado por el poco interés demostrado por Ana sobre el plato que le va a preparar, así que haciendo de tripas corazón, como dispone de tiempo, se dirige a la nevera y comprueba lo que le va a hacer falta para preparar la gran sorpresa para su mujercita. ¡Los callos a la madrileña!.
-Veamos – dice abriendo la enorme nevera – en ese paquete hay unos trozos de ternera, hay un hueso de pata de cerdo, una morcilla de cebolla, y otra de arroz.
Abre un tarro que está encima de la campana de la cocina y busca laurel no hay (es igual no lo va a poner), cebollas, busca en el cesto del patio y tampoco hay, bueno es igual sin cebolla. En la receta dice de tomates, tengo aquí dos, uno de ellos bastante pocho, Habla de harina ¿Pero harina de qué?, Sólo tiene harina de maíz, y piensa que es igual. Sigue investigando, en la receta dice que hace falta tocino de jamón y un hueso. ¡Que suerte, en un cajón hay un hueso de jamón de hace unos meses, está un poco rancio, pero creo que dará mejor sabor!
-Me parece que estoy mezclando las recetas – sigue diciendo -bueno, de todas formas saldrá bien bueno mi guisote. Veamos, aquí dice que hace falta tener callos ¿Callos?. Yo tengo callos en los pies ¿Serán esos?. No me parece, así que lo que voy a hacer es llamar a la carnicería y preguntar.
-Ring, ring, ring. Contesta una voz.
-¿Quién es?- pregunta.
-Hola soy Miguel, me pueden decir si tienen callos hoy.
-Si tenemos callos, ¿Se refiere a tanda o tripas de res?
-Pues no sé, quiero hacer callos a la madrileña hoy y me faltan algunos ingredientes.
-¿Cuales ingredientes le faltan?
-Creo que tripas de res ¿Tienen?
-Si que tenemos, ¿Cuanto le hace falta?
-Creo que con 2 kilos tendré suficiente. ¿Los tienen?
-Si señor, se los reservamos a su nombre ¿Vale?
-Si, dentro de un rato pasaré a por ellos.
Y Miguel, sabiendo que prácticamente tiene todos los ingredientes para hacer el plato especial para su esposa, se pone en marcha y ya está dentro de su cocina, comienza a preparar encima de su mesita desplegable los ingredientes que le van a hacer falta, morros, chorizo, esto, aquello, tomate, las morcillas, y va revisando sus notas y se da cuenta de que le falta una de las hojas. ¿Qué le falta? ¿Qué debe hacer? ¿Le falta guindilla?. Bueno eso no es problema, tiene dentro de un bote un puñado. ¿Qué es? ¿Qué es?. Hay algo que ha olvidado y no sabe que es. Repasa su memoria y no llega a ninguna conclusión. Bueno es igual, se acuerda de casi todo, y haciéndose el ánimo coge una gran cazuela, la pone al fuego y ¡Ay!. Se ha olvidado de ir a recoger la “Tanda”, “Callos” o tripas de res, así que corriendo sale de su casa y se dirige a la carnicería, llega en el momento justo que iban a cerrar.
-Lo siento – dice- se me había olvidado venir a recoger el pedido.
-No importa, aquí lo tiene.
Miguel a toda prisa con su paquete en la mano, se dirige a su patio y ¡Ay! Se le han olvidado las llaves de casa. Menos mal que sabe que su suegra tiene una copia y llama al timbre de la casa de ella. Ring, ring, ring, ring, y nadie responde y ya desesperado insiste y una voz pregunta.
-¿Quién es?
-Soy Miguel, se me han olvidado las llaves de casa ¿Puedo subir a por las llaves de emergencia?
-Claro que puedes subir, son tuyas.
Miguel con el alma al suelo, sube en el ascensor, cuando ve que su suegra que lo estaba esperando le entrega la copia de las llaves de su casa, da un suspiro de alivio y deprisa y corriendo, sin dar casi ni las gracias, se apresura a bajar en el ascensor, recuerda que tiene en el fuego la sartén con el aceite y presiente lo peor.

Abre la puerta de su casa y lo único que percibe es un olor a aceite quemándose en el fuego y con gran apresuramiento, apaga el fuego, da un suspiro de alivio y fatigado por las corridas se sienta en un sillón. Y ahí no acaban sus preocupaciones, se ha sentado encima de su perrito que tranquilamente estaba durmiendo una siesta, chillidos, aullidos y gran susto. Cuando todo se ha tranquilizado, regresa a la cocina y de nuevo repasa los ingredientes, esto, aquello, lo otro, las hojas, el perejil, y no se olvida la pimienta y el pimentón.

Ahora el tema es verificar los pasos que hay que dar para que todo funcione a la perfección. Primero, cortar los callos a trozos grandes, se ponen con sal y vinagre, se aclaran para que se vaya el olor a vinagre, se cortan los callos a trozos más pequeños y los coloca en una olla a fuego vivo, viendo que hierve el agua, pone las morcillas, los chorizos, el tomate y todos los demás ingredientes y deja hervir todo bien hervido, muy bien hervido y se queda fatigado, muy, muy fatigado, diciéndose a si mismo que nunca más volverá a hacer ningún otro plato que recete Meseguer.

Aquello hierve que te hierve, va pasando el tiempo, una hora, otra hora y se va acercando el momento que va a llegar la reina de la casa y Miguel espera ansioso ese momento, quiere darle una gran sorpresa con su maravillosa cena. Espera y espera, al final oye la puerta del patio, es ella, es su mujer, ya tiene la mesa lista, los platos en la mesa, su corazón palpita mucho más deprisa de lo normal, y cuando Ana abre la puerta, Miguel se abalanza sobre ella y la besa con fruición y le dice.
-¡Tengo una espléndida cena para ti!. Es una sorpresa.
-¿Cuál es la sorpresa mi amor? Indaga ella.
-Sabes, siempre he recordado que has dicho que en tu viaje a España comiste un plato que te agradó mucho.
-¿Qué plato Miguel?.
-¡Sorpresa! callos madrileños, callos madrileños...
-¿De verdad corazón? Has hecho eso para mí.
-Claro, para mi mujercita, para mi nena. Ven pronto a la mesa y verás como vas a disfrutar.
Ana un poco intrigada, un poco y mucho asustada por los platos raros que prepara su maridito, con rapidez, se pone cómoda y se dirige al comedor y su nariz percibe un olor un poco raro, un mucho raro, pero no dice nada. Se sienta en la mesa y cuando su Miguel saca el puchero con la comida, el olor es cada vez más inaguantable y cuando su marido destapa la olla, Ana, sin poderlo remediar, se levanta de su asiento y le pregunta.
-¿A qué huele mi amor? Dice toda inquieta.
Miguel que no sabe que va responde.
-A que va a ser mi cielo, a mis callos madrileños que repican en la buhardilla.
-¡Que repica en la buhardilla! Di mejor que huele a alcantarilla. ¿Qué diablos has hecho?.
Miguel todo apesadumbrado le responde.
-Pues callos madrileños para ti.
-Pues huele a diablos. ¿Te pregunto? Has lavado las tripas de los callos...
¡Tierra trágame! Miguel todo inocente responde.
-¿Pero había que lavarlas?...
Qué decir del drama que se desarrolló en la casa, Ana sumamente enfadada, y Miguel tratando de defenderse diciendo.
-Sabes lo que te digo, que ese Karlos de cocina no sabe nada de nada, yo he tomado nota de lo que él decía en la tele, he seguido al pié de la letra todo cuanto ha dicho y nunca ha mencionado que se tenían que lavar esas tripas. No sabe nada de nada. ¿Sabes lo que te digo?, que otra vez lo haré mejor.

 



 

 



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