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El cuento de Juan
Estaba harta de morderme la cola como una pescadilla. Estaba
harta de volver siempre al mismo tema. Sabía, sí
lo sabía, aunque solo a ratos me lo confesara, que
era mediocre todo lo que escribía, que no había
un asomo de imaginación en ello; que no se podía
escribir así, a ratos perdidos, con intervalos de meses.
Lamentaba que todo lo que hasta ahora había escrito
no tuviera cuerpo ni consistencia, no fuera mas que una nebulosa;
ni siquiera una neblina que descansara, sino sólo como
esa calina de suciedad, producto de la contaminación
ciudadana, que lo vela todo, sólo mancha y enferma
y que si se analiza, denota una serie de gases letales que
llegan hasta producir la muerte.¿ Eran, pues, mis escritos
solo monóxido de carbono que me estaban impidiendo
vivir y ayudando a morir? Quizá sí, quizá
solo eso.
Busqué desesperadamente un rasgo de imaginación
dentro de mí. No lo encontré. No lo había.
Probablemente yo no había sido nunca un ser imaginativo,
a lo peor ya había matado la niña prodigiosa
que fui. Así, nada creativo aparecía en mis
escritos, solo un realismo pasado de moda. Nunca, nunca, sería
capaz de imaginar el cuento de Juan. Pero como también
estaba segura de que él jamás iba a escribirlo,
decidí hacerlo yo.
Juan, mi hijo, había inventado un cuento mientras trabajaba
en su oficina. Después de mucho rogárselo, porque
le daba vergüenza contarlo, empezó así:
- "Había una vez un aviador que no era partidario
de la guerra y que tenía un avión antibelicista
también". Hay que advertir que el cuento de Juan
se desarrollaba en aquellos tiempos en que la aviación
era apenas un juego y los aviones juguetes elementales con
dos alitas y hélice. Los pilotos llevaban unos anteojos
que se sujetaban por encima del gorro y unos bigotes cuyas
guías seguían paralelas los anteojos.
Juan no me lo dijo, pero yo creo que su aviador tenía
los ojos azules y era poquita cosa físicamente, aunque
sonreía siempre y muy bien. Pertenecería a esa
especie de hombres a los que le puede ocurrir todo en la vida,
todo lo extraordinario, menos lo que en general les ocurre,
que es vivir solos y morir jóvenes.
Se declaró la guerra en el país de nuestro piloto
antibelicista y él y su avión se negaron a hacerla.
Según decía Juan entre el aeroplano y su dueño
existía una comunicación perfecta y los dos
acordaron irse a un lugar donde nunca hubiera guerras y así
lo hicieron. Allí vivieron felices hasta que un buen
día el aviador se enamoró de una bella muchacha.
Ni que decir tiene que aquella preciosa chica no hizo el menor
caso a nuestro piloto, que siguió abrillantando y cuidando
su aeroplano hasta límites increíbles.
Probablemente, Juan tampoco lo dice, era el suyo un amor platónico
y secreto, ya que su único confidente, el avión,
no estaba en condiciones de contárselo a nadie. Es
casi seguro que no se atrevería a hablar con la chica,
ni a declararle su amor. Juan sí nos contó como
por fin un día pudo hacerlo.
No sé lo que se dirían. No sé tampoco
si la decisión que tomó al terminar aquella
conversación sería producto del deseo de demostrar
a su amada de lo que era capaz o fue el resultado de una petición
de ella. Esa constante femenina de poner a prueba, del “
si me quieres haz esto o tráeme esto otro” cuanto
más difícil mejor.
Creo recordar que sí se lo pidió ella, porque
su frase de despedida no deja lugar a dudas. Dijo algo así
como:
-"Iré al sol y te traeré un trocito, no
solo porque me lo pides, sino para demostrar a todos que el
sol es menos brillante que tus ojos".
No es difícil imaginarse de cuantos medios se valdría
el aeroplano para intentar convencer a su dueño de
la locura de la empresa. Yo me lo imagino sudando pintura
gris, con las alas caídas, las aspas de la hélice
mustias y el timón entre las ruedas. Pero al fin acabó
aceptando las poderosas razones de su amo y ante lo inevitable
enderezó las alas, recompuso la hélice y guiñó
uno de los cristales delanteros al piloto que colocándose
los anteojos se dispuso a iniciar el vuelo.
Mi hijo Juan no lo recuerda pero yo creo que por muy esquiva
que fuera la muchacha, es casi seguro que le regalaría
un pañuelo, una cinta o, mejor aún, una bufanda
de seda amarilla que el piloto se anudaría en torno
al cuello e iría flotando tras él, destacándose
sobre el cielo azul.
Lo que si nos dijo Juan es que el aviador estudió cuidadosamente
la hora de despegar. Pensó que no sería bueno
hacerlo al amanecer con el sol brillante de cara, que los
deslumbraría, ni al mediodía cuando su fuerte
luz iba a cegarlos, ni de noche en la que por supuesto no
sabrían encontrarlo y eligió el atardecer cuando
ya declina y con menos intensidad es sólo una bella
señal luminosa en el cielo.
Salió, entonces, aquella misma tarde lleno de ilusión.
El sabía muy bien que no tendría combustible
suficiente para llegar y que su avión ya entrado en
años apenas podría resistir un viaje tan largo
y así lealmente se lo expuso, pero ya el aeroplano
había asumido su propio entusiasmo y fue él
quién disipó sus dudas y hasta de quién
partió el impulso final enderezando tanto las alas
y moviendo tan deprisa la hélice que salió como
un rayo rumbo W-SW que es donde todos los aviones conscientes
creen que está el sol al anochecer.
La primera parte del viaje fue un éxito, volaban
tan rápidos como nunca lo habían hecho. La brisa
de la tarde los estimulaba con su frescor y la bufanda de
seda amarilla era como una bandera de entusiasmo desplegada
en el cielo. No se sabe si la dueña de la bufanda los
vería partir, Juan no lo dice, pero es casi seguro
que si. Las mujeres son muy curiosas y por lo menos con el
rabillo del ojo los contemplaría complacida y hasta
un poco preocupada, aunque en aquel tiempo y en aquel país
las chicas no se culpabilizan de lo que les ocurriera a sus
admiradores e incluso les satisfacía algún que
otro intento de suicidio de sus adoradores.
Pero en el aire, avión y piloto volaban con la seguridad
de que ella los veía y así el uno atusaba los
bigotes y erguía la espalda y el otro metía
la barriga metálica para ofrecer una imagen más
esbelta en el contraluz de la tarde. Y era verdad que la que
ofrecían era una bella y romántica estampa.
Al cabo de unas horas, aunque el entusiasmo no se enfriaba,
el cansancio iba haciendo mella en ambos; cabeceaban ligeramente,
hasta creo que descabezaron un buen sueño y al despertar
no quisieron siquiera plantearse que ya no deberían
estar volando y se sorprendieron porque, inexplicablemente
seguían haciéndolo.
Tampoco nos ha contado Juan cuanto tiempo duró el
viaje y como se irían alternando los temores y las
esperanzas de ambos. Solo sabemos que por fin e increíblemente
aterrizaron en el sol, “asolizaron” habría
que decir y una vez allí se dieron cuenta, demasiado
tarde, que era imposible apoderarse de un trozo por pequeño
que fuera y que jamás, jamás podrían
volver a la tierra.
Siempre se ha dicho que la luna protege a los amantes y
hubiere sido más lógico que lo que sucedió
aquí, en la luna hubiere ocurrido, porque fue el sol,
el propio sol el que se compadeció de ambos y también
él asumió de tal manera su descabellada pretensión
que empezó a fruncir sus poderosos rayos –en
la tierra dijeron que había un eclipse parcial- Imposible,
imposible, ni el mismo todopoderoso sol podía hacerlo.
Pero, y esto lo digo yo, hasta los poderosos cuando se meten
en estos líos del romántico amor, pueden mejorar
muchísimo y aunque de todos es sabido que el sol no
es muy inteligente, porque pega fuerte siempre en el mismo
sitio y poco y mal también siempre en el mismo lugar;
entonces, digo, el sol aguzó su ingenio y tuvo una
idea maravillosa: Alargó sus poderosos rayos y lanzó
uno rápido, certero, sólido como un puente hasta
los mismos pies de la bella muchacha amada de los ojos brillantes,
en la tierra.
Juan solo contó que ella apareció en el sol
entre el aeroplano y su dueño, que la contemplaron
con arrobo.
Lo que no dice pero yo lo pienso porque soy más vieja,
es qué: No la del aeroplano, las almas de los aeroplanos
son muy elementales, gracias a Dios, pero sí el alma
del aviador se ensombreció un poco a pesar suyo, al
comprobar que los ojos de su amada no eran más brillante
que el sol.
A pesar de ello se amaron y fueron muy felices.
En el sol no debe de haber perdices. Ni mi hijo Juan ni
yo, por lo tanto, hablamos de ellas.
N. B.
Pero tampoco habrá guerras
Amor sí ¿Verdad Beatriz?
“L’Amor che move il Sole e l’altre stelle”
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