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La sombra en la arena
Era el sexto toro de la tarde y estaba pensando que dentro
de muy poco saldrían entre aplausos de la plaza a poco
que el maestro acertara con el estoque, ya que el público
estaba entregado en el día de la fiesta grande. Quizás
se distrajo algo en estos pensamientos porque cuando se le
arrancó el toro olvidando el engaño que manejaba
Valerito, no le dio tiempo para refugiarse en el burladero.
Sintió que el asta penetraba hasta el fondo de su pierna
izquierda y casi al mismo tiempo el clamor de la gente. Su
cabeza chocó con el estribo y perdió el conocimiento.
En la enfermería recuperó la visión.
Dos o tres hombres de blanco se afanaban alrededor suyo. Estaba
tendido en una camilla de ruedas y pudo ver el instrumental
médico y la hilera de frascos alineados en la estantería
del fondo. No le dolía la pierna pero las arcadas le
subían a la garganta. Sintió alivio cuando le
alzaron la cabeza y pudo beber un sorbo de agua. Luego le
tranquilizaron, “Tuvo suerte, amigo. No le alcanzó
la femoral”. Curiosamente, le interesaba más
el desenlace de la faena que su propia herida. “Tranquilo.
Valerito estuvo bien con el estoque. Recibió una ovación”,
le dijeron.
Al poco tiempo entró el maestro en la enfermería
y le abrazó sonriente. “Me dicen que te pierdes
Bilbao. No me puedes fallar para Gijón”. Los
dos se rieron. El médico se acercó e hizo algún
comentario sobre la corrida recién terminada y sobre
las otras corridas del abono donostiarra. Se sentía
alegre.
Luego le acercaron un algodón con cloroformo, pero
no llegó a perder el sentido. Percibió que le
quitaban el traje de luces vistiéndole con una bata
áspera. En la camilla rodante salió de la enfermería,
atravesó los pasillos de grada sol ya desiertos de
público, y el patio de caballos. Le introdujeron en
una camioneta blanca y a través de la espaciosa ventanilla,
casi como en sueños por efecto de la anestesia, pudo
distinguir los últimos corrillos de aficionados alrededor
de la Plaza, la pronunciada cuesta abajo del Chofre, las amplias
avenidas atestadas de gente, y por fin el portal de la fonda,
al inicio de la Parte Vieja de la ciudad, donde se alojaba
la cuadrilla.
Entre dos hombres subieron la camilla hasta la habitación,
ayudados por un mozo de servicio. Le depositaron sobre la
cama sin cubrirle y de una maleta fueron sacando frascos de
loza que depositaron en un carrito blanco y sobre la mesa
de mármol. Ya le volvía la náusea y la
fiebre. Quiso estar dormido para no sentir el picor doloroso
de la pierna herida, pero de la calle subía un gigantesco
rumor de multitud en fiestas que se lo impidió. Añoró
entonces el gran hotel junto al río, donde se alojaban
los diestros importantes, y que él conoció en
alguna temporada remota.
Ya de noche llegó el médico, un hombre alto
que no había estado en la enfermería de la plaza.
La dueña de la pensión le introdujo en el cuarto
y con ella habló en el idioma extraño de la
comarca. Luego le desnudó el cuerpo (solo tapado el
sexo con un paño) iluminándolo en el círculo
marcado por la lámpara portátil. Durante largos
minutos le fue auscultando, moviendo con cuidado la pierna
para no acentuar el dolor. El médico usaba anteojos
con armazón de oro. Con la cuchara le acercó
a la boca un líquido blanco que le dejó un regusto
amargo. “Tiene la fiebre alta, maestro, pero ya verá
como se pasa”, le dijo acariciándole la frente.
“Volveré mañana para la cura”.
En el vacío de los momentos siguientes recordó
de pronto el nombre de la propietaria de la fonda. Demetria
le explicaba que varias personas, periodistas y aficionados,
esperaban en el recibidor noticias sobre su estado de salud
pero que el médico había prohibido terminantemente
cualquier visita. Les había dicho que estaba mejor,
tranquilo y relajado.
Primero fue un vacío, la mente embotada donde no
llegaba más que el dolor lacerante de la herida. Intentó
salir del pozo negro para hacer memoria de por qué
estaba allí, tendido boca arriba en la cama. No quería
dormirse, ahora que el gentío en fiesta paseaba por
la vecina Alameda y sonaban los compases de un vals en el
quiosco de la música mezclados con el chirrido de los
tranvías. Poco a poco recordó el sofocante viaje
en tren de la cuadrilla, largo de veinticuatro horas, para
llegar a la estación abarrotada, el bullicio de las
calles en fiesta, las gentes endomingadas tan distintas a
las de su Valencia natal, y sobre todo la actividad frenética
del puerto a donde había acudido por la mañana.
Algún barco mercante cargaba cemento y de otros arribaban
fardos y madera aserrada entre el estrépito de las
grúas. Pero le fascinó sobre todo el muelle
de la pesca porque era la hora de regreso de los vapores y
las lanchas. Acostados al muelle descargaban las capturas
y allí mismo se procedía a su subasta. Era un
ámbito donde todos se comunicaban en aquel idioma extraño
del que nada alcanzaba a entender, y sin embargo sentía
como familiar y cercano cuanto allí ocurría,
como si hubiera formado parte de su vida desde siempre. De
vuelta a la pensión, observó que en el teatro
de la cercana calle Mayor daban una zarzuela que ya había
visto.
Por la tarde acompañó a Valerito hasta la
playa salvaje que llamaban Zurriola, al otro lado del río.
Se habían impuesto un mínimo de ejercicio para
mantener la forma y durante una hora trotaron entre los charcos
de la marea baja, aliviados por la brisa que llegaba desde
el mar. Por encima de las dunas y de una incipiente hilera
de chalets, cerrando el horizonte, se alzaba la masa compacta
de la Plaza de Toros.
La sirvienta le trajo una sopa espesa y aromática
de verduras que sorbió con fruición. Pero no
quiso probar el pescado que venía en la misma bandeja
porque las arcadas le ganaban de nuevo la garganta. Sentía
la fiebre y anheló dormir sobre todo para olvidar el
punzón que le taladraba la ingle.
Ahora jugaba, siendo niño, en Masanasa, su pueblo
natal, encaramado al talud del ferrocarril, a saltos entre
el balasto y las durmientes. Una o dos veces por jornada aparecía
el tren envuelto en humo y el grupo de chiquillos aguantaba
en la vía hasta el último momento. Pero esta
vez es él quien conduce el convoy. Marchan muy rápido.
Al fondo, sobre el carril, ve un hombre con los brazos en
cruz. Tira desesperadamente de la palanca pero la máquina
le arrolla y deshace.
Los arrozales y la albufera. Él sentado en un tablón
ancho, en medio de la barca que avanza por un callejón
de agua entre cañares. El tío Genaro perchea
en el barrizal entre espesas franjas de hierbas acuáticas
que no dejan ver la margen. El paisaje oscuro se enciende
de pronto con un horizonte de llamas que rodea la laguna.
Tal vez la pista de escape está próxima pero
nada les ayuda a encontrarla. El fuego se hace más
cercano, se enrosca hasta lo alto del cielo en un círculo
donde es imposible la salida.
Gritó sofocadamente para despertar. A la penumbra
de la habitación llegaba el rumor ahora apagado de
la calle. Estaba amaneciendo y no quiso dormirse de nuevo
para evitar la pesadilla. Como la luz le iba a molestar, se
deslizó hasta el borde de la cama y tendió la
mano para entornar las cortinas, pero justo alcanzaba a tocarlas
con el extremo de los dedos y no le apeteció forzarse
por temor a caer. Los ojos fijos en el techo, su memoria le
traía imágenes en movimiento y color, de la
infancia, de las primeras capeas, las caras aztecas de las
dos temporadas mejicanas, pero no lograba rescatar el pasado
más reciente, salvo la cornada seca contra las tablas,
la tarde anterior.
Poco a poco el mundo que le rodeaba se iba poniendo en marcha.
Llegaban de la cocina los olores espesos de la verdura y por
la calle unas mujeres voceaban en el idioma local la venta
de pescado. Todo idéntico a las mañanas precedentes,
como si no hubiera ocurrido nada en las últimas horas.
Solo que ahora el frío le había ganado la pierna
herida.
El doctor Eizaguirre – así le llamó
la patrona – entró jovial con los periódicos
de la mañana bajo el brazo.
-¿Qué tal se pasó la noche, maestro?
Si quiere leo las reseñas de la corrida, antes del
lavado.
Las crónicas censuraban el ganado disparejo y su
falta de encaste. A Chicuelo, sin facultades ni valor, le
invitaban a retirarse definitivamente. Saleri flojo de recursos
pero bien con el estoque en sus dos toros. Y de Valerito encomiaban
su temple y agallas. Incidentalmente señalaban que
su peón Morenito de Valencia había sido empitonado
por el sexto de la tarde al no poder refugiarse en un burladero
atestado.
Lejanamente sintió todo aquello, que antes constituía
su vida, como un sueño absurdo. Cerró los ojos
porque no aguantaba la fiebre y a través de los párpados
le pareció ver cinco puntos negros suspendidos en el
techo. El médico cortó el vendaje hurgando en
la herida infectada que ya no le dolía. Entre tanto,
alguien leyó el telegrama que Valerito remitía
desde Bilbao deseándole una pronta recuperación.
Todo era como estar soñando de nuevo.
Pidió agua. Le ayudaron a incorporarse y la fue
tomando golosamente, a pequeños tragos, aliviado al
sentir cómo le corría por la lengua y la garganta
resecas.
En un recipiente de cristal el médico había
depositado la masa viscosa de pus. Le repugnó ver su
ingle purulenta y ennegrecida y una vez más a punto
estuvo de vomitar. El médico trabajaba en silencio,
sin las palabras de ánimo de la primera visita. Ahora
le cubría delicadamente la pierna hinchada con un ligero
vendaje. Se vio de nuevo en la plaza abarrotada y luminosa,
el arranque inesperado del toro olvidando el engaño,
la cornada contra el burladero y el despertar doloroso en
la enfermería. ¿Hubiera podido evitar todo eso?
Curiosamente sintió que ya no le importaba. Aquel incidente
debía de estar escrito en algún sitio desde
el principio. El doctor se despedía hablándole
de la situación estacionaria de la herida y que habría
de esperarse algunas horas para ver su evolución. Volvería
al anochecer.
Solo en la habitación pensó en dormir porque
la modorra le iba empapando otra vez, pero sabía que
permanecer vigilante era su única defensa. Oía
gritar en la calle, aquellos gritos eran también suyos
y le mantenían despierto.
Ya era el atardecer de nuevo a través de las ventanas
de la sala. Se siente caminando bajo la bóveda de árboles.
Al final del sendero hay un muro de nichos que una niña
limpia con la rasqueta. Atraviesa un pasadizo negro solo iluminado
por el resplandor de una hoguera lejana. A la salida monta
en el carruaje que le está esperando. El mayoral azuza
los caballos, circulan rapidísimo y en una curva vuelcan
con un estrépito enorme. Tendido en el talud percibe
borrosa la imagen de un hombre vestido de negro que recita
plegarias y le unge los labios y la frente. Ahora está
en el arenal, al otro lado del río, pero el terreno
no es firme como cuando corría sobre él para
ejercitarse, o como el albero de la plaza, sino fangoso y
encharcado. Entreoye a sus espaldas el tumbo del mar, la marea
creciente, las olas cada vez más cercanas y quiere
huir hacia las dunas del fondo, alcanzar la cima donde se
alza la plaza de toros, pero no lo logra. Los pies se le hunden
hasta el tobillo, cada paso es un suplicio inaguantable. Grita
por despertar de aquella pesadilla y no lo consigue. Caído
en la arena solo alcanza a emitir un gemido antes de que el
agua le cubra el cuerpo.
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