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Una estación llamada soledad
Amado llegó corriendo del colegio, puntual, con la
idea de encerrarse, como acostumbra, en el gabinete (un salón
rectangular de suelo de baldosa cocida, en tonos verdes, y
con una greca bordeándolo). Para él se trata
de la habitación más acogedora de la casona
donde suele preparar los deberes y leer alguno de los libros
prohibidos que tanto llaman su atención.
Fuera llueve a cántaros. Empapado como está,
estornudando, atraviesa el largo pasillo de madera. Las botas
suenan chof-chof-chof a cada paso, y sus huellas se marcan
sobre la tarima aún brillante y con olor a cera. El
muchacho pregunta en su camino hasta el gabinete, más
que nada por quitarse miedos infantiles:
- ¡Hola! ¿Es que no hay nadie en casa? ¿Dónde
os habéis metido?
Silencio.
Al entrar corriendo en la habitación, las botas mojadas
le hacen resbalar y caer al suelo. Y, de pronto, inexplicablemente,
comienza a llorar. Ahora grita como un poseso:
- Me he clavado la esquina de la mesa en mitad del trasero.
Casi me lo parto. ¿Es que no hay nadie en casa que
me pueda ayudar? ¿A nadie le importa lo que me ocurre?
¿Por qué me castigáis dejándome
solo?
El vacío es lo único que obtiene por respuesta.
Está, como ocurre invariablemente los últimos
meses, solo en casa. Es más, hoy no tiene el arrullo
de los gorriones jugueteando en la baranda del balcón,
también ellos le abandonan. Fuera hace mucho frío,
el cielo tormentoso no para de volcar litros y litros de agua
que el fuerte viento arrastra hasta los cristales del gabinete.
Amado llega a la triste conclusión que de nada sirve
su llanto histérico. Considera que lo mejor es callarse,
el llorar es un gasto inútil de energía. Más
tranquilo se levanta del suelo. Mira a su alrededor con ojos
de búho. Al menos, han tenido la delicadeza de encender
la chimenea, podrá calentarse al amor de la lumbre,
secar sus cabellos revueltos y ensortijados de un castaño
clarito y muy brillantes, o los pies empapados, mientras disfruta
del aroma a resina que desprenden las teas al arder.
- Pues yo no voy a ser tan delicado -gruñe-. Las manchas
de las botas sobre la madera del pasillo pienso dejarlas.
Mi madre chillará al verlas. Dirá que le estropeo
el barnizado, que soy un vándalo incorregible, que
le pongo los nervios de punta y no sé cuántas
cosas más... ¡Todo me importa una mierda! ¿Oís?
Como estoy solo digo lo que quiero: mierda, mierda, mierda...
Una idea se le vino a la mente. Fue como la arcada anterior
al vómito. Si saber bien por qué aquel pensamiento
le produjo náuseas: los adultos le parecían
seres incomprensibles. Tanto, que no lograba entenderlos.
Recuerda con ternura un tiempo no lejano, cuando era algo
más pequeño, en el que los mayores trataban
de llamar su atención. Le hacían tantas carantoñas
que terminaban por incomodarle. Los más circunspectos
amigos de su padre no dudaban en hacer el payaso ante él
cuando éste le llevaba a su enorme despacho en la Bolsa.
También las amigas del Ropero de su madre se excedían
en sus parabienes tirándole pellizcos en las mejillas,
llenas y sonrosadas, besuqueándoselas y llenándolas
de baba o carmín; sin recato reían sus gracias
las soirées de partida en el gabinete, cuando aún
hacía frío, envueltas en Chanel número
5, Miss Dior o Aires de Loewe. Ahora su madre salía
de casa todas las tardes: unas a tomar el té con las
señoritas de Nosécuántos, otras al gimnasio,
otras a colaborar con una ONG con el fin de ayudar a los niños
necesitados del África negra... Siempre estaba ocupada,
siempre fuera de casa, pero atendiendo a otros que no eran
él. Un día, de repente, su madre decidió
que ya no precisaba de los cuidados de la Tata. Todo lo bueno
había desaparecido. ¿Por qué?, se preguntaba
Amado. ¿Por qué? ¿Tan malo era?
Tras dar muchas vueltas a la cabeza llega a una dolorosa conclusión
ayudado al ver su imagen reflejada en el gran espejo de marco
rococó y cubierto de pan de oro que colgaba de una
de las paredes: había crecido tanto en aquellos meses
que, en alguna ocasión, llegó a pensar que no
se detendría más. Todo el encanto de la infancia
lo perdió al dar comienzo a una transformación
que lo estaba convirtiendo en un mozalbete larguirucho, con
un cuello al que le empezaba a asomar una feísima prominencia,
una voz que pasaba del más fino agudo al grave más
profundo, y unos granos insufribles que estaban tomando posesión
de su cara. No era extraño que ya no le prestaran ninguna
atención. Quien más se preocupaba por él
era el psicólogo a quien visitaba dos veces por semana.
Éste le decía:
- Amado, lo que pasa contigo es que eres un niño que
aventajas a todos los de tu edad. Piensas más de lo
que debes. De siempre has sido demasiado precoz, en todo.
A nadie se le ocurriría decir lo que me dijiste cuando
tenías siete años: si tan amado eras para tus
padres, que te pusieron incluso este nombre que tanto te disgusta,
¿por qué te tienen tan abandonado? ¿Al
cuidado de la Tata? ¿Solo? Hoy opinas que deberían
llamarte Ignoro... Procuraré hablar con ellos en un
momento que encuentren libre.
El muchacho sabe que sus ocupaciones no les permitirán
hablar con él. Lo mejor es lo de siempre: resguardarse
en el gabinete, no sólo para preparar las clases, sino
también para vivir en otros mundos excitantes aventuras,
traspasar ámbitos prohibidos, salvaguardados en aquellos
viejos y polvorientos tomos. Algún día escribirá
su historia, en el gabinete que tanto le inspira. Por ahora
se encuentra expectante. Se siente como un viajero que aguarda
la llegada de un tren que le conducirá a un mundo diferente,
al mundo que él mismo logre construir. Por ahora aguarda
en una estación llamada soledad, un alto en su camino
de niño a hombre. Pero no importa. Nada importa.
En voz alta se alenta a sí mismo:
- El tiempo pasa, me haré mayor... Llegarán
los años en que yo cuente...
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