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Yago Escorial



Nunca debí escribirte mañana

Amada:

Mañana. Han sido muchos los días en que me dije que te iba a escribir mañana. Pero ese mañana nunca fue hoy y el hoy en que te escribo es ya un ayer. Confieso que en estos años, ha tenido mi memoria tantos dolorosos periodos de olvido, de necedad incluso, que me han llevado casi a perderte. Molesto por tu recuerdo, te escondí en mi corazón, acolchado en la distancia; y atormentado, creí odiarte, harto de tanto compromiso inútil. Confieso que he amado y gozado en otros cuerpos y que he cumplido mis promesas y apagado mis ardores en quienes nada esperaban de mí. Mis lágrimas, abundantes pero secretas, han ocupado anocheceres hasta secarse con el Sol del nuevo día.

Cuando dejé nuestra tierra, ya creo que para siempre, estaba nervioso y asustado y alegre a la vez. Te guardaba en mi pecho, escondida, como se lleva una santa reliquia a la que adorar por siempre. Durante el camino te amé, te hablé, te conté…Disfruté de la brisa, del viento, de la lluvia y hasta de las piedras del camino que glotonas casi acaban con las nuevas alpargatas que tu me regalaste en la Epifanía. Dormí poco, desvelado por las estrellas que, juguetonas, guiñaban sus luces componiendo tu hermoso rostro para mí. Y de pronto una mañana, pleno de luz el cielo, se acabó el polvo del camino, se terminó el sendero, desaparecieron los árboles y ante mis ojos sólo quedó una vasta pradera azul. No sé si en estos años, llenos de mañanas esperando esta carta que ahora escribo, habrás visto la mar. Yo ya nunca he podido volver a separarme de ella.

Encontré un barco que quiso llevarme a bordo como grumete. Su lento caminar sobre las aguas, convirtió la despedida en una larga procesión de sensaciones, que aun recuerdo, setenta años después. A ratos, cuando mi labor lo permitía, sentado en la popa, hinchaba el pecho imaginando una vuelta cargada de riquezas que posar a tus pies; a ratos, en la tempestad, me sentaba en la cocina frente a un trozo de papel blanco, que terminé arrugando, intentando contener mi excitación y así escribirte; pero corto de palabra posponía al mañana mi mensaje, convencido de que debía llenar mis días con más aventuras que narrar. A ratos, avergonzado, lloraba tu ausencia, encogido en el catre que por cama me habían dado. Un mes tardamos en cruzar el gran océano y en la tarde de un ocho de Mayo, puse mis pies en la ciudad de La Habana. Sí, sé que dije que iría al continente, a la rica Venezuela quizás, pero el aire de esta tierra, lleno de salitre y humedad, marinero siempre, se me hizo imprescindible.

Sabiendo de cuentas y letras, me fue fácil encontrar un empleo en la Notaría de D. Samuel Reino Espinosa, hombre religioso y honesto, quien en su pasión por los libros y el estudio, me empujó a la Universidad; donde estudié Leyes, bajo su protección. ¡Cuánto orgullo sentí entonces! Estaba lleno de esa arrogancia juvenil que tanto nos molesta a los viejos; no sentía dudas, ni había preguntas que contestar. Te quería. Seguía sintiendo en mi pecho todo el amor que me inspirabas, pero tu imagen había perdido en parte su color, y mi ambición había derrotado mi urgencia. Seguí trabajando para D. Samuel, para quien ahora era el hijo que nunca tuvo. Un día, ya viudo, decidió volver a su España dejándome negocio y hacienda. No lo comprendí. Hube de poblar mi cabeza de canas y perder mi juventud y madurez para entenderle; para aprender que nada es importante si no lo compartes con tu Amor.

¡Cuantas veces estos últimos años he lamentado no haber tenido hijos! ¡Cuántas veces he temido escribirte y no recibir respuesta! En mi egoísmo, no he contemplado ni siquiera la posibilidad de tu muerte. ¡Somos ya tan viejos! Me dicen que ahora podría volver allí y abrazarte en unas pocas horas. Me dicen que ya no hay caminos polvorientos, ni piedras glotonas que coman alpargatas; pero yo me pregunto si tampoco habrá árboles que protejan de la lluvia y el Sol, o si todavía veré estrellas que quieran dibujar tu hermoso rostro para mí.

No casé, pues en el fondo de mi corazón debí siempre saberme tu esposo. Aquel monaguillo con el que jugamos a casarnos, ha permanecido extrañamente grabado en mi memoria. Los años andarines, raudos, como nunca imaginarías en la juventud, fueron pasando acomodando mi espíritu a la soledad del trabajo, al café de cada tarde disipado en tertulias más o menos aburridas y a la lectura nocturna tras una cena frugal. No podría negarte que tuve tentaciones de arrimar a mi lecho alguna hermosa mulata y que recibí propuestas de jóvenes señoritas de alta cuna. ¿Imaginas? Yo, hijo y nieto de pastores... ¡entroncando en sociedad con la nobleza isleña! Siempre se negó mi corazón, abandonado felizmente junto a ti.

Andando los años, compré una imponente casa a la que involuntariamente puse tu nombre,” Villa Miriam”. Sentí la necesidad de escribirte, no pensando en volver, pues la mar me tenía sujeto con extraños lazos, sino en la esperanza un tanto ingenua de hacerte venir. Mañana me dije. Otra vez mañana. La revolución andaba cerca y los acontecimientos políticos se precipitaban. Decidí seguir esperando. La revolución llegó. Entusiasmado, fiel a mis ancestros y a mis ideales de juventud, entregué toda mi hacienda y fortuna para ponerme a trabajar por un mundo nuevo, lleno de justicia social. ¡Qué maravillosos días plenos de armonía, amor! Y sin embargo, también fueron aquellos tiempos cuando tu ausencia fue más terrible y dolorosa; tan deseoso estaba de compartir contigo aquel esperado paraíso terrenal.

No sé porqué un hombre pospone toda su vida una decisión, ni conozco la última razón que ha bloqueado mi mano tantos años, angustiándome un poco más cada día. No entiendo porqué ahora recuerdo con tanta clara nitidez nuestros paseos hasta el palomar, mirándonos, temerosos de ser descubiertos. Desespero de saber porqué asoma tantas veces tu mirada a mis sueños, en la ternura de tus ojos amorosos, llenos de una luz blanca que nunca en nadie he vuelto a ver. Desconozco porqué siento otra vez tu aliento dulce en mi boca, ni porqué me obsesiona tanto nuestra última tarde, plena de amor y de irrepetibles caricias llenas de sensaciones. No sé porqué deseo volver a dibujar tu cara con mis dedos; ni comprendo el placer que me produce recordar el tacto de tu piel o la infinita ternura de tu abrazo. No adivino cómo puedo verte al atardecer, con tu pelo negro enmarcado en el cielo, flotando; mientras sonriente, bailas descalza para mí agitando tu vestido blanco.

Me engaño. He pasado los últimos diez años en una residencia, atado a una silla mirando la mar, incapaz de escribir. Egoísta, he ocupado mi vida entera en mantenerte joven y bella, aterrado de verte envejecer…. ¡He sido tan cobarde! Sólo ahora, sabiendo que únicamente un milagro pondría esta carta entre tus dedos, me he atrevido a manchar con tinta este viejo y arrugado papel. Ahora…. que ya es ayer.

Tuyo siempre

José


Una hada de la Mar

José:

Sin duda los milagros, o las hadas que dicen pueblan estas tierras, aunque escasas, existen; pues de otra forma no sabría explicar cómo han podido llegar estas letras hasta mí, ni cómo ha soportado el tiempo este viejo, arrugado y gastado papel. He pasado varias noches sin dormir, inquieta y asustada, no sabiendo si debía contestar esta carta; traída sólo por el capricho de alguna mágica criatura ajena a nuestro mundo. Hada o no, milagro o no; la lectura de tus palabras ha provocado en mí una cascada de sentimientos contrapuestos: incredulidad, tristeza, ternura, angustia, temor, pesar...

¿Qué decirte? ¿Por dónde empezar? ¿Cómo contarte que Miriam murió hace casi setenta años, amándote?

Debería maldecirte. ¿Cobarde y egoísta dices? Mucho. Aquella tarde que tanto te obsesiona, en el palomar, engendrasteis una hija; una niña que hoy casi anciana, te escribe intentando contener su rabia y decepción. Toda la vida me creí huérfana de madre y padre, pues tu silencio sólo implicaba la muerte. ¿Cómo imaginar que estabas vivo? ¿Cómo reconstruir mis recuerdos, ahora despedazados? Ni siquiera reconoces el Santo matrimonio que ella tanto defendió y... ¡Oh Señor! ¡Qué difícil mesurar mis palabras tanto tiempo contenidas!

Mientras tú dudabas, estudiabas o hacías la revolución, yo me criaba sola, acompañada de un abuelo molinero. Mientras tú cenabas frugalmente, yo pasaba hambre en la posguerra; mientras tú buscabas aventuras que narrar, yo releía las notas de mi madre, llenas de sensaciones, de emociones, de reflexiones y de recuerdos sobre ti. Mientras tú llorabas, yo gritaba en la noche, aterrada, buscando protección. ¿Qué debo hacer ahora? ¿He de ignorarte? ¿He de olvidarte otra vez? ¿Aceptarte y quererte? Yo conocía un padre joven, amoroso, comprensivo…cabal. Sabía de un hombre enamorado, que valiente, había ido a ganarse el pan a tierras duras, difíciles; con la promesa compartida de una vida común. De niña, estudiaba los mapas buscando lugares en los que pudieras haber estado. Te he imaginado en mil muertes heroicas, y te he inventado, hasta hacerte real. Ahora apareces, viejo y consumido, no cómo la brisa fresca del mar que tanto amas, sino como tempestad terrible, huracanada, que todo destruye y atropella; y yo no te reconozco.

Mi madre nos escribía cada día, a ti y a mí. Guardo sus cartas en un cajón de la mesilla, sujetas con su cinta de terciopelo rojo. Las primeras están llenas de angustia, pues el abuelo al descubrir su preñez, quiso casarla con el maestro, un hombre honesto que andaba enamorado de ella. En vano intentó convencerles de que ya era tu mujer, casada por un fraile joven, que una noche os unió en Santo matrimonio a la puerta del palomar: “No habrá boda más hermosa ni sincera. Atardecía, cuando entre bromas y veras, apareció aquel jovencísimo frailuco, más parecido a un ángel regordete, quien tras oír sonriente nuestros deseos y darnos confesión, unió nuestras manos a las suyas para convertirnos en marido y mujer. Nuestras miradas felices, iluminaban aquel pequeño espacio, pues yo estaba en él, y él en mí”, me escribió. ¿Un juego? Monaguillo o fraile, ella defendió su Sacramento ante Dios y ante los hombres. Tu no. Tu soltería, o tu castidad si la hubo, fue sólo el reflejo del temor; de la cobardía insana de la que haces gala.

Dicen que la reflexión y el descanso son buenos consejeros. He dormido un rato largo y he vuelto a leer mis palabras. No he cambiado nada, pero joven o viejo; valiente o cobarde, eres mi padre. Un extraño padre. En mi duermevela he soñado con ella. Sonriente, con sus jóvenes manos unía las nuestras, viejas y arrugadas, como hizo el frailecillo con las vuestras. Debo hacer un acto de fe. El simple hecho de escribirte, de reconocerte, de explicarte la historia de mi vida, ya me resulta difícil; pero no puedo ignorar sus cartas, ni sus pensamientos. ¿Te habría ella perdonado? En sus escritos habla siempre de la bondad del alma generosa y entregada, sin límites en el perdón. Decía que nadie era ajeno ni insensible a la bondad….”la gente piensa que ando sola, que me estremecen las noches y me atormenta mi pecado. No los creas nunca mi pequeño querubín, pues en mí no cabe pesar ni vergüenza, sino el gozo pleno del amor compartido. Por cada reproche que recibo, les devuelvo una sonrisa; por cada insulto que oigo en la fuente, les regalo un silencio; por cada ironía, les tarareo una canción. He aprendido que la bondad mejora mi espíritu y que la comprensión a lo ajeno, insufla valor a mi cuerpo y ensancha mi ánimo”.

Hasta la llegada de tu carta, creía haber vivido inmersa en sus consejos. Hoy sin embargo he de apelar a mis más fuertes convicciones para perdonarte y quererte en libertad. Eso también me lo enseñó. No dejó que su pensamiento se cerrara a los terrores de estas tierras tan dadas a la superstición, ni quiso creer en encantamientos que te trajesen a su lado. Su magia estaba en el amor. Es posible que sin su muerte nuestra historia fuera otra; es posible que algún hada te hubiese traído desde el mar o que su inmenso amor, hubiera acabado con el hechizo de La Habana. Me pregunto qué sentirás ahora. Si lloras, mi llanto estará contigo, si gimes te acompañará mi dolor, si ríes encontrarás a tu lado mi sonrisa,..y si por fin quieres regresar, te esperaré. No quiero volver a perderte. Quiero abrazarte y pasear a tu lado hasta el palomar.

Tu hija

Miriam

 

Hoy….que ya es ayer

Querida Señora:

No dudo que le sorprenderá no sólo mi carta, sino y también, que le devuelva la suya sin abrir. La razón de ello no es otra, que D. José, su destinatario, murió hace apenas dos meses. No conozco su relación con él, pues no nos consta que tuviera familia alguna, pero he creído justo enviarle esta nota, evitando así una espera inútil.

Mentiría si le dijese que fue para nosotros un anciano más, pues su grandeza como hombre y su espíritu abierto y sensible, precedieron su llegada a esta residencia, en la que vivió sus diez últimos años. Su misma muerte, pese a su avanzada edad, no dejó de conmovernos. En estos años, había adquirido la costumbre de sentarse largas horas mirando el mar, acompañado únicamente de una hoja de papel en blanco, viejo y arrugado, diciendo que debía redactar una carta, que nunca escribió. El pasado Ocho de Mayo, pasó finalmente largas horas entregado a esta tarea, pues lo encontramos muerto, sonriente, agarrando con su mano una larga carta…. de amor. Reconozco que su lectura no sólo me emocionó, sino que me hizo dudar incluso, si aquel amor de juventud del que continuamente hablaba y que yo, como su médico, siempre creí un sueño o una ilusión, no fuera verdad. Lamento profundamente no poder enviársela pues una vieja medio loca que ronda por estos parajes y que algunos llaman Hada, la robó ese mismo día. Su amistad con D. José, con el que charlaba algunas veces, debió darle ánimos para apoderarse de ella.

Para el improbable caso de que tuviera usted algún parentesco con él, permítame que le muestre mis más sinceras condolencias. No puedo enviarle nada, pues nada tenía, pero si puedo contarle algunas cosas de él y de su vida. Desconozco los años que llevaba entre nosotros, él decía que setenta, y carezco de información previa a los años de la revolución.

Si tuviera que definirlo, diría que era un hombre bueno y culto, amante de la justicia y la igualdad; bondadoso de corazón. En su nobleza entregó al pueblo toda su hacienda y dinero, y sólo pidió una cosa para sí: que nunca cambiaran el nombre de su gran mansión; “Villa Miriam”. Aun se llama así. Que yo sepa, en este país dos calles llevan su nombre en reconocimiento a su trabajo. Tenía dos empleos. A la mañana dedicaba su tiempo a su profesión, abogado; en la tarde era jardinero, profesor, enfermero, payaso,… ya que dirigía una casa cuna para huérfanos en La Habana, situada en su antiguo hogar. Siempre amó a los niños. En especial a los que estábamos solos y sin familia pues yo fui uno de ellos. Nos ponía nombre, nos daba de comer o se tiraba al suelo a jugar con sus querubines, como nos llamaba. Le he visto pasar muchas noches en vela atendiendo un simple catarro. Recuerdo que nos contaba que no le gustaba dormir porque le hacía llorar y ya en su vejez, se quejó a menudo de su falta de hijos, sin darse cuenta de cuantos lo mirábamos como un padre. Casi todos estuvimos en su entierro.

No quiero aburrirla, querida señora, con historias sobre un anciano al que probablemente no conoció, y sólo me queda ponerme a su disposición por si necesita algún dato más sobre él. No dude que estaré encantado en proporcionárselo.

Atentamente

Doctor José Beltrán


Aires de Gloria

Ilustrísima:

Perdonar mi atrevimiento al escribiros, pero no os distraería de vuestras obligaciones sino tuviera el alma inquieta y la mente revuelta. Por mi edad y el bien de mi salud, aporto al convento donde vivo, el fruto de mis largos paseos: níscalos, berujas, espárragos silvestres o cualquier otra de las cosas que el Señor en su infinita bondad ha puesto a nuestro alcance. En ocasiones, si el tiempo es agradable, extiendo varias jornadas mi paseo para compartir el atardecer con mis antiguos feligreses. Ellos me dan cama y cobijo, mientras yo intento poner paz en sus corazones; pues ya sabéis que estas tierras albergan demasiado a menudo la herejía y la superstición.

Hace ahora un mes, me llevaron mis paseos a lo más profundo de las montañas, dónde nunca antes había estado. Dos semanas de lentas caminatas por los valles de nuestra comarca, con toda la fuerza de la primavera desatada. No adivinaba aun lo que habría de ver. Dos mariposas que se cortejaban, blanquísimas, me apartaron del camino; y siguiendo maravillado su raro y hermoso ritual, me adentré en una senda estrecha y pequeña, casi oculta entre los árboles de un bosque cerrado, lleno de robles tan viejos como yo. Andando entre ellos, Dios me perdone, sentí todo el poder que aquellos silenciosos seres debían trasmitir a los antiguos druidas que poblaron estas tierras. Mágico lugar, que incitando la imaginación del peregrino, convertía sombras y chasquidos en toda suerte de fantásticas criaturas. El silencio, sólo roto por los pequeños anímales que allí moraban, era tal, que podía escuchar el aleteo de aquellas mariposas que sin esfuerzo habían captado mi atención.

Atardecía cuando, aliviado, llegué a las primeras casas de una pequeña aldea. ¡Hasta allí me llevaron los pequeños amantes! No vi a nadie, y descorazonado pensé haber hallado un pueblo abandonado, de esos que tantos hay por estas tierras. Buscaba cobijo, cuando cerca de mí escuché risas y cuchicheos. Miré y hasta perseguí las voces sin ver a nadie; grité y llamé, siempre sin respuesta. Pensaba ya que lo viejos robles jugaban con mi soledad, cuando a lo lejos, monte arriba, vislumbré una pareja de jóvenes pastores. Aun en la distancia, pude sentir todo el amor que se tenían, pues sus cuerpos, cual mariposas, danzaban armoniosos como sólo hacen quienes escuchan la música de la naturaleza. ¡Nunca he sentido tan cerca el Amor! De sus ojos nacían miradas dulcísimas; de sus manos la más noble devoción; de sus dedos caricias exquisitas que acompañaban sus palabras y promesas de eterna fidelidad. En sus risas felices, en la ternura de su abrazo, en la pureza de sus besos, en cada gesto, se paraba el tiempo; atentas las nubes, las aves, los árboles, a la sublime visión de contemplar dos almas fundirse en una.

En silencio, callado y admirado, los fui siguiendo hasta la entrada de una pequeña capilla. Mientras rodeaba la pequeña construcción, me acompañaban sus cuchicheos, sus susurros…., sus besos, sus risas….Creedme Ilustrísima, yo los oía, pero ellos no estaban. Giré, recorrí arriba y abajo la pequeña construcción, sin encontrarlos. Allí había sólo una anciana encendiendo un cirio que iluminaba una foto, vieja y amarillenta de los dos jóvenes pastores. Y entonces comprendí, recordé aquel bendito lugar, reconocí el palomar dónde, setenta años atrás, yo celebré mi primera boda...



 

 



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