Qué es Estandarte | Sugerencias | Política de privacidad | Nos recomiendan | Boletín gratuito
  LEER
 · Poesía
 · Relato
 · Novela
 · Ensayo
 · Teatro
 · Tesis
 
  CRÍTICA
  CONCURSOS
 · Regalos y sorteos
 · Certámenes
 · Nuestro patrocinio
 
  PUBLICAR
 · Formulario
 · Tarifas
 
  RECURSOS
 · Enlaces
 · Guía de editores
 · Propiedad intelectual
 · Otros
 
  TIENDA LIBROS
  FOROS
  BOLETÍN
 · Altas y bajas
 · Últimos boletines
 
  PARA EDITORES
  PUBLICIDAD
 · Tarifas y ofertas
 · Intercambio de banners

 

  LEER Relato  

Luz Maneiro



Ese triste silencio

De pronto comprendí que estaba muerta. No importaba que siguiera moviéndome, haciendo infinidad de cosas a la vez o sucesivamente, desempeñando mil actividades distintas. Estaba muerta.

Me pregunté desde cuando había dejado de oírme, de sentirme a mi misma entre todo lo que me rodeaba. Desde cuando aceptaba sin revelarme esta vida sin sueños, sin deseos y sin esperanza. Miré hacia atrás buscando algo que realmente me hubiera apetecido hacer o algo que hubiera deseado intensamente. Nada me importaba. Nada especialmente quería ver o hacer. Sólo sentía un vacío enorme dentro de mi, sólo un triste silencio. Me confesé que, quizá, hasta estaba contenta de ser solo un friegaplatos, una lavadora, un contestador automático o poco más.

Miré mi cara en el espejo y no me reconocí. Era una cara dura, inexpresiva, distinta, como si ya llevara encima mi cadáver, ni siquiera el mío, el cadáver de otro. Seguía moviéndome, sin embargo, como esas aves que ya decapitadas corren todavía. Yo así también. Pero ¿Era Esto vivir?

Nada tenía sentido bajo este sol ardiente. Nada, salvo, quizá, esta certeza de que a pesar de todo hay que seguir, pero sin saber hasta cuando y para qué. Me gustaría decirme que debo vivir para ellos, pero los quiero demasiado para hacerlos así culpables de mi vida. Tal vez para los otros, para los que se sienten solos aunque esté la calle llena de gente, de caras desconocidas, incluso la mía reflejada en los cristales de las tiendas bajo rótulos sin sentido. ¿Es esa mi frente, tan llena de arrugas? Y ¿Mi boca, se prolonga así hacia abajo con esos surcos profundos? Sólo yo no sonrío esta mañana. Sólo yo estoy inmóvil bajo el calor, viendo pasar alegres las muchachas con los senos puntiagudos bajo las blusas ligeras. A los hombres enseñando los torsos oscuros por las camisas entreabiertas. Pero ya no me importa, ya no.

Me hirió el sol en la cara como una espada. El piar de los pájaros fue como un insulto para mi y los gritos de los niños una agresión. Me ensordeció el ruido. Me detuve indecisa al borde de la calle, aturdida por un griterío inesperado. Pasaron unos hombres. Sonaron unos disparos y desde un coche arrojaron un objeto que vÍ caer a mis pies. Un pequeño objeto que corrió por la acera como un ratón siniestro. La gente huyó gritando. Yo no pude moverme. Me quedé quieta mirándolo fijamente. Comprendí, por fin, que aquello que tenía ante mi era la muerte. Que en una o dos décimas de segundo iba a convertirme de verdad en el cadáver que antes creía ser. Y clarísimamente sentí que todo iba a acabarse para siempre.

Miré al cielo, era tan azul esta mañana. Y el árbol más próximo, tan dorado. Estábamos, pues, ya en otoño. VÍ los niños atónitos en la acera de enfrente con sus ojitos tiernos, espantados y la gente con el horror en la cara y los pájaros que interrumpieron su canto. Todo suspendió la vida en ese instante, menos yo que empecé a vivir de nuevo ahora que de verdad me iba a morir. Y volví a oírme en el silencio que me rodeaba y a sentir el mundo en mi y en torno a mi y supe exactamente lo que estaba a punto de perder, lo que había desaprovechado tontamente.

¡Dios mío! ¿Por qué ahora?

Comprendí que ya nunca volvería a tenerle entre mis brazos y lo desee como nunca. Se me hizo patente la belleza de todo lo que me rodeaba. Recordé la tierra donde había nacido y el mar. Pensé en vosotros y supe, entonces, que me había equivocado en el modo de quereros, que yo misma me había convertido en vuestro robot, pero yo sola y nadie tenía la culpa. Yo sí, por no haber puesto el corazón, también, en las cosas que hacía.

Descubrí todo lo que me rodeaba, todo lo que antes no había valorado y ¡Era todo tan bello! Había estado viviendo entre las cosas, mirándolas sin verlas. olvidando la belleza del mundo: ¿Cómo sería Italia? ¿Y el Partenón a la luz de la luna o bajo este sol ardiente que antes me hería?

Fui consciente, cruelmente consciente, de todo lo que había desperdiciado, como si no existiera, y que ya no iba a conocer. Sentí una nueva pena por mi misma y por los que como yo viven ya muertos.

Quise detener el tiempo y volver hacia atrás. Recordar vuestras caras de niños, la belleza del campo en primavera o la nieve cayendo en silencio y cubriéndolo todo dulcemente. Me envolvió la luz dorada de los atardeceres de verano y sentí de nuevo la lluvia, la refrescante lluvia, la mansa y olvidada lluvia de mi infancia.

Intenté gritarlo a todos los que me miraban desde lejos, con el horror pintado en sus caras y que empecé a reconocer. Allí estaba el lechero, ¿Cuánto tiempo hacía que no le preguntaba por su hijo enfermo? Y el tendero ¿Sería ya abuelo? Y la panadera llorando desconsoladamente. Me di cuenta que nunca había estado sola y que siempre me había rodeado el cariño de la gente.

Abrí la boca para decirles todo lo que estaba pensando y que como un relámpago había pasado ante mi en aquel momento. Para pedirles que se alejaran, que se pusieran a salvo. Pero solo lancé un grito terrible que me dio la medida de mi propio miedo.

De pronto me envolvió un torbellino, que pareció elevarme y derribarme al mismo tiempo. Sentí un vacío enorme dentro de mi, un temblor profundo, como si toda yo me fuera deshaciendo en planos, atraída por una fuerza irresistible al centro de la tierra. Me fui olvidando, perdiendo la conciencia, dejando de ser. Con una sensación casi feliz y hasta gozosa. Como un acto de amor querido y consumado plenamente. Me di cuenta de que estaba llorando por mi vida perdida, hacía tanto tiempo, sin haberla vivido, sin haberla conocido siquiera y que ahora recobraba cuando era demasiado tarde. Y humildemente pedí perdón.

Recorrí con la mirada húmeda el trecho de la calle que tenía delante por la que tantas veces había arrastrado, con desgana, los pies y sobre la que ahora hubiera querido volar de forma distinta a la que estaba a punto de hacerlo.

Me inundó una ternura inútil por todo lo que veía. Temblaba toda yo de amor, de una amor tardío, desaprovechado, de un amor total por todas las cosas, por todas las personas, hasta por aquel objeto extraño que había caído a mis pies y que me iba a dejar sin nada, hasta sin mi pobre cadáver anticipado.

Rompió el silencio un sonido de sirenas ululantes. Sobrevoló, como un buitre hambriento, el helicóptero incansable. Y por fin un estallido liberador estremeció el aire.

Alguien reivindicó aquella tarde el atentado.



 

 



  Obras de este autor

· Nocturno
· El cuento de Juan
· El Ter
· Ese triste silencio


· Critica esta obra
· Lee otras críticas


  Autores

  . Aguirre Franco, Rafael
. Álvarez Ansina, Nuria
· Arévalo Cruz, Antonio
· Arévalo Cruz, Antonio (II)
· Arévalo Cruz, Antonio (III)
· Carbajosa Gómez, Miguel José
· Castillo Escobar, Juana
· Castillo Escobar, Juana (II)
· Claure, Roy
· Claure, Roy (II)
· Dell’Acqua Pedreira, Alvaro Antonio
· Echarri Fernández, Carlos
· Fernández Aredo, Paloma

· Ferrer Alonso, Montserrat

· Figuerola Manso, Jaime

· Gnatiuk, José

· Iglesias Fouce, Luis

· Iglesias Fouce, Luis (II)

· León Burgos, Miguel

· León Burgos, Miguel (II)

· León Burgos, Miguel (III)

· Lucas Buñuel, Alfonso de

· Maneiro, Luz
· Nicolás Cabrero, Enrique Eloy de
· Santiago, Carlos
· Yago Escorial

 

 

 


© Estandarte.com