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Perra vida
Madrid, la Gran Vía; el haberme bajado en una estación
de metro equivocada me obliga a ir caminando por la acera
en dirección a la plaza de Callao.
Camino deprisa, tanto como me permite la inmensa cantidad
de gente que ocupa la acera, ¡pero es que no trabaja
nadie en este país!, son las doce y media de la mañana
y mientras maldigo la ocurrencia de haberme bajado en la estación
equivocada me voy cruzando con turistas, jubilados, desocupados,
señoras bien, novios, jovencitos escapados del colegio
y toda una variada fauna que se interpone en mi camino.
Es tarde para mis asuntos y me empiezo a sentir agobiado
por el tiempo, el trafico es intenso y los pitidos de los
automóviles se mezclan con el murmullo ininteligible
de la gente en las aceras, sigo caminando y de repente una
visión me sobrecoge, mi estomago da un vuelco, y me
quedo parado contemplando lo que sin duda mi mente no desearía
contemplar.
En el rincón de un portal sobre un cartón,
una figura desgreñada permanece sentada con la mirada
puesta en el infinito, es una piltrafa humana, un sucio chándal
de color azul cobija lo que ya no es sino un esqueleto de
lo que algún día fue un cuerpo, su cara es la
viva imagen de la muerte; los ojos grandes, amarillentos,
destacan en un rostro que ya no es sino pellejos cubriendo
huesos, la nariz afilada con ese rasgo inconfundible que predice
el fin y la boca inexpresiva albergando los restos de lo que
alguna vez fue una dentadura. A su lado juguetea un perrillo,
casi un cachorro que distraídamente le va lamiendo
la mano inerte, frente a él una rota caja de zapatos
con dos monedas y una escueta nota escrita con rasgos temblorosos
en un papel arrugado "Tengo SIDA una ayuda por favor".
A lo largo de mi vida he visto muchos mendigos, pero he de
reconocer que la visión de este hombre me sobrecogió,
su rostro aún no ha desaparecido de mi memoria. Instintivamente
metí la mano en mi bolsillo mientras en mi mente se
agolpaban pensamientos, realmente no entendía para
que le podían servir unas monedas, este hombre lo que
necesitaba era un hospital o mas bien un lugar donde terminar
con dignidad su trágica existencia, ¿por qué
la vida, por qué esta sociedad era tan cruel?, ¿por
qué el ser humano podía degradarse hasta terminar
así?. De repente una voz me apartó de mis pensamientos.
- ¡Hay pobre! ¡pero como te tienen así!
Volví mi cabeza y detrás mío una señora
mayor avanzó decidida hacia el mendigo. Renació
de nuevo en mi la confianza en el ser humano y maldije mi
indecisión, mientras yo me perdía en vanos pensamientos
la señora parecía resuelta a tomar una iniciativa.
Con resolución llegó hasta el mendigo y tomando
al cachorro entre sus brazo comenzó a acariciarlo y
entre mimos le decía.
- ¡Pobrecito!, ¡tan chiquitín!, ¡
como te tienen aquí en la calle!, si este no tendrá
ni para darte de comer, seguro que ni te han vacunado, que
barbaridad, ¡Haaay que bonito el perrito!, ahora te
traigo algo para que comas, ¡ que cosita tan linda!.
Asqueado, abochornado o simplemente abatido, arrojé
un par de monedas en la caja y con paso lento continué
caminando por la acera, con la amarga sensación de
pertenecer a la especie mas absurda de la creación. |