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Caballo zaino
Esta es la historia de Gabino Mendez, criollo nacido en
Chapaleufú, pueblo de la provincia de La Pampa. Su
padre era un gaucho de los nacidos sobre un caballo. Su hermosa
madre, tuvo 9 hijos, siendo el último Gabino.
Eran muy pobres y tenían temporadas de pasar mucha
hambre, ya que las cosechas que recogían de su pequeño
terruño, no eran suficiente para mantener a todos en
condiciones. Cuando Gabino tuvo 13 años, aun no había
podido ir a la escuela y no sabía leer ni escribir.
Pronto le urgió su padre para que buscara trabajo para
ayudar en la casa, lo mismo que a todos sus hermanos. Y buscando,
buscando, encontró trabajo en una gran hacienda de
Guatraché en donde se empleó como mozo de cuadra.
Era un trabajo muy duro y que prácticamente no le
dejaba tiempo libre, tenía a su cargo el limpiar los
establos, dar de comer a los más de 60 caballos y al
mismo tiempo ayudar en la cocina. Su trabajo le agradaba a
pesar de ser muy pesado y su sueño era llegar a ser
mayor para que el dueño de la hacienda, el señor
Arístides, le dejara ser uno de los gauchos que atendían
el ganado, las más de 6000 cabezas que eran propiedad
de la hacienda.
Fue pasando el tiempo, ya Gabino había cumplido sus
22 años y se había convertido en un hombretón,
sano y de gran corpulencia. El señor Arístides
lo llamó un día a su despacho y cuando se presentó,
sin casi mediar palabra, le ofreció una de las plazas
de gaucho, tanto era lo que él deseaba ese puesto,
que se quedó sin habla y solo pudo balbucear dando
las gracias. El dueño de la hacienda le dijo que estaba
muy satisfecho con su trabajo y que ese puesto se lo había
ganado con su esfuerzo.
Tan contento estaba con Gabino, que le regaló lo que
todo buen gaucho desea, sus hermosas botas de suave cuero,
negras y relucientes, un cinturón de plata recamado
de monedas del mismo metal, un poncho de suave lana gris,
y un hermoso sombrero negro de ala ancha. Como colofón
de la entrevista, le regaló un puñal afilado
de acero español, recamado y con una hermosa funda
de plata, dando por finalizada la entrevista le dijo a Gabino
que escogiera uno de los caballos de la cuadra, y que luego
se presentara al capataz, señor Bramajo Andrea. Y despidiéndose
del señor Arístides fue al despacho del capataz
y se presentó con su equipo, poniéndose a sus
órdenes.
Este lo aceptó con agrado y le mencionó cual
iba a ser sus obligaciones, lo primero debería obedecer
sus órdenes sin rechistar y luego cumplir como un hombre
con su trabajo de gaucho de la hacienda. Le señaló
un sitio en el dormitorio de los hombres y lo presentó
como el nuevo compañero del equipo. Todos se apresuraron
en felicitarlo, ya que lo conocían desde hacía
muchos años y le tenían simpatía y Gabino
se sintió dentro del grupo de aquellos aguerridos hombres.
Aquella noche casi no pudo dormir, solo pensaba que ya era
uno del equipo y que iba a tener su caballo, que iba a ser
un gaucho como todos los demás y que ya a partir del
día siguiente su vida iba a cambiar. Sin darse cuenta
se quedó dormido y se despertó con sobresalto
al escuchar fuertes voces y ruido alrededor de él.
Eran las 5 de la mañana y comenzaban las tareas diarias.
Primero un desayuno muy completo, donde cada uno podía
comer lo que deseara y Gabino luego de satisfacer su hambre,
se tomó un fuerte bol de café bien cargado.
Mientras esperaba las órdenes, uno de los compañeros
le ofreció una matera* y le dijeron que era para que
pudiera aguantar el duro trabajo que les esperaba.
Se dirigieron a la cuadra y le entregó el capataz
uno de los caballos que estaba en un extremo de la cuadra
y Gabino supo que lo iba a pasar mal, ya que ese caballo era
un resabiado y no aceptaba la montura. De todas maneras era
su caballo y lentamente se dirigió a él, mientras
sus compañeros lo miraban. Cogió la silla de
montar y muy cuidadosamente se acercó al caballo hablándole
muy quedo y con cariño. El animal volvió su
cabeza y se le quedó mirando fijamente, esperó
a que le pusiera la silla en el lomo y cuando él intentó
montar, el caballo se encabritó y no le permitió
hacerlo.
Gabino repitió varias veces el intento y luego de
insistir sin resultado, lo que hizo, ante el asombro de los
demás gauchos, fue montar de un salto a pelo, agarrándose
a las largas crines del animal. Este intentó varias
veces echarlo de su lomo, pero Gabino se había acomodado
muy bien, y en un momento dado, le clavó las rodelas
de sus espuelas en los ijares y el caballo, dado un respingo,
salió disparado hacía campo abierto teniendo
encima a su jinete. Este le dejó hacer durante bastante
tiempo y poco a poco, el animal se fue apaciguando y aceptó
al fin a su jinete.
Dirigiéndose hacía la cuadra, sonriendo y con
aire triunfador, se dio cuenta que había ganado muchos
puntos con sus compañeros. Llegado al sitio de la cuadra,
en donde antes había estado el caballo que por cierto
se llamaba Diablo, le puso cuidadosamente la silla de montar,
mientras le hablaba como a un amigo, y luego sin que el animal
hiciera ningún gesto inamistoso, Gabino montó
y salió con todo el grupo en dirección a los
pastos donde se encontraba la punta del ganado
Aquello si era un duro trabajo, reunir al ganado, llevarlos
a los pastos frescos, vigilar que no se descarriara ninguna
res y estaban sobre sus monturas de 12 a 14 horas sin casi
descansar. Pero a Gabino, le encantaba este trabajo y se fue
haciendo un experimentado Gaucho ejemplo para los demás.
Nunca se quejaba de la labor que le encomendaban y la hacía
bien, esto le permitió ganar la confianza del capataz
y llegar a ser su mano derecha, confiando en él, las
más difíciles tareas.
Fueron pasando los años y Gabino había cumplido
los 45, muchos de sus compañeros habían cambiado
de trabajo o habían muerto, pero el seguía cumpliendo
como un hombre.
Un día llegó en un transporte especial una bonita
yegua, estaba preñada y a punto de parir. El motivo
de llevarla a la hacienda era por su magnífica situación
en la Pampa, con buenos pastos y el señor Arístides
la había comprado en Chalileo, en donde hubo un mercado
de ganado y la compró bien de precio. Se llamaba la
yegua, Estrella, y era mezcla de raza árabe y shire.
Normalmente solo paren un potrillo y esto es lo que sucedió.
Una noche que se puso de parto, Gabino estuvo al lado de la
yegua, hablándole con cariño y tratando de que
el mal rato fuera cortito.
No fue fácil aquel parto, tanto es así que
luego de haber parido, la yegua murió, quedando aquel
lindo potrillo huérfano. El capataz, sabiendo que Gabino
era un hombre en quién se podía confiar, le
encomendó la tarea de cuidar al recién nacido
y prácticamente hizo de madre adoptiva. Él estuvo
siempre a su lado, le daba los grandes biberones, lo cuidaba
y protegía de los demás caballos. Le puso de
nombre Rayo Veloz.
El señor Arístides sabiendo lo que Gabino sentía
por el potrillo, se lo regaló y este fue el más
precioso regalo que nunca jamás había tenido
entre sus manos. Y a partir de ese momento, ambos, Gaucho
y potrillo fueron uno solo. Siempre estaban juntos y así
fue pasando el tiempo, mucho tiempo.
Las nieves de los años cubrieron las sienes de Gabino.
Aquel potrillo se había convertido en un caballo hermoso,
fuerte, resistente a cualquier duro trabajo y enamorado de
su amo, de Gabino. Ya el peso de los años se fue notando
en ambos, ya no salían tan veloces trotando por los
hermosos campos, ya los achaques de la edad se hacían
notar en sus cuerpos y uno de los días que estaban
reuniendo una punta de ganado, el caballo de Gabino dio un
traspié y se lesionó una pata, no fue grave,
pero prácticamente le imposibilitaba para trabajar
como lo había hecho siempre. Gabino lo llevó
a su cuadra y el veterinario le estuvo cuidando, pero ya el
mal no tenía cura.
El dueño de la hacienda, el señor Arístides,
conminó a Gabino que lo mejor sería sacrificarlo
cuanto antes, ya que retrasaba a los demás en el trabajo.
A Gabino le dio un vuelco el corazón, ni siquiera le
pasó por la cabeza el llevar al matadero a Rayo Veloz
y trató de evitar ese paso. Pero parecía decidido
el sacrificarlo y según le dijeron a Gabino, que esto
iba a suceder en pocos días.
Se sintió cansado, el mundo no le importaba nada,
solo pensaba en su amigo, su hermoso caballo, su camarada
y sintió que todo había acabado para él.
Y tomó una decisión que no comunicó a
nadie, desaparecería, se llevaría su caballo
y moriría con él cuando llegara el momento,
pero siempre juntos hasta el final, eran un solo ser y quería
que ese fuera el fin.
Estuvo en la cuadra y se dirigió a Rayo Veloz, le habló
como a una persona, le dijo lo que pensaba hacer y parecía
que el caballo lo entendía, frotó sus belfos
por la cara de Gabino como dando su aprobación. Y aquella
noche, oscura, silenciosa y sin decir nada a nadie, fue a
la cuadra, y sin ensillar al animal, solo con el ronzal, le
cubrió las patas con unos trapos para que no hiciera
ruido y abriendo la puerta, salió silencioso, con paso
tardo y hablándole tiernamente al animal, se fueron
los dos caminando, caminando, con las estrellas como testigos
y se fueron perdiendo en la distancia, lejos muy lejos y nunca
más se supo de aquellos buenos amigos, de aquellos
tan buenos camaradas y que habían decidido vivir juntos
hasta el final de sus días.
Nota del autor
Para entender lo que significa la palabra
Gaucho, habría que definirlo como vaquero de Las Pampas,
que vivieron en las verdes llanuras de Sudamérica desde
mediados del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, en
su mayoría nómadas mestizos (población
de origen indígena y europeo, principalmente español).
Eran jinetes hábiles e intrépidos, que se ganaban
la vida vigilando el ganado.
Las armas que utilizaban eran el lazo, una
cuerda con un nudo corredizo en uno de sus extremos y las
boleadoras, que es un tipo de honda, que consiste en varias
bolas de piedra o de otra materia pesada, retobadas y sujetas
a otros tantos ramales de cuerda o correa. La forma de lanzar
la boleadora era haciéndola girar sobre su cabeza y
posteriormente arrojarla hacía las patas del animal
para aprehenderlo.
La indumentaria típica del Gaucho
se componía de un sombrero plano de ala, pantalones
holgados, llamados bombachas e iban sobre las botas. Solían
llevar un amplio cinturón de cuero, incrustadas en
él, monedas de plata. Un poncho de lana y un pañuelo
de colores. También solían ir armados con afilados
puñales de ancha hoja y que sabían manejarlos
muy bien, para atacar o defenderse. También solían
llevar látigos de cuero para fustigar a sus corceles.
Los Gauchos siguen siendo una figura heroica
en el folklore, la música y la literatura sudamericana.
El vocablo Pampa significa”Llanura
sin árboles”, sin embargo, tal paisaje solo corresponde
al noreste y este del territorio. La Pampa es una provincia
de la República Argentina, que se localiza en el centro
del territorio nacional. Tiene una superficie de 143.000 kms
cuadrados.
No se puede entender la vida de un Gaucho,
sin su compañero inseparable, el Caballo. Con quien
mantiene una gran convivencia, dependiendo el uno del otro
y prácticamente no podría imaginarse un gaucho
sin su caballo.
Los conquistadores españoles introdujeron
el primer caballo doméstico en América durante
el siglo XVI, que era de raza árabe. Se cree que tanto
Hernan Cortés, como Hernando de Soto, perdieron algunos
de sus caballos durante sus expediciones, estos podrían
ser los progenitores primitivos de las manadas que hoy viven
en Norteamérica y en la Pampa sudamericana, en la región
rioplatense. La raza de caballos criados en la Pampa, es especialmente
resistente para la carrera, como caballo de caza, caballo
de tiro y muy veloces.
Entre las razas más conocidas de caballos,
están el caminador peruano, el azteca mejicano, el
paso fino puertorriqueño que también se cría
en Colombia y Perú, el falabella, que es el caballo
más pequeño del mundo, con menos de 7 manos
de alzada y por último, el criollo rioplatense, producto
de una selección natural en la que solo sobrevivieron
los más fuertes para convertirse en los resistentes
compañeros de los Gauchos.
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