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El bocadillo de tortilla
Eduardo Salcillo tenía hambre, casi todo el mundo
tenía hambre en Madrid en aquel otoño del 41,
hambre y frío en aquella ciudad herida por la guerra
que a duras penas intentaba rehacerse.
A sus diecisiete años Eduardo trabajaba por un sueldo
de miseria como peón en una obra y tenia hambre, hambre
enquistada de tres años de guerra y una posguerra eterna.
Pero aquel día iba a ser distinto, sí, era su
cumpleaños y él lo iba a transformar en algo
inolvidable.
Cada día al terminar el trabajo a la caída
de la tarde y mientras se dirigía a la parada del tranvía,
Eduardo pasaba por la puerta del más famoso bar del
barrio de Lavapiés, el que hacía la mejor tortilla
de patatas de todo Madrid, y Eduardo sufría, sufría
mientras miraba por el cristal como esa tortilla cogía
consistencia en la sartén, cómo con maestría
era volteada, recogida con esmero en su justa forma y finalmente
era depositada en un plato sobre la barra del bar; mientras,
por la rejilla superior de la ventana escapaba un inconfundible
aroma que levantaba las pasiones intestinas de Eduardo y llenaba
su boca de saliva.
Y cada día tras esta ceremonia continuaba su camino,
pensando en que tal vez un día dejaría de comer
la insípida sopa con que malvivía en casa de
su tía, en que tal vez un día llevaría
ropa sin remiendos, en que tal vez... , hasta que un día
tomó una decisión, ¿y por que no?. Decidió
que en adelante no tomaría el tranvía, caminaría
cada día los seis kilómetros que lo separaban
de Carabanchel, ahorraría ese dinero y así el
día de su cumpleaños colmaría su ilusión,
se comería un bocadillo de tortilla.
El día había llegado y Eduardo se dirigía
nervioso hacia el bar, desde el comienzo de la calle aquel
aroma turbador comenzó a acelerar sus jugos gástricos,
su boca se relamía con anticipación crispada,
con paso decidido llegó a la puerta del ansiado lugar,
la abrió, pasó al interior y con nada disimulada
satisfacción dijo:
- ¡Un bocadillo de tortilla, por favor!
- ¡¡Maaarchando uno de tortilla!!, ¿qué
va a beber el señor...?
- Nada, nada, solo el bocadillo para llevar.
Tenía el dinero justo, ni un céntimo más,
y el solo quería ese bocadillo, con esa tortilla esponjosa,
jugosa, calentita, desprendiendo ese aroma a huevo, a aceite
, a patata tierna, frita en su justo punto, entre dos trozos
del mejor pan, crujiente por fuera, blanco por dentro, placer
de dioses que él iba a gozar...
- Aquí tiene, su bocadillo, envuelto para llevar.
Eduardo pagó y salió a la calle con su preciado
tesoro entre las manos, avanzó dos pasos y comenzó
a desenvolverlo, estaba caliente, olía como solo la
gloria pudiera oler, abrió la boca con decisión
y...
Su mirada quedó clavada en los dos crios que sucios
y desmañados hurgaban entre la basura de la caja que
estaba en la acera, hijos de la guerra y la miseria que con
destreza separaban las mondas de patata del resto de la basura
y las introducían en una sucia y raída talega.
Eduardo cerró la boca, cerró los ojos, los volvió
a abrir, tomó aire y mientras sus manos partían
el bocadillo, dijo con trémula voz:
- ¡Eh chavales!, venga que hoy es mi cumpleaños,
la cena la invito yo. |