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Ocaso
Había comenzado a anochecer. Por momentos las nubes
se teñían de tonos que iban del coral al violeta.
Hiela. El otoño se ha presentado antes de tiempo y
mucho más desapacible de lo habitual.
Cuando el parque quedó vacío de los escasos
niños que aún jugaban en él, Adán
permaneció sentado en uno de los bancos de madera.
Observa el entorno. Su entorno. Ahora lo envuelve un fantasmagórico
silencio que él rompe con su voz entrecortada y gangosa:
- Ya puedo acercarme hasta mi contenedor.
Con parsimonia Adán se levanta del asiento. Camina
encorvado y se acaricia las barbas. Sonríe mientras
contempla cómo de las ramas, ya casi desnudas, se van
desprendiendo las hojas secas. Enajenado baila con ellas que
caen al suelo al compás de la música que les
marca el viento. Este, al principio, es fina brisa; instantes
después sopla con fuerza y barre, inmisericorde, el
mullido y policromo tapiz que poco antes él mismo ayudó
a formarse. Pero el cambio le viene muy bien a Adán
pues las hojas están ahora amontonadas junto al contenedor,
a su contenedor, en el que intenta encender una fogata. Encorvado
sobre el fuego lo remueve con ramas secas que después
echa en la hoguera. Las llamas, altas, hacen bailotear la
sombra de su nariz prominente por toda su cara. Continúa
sonriendo. A través de sus finos labios se adivinan
unos dientes pequeños y amarillos de sarro.
De improviso el sol cayó y todo quedó a oscuras.
Un quejoso ladrido rompe el creciente silencio y hace que
Adán se yerga y mire hacia atrás.
- ¡Ya vienen estos apestados! ¿Acaso no saben
que el parque es mío? ¿Qué es propiedad
familiar?… Y, como siempre, querrán calentarse
en mi fogata.
Leo, el perro cojo y matalón que acompaña a
los recién llegados, se acerca a Adán con lentitud
(hay que tener en cuenta, querido lector, que el animalito
es cojo de la pata trasera izquierda, además de presentar
múltiples heridas y bocados que luce su piel enferma
por lo que, es obvio, su salud es más que precaria
y no le permite, por tanto, correr). Como decía, Leo
se acercó a Adán con lentitud y restregó
su lomo, cariñoso, contra el viejo abrigo del primero.
Este grita enloquecido:
- ¡Quitadme esta bestia sarnosa de encima o lo aso para
la cena!
Uno de los recién llegados silba y Leo deja sus carantoñas
para otro momento.
Se trata de una pareja de unos veinticinco años, tal
vez menos, de mugrosos drogadictos. Caminan hasta el contenedor
y saludan a Adán. Éste no se digna a levantar
la vista. Mueve la cabeza de uno a otro lado. Ha dejado de
sonreír. De repente exclama:
- Estaban aquí. Hace un momento estaban aquí
mismo. Los habéis asustado y han desaparecido.
- ¿Quiénes han desaparecido, tío? Aquí
sólo estamos nosotros cuatro. Bueno, cinco, porque
se acerca por ahí enfrente una vieja cargada con la
casa a cuestas.
Adán continúa con su tema:
- Los he visto. Tal y como te veo a ti y a la sucia de tu
novia…
- No te consiento…
- No me consientas lo que quieras, pero los he visto. Han
salido de la hoguera para decirme que debo volver a casa y
hacer valer mis derechos. Que todo esto es mío…
Pero al escuchar los ladridos, de repente me han hecho burla
y se han ido.
- Joer…, y luego dicen que yo alucino cuando me meto
un pico. Tío, tú no te quedas atrás.
Estás peor que yo.
Al decir esto Adán monta en cólera. Grita frenético:
- Yo no estoy mal. No estoy loco como quieren hacerme creer
mi padre, mi madrastra, médicos, enfermeras y, ahora,
también vosotros. Los he visto… Si no me crees
márchate a otro lado con tu novia y el sarnoso de tu
perro. El fuego lo he encendido yo. Es mío. Largo.
Largo.
- Vale, tío, no avasalles, ya nos abrimos. ¡Que
pases buena noche con la vieja, ah, y con los fantasmas!
- ¡Yo no veo fantasmas, drogata de mierda! Han estado
aquí. Juro que han estado aquí…
- Nos largamos. Bajo los pinos pasaremos la noche. Vamos,
Leo. Chiqui, muévete, nos fumaremos un par de porritos
y a dormir en la gloria…
- No, en la gloria no, en mi parque.
- ¡Que te den, loco de mierda!
El viento arrecia. Las ramas, como brazos nudosos, entrechocan.
La batalla ha comenzado.
La mendiga, una mujer de edad indefinible, casi calva y desdentada,
se acerca hasta el contenedor; empuja un carro de hipermercado
en el que van todas sus pertenencias. Después de titubear
unos instantes, alarga unas manos artríticas y renegridas
sobre el fuego, luego las restriega para, un poco después,
recorrer con ellas su cara tan arrugada como una pasa. Con
ojos vidriosos y voz aguardentosa se dirige a Adán:
- ¿Tú también ves apariciones en el fuego?
- ¡Déjame en paz, vieja! Hueles mal.
- Yo los veo hace años. Antes no olía mal…,
me bañaba todos los días…, me perfumaba…,
gustaba a los hombres…, alternaba con ellos. ¿Sabes
que fui famosa?
- ¿Y a mí qué? Yo sólo sé
que, cuando mi madre murió, comenzó mi fin.
Primero dejé de hablar a todo el mundo. Luego llegaron
mis amigos silenciosos… Mi padre se casó y vendió
el parque, mi parque, el parque de mi madre, de mis abuelos…
Porque este parque es mío, era mi herencia… Pero
yo veía y hablaba con mis amigos silenciosos. Ellos
me aconsejaban… Y asusté a mi madrastra. Ella
consiguió encerrarme y yo me escapé…
- Te entiendo. Yo también viví bien... Fui una
famosa artista de varietés.
La vieja ríe. Tras decir esto alza los brazos y baila;
intenta que sus movimientos sean sensuales pero resultan patéticos.
Fatigada continúa su explicación:
- Dilapidé verdaderas fortunas en noches de excesos…
Ah. Ah. El asma no me deja hablar. Me acurrucaré en
este banco, junto a tu fuego… Muchacho, no me gusta
dormir sola… Pasaremos la noche en compañía…
Si te apetece un trago de aguardiente…, no es coñac
francés, pero entona los huesos y me ayuda a conciliar
el sueño, a soñar…
- Dejo que te quedes, vieja, con una condición: siéntate
de forma que el viento no traiga tus hedores hasta mi nariz.
Yo charlaré con mis amigos silenciosos, por eso no
quiero aguardiente, deseo estar lúcido durante nuestra
reunión. Quizá mañana regrese a casa
en busca de lo que me pertenece…
Las farolas hace tiempo que alumbran los rincones más
alejados del parque. Despiden una luz amarillenta que alarga
los volúmenes y los vuelve indefinidos. La laguna,
situada en el centro del jardín, despide aromas a humedad
y yerba recién cortada, de ella se desprende una débil
neblina.
Adán continúa de pie, junto a su fuego. Habla
solo. Está decidido: con las primeras luces del día
regresará a casa junto con sus amigos los fantasmas,
ellos le apoyarán y le servirán de guía
ante la intransigencia de los suyos.
La pareja de drogadictos, fuertemente abrazados, duerme bajo
los pinos. Leo, el perro sarnoso, descansa a su lado hecho
un ovillo. Mañana, así lo han decidido ellos
también, regresarán a su barrio, en él
tienen amigos y una chabola en la que guarecerse del relente
de la noche. La niebla se va espesando y el frío se
hace cada vez más intenso.
La vieja, a pesar de llevar falda sobre falda, sonríe
al escapársele el último aliento de vida perseguido
por un soplo de viento.
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