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Nocturno
Yo supe, antes que nadie, que volvía. Lo presentí
mucho antes de que la casa se llenara de olor a lejía
y a pintura, antes de que se recortaran los mirtos de la entrada
y aún antes de que afinaran su piano.
Fue a mí a quien primero vio esperándolo en
la puerta. Y sólo yo comprendí lo que ninguno
adivinó entonces: su angustia y su miedo.
Lo acompañé cuando lleno de inquietud y cargado
de regalos se acercó al lugar donde tenía que
estar esperándolo ella.
Pero ella no estaba, se había ido y no volvería
nunca, nunca.
Al saberlo, empezó a correr enloquecido por la pena
de haberla perdido. Me asusté y lo seguí de
cerca.
Bajamos hacia el mar por el acantilado abrupto. Las piedras
rodaban a su paso y sonaban como notas de una marcha fúnebre.
- Está loco, está loco, decían.
Temí que quisiera ahogarse y me dije que me lanzaría
al mar y moriría con él, si no podía
salvarlo.
Las rocas de la orilla frenaron su carrera y desde allí
fue arrojando al agua, una a una, las cosas que traía
para ella.
Caían los libros abiertos como mariposas muertas,
como mariposas muertas.
Guirnaldas de flores y vestidos flotaron en el agua, flotaron
en el agua.
Volaban los pañuelos como gaviotas heridas, como gaviotas
heridas.
Collares y pulseras se hundieron con brillo de puñales,
con brillo de puñales.
Al fin desapareció todo y entonces se rió extrañamente.
- Está loco, está loco, pensé.
Intenté llamar su atención, pero no me vio siquiera.
Miraba al mar como si algo desde el fondo lo llamara. Volví
a tener miedo por él. Sentí su soledad y su
amargura.
Empezó a llamarla a gritos en la noche. Intenté
vanamente consolarlo. Lloramos sin lágrimas los dos.
- Está loco, está loco, pensé.
El viento lanzó de pronto una gran ola y pasó
ululando a nuestro lado. Hizo gemir los pinos de la orilla
y los maizales y los laureles lejanos.
Fue un grito de pena que nos envolvió acompañando
la nuestra, como si quisiera decirnos que hay un misterio
de dolor que nos alcanza a todos tarde o temprano, sin razones,
sin porqués. Que verdaderamente sufrir forma parte
de nuestro destino de seres vivos.
Pareció comprender. Se dejó caer en la arena
húmeda y lloró entonces desesperadamente.
Yo me acerqué a él y puse mi cabeza sobre su
brazo. Me acarició con tristeza. Me acerqué
aún más. Hacía frió. Siguió
acariciándome sin darse cuenta.
- Está loco, está loco, lamenté.
Pensábamos en ella. Los recordé a los dos, cogidos
de la mano, recorriendo la playa en los atardeceres lluviosos
del último verano.
Los veía perderse entre las cañas, jugando como
niños a encontrarse.
Y en la noche de la larga despedida yo estaba cerca de ellos,
sin sospechar este final amargo.
Sollozaba aún cuando salió la luna, que lanzó
hasta nosotros un camino plateado sobre el mar. El viento
se había calmado y rompían las olas casi sin
ruido.
En el silencio sólo susurraban los pinares y los maizales
y los laureles.
Descubrimos entonces las estrellas.
Cuando se levantó era ya un hombre nuevo. Se sacudió
la arena con cuidado y volvimos a casa lentamente.
En silencio rehicimos el camino del acantilado, intentando
no desplazar ninguna piedra. Lo sorprendí mirando hacia
atrás, como si algo fuera a darle alcance. La luna,
a través de los árboles, dibujaba nuestras sombras
en el suelo.
De pronto nos pareció oír el eco de su voz.
Esperamos. No. Fue sólo un balido lejano o el batir
de las alas de algún pájaro.
Y su olor. A veces nos llegaba su olor y nos parábamos.
Era la brisa que venía a través de los pinos
y movía los laureles. Era la misma hierba que habíamos
pisado. Y seguíamos andando muy despacio.
Llegamos a casa. Estaba la puerta entornada, el fuego encendido,
la mesa puesta.
Se acercó al piano abierto todavía y la música
lo llenó todo. Yo sabía que aún estaba
triste, muy triste.
Me senté a sus pies. Quise decirle que quizá
aquella noche había ganado en vez de haber perdido.
Que siguiera creyendo y esperando, porque siempre se vuelve
a empezar, después de todo. Y la suerte es una flecha
que gira y nos alcanza cuando menos se espera.
Pero no se lo dije porque al fin y al cabo yo solo soy su
perro.
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