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Luz Maneiro



El Ter

Estos últimos meses tenía un sueño repetitivo, siempre exactamente el mismo. Subía a un tren con mis ancianas tías y emprendíamos un viaje sin fin. ¿Que significaba? ¿A dónde íbamos? Pero esta vez no era un sueño. Salíamos de vacaciones y tomábamos el Ter en la estación del Norte, con un calor sofocante. El Ter era un tren compuesto por muy pocos vagones que tenía la suerte de llegar a su destino casi siempre a la hora anunciada. Diez horas de intenso movimiento, con parada en casi todas las estaciones del trayecto e incesante subida y bajada de viajeros. Hoy con amenaza de bomba o posibilidad de huelga, las cosas podían complicarse.

Tuve un momento de miedo, como un presentimiento. Sentí un deseo invencible de bajarme y abandonar a las dos ancianas a su suerte, pero por ellas precisamente me resistí a hacerlo. Los viejos han absorbido mi vida y la han condicionado. Y los muertos también: a mi madre parece ser que no podía gustarle nada de lo que yo intentara. La frase: "Si tu madre viviera no lo harías" determinó mi adolescencia. Ahora el “vas a dejarnos solas y, a nuestra edad, ¿qué haríamos sin ti?” arruinaba mi madurez. Ofrendada mi juventud a esa divinidad doméstica, yo perdía mi vida en las fauces de un monstruo de dos caras, recuerdo y deber, con una sola compensación constantemente repetida: “Sabe Dios lo que te hubiera pasado de no haber sido por nosotras”.

Y una vez más me dispuse a sentarme dócilmente delante de ellas. Les coloqué las maletas en la red. Acomodé los innumerables paquetes y las cajas de cartón atados con cuerdas. Les dejé al alcance de la mano la cesta de la comida y el agua mineral. Metí debajo del asiento los bolsos de viaje. Discretamente les aflojé la faja. Bajé las persianas para que no les molestara el sol y les puse en el regazo las revistas del corazón que leían cada semana.

Por fin me senté y cerré los ojos que se me llenaron de lágrimas: ¿Adónde iba?

Íbamos a la pequeña ciudad provinciana con aires de capital, al museo familiar lleno de vejestorios y antiguallas. Me reproché ser tan injusta. Pensé en la vieja casa, tan vieja como ellas y tan arreglada también, en las cortinas de lienzo blanqueadas por el sol, en los cuadros deteriorados sobre las paredes descascarilladas, en las tablas del suelo carcomidas pero relucientes, en los muebles antiguos y los velados espejos, en toda la vida que había transcurrido entre aquellos muros bajo la mirada severa de los retratos de la sala y la sonrisa ingenua de los santos que llenaban las habitaciones. Las miré a ellas tan llenas de achaques como su casa, pero tan entrañables también, y comprendí cuánto las quería.

- No te dejes engañar –me dije defendiendo mi pobre identidad –, míralas sonrosadas, bien peinadas, tranquilas, llenas de las pequeñas malevolencias de los viejos, de su egoísmo, de su constante mal pensado sentir. Han chupado tu vida. Son los parásitos que viven sobre ti.

- Sí –me contesté –, pero son las personas que me han criado, las que conservan la memoria de mi vida anterior a mis recuerdos, son mis rapsodas, lo único que queda de los míos. Son la voz y el cariño de mi madre.

- Míralas con calma –insistí –. ¿Qué te han dado? Han sido la negación, el pesimismo, la cadena que te ha unido a una forma de vivir y de pensar falsa, caduca, obsoleta. El corsé que has llevado por la vida. ¿Qué te han enseñado?

Se oyó entonces la voz de una de ellas.

- ¿Por qué no duermes un poco?

Eso es lo que ha sido mi vida, pensé, dormir, sólo dormir.

- Baja la falda, que se te ven las piernas –dijo la otra.

La bajé dócilmente, preguntándome a cuál de los paletos que nos rodeaban podían interesarle mis piernas.

¿En cuantas estaciones habíamos parado ya? En la última subió un negro muy alto y se sentó en el sitio libre que había a mi lado. Mis tías lo miraron con recelo.

- ¿Quieres cambiar de sitio conmigo? –me ofreció la mayor de ellas.

Negué con la cabeza.

- Abróchate la blusa –dijo la otra –, que te están mirando lo que no deben.

Me abroché rápidamente el botón y avergonzada miré por la ventanilla. Atravesábamos un túnel y en el cristal se reflejó la cara del negro que sonreía abiertamente. Me recordó el gato de Cheshire de “Alicia en el país de las maravillas”; sólo se veía una gran sonrisa. Mis tías también lo veían y lo miraban fijamente. Minutos después me hacían cambiar de sitio; protesté débilmente.

- ¿Pero no ves cómo se arrimaba a ti? ¿Qué se habrá creído? Pues que se ande con cuidado.

La gente empezó a mirarnos y la señora que iba en el asiento de atrás preguntó qué pasaba.

- Ese señor, que se estaba acercando a mi sobrina. Como le hubiera tocado, le quito los ojos.

Intenté explicar que nadie me había tocado.

- Tú calla, que no sabes nada de la vida. Si no fuera por nosotras...

Supuse que en el fondo del vagón se estaría diciendo ya que habían intentado violarme, porque los comentarios crecían.

El hombre trató de decir algo, pero lo pensó mejor, se levantó y se fue.

Todos parecimos encogernos ante la mirada de desprecio que nos lanzó desde la puerta. Y nadie se atrevió a decir nada, excepto mi tía que finalizó el incidente con un: “Fuera, que llamo al revisor”.

Me sentí muy mal. Todo el mundo me miraba y hablaba de nosotros. Pero lo que más me dolía era lo injusto de la situación. El declarado racismo de mis tías que nunca hubiera sospechado. El duro ataque a alguien que no había hecho nada para merecerlo. Me encontraba cada vez peor y me levanté para ir al lavabo.

- Ten cuidado, no cierres la puerta con pestillo que si hay un descarrilamiento no puedes salir –ordenó mi tía.

Cerré la puerta con pestillo, no faltaba más, pero la volví a abrir por si acaso y la dejé entornada sujetándola con el pie. Aún estaba colorada de indignación y vergüenza. Empujaron la puerta y pensé que eran mis tías que ni siquiera allí me dejaban en paz. Me volví de espalda. En el espejo vi la cara del negro. Entró y cerró con el pestillo. Yo no pude reaccionar, ni gritar, ni defenderme.

Ahora sí golpeaban la puerta y mis tías me llamaban a gritos. Y yo salí sin que advirtieran que alguien quedaba dentro.

- Ya te dije que no te cerraras, que terca eres. Ves el mal rato que has pasado al no poder abrir, si tienes cara de muerta.

Todo el vagón supo que me había quedado encerrada y me había mareado.

Yo lloraba sin poder hacer otra cosa.

- Claro, se asustó la pobre, que mala cara tiene.
- Sí, tiene que haber pasado un mal rato.

El tren acababa de parar en una estación. Desde el andén, el negro nos miraba inexpresivamente.

- ¡Sinvergüenza! –le gritó mi tía bajando la ventanilla.

Le vimos alejarse mientras reanudábamos la marcha.

- Si te llega a tocar lo mato. ¡Si nosotras no venimos contigo, sabe Dios lo que hubiera pasado!

Entonces me entró una risa histérica, convulsiva; empecé a reír a carcajadas cada vez más fuertes. La gente primero me miró extrañada, pero enseguida se contagió y rió también. Mis tías hicieron lo mismo y muy pronto todo el vagón fue una inmensa carcajada. Pero sólo yo sabía por qué me reía y no tenía ninguna gracia.

O quién sabe, quizá sí, quizá tuviera muchísima gracia.



 

 



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