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Vestidas de azul
De forma invariable, como de costumbre, aquel año
nevó la noche de Reyes.
Cuando las hermanas Montalto despertaron, el campo que circundaba
la casona apareció pintado de blanco. Alegres, vestidas
de azul, corrieron hasta la sala, la gran sala donde aguardaban
sus regalos. En torno al descomunal abeto las cajas, envueltas
en papeles de vivos colores y cerradas con grandes lazos,
mantenían en su interior el secreto de sus deseos,
que eran justamente lo que les habían pedido.
En la chimenea crepitaba un alegre fuego. Y, en toda la casa,
se podía sentir su calor, también el agradable
aroma a resina quemada.
Fuera, Hugo deambulaba por la hacienda. Para él, un
año más, los Reyes le habían olvidado.
Al menos, en ningún rincón de su casucha, encontró
nada. Tal vez, a la noche, cuando sus padres regresaran de
su trabajo en la casona, le traerían algo. O, tal vez,
sus Majestades habían perdido algún detallito
en la casa de los señores, aunque fuera un coche viejo
o un balón usado... Hasta él llegaron las risas
y los animados cánticos de las cuatro hermanas. En
aquel momento debían jugar al corro. Estaba seguro.
El muchacho, como pudo, trepó por el roble que crecía
junto a la casona. Desde él podría ver a las
niñas y confirmar su teoría. Escondido entre
las deshojadas ramas, mojándose con la nieve que las
cubría, las contempló embobado. Jugaban, como
él las imaginó, en torno al gran abeto. Cantaban
felices:
"Tengo una muñeca
vestida de azul
con su camisita
y su canesú.
La saqué a paseo..."
- Hoy no podremos salir de paseo -exclamó la segunda
hermana con tristeza.
- Quizá sí. Si nos abrigamos bien, a lo mejor
nos dejan jugar un ratito en la nieve. Haríamos una
batalla formidable. Pediremos que nos acompañe Elsa,
la hermana del jorobadito, si no tiene cosas que hacer en
la casa.
- Mira, Leonor -dijo la pequeña-, ahí está
Hugo, en el árbol, espiándonos como siempre.
Las cuatro se acercaron a la ventana. La entreabrieron un
poco y, desde el alféizar, comenzaron a sonreír
al muchacho. Después le fueron enseñando sus
regalos de Reyes. Hugo, sin inmutarse, las observaba. Las
niñas cantaron:
"Tengo una muñeca
vestida de azul.
Anda, Hugo, dinos:
¿Qué tienes tú?"
Después, rieron. Como él continuaba callado
fueron más allá en sus vejaciones. Una de ellas,
la pequeña, le sacó la lengua; la segunda también.
La tercera le hizo burla: dejó la ventana unos segundos,
al cabo volvió cojeando, se asomó a ella, ahora
llevaba un almohadón en su espalda que imitaba la incipiente
joroba del chico. Leonor, la primogénita, reía
las gracias de sus hermanas. Cansada de tanto mutismo le increpó:
- ¿Acaso te has convertido en pájaro para estar
ahí subido? Como sigas espiándonos me chivaré
a mis padres. Ellos se lo dirán a los tuyos para que
te riñan. Y, si continúas, les pediré
que tú y tu familia seáis expulsados de la hacienda
por muy contento que esté mi padre con el tuyo por
ser tan buen ojeador y chófer. O mi madre con los servicios
de la tuya, y de tu hermana. Se quedarán todos sin
empleo. También tu hermano, el pastor...
Dicho esto hizo una bola con la nieve depositada sobre el
zinc de la ventana y la lanzó, con tal fuerza, que
el muchacho perdió el equilibrio y cayó pesadamente
al suelo. Las demás hermanas reían. Él,
dolorido y despechado, intentó levantarse y salir corriendo.
Deseaba desaparecer. Ellas cantaron de nuevo:
"Tengo una muñeca
vestida de azul,
y un sirviente cojo, jorobado y loco:
Hugo, dinos, ¿qué tienes tú?"
La pequeña gritó:
- Loco, loquito. Algún día serás mi paciente.
Estás enfermito... -de nuevo Hugo pudo oír las
risas de las cuatro hermanas ya en la calidez del salón.
En el Psiquiátrico Hugo observa a través de
la ventana enrejada que da al patio, éste parece una
enorme pizarra pintada con tiza. También hoy debe ser
el día de Reyes, pero tampoco le traerán nada
esta vez. Todos piensan que está loco. ¿Porque
se pasa la mayor parte del tiempo cantando "Tengo una
muñeca"...? ¡Que piensen lo que quieran,
a él le da lo mismo, en el sanatorio está caliente
y atendido! A través de la puerta escucha la inconfundible
voz del doctor. Pasea por el corredor con alguien a quien
le va explicando:
- En este ala se encuentran los enfermos con cargos penales,
señorita Montalto. Se trata de esquizofrénicos,
paranoicos, oligofrénicos… Han llegado hasta
aquí tras haber cometido alguna falta grave que, por
otro lado, no la llevaron a cabo de forma voluntaria ni premeditada
sino que todo es achacable a su mal.
Hugo sonríe con perversidad. "Señorita
de Montalto. Señorita de Montalto. Yo conocí
a cuatro señoritas de Montalto y por ellas estoy aquí..."
- ¿Podría ver a este enfermo? ¿Cómo
se llama?
- Aquí son sólo números. Este es el 634.
- ¿Por qué está aquí?
- Violación.
A través de la gruesa puerta ambos doctores escuchan
la salmodia de Hugo, que no acaban de entender. Él
canta:
"Tuve cuatro muñecas
vestidas de azul
violenté a las cuatro
por cantarme:
Hugo, dinos, ¿qué tienes tú?
Ahora tengo a la más pequeña
que doctora es,
dijo que me curaría
entonces
de aquí pronto saldré."
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