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Luz Maneiro



El cuento de Juan

Estaba harta de morderme la cola como una pescadilla. Estaba harta de volver siempre al mismo tema. Sabía, sí lo sabía, aunque solo a ratos me lo confesara, que era mediocre todo lo que escribía, que no había un asomo de imaginación en ello; que no se podía escribir así, a ratos perdidos, con intervalos de meses. Lamentaba que todo lo que hasta ahora había escrito no tuviera cuerpo ni consistencia, no fuera mas que una nebulosa; ni siquiera una neblina que descansara, sino sólo como esa calina de suciedad, producto de la contaminación ciudadana, que lo vela todo, sólo mancha y enferma y que si se analiza, denota una serie de gases letales que llegan hasta producir la muerte.¿ Eran, pues, mis escritos solo monóxido de carbono que me estaban impidiendo vivir y ayudando a morir? Quizá sí, quizá solo eso.

Busqué desesperadamente un rasgo de imaginación dentro de mí. No lo encontré. No lo había. Probablemente yo no había sido nunca un ser imaginativo, a lo peor ya había matado la niña prodigiosa que fui. Así, nada creativo aparecía en mis escritos, solo un realismo pasado de moda. Nunca, nunca, sería capaz de imaginar el cuento de Juan. Pero como también estaba segura de que él jamás iba a escribirlo, decidí hacerlo yo.

Juan, mi hijo, había inventado un cuento mientras trabajaba en su oficina. Después de mucho rogárselo, porque le daba vergüenza contarlo, empezó así:

- "Había una vez un aviador que no era partidario de la guerra y que tenía un avión antibelicista también". Hay que advertir que el cuento de Juan se desarrollaba en aquellos tiempos en que la aviación era apenas un juego y los aviones juguetes elementales con dos alitas y hélice. Los pilotos llevaban unos anteojos que se sujetaban por encima del gorro y unos bigotes cuyas guías seguían paralelas los anteojos.

Juan no me lo dijo, pero yo creo que su aviador tenía los ojos azules y era poquita cosa físicamente, aunque sonreía siempre y muy bien. Pertenecería a esa especie de hombres a los que le puede ocurrir todo en la vida, todo lo extraordinario, menos lo que en general les ocurre, que es vivir solos y morir jóvenes.

Se declaró la guerra en el país de nuestro piloto antibelicista y él y su avión se negaron a hacerla. Según decía Juan entre el aeroplano y su dueño existía una comunicación perfecta y los dos acordaron irse a un lugar donde nunca hubiera guerras y así lo hicieron. Allí vivieron felices hasta que un buen día el aviador se enamoró de una bella muchacha. Ni que decir tiene que aquella preciosa chica no hizo el menor caso a nuestro piloto, que siguió abrillantando y cuidando su aeroplano hasta límites increíbles.

Probablemente, Juan tampoco lo dice, era el suyo un amor platónico y secreto, ya que su único confidente, el avión, no estaba en condiciones de contárselo a nadie. Es casi seguro que no se atrevería a hablar con la chica, ni a declararle su amor. Juan sí nos contó como por fin un día pudo hacerlo.

No sé lo que se dirían. No sé tampoco si la decisión que tomó al terminar aquella conversación sería producto del deseo de demostrar a su amada de lo que era capaz o fue el resultado de una petición de ella. Esa constante femenina de poner a prueba, del “ si me quieres haz esto o tráeme esto otro” cuanto más difícil mejor.

Creo recordar que sí se lo pidió ella, porque su frase de despedida no deja lugar a dudas. Dijo algo así como:

-"Iré al sol y te traeré un trocito, no solo porque me lo pides, sino para demostrar a todos que el sol es menos brillante que tus ojos".

No es difícil imaginarse de cuantos medios se valdría el aeroplano para intentar convencer a su dueño de la locura de la empresa. Yo me lo imagino sudando pintura gris, con las alas caídas, las aspas de la hélice mustias y el timón entre las ruedas. Pero al fin acabó aceptando las poderosas razones de su amo y ante lo inevitable enderezó las alas, recompuso la hélice y guiñó uno de los cristales delanteros al piloto que colocándose los anteojos se dispuso a iniciar el vuelo.

Mi hijo Juan no lo recuerda pero yo creo que por muy esquiva que fuera la muchacha, es casi seguro que le regalaría un pañuelo, una cinta o, mejor aún, una bufanda de seda amarilla que el piloto se anudaría en torno al cuello e iría flotando tras él, destacándose sobre el cielo azul.

Lo que si nos dijo Juan es que el aviador estudió cuidadosamente la hora de despegar. Pensó que no sería bueno hacerlo al amanecer con el sol brillante de cara, que los deslumbraría, ni al mediodía cuando su fuerte luz iba a cegarlos, ni de noche en la que por supuesto no sabrían encontrarlo y eligió el atardecer cuando ya declina y con menos intensidad es sólo una bella señal luminosa en el cielo.

Salió, entonces, aquella misma tarde lleno de ilusión. El sabía muy bien que no tendría combustible suficiente para llegar y que su avión ya entrado en años apenas podría resistir un viaje tan largo y así lealmente se lo expuso, pero ya el aeroplano había asumido su propio entusiasmo y fue él quién disipó sus dudas y hasta de quién partió el impulso final enderezando tanto las alas y moviendo tan deprisa la hélice que salió como un rayo rumbo W-SW que es donde todos los aviones conscientes creen que está el sol al anochecer.

La primera parte del viaje fue un éxito, volaban tan rápidos como nunca lo habían hecho. La brisa de la tarde los estimulaba con su frescor y la bufanda de seda amarilla era como una bandera de entusiasmo desplegada en el cielo. No se sabe si la dueña de la bufanda los vería partir, Juan no lo dice, pero es casi seguro que si. Las mujeres son muy curiosas y por lo menos con el rabillo del ojo los contemplaría complacida y hasta un poco preocupada, aunque en aquel tiempo y en aquel país las chicas no se culpabilizan de lo que les ocurriera a sus admiradores e incluso les satisfacía algún que otro intento de suicidio de sus adoradores.

Pero en el aire, avión y piloto volaban con la seguridad de que ella los veía y así el uno atusaba los bigotes y erguía la espalda y el otro metía la barriga metálica para ofrecer una imagen más esbelta en el contraluz de la tarde. Y era verdad que la que ofrecían era una bella y romántica estampa.

Al cabo de unas horas, aunque el entusiasmo no se enfriaba, el cansancio iba haciendo mella en ambos; cabeceaban ligeramente, hasta creo que descabezaron un buen sueño y al despertar no quisieron siquiera plantearse que ya no deberían estar volando y se sorprendieron porque, inexplicablemente seguían haciéndolo.

Tampoco nos ha contado Juan cuanto tiempo duró el viaje y como se irían alternando los temores y las esperanzas de ambos. Solo sabemos que por fin e increíblemente aterrizaron en el sol, “asolizaron” habría que decir y una vez allí se dieron cuenta, demasiado tarde, que era imposible apoderarse de un trozo por pequeño que fuera y que jamás, jamás podrían volver a la tierra.

Siempre se ha dicho que la luna protege a los amantes y hubiere sido más lógico que lo que sucedió aquí, en la luna hubiere ocurrido, porque fue el sol, el propio sol el que se compadeció de ambos y también él asumió de tal manera su descabellada pretensión que empezó a fruncir sus poderosos rayos –en la tierra dijeron que había un eclipse parcial- Imposible, imposible, ni el mismo todopoderoso sol podía hacerlo. Pero, y esto lo digo yo, hasta los poderosos cuando se meten en estos líos del romántico amor, pueden mejorar muchísimo y aunque de todos es sabido que el sol no es muy inteligente, porque pega fuerte siempre en el mismo sitio y poco y mal también siempre en el mismo lugar; entonces, digo, el sol aguzó su ingenio y tuvo una idea maravillosa: Alargó sus poderosos rayos y lanzó uno rápido, certero, sólido como un puente hasta los mismos pies de la bella muchacha amada de los ojos brillantes, en la tierra.

Juan solo contó que ella apareció en el sol entre el aeroplano y su dueño, que la contemplaron con arrobo.

Lo que no dice pero yo lo pienso porque soy más vieja, es qué: No la del aeroplano, las almas de los aeroplanos son muy elementales, gracias a Dios, pero sí el alma del aviador se ensombreció un poco a pesar suyo, al comprobar que los ojos de su amada no eran más brillante que el sol.

A pesar de ello se amaron y fueron muy felices.

En el sol no debe de haber perdices. Ni mi hijo Juan ni yo, por lo tanto, hablamos de ellas.

N. B.

Pero tampoco habrá guerras
Amor sí ¿Verdad Beatriz?
“L’Amor che move il Sole e l’altre stelle”




 

 



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