| ¡Encará,
Demián!
Mis ideas suicidas datan, si mal no recuerdo, de hace cinco
o seis meses. Pero que empezaron a pisar con pie firme en
mi cabeza no hará más que unas pocas semanas.
Al principio jugueteaba con el asunto imaginando métodos
cinematográficos para concretar mi mortal designio.
Me veía a mí mismo cayendo desde la cumbre de
un edificio de cien pisos o volando al vacío como parte
de un comando kamikaze. Pero después empecé
a sopesar sistemas más atinados a los propósitos
suicidas de un tipo como yo, nacido en las calles de Montevideo
y no en los altares de Hollywood.
No fue sino aún más tarde cuando mis mortíferos
pensamientos se proyectaron más allá de mi fuero
interno y me dispuse a compartirlos con mi esposa. No tenía
claro si deseaba o no hacerlo; pero, por si acaso, quería
conocer su opinión.
Se lo dije con cuidado, ya que uno nunca sabe cómo
pueden caer estas cosas. Creo que el introito fue excesivo,
porque luego que le dije:
-Estoy pensando en suicidarme.
Ella suspiró aliviada y me respondió:
-¡Qué susto me diste! Creí que le había
pasado algo a mamá.
-Es que no sabía si ibas a estar de acuerdo –me
excusé.
Me dio un cálido beso en la boca, y luego agregó:
-Siempre dije que voy a apoyar cualquier proyecto que emprendas.
Y, ciertamente, ella ha estado conmigo en todas las grandes
decisiones. Pero esta vez era diferente. No sólo era
una decisión importante. También era bastante
delicada. Al fin de cuentas, uno no se suicida todos los días.
Su reacción me dejó, no obstante, un saldo de
duda. No sabía si estaba realmente de acuerdo conmigo
o si sólo se disponía a respetar mi determinación,
mal que le pesara.
Le hice saber mi inquietud.
Me dio otro beso, esta vez en la mejilla, y con una sonrisa
en los labios me dijo:
-Bobito. Sabés que yo quiero lo mejor para vos. Y si
eso significa estirar la pata, bienaventurada sea esa estirada
de pata.
-Pero ¿y vos? ¿Qué va a ser de vos sin
mí? –le pregunté, haciendo entrever un
dejo de preocupación.
-¡Qué cabecita! ¿No será todo esto
un reflejo de tu propio miedo? ¿No estarás buscando
excusas en los demás para ocultar tu propio temor al
más allá?
-Sí, puede ser, pero... –balbuceé.
-Es normal, mi amor. ¿A quién no le pasa? Nadie
sabe qué carajo hay del otro lado. Pero el miedo no
puede paralizarte.
-Sí, pero... ¿y nuestro hijo? ¿No pensaste
en nuestro hijo?
No le podíamos hablar del tema a nuestro pequeño
Martín, quien sólo tiene tres años y
no iba a entender un corno de lo que hablábamos.
-No le busques la quinta pata al gato –dijo, fastidiándose
un poco- ¿Cuántos niños hay que crecen
sin una figura paterna? Entiendo que veles por el bienestar
de nuestro hijo, pero tampoco es bueno que lo sobreprotejas
tanto. Tenés que dejar de hincharle tanto las bolas
al gurí.
-Sí, es cierto, pero... –empecé a decir,
pero no dije nada más.
Al día siguiente, y luego de andar zigzagueándole
al tema una y otra vez en mis sesiones de psicoanálisis,
me decidí a tratarlo. Mi terapeuta fue más cauteloso
que mi esposa, y me instó a poner el freno de mano.
-Pensalo. –me dijo- No te apures a decidir. Porque esta
es una de esas decisiones que no tienen vuelta atrás;
salvo, claro está, que se trabe el tiro, se rompa la
cuerda o algún imbécil cierre la perilla del
gas.
Le expliqué que la idea venía rondando en mi
cabeza desde hacía ya algún tiempo y que todavía
no había logrado tomar ninguna determinación.
-Hacés bien. Tomate todo el tiempo que sea necesario.
Tené en cuenta que estás a punto de tomar la
que puede ser la última gran decisión de tu
vida.
Cuando salí no tenía las cosas más claras.
Pero había vencido la reticencia a expresarme al respecto.
Es como el sexo: una vez que uno se anima a hablarlo, lo habla
hasta con los árboles.
Así que cuando el fin de semana siguiente nos reunimos
en el tradicional almuerzo dominguero con mi padre y mis dos
hermanos les pude decir sin titubeos:
-¿Saben? Creo que voy a suicidarme.
-¡Hay que tener agallas para eso! –aclamó
papá, con admiración.
-Sí, pero no te precipités –atenué
yo-. Todavía no tengo nada resuelto.
-Cuando lo hagas, avisame. –me pidió uno de mis
hermanos- Desde chico, siempre soñé con asistir
a un suicidio. Mamá sólo nos llevaba a conciertos
de música clásica.
-¡Por fin algo emocionante en esta familia de seres
opiáceos y aburridos! –exclamó mi otro
hermano.
Como mi madre no había ido a la reunión, a la
noche me conecté y le mandé un mail.
La noticia se expandió como reguero de pólvora
y ya no podía salir de casa sin que alguien me hiciese
un comentario. Algunos se sorprendían de verme, como
si supusieran que ya era boleta. Otros se apuraban a reclamarme
algún dinero que les debía. Estaban los que
me contaban historias de allegados suyos que se habían
suicidado, algunos sin escatimar en detalles escabrosos, o
bien me daban consejos para la mejor concreción de
mi designio suicida.
Mis amigos estaban muy entusiasmados con la novedad. Desde
el cambio de sexo de Adrián (ahora Adriana) a fines
del año pasado, nadie tenía algo interesante
para contar.
Justamente, fue Adrián quien me dijo:
-La idea es cool... pero no te apresures. No te vaya a pasar
como a mí, que me cambié de sexo para levantarme
a una lesbiana y la tipa jamás me registró.
-Mirá –dijo Martín, notando un gesto de
preocupación en mi rostro-. Por nosotros no te quemés.
Si decidís hacerlo no te vamos a echar de menos. Pero
en el caso que optes por vivir, sabés que podés
contar con nosotros igual que hasta ahora. Para lo que quieras.
Y Yamila, la enana Yamila, me dijo:
-Mi papá tiene una Magnum 44. Si querés, se
la puedo pedir. Es de esas que te pegás un tiro y te
vuela la sabiola como de aquí a la Antártida.
-Yo creo que si lo vas a hacer te conviene algo rápido
y eficaz –complementó Luciano-. Lo que dice Yami
está bien. Un tiro en la boca es certero y veloz. Nada
de esas pajerías como dejar abierta la llave del gas
o cortarte las venas. Eso casi nunca funciona.
-Que no va a funcionar... –discrepó Joaquín-
Mi hermana abrió la llave del gas y le fue bárbaro.
No sólo se murió ella; también palmaron
los del 303.
-Sí, tá. Pero no es seguro y lleva tiempo. En
cambio con la pistola es sencillo: un bang y listo: a la puta
que lo parió.
-Yo qué sé. Me parece demasiado simplista –acotó
Joaquín.
-Loco, ¿qué problema hay con que se pegue un
tiro? –se metió Martín.
Yamila intervino:
-Bueno, muchachos, dejemos que sea Demián el que decida.
Al fin de cuentas es él quien se va a suicidar.
-¡Pegate un tiro, Demián! –exclamó
Luciano.
-¡Nada como inhalar gas antes de morir! –sostuvo
Joaquín.
-Chicos. No se apresuren, todavía no tengo nada decidido
-dije.
-Bueno, pero en el caso que... –empezó a decir
Joaquín.
-Yo estoy de acuerdo con Luciano –dijo Martín.
-Yo creo que los dos tienen un poco de razón –opinó
Yamila-. El tema es qué tipo de muerte quiere Demián.
No es lo mismo una muerte rápida como la que propone
Luciano que la lenta agonía que pregona Joaquín.
-¡Haceme caso, Demián! ¡Un tiro no falla
nunca!
-¡Me va a hacer caso a mí, te apuesto! –le
desafió Joaquín.
-¿Cien dólares? –propuso Luciano.
-Tengo sólo cincuenta.
-Hecho.
El gran tema era que se había generado una bola de
rumores imposible de parar. Las voces populares me habían
ya matado de todas las formas posibles. Empecé a sentirme
presionado. Porque lo cierto es que aún no tenía
nada resuelto. Seguía balanceando los diferentes aspectos
de la cuestión y no llegaba a nada. La familia, los
amigos, todo pesaba. Pero, al fin de cuentas, no eran más
que excusas. Pretextos, me decía yo. ¿A quién
querés engañar, Demián? Lo que te atemoriza
es ese momento. ¿Verdad? Y después, ¿qué
habrá después? ¿Quién tiene razón?
¿Los católicos? Si ellos están en lo
cierto, entonces estás perdido. Has violado todos los
mandamientos; excepto el que dice No mencionarás el
santo nombre de Dios en vano. Ese no lo habías violado
hasta ahora, que mencionaste su santo nombre en forma completamente
inútil, sólo para decir que jamás lo
habías mencionado. Si serás imbécil.
Ahora sí que estás listo. Salvo que te confieses,
claro. ¿Y si existe la reencarnación? Eso sería
duro de afrontar. Tener que volver a pagar por todo el daño
que causaste en esta vida. Y eso sin contar las vidas anteriores.
Pero las otras están muy detrás y no sabemos
qué hay de ellas. Lo que nos preocupa es esta vida.
Tampoco es que esté plagada de actos terribles. Recordá
cuando salvaste aquel gato. ¿Te acordás? Se
moría. Lo pisaba el auto si no te parabas delante de
él, en medio de la calle, y obligabas al conductor
de aquel Renault 2000 a desviarse y estrellarse contra una
columna. Murieron todos; pero el gato se salvó. Era
blanco y negro. Después lo mataste de hambre. Pero
ese último tramo de vida fue vida que vos le diste,
Demián. Fue una bendición tuya desde el momento
en que lo salvaste de una muerte segura en aquella esquina
de Bulevar Artigas y Colorado. ¿Quién puede
castigarte por poner plazo límite a una bendición?
Y están los que murieron en el auto. Eso fue un accidente.
Vos querías salvar al gato. Pero no por eso vamos a
decir que estás libre de homicidios intencionales.
Acordate de tu tía Eustaquia, que en paz descanse.
Cómo la asesinaste, hijo de puta. Y también
has cometido violaciones, secuestros, raptos, extorsiones,
copamientos, hurtos simples y agravados, rapiñas, atentados
violentos al pudor, lesiones graves, profanaciones de tumbas,
difamaciones e injurias, desacatos, ultrajes públicos
al pudor, instigaciones públicas a delinquir y quién
sabe qué más.
No, mentira. Sabés bien que es mentira. No serías
capaz de hacer nada semejante, por más que has pasado
horas y horas de tu vida tramando sangrientas venganzas, descomunales
atrocidades y actos diabólicos. Pero jamás fuiste
capaz de realizarlos. ¡Ni siquiera fuiste capaz de terminar
con ese estúpido gato! Tuvo que morir de viejo ese
hijo de puta.
A la mañana siguiente volví a ver al psicólogo.
Le dije que había tomado una decisión.
-Voy a hacerlo.
-¿Lo pensaste bien?
-Sí... Me pasé todo el tiempo meditando acerca
de eso. Hasta evalué los métodos. Me di cuenta
que una muerte brusca no la resistiría. Tampoco una
agonía lenta. Creo que voy a tomar veneno. Es lo único
que funcionaría, en mi caso.
-Te veo muy decidido –dijo el psicólogo-. Estás
demasiado consustanciado con la idea de envenenarte, por lo
que creo que te voy a dar pase a psiquiatra.
Me recomendó el nombre de un psiquiatra y me dijo que
lo fuera a visitar en la tarde. Me extendió el pase.
Le hice caso.
-¿Estás seguro que querés suicidarte
o se trata sólo de un arrebato pasajero? –fue
lo primero que me preguntó el psiquiatra.
-Completamente seguro -respondí.
-¿Lo has hablado con amigos y familiares? ¿Apoyan
tu decisión?
-Mi madre aún no me respondió. El resto, por
lo general, sí.
-Está bien –concluyó.
Tomó el recetario y comenzó a escribir en él,
pero de golpe se detuvo, como recordando algo.
-¿Sos alérgico? –me preguntó.
-No, ¿por qué?
-El cianuro está contraindicado para alérgicos.
-¿Por?
-Se podrían brotar.
-Bueno... total, me voy a morir.
-Sí, claro. –asintió el psiquiatra- Pero
no olvides que el velatorio es la última oportunidad
de dejar una buena impresión.
-Está bien. De todos modos, no soy alérgico
–le repetí.
Me dio la receta para una dosis de cianuro. Antes de que me
fuera me dijo:
-Vení a verme dentro de quince días... –y
enseguida se retractó- Perdón, no dije nada.
Cuando llegué a casa no estaban ni mi mujer ni mi hijo.
Sobre la mesa de la cocina había un papel que decía:
“Fui con Martín a lo de mi hermana. Si te matás,
llamame. Te quiero. Ceci.”
La llamé. Le comenté mi decisión. Luego
nos dijimos todas esas cositas lindas que se dicen las parejas
cuando van a separarse a causa del suicidio de uno de ellos,
y nos despedimos.
Revisé el correo por última vez. Lo que son
las cosas. Mamá había escrito. Me decía:
“Hijo mío: Si recibís este mail es porque
aún no has tomado la decisión que viene rondando
en tu cabeza, según has dicho, desde ya hace un buen
tiempo. En primer lugar, debo disculparme por no haberte respondido
antes. He estado muy ocupada últimamente, casi ni he
tenido tiempo de sentarme frente a la computadora. De todos
modos quiero decirte que voy a estar apoyándote en
cualquier decisión que tomes y que podés contar
conmigo para lo que quieras. Estás a punto de dar un
gran paso en tu vida, y aunque ese paso sea hacia fuera de
ella me pone orgullosa saber que estás encarando la
situación con madurez. Y te digo una cosa: es normal
que dudes. A quién no le pasa. No es algo que se decida
a las apuradas, hay que tomarse su tiempo. Tu primo Valerio
estuvo cinco meses para hacerlo. Y mirala a tu tía
Hortensia, todavía sigue que sí, que no...
Te voy a pedir que me tengas informada acerca de cualquier
cosa que decidas. Mandale muchos besos a Ceci y a Martincito.
Te quiero.
Tu mamá”
Le respondí en el acto. Le dije que había tomado
la decisión y que lo iba a hacer. Un par de horas después,
aquí estoy, escribiendo estas líneas, por si
alguien quiere leerlas. Pero ya acabo. Allí está
la píldora que me transportará... ¿hacia
dónde? ¿Cómo será ese momento?
¿Me encontraré con los que se fueron antes?
¿Arderé en el infierno? ¿Me darán
otra vida; aquí o en alguna parte? Ahora lo vas a saber,
Demián. Se terminó el tiempo de la especulación.
Estás metido hasta el caracú con todo esto,
pero para bien o mal ya todo va a terminar. Tenés que
encarar. ¡Encará, Demián! ¡Encará!
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