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El Ter
Estos últimos meses tenía un sueño
repetitivo, siempre exactamente el mismo. Subía a un
tren con mis ancianas tías y emprendíamos un
viaje sin fin. ¿Que significaba? ¿A dónde
íbamos? Pero esta vez no era un sueño. Salíamos
de vacaciones y tomábamos el Ter en la estación
del Norte, con un calor sofocante. El Ter era un tren compuesto
por muy pocos vagones que tenía la suerte de llegar
a su destino casi siempre a la hora anunciada. Diez horas
de intenso movimiento, con parada en casi todas las estaciones
del trayecto e incesante subida y bajada de viajeros. Hoy
con amenaza de bomba o posibilidad de huelga, las cosas podían
complicarse.
Tuve un momento de miedo, como un presentimiento. Sentí
un deseo invencible de bajarme y abandonar a las dos ancianas
a su suerte, pero por ellas precisamente me resistí
a hacerlo. Los viejos han absorbido mi vida y la han condicionado.
Y los muertos también: a mi madre parece ser que no
podía gustarle nada de lo que yo intentara. La frase:
"Si tu madre viviera no lo harías" determinó
mi adolescencia. Ahora el “vas a dejarnos solas y, a
nuestra edad, ¿qué haríamos sin ti?”
arruinaba mi madurez. Ofrendada mi juventud a esa divinidad
doméstica, yo perdía mi vida en las fauces de
un monstruo de dos caras, recuerdo y deber, con una sola compensación
constantemente repetida: “Sabe Dios lo que te hubiera
pasado de no haber sido por nosotras”.
Y una vez más me dispuse a sentarme dócilmente
delante de ellas. Les coloqué las maletas en la red.
Acomodé los innumerables paquetes y las cajas de cartón
atados con cuerdas. Les dejé al alcance de la mano
la cesta de la comida y el agua mineral. Metí debajo
del asiento los bolsos de viaje. Discretamente les aflojé
la faja. Bajé las persianas para que no les molestara
el sol y les puse en el regazo las revistas del corazón
que leían cada semana.
Por fin me senté y cerré los ojos que se me
llenaron de lágrimas: ¿Adónde iba?
Íbamos a la pequeña ciudad provinciana con
aires de capital, al museo familiar lleno de vejestorios y
antiguallas. Me reproché ser tan injusta. Pensé
en la vieja casa, tan vieja como ellas y tan arreglada también,
en las cortinas de lienzo blanqueadas por el sol, en los cuadros
deteriorados sobre las paredes descascarilladas, en las tablas
del suelo carcomidas pero relucientes, en los muebles antiguos
y los velados espejos, en toda la vida que había transcurrido
entre aquellos muros bajo la mirada severa de los retratos
de la sala y la sonrisa ingenua de los santos que llenaban
las habitaciones. Las miré a ellas tan llenas de achaques
como su casa, pero tan entrañables también,
y comprendí cuánto las quería.
- No te dejes engañar –me dije defendiendo mi
pobre identidad –, míralas sonrosadas, bien peinadas,
tranquilas, llenas de las pequeñas malevolencias de
los viejos, de su egoísmo, de su constante mal pensado
sentir. Han chupado tu vida. Son los parásitos que
viven sobre ti.
- Sí –me contesté –, pero son las
personas que me han criado, las que conservan la memoria de
mi vida anterior a mis recuerdos, son mis rapsodas, lo único
que queda de los míos. Son la voz y el cariño
de mi madre.
- Míralas con calma –insistí –.
¿Qué te han dado? Han sido la negación,
el pesimismo, la cadena que te ha unido a una forma de vivir
y de pensar falsa, caduca, obsoleta. El corsé que has
llevado por la vida. ¿Qué te han enseñado?
Se oyó entonces la voz de una de ellas.
- ¿Por qué no duermes un poco?
Eso es lo que ha sido mi vida, pensé, dormir, sólo
dormir.
- Baja la falda, que se te ven las piernas –dijo la
otra.
La bajé dócilmente, preguntándome a cuál
de los paletos que nos rodeaban podían interesarle
mis piernas.
¿En cuantas estaciones habíamos parado ya?
En la última subió un negro muy alto y se sentó
en el sitio libre que había a mi lado. Mis tías
lo miraron con recelo.
- ¿Quieres cambiar de sitio conmigo? –me ofreció
la mayor de ellas.
Negué con la cabeza.
- Abróchate la blusa –dijo la otra –, que
te están mirando lo que no deben.
Me abroché rápidamente el botón y avergonzada
miré por la ventanilla. Atravesábamos un túnel
y en el cristal se reflejó la cara del negro que sonreía
abiertamente. Me recordó el gato de Cheshire de “Alicia
en el país de las maravillas”; sólo se
veía una gran sonrisa. Mis tías también
lo veían y lo miraban fijamente. Minutos después
me hacían cambiar de sitio; protesté débilmente.
- ¿Pero no ves cómo se arrimaba a ti? ¿Qué
se habrá creído? Pues que se ande con cuidado.
La gente empezó a mirarnos y la señora que iba
en el asiento de atrás preguntó qué pasaba.
- Ese señor, que se estaba acercando a mi sobrina.
Como le hubiera tocado, le quito los ojos.
Intenté explicar que nadie me había tocado.
- Tú calla, que no sabes nada de la vida. Si no fuera
por nosotras...
Supuse que en el fondo del vagón se estaría
diciendo ya que habían intentado violarme, porque los
comentarios crecían.
El hombre trató de decir algo, pero lo pensó
mejor, se levantó y se fue.
Todos parecimos encogernos ante la mirada de desprecio que
nos lanzó desde la puerta. Y nadie se atrevió
a decir nada, excepto mi tía que finalizó el
incidente con un: “Fuera, que llamo al revisor”.
Me sentí muy mal. Todo el mundo me miraba y hablaba
de nosotros. Pero lo que más me dolía era lo
injusto de la situación. El declarado racismo de mis
tías que nunca hubiera sospechado. El duro ataque a
alguien que no había hecho nada para merecerlo. Me
encontraba cada vez peor y me levanté para ir al lavabo.
- Ten cuidado, no cierres la puerta con pestillo que si hay
un descarrilamiento no puedes salir –ordenó mi
tía.
Cerré la puerta con pestillo, no faltaba más,
pero la volví a abrir por si acaso y la dejé
entornada sujetándola con el pie. Aún estaba
colorada de indignación y vergüenza. Empujaron
la puerta y pensé que eran mis tías que ni siquiera
allí me dejaban en paz. Me volví de espalda.
En el espejo vi la cara del negro. Entró y cerró
con el pestillo. Yo no pude reaccionar, ni gritar, ni defenderme.
Ahora sí golpeaban la puerta y mis tías me llamaban
a gritos. Y yo salí sin que advirtieran que alguien
quedaba dentro.
- Ya te dije que no te cerraras, que terca eres. Ves el mal
rato que has pasado al no poder abrir, si tienes cara de muerta.
Todo el vagón supo que me había quedado encerrada
y me había mareado.
Yo lloraba sin poder hacer otra cosa.
- Claro, se asustó la pobre, que mala cara tiene.
- Sí, tiene que haber pasado un mal rato.
El tren acababa de parar en una estación. Desde el
andén, el negro nos miraba inexpresivamente.
- ¡Sinvergüenza! –le gritó mi tía
bajando la ventanilla.
Le vimos alejarse mientras reanudábamos la marcha.
- Si te llega a tocar lo mato. ¡Si nosotras no venimos
contigo, sabe Dios lo que hubiera pasado!
Entonces me entró una risa histérica, convulsiva;
empecé a reír a carcajadas cada vez más
fuertes. La gente primero me miró extrañada,
pero enseguida se contagió y rió también.
Mis tías hicieron lo mismo y muy pronto todo el vagón
fue una inmensa carcajada. Pero sólo yo sabía
por qué me reía y no tenía ninguna gracia.
O quién sabe, quizá sí, quizá
tuviera muchísima gracia.
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