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Ese triste silencio
De pronto comprendí que estaba muerta. No importaba
que siguiera moviéndome, haciendo infinidad de cosas
a la vez o sucesivamente, desempeñando mil actividades
distintas. Estaba muerta.
Me pregunté desde cuando había dejado de oírme,
de sentirme a mi misma entre todo lo que me rodeaba. Desde
cuando aceptaba sin revelarme esta vida sin sueños,
sin deseos y sin esperanza. Miré hacia atrás
buscando algo que realmente me hubiera apetecido hacer o algo
que hubiera deseado intensamente. Nada me importaba. Nada
especialmente quería ver o hacer. Sólo sentía
un vacío enorme dentro de mi, sólo un triste
silencio. Me confesé que, quizá, hasta estaba
contenta de ser solo un friegaplatos, una lavadora, un contestador
automático o poco más.
Miré mi cara en el espejo y no me reconocí.
Era una cara dura, inexpresiva, distinta, como si ya llevara
encima mi cadáver, ni siquiera el mío, el cadáver
de otro. Seguía moviéndome, sin embargo, como
esas aves que ya decapitadas corren todavía. Yo así
también. Pero ¿Era Esto vivir?
Nada tenía sentido bajo este sol ardiente. Nada,
salvo, quizá, esta certeza de que a pesar de todo hay
que seguir, pero sin saber hasta cuando y para qué.
Me gustaría decirme que debo vivir para ellos, pero
los quiero demasiado para hacerlos así culpables de
mi vida. Tal vez para los otros, para los que se sienten solos
aunque esté la calle llena de gente, de caras desconocidas,
incluso la mía reflejada en los cristales de las tiendas
bajo rótulos sin sentido. ¿Es esa mi frente,
tan llena de arrugas? Y ¿Mi boca, se prolonga así
hacia abajo con esos surcos profundos? Sólo yo no sonrío
esta mañana. Sólo yo estoy inmóvil bajo
el calor, viendo pasar alegres las muchachas con los senos
puntiagudos bajo las blusas ligeras. A los hombres enseñando
los torsos oscuros por las camisas entreabiertas. Pero ya
no me importa, ya no.
Me hirió el sol en la cara como una espada. El piar
de los pájaros fue como un insulto para mi y los gritos
de los niños una agresión. Me ensordeció
el ruido. Me detuve indecisa al borde de la calle, aturdida
por un griterío inesperado. Pasaron unos hombres. Sonaron
unos disparos y desde un coche arrojaron un objeto que vÍ
caer a mis pies. Un pequeño objeto que corrió
por la acera como un ratón siniestro. La gente huyó
gritando. Yo no pude moverme. Me quedé quieta mirándolo
fijamente. Comprendí, por fin, que aquello que tenía
ante mi era la muerte. Que en una o dos décimas de
segundo iba a convertirme de verdad en el cadáver que
antes creía ser. Y clarísimamente sentí
que todo iba a acabarse para siempre.
Miré al cielo, era tan azul esta mañana. Y el
árbol más próximo, tan dorado. Estábamos,
pues, ya en otoño. VÍ los niños atónitos
en la acera de enfrente con sus ojitos tiernos, espantados
y la gente con el horror en la cara y los pájaros que
interrumpieron su canto. Todo suspendió la vida en
ese instante, menos yo que empecé a vivir de nuevo
ahora que de verdad me iba a morir. Y volví a oírme
en el silencio que me rodeaba y a sentir el mundo en mi y
en torno a mi y supe exactamente lo que estaba a punto de
perder, lo que había desaprovechado tontamente.
¡Dios mío! ¿Por qué ahora?
Comprendí que ya nunca volvería a tenerle
entre mis brazos y lo desee como nunca. Se me hizo patente
la belleza de todo lo que me rodeaba. Recordé la tierra
donde había nacido y el mar. Pensé en vosotros
y supe, entonces, que me había equivocado en el modo
de quereros, que yo misma me había convertido en vuestro
robot, pero yo sola y nadie tenía la culpa. Yo sí,
por no haber puesto el corazón, también, en
las cosas que hacía.
Descubrí todo lo que me rodeaba, todo lo que antes
no había valorado y ¡Era todo tan bello! Había
estado viviendo entre las cosas, mirándolas sin verlas.
olvidando la belleza del mundo: ¿Cómo sería
Italia? ¿Y el Partenón a la luz de la luna o
bajo este sol ardiente que antes me hería?
Fui consciente, cruelmente consciente, de todo lo que había
desperdiciado, como si no existiera, y que ya no iba a conocer.
Sentí una nueva pena por mi misma y por los que como
yo viven ya muertos.
Quise detener el tiempo y volver hacia atrás. Recordar
vuestras caras de niños, la belleza del campo en primavera
o la nieve cayendo en silencio y cubriéndolo todo dulcemente.
Me envolvió la luz dorada de los atardeceres de verano
y sentí de nuevo la lluvia, la refrescante lluvia,
la mansa y olvidada lluvia de mi infancia.
Intenté gritarlo a todos los que me miraban desde
lejos, con el horror pintado en sus caras y que empecé
a reconocer. Allí estaba el lechero, ¿Cuánto
tiempo hacía que no le preguntaba por su hijo enfermo?
Y el tendero ¿Sería ya abuelo? Y la panadera
llorando desconsoladamente. Me di cuenta que nunca había
estado sola y que siempre me había rodeado el cariño
de la gente.
Abrí la boca para decirles todo lo que estaba pensando
y que como un relámpago había pasado ante mi
en aquel momento. Para pedirles que se alejaran, que se pusieran
a salvo. Pero solo lancé un grito terrible que me dio
la medida de mi propio miedo.
De pronto me envolvió un torbellino, que pareció
elevarme y derribarme al mismo tiempo. Sentí un vacío
enorme dentro de mi, un temblor profundo, como si toda yo
me fuera deshaciendo en planos, atraída por una fuerza
irresistible al centro de la tierra. Me fui olvidando, perdiendo
la conciencia, dejando de ser. Con una sensación casi
feliz y hasta gozosa. Como un acto de amor querido y consumado
plenamente. Me di cuenta de que estaba llorando por mi vida
perdida, hacía tanto tiempo, sin haberla vivido, sin
haberla conocido siquiera y que ahora recobraba cuando era
demasiado tarde. Y humildemente pedí perdón.
Recorrí con la mirada húmeda el trecho de
la calle que tenía delante por la que tantas veces
había arrastrado, con desgana, los pies y sobre la
que ahora hubiera querido volar de forma distinta a la que
estaba a punto de hacerlo.
Me inundó una ternura inútil por todo lo que
veía. Temblaba toda yo de amor, de una amor tardío,
desaprovechado, de un amor total por todas las cosas, por
todas las personas, hasta por aquel objeto extraño
que había caído a mis pies y que me iba a dejar
sin nada, hasta sin mi pobre cadáver anticipado.
Rompió el silencio un sonido de sirenas ululantes.
Sobrevoló, como un buitre hambriento, el helicóptero
incansable. Y por fin un estallido liberador estremeció
el aire.
Alguien reivindicó aquella tarde el atentado. |