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Sádica inocencia
En cuanto entró en el local comprendió que
estaba fuera de contexto, se sentía extraño
entre tanto adolescente y ciertamente un poco incomodo; la
música sonaba en el estomago, los jóvenes saltaban
y bailaban entre una maraña de luces y Juan Salcillo
pensó, no sin amargura, que a sus cincuenta años
este era el sitio más extraño para una entrevista
de trabajo que en su vida había tenido.
Como pudo se abrió paso hacia la barra perseguido
por miradas de extrañeza y nada disimulada curiosidad,
y más por gestos que con palabras preguntó por
el encargado; no estaba, no tardaría en llegar, así
que con más resignación que paciencia decidió
esperar, acodado en la barra, observando el panorama y pensando
para sí sobre si su cuerpo sería capaz de resistir
una jornada de trabajo en semejante ambiente enloquecido.
Primero fue solo un cruce de miradas, luego quizá
algo mas, pero no le cabía la menor duda de que aquella
preciosa criatura de no más de quince años,
que no estaba a más de un metro de él le miraba
con descaro; Juan esquivó, fijó su mirada en
las luces que de forma hipnótica saltaban por la sala,
pero cada vez que giraba la cabeza ella estaba allí,
rodeada de tres chicas y dos chicos mas, su mirada aparecía
clavada en él, incluso le había adivinado una
sonrisa.
Se sentía azorado, nunca habría pensado que
una jovenzuela pudiera hacerle perder la compostura de aquella
forma tan ridícula. Inútilmente cambió
de postura pues al rato sus miradas volvían a cruzarse,
y Juan de forma ingenua comenzó mentalmente a pasar
lista a sus escasas amistades, con la idea de encontrar entre
ellas a la familia de su extraña admiradora. No sacó
nada en claro, salvo el que al recobrar la conciencia ella
le miraba de forma mas fija aún, con una inocente sonrisa
salpicada de admiración.
Le pareció ridículo continuar más tiempo
con tan absurdo juego, y tomando aire se encaró a la
muchacha avanzando el escaso espacio que los separaba.
- Hola, ¿me conoces?.
- ¡Que pasa tío!, ¡déjame en paz,
vete a ligar a tu pueblo viejo de mierda!, ¡que hace
no me toqueeeeeeee!.
Incomprensiblemente la joven comenzó a gritar, y de
forma automática una lluvia de golpes comenzó
a caer sobre Juan; el estridente ¡CHUM-b, CHUM-b, CHUM-b,
CHUM-b! de la música se mezclaba con los gritos y los
golpes.
- ¡A por él!, ¡cabrón, darle mas
fuerte!, ¡viejo de mierda abusón!, ¡sacarle
a la calle y le damos más!.
Mientras un grupo enloquecido sacaba a empujones a un maltrecho
Juan fuera del local, dos jóvenes quedaban en la barra.
- ¡joder Marta tía, la que has liado en un momento!.
- ¡que guay ¿no?!
- ¡pero si el tío no te ha hecho nada!.
- ya, pero ese no vuelve más por aquí, que
se joda el cabrón, me recordaba a mi padre. |