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El hijo
Anochece. El cielo púrpura, cubierto de nubes densas
con bordes renegridos, amenaza tormenta de granizo o nieve.
El frío es intenso.
En la casa, las luces del salón están encendidas,
la temperatura es sofocante.
Sentado en una de las esquinas de la sala, en una mecedora
de mimbre, un hombre pulsa el mando a distancia. Cambia los
canales de televisión en busca de algo que no parece
encontrar. Frente a él, hundida en una esquina del
tresillo, una mujer cose y observa por encima de los lentes
los movimientos de la pantalla. Enfadada rezonga:
- ¿Por qué demonios no paras de una vez? Estás
mareando al aparatito, al televisor y a mí.
- Me extraña. Tú no estás viendo la tele.
En cuanto a los aparatos, no se quejan... Levántate
y tráeme algo fresco de la nevera. Tengo seca la garganta.
Aquí dentro hace un calor infernal.
Los ojos de la mujer se nublan. En un principio piensa responderle
que sea él quien se levante, que mueva su fofo y seboso
culo de la mecedora, que ella no es su criada, pero lo piensa
mejor y, sumisa, se acerca a la cocina, abre la nevera y de
ella saca un bote de cerveza.
- ¿Es que te has perdido por el camino?
- ¡Ya va! ¡Qué prisas tienes! Toma, y que
te aproveche.
- Encima con recochineo. ¿Quieres tener polémica?
Recochineo el tuyo, piensa la mujer, pero se abstiene de decirlo
en voz alta. A la pregunta de él responde con delicadeza:
- No, no quiero tener polémica. Preferiría hablar
como las personas. Tener una charla civilizada.
-¿Y qué es eso?
- Ya sé que lo has olvidado. También yo me estoy
olvidando de cómo intercambiar palabras con los demás
desde...
- ¡Cómprate un loro y dale la vara a él!
Da un trago largo, eructa con fuerza, tal y como le enseñó
su padre, tal y como enseñó él a su hijo,
tal y como deben hacer los hombres. Pulsa de nuevo el mando.
Salta de un canal a otro. Cosa extraña, hoy no hay
fútbol ni en directo ni en diferido por ninguna parte.
En uno de los canales ve un trozo de película lacrimógena,
en otro parte de un concurso y en los restantes montañas
de anuncios. Enciende un cigarrillo y le da una larga calada,
expulsa el humo por la boca formando pequeños aros
azulados. Sabe que a ella le molesta el humo, y el olor del
tabaco le hacen toser y le provocan irritación en los
ojos, pero ahora ya nada le importa. La observa esperando
su reacción, como ésta no llega, le dice al
cabo:
- ¿Quieres un pitillo?
- ¿Desde cuándo fumo?
- Por si te apetecía...
- Lo que me apetece es hablar. Es necesario que lo hagamos.
Tengo que decirte que ayer cuando estuve en el sanatorio...
- No quiero saber nada. No me interesa -le corta con brusquedad.
De un trago acaba con la cerveza. Eructa de nuevo. Los ojos,
por un momento, se le han vuelto más líquidos,
casi transparentes. A ella no le pasa desapercibido, e insiste:
- El chico desea verte. No comprende el por qué de
tu rechazo. Ahora te necesita. Nos necesita más que
nunca. Lo está pasando muy mal.
Él entorna los ojos. No desea que ella perciba su debilidad.
Él es un hombre, y los hombres no lloran por nada ni
por nadie. Con voz ronca que quiere aparentar dureza responde:
- Yo no le necesito. Me ha decepcionado. Tú has sido
la culpable por consentirle más de la cuenta, por mimarle
demasiado.
- ¿Yo sola? ¿Y tú no lo hacías?
De todas formas, ¿quién le llevó de la
mano para introducirle en el mundo de los hombres, de los
machos? ¿Quién le obligó a hacer cosas
que él no deseaba?
- Lo hice por su bien. Tú habrías acabado por
vestirle con lacitos y puntillas.
- No exageres. Él tomó su propio camino. Fue
su decisión. Acertado o no optó por lo que quería.
- ¿Y quería acaso liarse con quien no debió?
Él solito se ha buscado este final. Yo no puedo mirar
a la cara a mis compañeros de trabajo, tampoco a mi
familia, ni a mí cuando me miro al espejo todas las
mañanas.
- Los demás no deberían importarte tanto. Nosotros
somos tu familia: tu hijo y yo. Si no le hubieras presionado
tanto. Si no hubieras querido hacer de él algo que
no deseaba. De siempre fue muy sensible, demasiado... Y ahora
se nos va. Y tú eres incapaz de dar tu brazo a torcer,
de demostrarle tu apoyo, tu amor de padre. Por ir a verle,
por hablar con él, por abrazarle, no te vas a contagiar.
- No quiero hablar más. Sólo deseo que ésto
termine cuánto antes.
- ¡Eres frío como un témpano! Permaneciendo
en silencio no arreglas nada. Tú también estás
enfermo. No de...
- Ni la nombres. No quiero escuchar el nombre de esa enfermedad
-grita fuera de sí.
- Tú estás enfermo de miedo.
Cae la noche. Con ella llega el silencio. Un perro aúlla
a la luna que se esconde entre celajes blancos que van y vienen
a merced de la brisa del norte.
En la casa, la mujer se encuentra en la cocina, prepara la
cena. Piensa que su marido está enfermo, enfermo de
miedo, del miedo que le produce la sospecha de ser como el
hijo. Entre tanto él busca en el televisor algo que
le borre de la mente la tragedia de su hogar, pero en la pequeña
pantalla no lo encuentra. Se ha vuelto incapaz de mirar dentro
de sí donde, tal vez, hallaría una respuesta
a sus dudas…
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