| 1938 – Sant
Corneli, cota 1003
1938
- Sant Corneli, cota 1003, basado en un diario real de la
Guerra Civil Española, establece el contrapunto de
la memoria escrita en campaña, con el recuerdo de aquellos
hechos desde la perspectiva del presente.
La luz del atardecer diluye la
estancia en sombras. Fundido azul ceniza en paredes cubiertas
de libros y cuadros.
Sentado ante un vasto tablero, la figura de un anciano. Fuma.
Blanca barba, blancas guedejas. Gruesas lentes. Una lámpara
de brazo extensible proyecta su luz sobre el anárquico
encuentro de lápices y papeles. Su pipa, humeante,
vela la superficie que el haz de luz recorta sobre la mesa.
En su centro, un sobre. Lo rasga con una navaja de empuñadura
de asta. Extrae una hoja manuscrita. Al desdoblarla, deja
caer dos recortes de prensa. Debe recurrir a una gruesa lupa
para leer la carta:
Elizondo, Noviembre de 2003. Navarra.
Apreciado señor,
Mi padre solía hablarme de usted con afecto, al haber
estado a sus órdenes compartiendo circunstancias muy
difíciles.Tras su fallecimiento, encontré al
hurgar en sus cajones estos recortes de prensa. En ellos se
citan algunos de los hechos que marcaron su vida a lo largo
de aquellos fatídicos meses. Como quiera que mi padre
siempre lo mencionara efusivamente evocando su participación
en los sucesos que se relatan, he creído que podrían
resultarle de interés.
Suyo afectísimo,
Julio Elizburu, hijo.
Una nube de tristeza empañan los ojos del lector.
Deja la carta. Extiende los recortes de prensa. Atrae su mirada
el subrayado en rojo de algunas de sus columnas. Leve barrido
de su mirada a través de la lupa.
Tras un instante de vacilación, inclina su cuerpo,
da un leve impulso a sus brazos y se levanta con esfuerzo
de la butaca. El vigor del ademán no oculta su condición
de nonagenario. Se aleja unos pasos del tablero. Ante sí,
una librería que abarca todo un lienzo de pared. Tras
recorrer su mirada algunos de sus repletos estantes, separa
una vieja carpeta azul.
Sentado de nuevo ante el tablero, abre la carpeta. Rancias
fotografías en blanco y negro. Mapas cuarteados. Documentos
de borroso membrete.
Y un amarillento fajo de cuartillas.
Los ojos cansados del anciano se disponen a deletrear el
epígrafe que encabeza la primera cuartilla. El texto
está mecanografiado. Para descifrar sus débiles
caracteres entintados, vuelve a aplicar su potente lupa.
“Relación jurada de los Servicios Militares
prestados por el Alférez de Complemento I. de L. Soriano”
Las teclas de una “Underwood” imprimieron la
memoria del alférez sobre un papel tan escaso, entonces,
como el jabón o el pan.
En la última hoja, lugar y fecha cerrando la relación
jurada:
“Posición de Llanía, Septiembre de
1938”
Llanía,... valle del Noguera Pallaresa. Estribación
pirenaica, Lérida.
1938... Son casi siete las décadas transcurridas.
El segundo año de aquella guerra civil, tan remota
como pertinaz en el recuerdo.
El papel, áspero y quebradizo de las cuartillas, le
invita a adentrarse delicadamente en ellas. Polvo y moho se
han sedimentado en una pátina olfativa, que parece
empañar todavía más las borrosas letras
de la memoria. Aun con lupa, abordar su lectura le resulta
ardua tarea. Dos cataratas y noventa y cinco años constituyen
excesivo lastre. Pasa al azar la primera página y lee:
“Febrero de 1938. Quedo agregado a la Segunda Compañía
de Zapadores del Grupo de Ingenieros de la 63 División
de Navarra en el destacamento de Ara (Jaca), frente del Alto
Aragón y en la que me es encomendado el mando de la
Primera Sección como oficial de más antigüedad
en dicha Compañía. Durante este mes y al mando
de mi Sección nos dedicamos a la construcción
de un refugio antiartillero en la posición del “Corte
de la Carretera” a Orna y, en la posición de
Santa Cruz, se desarrolla un plan de fortificación
para Batallón, construyendo cuatro posiciones independientes
con sus respectivas alambradas, refugios activos, nidos de
ametralladoras blindados con hormigón armado o chapa
acerada, puesto de mando, caminos cubiertos, etc. Durante
la construcción de estos trabajos nos vemos obligados
a trabajar de noche debido a la gran proximidad del enemigo
que nos hostiga con ráfagas de ametralladora...”
Primeras luces del alba. Tableteo de ametralladoras desde
el campanario de Orna. La torre se ha convertido en el epicentro
de fuego del Ejército Popular. Ametralladoras Hotchkiss
barren desde el campanario los cerros nevados que abrigan
la posición enemiga de Ara, ocho kilómetros
al norte. Silbidos de ráfagas sobre pastos y sembrados
del alto Gállego. Montes de Ara, atalaya del Ejército
Nacional en lento avance sobre Orna. Cimas y laderas colindantes
prodigan entre sí fuego de artillería ligera,
morteros y ametralladoras.
Es un frente de líneas sinuosas, imprecisas, en proceso
de fluctuación tras un año de cruento equilibrio.
La vega del Gállego, desde Orna, parece nítidamente
controlada por posiciones del Ejército Popular. En
vano se adentró en la sierra con el objetivo de tomar
Jaca. Es aquí, en montes y quebradas, donde se combate.
Roquedos y una rala vegetación arbustiva solapan las
fuentes del nutrido fuego. Sólo las columnas de pólvora
negra denuncian, aisladamente, la situación de una
batería en la distancia. Fuera del hormigueo caqui
por matorrales y ribazos, la visión del otro, el enemigo
de carne y hueso, sólo es posible en el corto alcance
de una bomba de mano.
Nieve, barro, lodo en las trincheras. Piojos, escasez y frío.
Alambradas y pequeñas fortificaciones de hormigón
definen esta guerra de posiciones. Pero por lo agreste de
la sierra y el continuo golpe de mano, los combates parecen
antes emparentarse con la reciente campaña del Riff
que con la Guerra del 14.
Ausencia de uniformes. Fusiles de cerrojo. Capotes y alpargatas.
Tienes casi treinta años. Por tu origen universitario
eres oficial de complemento. Y te invade el estupor. Técnico
sin misiones de combate, observas desde un distante pragmatismo
la elementalidad y el arrojo africanista de los cuadros a
los que obedeces.
Un comandante ordena a su batallón avanzar y tomar
Orna. Nadie le ha dado esa orden. ¿Anhelos de un pronto
ascenso? ¿Suficiencia alimentada por el desconocimiento
o el aguardiente de la noche? Quién sabe... Para descender
a ese pueblo de mortífero campanario, hay que cruzar
los barrancos agusanados de nidos de ametralladoras. Y la
única protección artillera con la que cuenta
son esos cañones de montaña de pequeño
calibre, el Shneider, -“Nicanora” en el argot
castrense- que, transportados a lomos de mulos, fueran tal
vez útiles contra la kábilas rebeldes de Abdel-Krim,
pero no para batir un terreno bien defendido por morteros
y ametralladoras.
Éste es tu primer contacto con la sangre. Ves llegar
a los primeros heridos de esa vana ofensiva, fruto de la fiebre
del comandante. Un oficial trasladado en camilla te muestra
el efecto de una granada de mortero. En lugar de brazo, un
sangriento muñón. Traspuesto, te dice: “¡No
vayas, Ingeniero, no vayas...!”.
No será ésta la última vez que sientas
ese sudor frío, esa presión en la boca del estómago.
Pero el dolor y la muerte, al albur de metralla, balas y obuses,
acabarán siéndote familiares. Tanto, como para
que el juego pueda tener cabida en el día a día
del frente. Un juego no ajeno al escaso valor de tantas vidas.
Alguien, rezumando coñac por los poros, intenta hacer
remates de cabeza con los obuses en pleno bombardeo artillero.
Tú sueles pasear en los ratos de ocio con el joven
médico de la compañía, Elósegui.
Pero lo hacéis por campos donde resulta fácil
localizar bombas de mano que no han hecho explosión.
Y éste es vuestro escenario de juego. Un juego de puntería
a cantazos contra granadas no detonadas. Buen divertimento.
El estallido de la bomba sigue a vuestra proyección
en el suelo. Metralla y onda expansiva rozan vuestros cuerpos
tendidos. La sacudida os divierte como a niños ante
el fogonazo de un petardo en fiestas.
Pero una de las veces no has advertido a Elósegui
de la piedra que vas a lanzar contra una granada “Lafitte”.
Lo haces, te arrojas al suelo y se produce la detonación.
Tu amigo, incauto, ha permanecido de pie. De su femoral brota
un surtidor de sangre que salta acorde al bombeo del corazón.
Torniquete en la ingle sobre la herida de metralla. A hombros,
lo llevas hasta la posición. El juego no acaba con
la vida de Elósegui, pero la marcha por el monte con
dos pesos, el de tu responsabilidad y el de su cuerpo, se
te hace eterna...
Un molesto reflejo sobre la lente obliga al anciano lector
a modificar el ángulo de luz. Su interés le
lleva a la siguiente página. Vuelve a ajustar la distancia
de la lupa y continúa su lectura:
“21 de Marzo. En Linás de Marcuello y en
vísperas de la rotura del Frente de Aragón,
recibo órdenes de salir con mi sección para
construir un puesto de mando en la Sierra del Mondó,
inmediaciones de Bolea (Huesca), incorporándonos al
resto de la Compañía en este pueblo donde permanecemos
hasta el día 23...
24 de Marzo. Salida de Bolea al mando de mi Sección,
con dirección a Lierta, ocupándonos del mejoramiento
de caminos y arreglo de un pequeño puente, debido a
la destrucción que llevan a cabo las fuerzas enemigas
en su huida. Seguidamente reemprendemos la marcha hasta el
pueblo de Sabayés...
26 de Marzo. Salida de Apiés con rumbo a Sipán,
por Barluenga, Loporzano y Bandalies, donde se efectúan
trabajos en una pista de desviación debido a la voladura
de un puente que impide el paso de los convoyes...
28, 29 y 30 de Marzo. Se lleva acabo una dificilísima
desviación y construcción de un pequeño
puente sobre el río Alcanadre en las proximidades de
Bierge, debido también a la voladura del anterior...
31 de Marzo. Salida de Bierge con dirección al
Grado donde por la noche al mando de mi Sección colaboramos
a la reparación del puente metálico sobre el
Cinca, volado por las fuerzas enemigas...”
Pueblos desérticos. Riadas de refugiados en pleno
éxodo hacia la vecina Cataluña. Camiones, carros,
caballerías. Caminos que la lluvia enloda. El Ejército
Popular abandona sus posiciones. El frente se desmorona.
Atrás queda la soledad en trincheras y alambradas.
Mulos despanzurrados. Cráteres de obuses, cadáveres
en el barro. Hierros retorcidos. Puentes dinamitados. El miedo,
el frío y la fatiga en soldados prisioneros.
El avance de tu División hacia Cataluña se
traduce en marchas extenuantes por lomas y barbechos. Con
tus soldados, muchachos de veinte años con el pico
o la pala terciados y el mosquetón al hombro, cruzas
parajes desolados por el miedo y la venganza.
Entráis en un pueblo recién tomado. Pesa el
silencio en sus calles. Casas vacías. No puedes evitar
ser testigo de lo que te muestra uno de los zaguanes. Una
familia entera ocupa el espacio. Un matrimonio de ancianos,
una pareja joven y... no te paras a distinguir si hay uno
o dos niños, porque todos yacen, alineados en el suelo,
muertos por herida de bala. ¿Rehenes asesinados por
quienes han abandonado el pueblo? Nunca lo sabrás.
La sombra de Caín se alarga y vuelve a ofrecerte otra
imagen de un Goya redivivo. A los “Desastres de la guerra”
sumas éste que tampoco habrás de olvidar. A
un lado del camino se sostiene una figura inerte, casi humana.
Diríase un espantapájaros. La estaca ensarta
a un hombre. El empalado. Esperpento del dolor y la barbarie.
Por momentos agradeces ser militar y estar en el frente,
antes que vivir el desgarro social de ambas retaguardias...
Se aviva el interés del anciano. Desplaza, inquieto,
su lupa sobre el diario. Su avidez lectora da un fuerte impulso
a la rueda del tiempo. Pasa la hoja en busca de determinados
lugares y hechos. Fechas y pueblos se precipitan.
Abril. Del Cinca al Noguera Ribagorzana. Torres del Obispo,
Graus, Benabarre...
Trabajos y más trabajos de fortificación en
esta primavera incipiente. El descenso del frío y las
heladas aceleran la ofensiva desde el Aragón Oriental
hacia la Cataluña de Poniente. Marchas nocturnas, monte
a través, con el material de construcción a
hombros. El Ejército Popular abandona, una a una, sus
posiciones. Se bate con desesperación. No cesa el hostigamiento
de sus francotiradores.
Sin embargo, estos hombres en armas, por encima de la causa
a la que sirven, son un mismo pueblo. Un pueblo capaz de transmitir
el odio, pero incapaz de reprimir su necesidad de comunicación.
Incluso con el enemigo. Cuando sus combatientes no se disparan,
intercambian tabaco de trinchera a trinchera. Emiten chascarrillos.
Cruzan comentarios buscando paisanos en la inmediatez de las
filas enemigas. Desean saber de sus novias y familias. Trincheras
que resisten bombardeos y asaltos a la bayoneta son, con frecuencia,
paradójicamente permeables.
Noche. Dos soldados desconocidos parecen haberse unido al
rancho de tu Sección. Intercambian breves palabras
con algunos de los muchachos que comen. Al pronto, profieren
gritos, maldiciones e insultos. Son reducidos por un sargento.
Los conduce ante ti. Son soldados enemigos que se han perdido
por el monte. Creían moverse entre posiciones del propio
ejército y lo que han hecho es pasarse de zona. “¿De
qué Brigada sois? ” han preguntado a tus soldados
sentados en torno al fuego. Eso les ha delatado. Hubieran
sido asimilados a la División, sin mayores consecuencias
o, como mucho, hechos prisioneros. Pero sus gritos desafiantes
en tono de arenga te llevan a ordenar al sargento que se los
lleve con una Escuadra al puesto de mando. A su regreso, le
preguntas qué ha decidido el comandante. Te responde
lacónicamente que nunca más volverán
a gritar.
Un ciclista recorre caminos y senderos. Estallan los almendros
en flor. Verdean los ribazos. Romero, tomillo, espliego despliegan
su fuerte aroma. Los carrascales pierden la oscura densidad
que la plomiza luz invernal confería. El ciclista es
natural de la región. Ajeno a las línea de trincheras,
llega hasta la Compañía de Zapadores de la 63
División de Navarra. Ningún fusil lo enfila.
El alférez lo espera.
Lo conoces como dentista. El único dentista del frente
que vende sus servicios Los parapetos de la defensa abrigan
la consulta odontológica. El torno con el que el interviene
tu dentadura lo accionan los pies de tu asistente impulsando
los pedales de su bicicleta. Sabes que ha cruzado, una y otra
vez, las líneas enemigas para llegar hasta la posición.
Deduces que ofrece sus servicios a ambos ejércitos.
Sospechas, incluso, que vende su información a unos
y otros. No importa. Necesitáis que este peculiar odontólogo
cruce felizmente un secano en armas a lomos de bicicleta.
Llegas con tu Sección a Montañana. Ya en la
raya con Cataluña, el Ejército Popular en su
retirada ha segado los cables que sostenían el puente
colgante sobre el Noguera Ribagorzana. El río, en su
fuerte crecida, constituye una importante barrera para el
avance de tu División, cuanto más el intenso
fuego que proviene de la otra orilla. Sois tiroteados desde
el campanario y las casas ribereñas del limítrofe
pueblo Puente de Montañana. Un comandante navarro,
que ufano luce amplia boina roja, se convierte en vistoso
reclamo de los francotiradores. No puedes evitar reírte.
Su singular tocado es más propio de las viejas epopeyas
carlistas que de la actual guerra.
El Batallón de San Marcial vadea el río bajo
una lluvia de balas. El cruce cobra su tributo. Cuerpos ensangrentando
el río. En la escalera del campanario ruedan y estallan
las granadas “Lafitte”. Detonaciones. Súplicas
e improperios. Enmudece el campanario. Mientras, tu Sección
ha tendido el puente por donde cruzará el grueso del
ejército.
Y del Noguera Ribagorzana al Noguera Pallaresa. La Cataluña
Occidental. Has dejado vega y monte bajo para adentrarte de
nuevo en un paraje agreste y montañoso. Siempre a pie.
Tremp. Monte de Conques. Sierra de Bastús...
Destello en la mirada. El lector da muestras de haber llegado
a la fase del diario que perseguían sus cansados ojos.
Los recortes de prensa, motivo de lectura de estas cuartillas
amarillentas, enlazan por fin con los hechos que narran la
crónica del alférez. La lupa acusa un leve temblor.
Lee:
“12 de Abril. Nos trasladamos a Figuerola de Orcau.
Del 13 al 17 de Abril. Nos dedicamos (Primera Sección)
a fortificar las cotas 608 y 1701 del monte de Conques ocupado
por el Batallón 13 de Zaragoza, teniendo que efectuar
dichos trabajos por la noche por hostilizar el fuego del enemigo
y ser terreno muy batido.
18 de Abril. Por orden superior, la Primera Sección
sale a las tres de la tarde en dirección a San Salvador
de Toló con objeto de fortificar las posiciones ocupadas
por el Noveno Batallón de Zamora, cotas 1185-1162 y
1112 de la Sierra del Cucú, llegando a nuestro destino
a las once. Se trabaja toda la noche en la construcción
de parapetos de escucha, pozos de tiradores y emplazamientos
de máquinas. Descanso durante el día en las
inmediaciones de Matasclana.
19 de Abril. En igual situación que el día
anterior.
20 de Abril. Nos trasladamos a Figuerola de Orcau, donde
permanecemos hasta fin de mes, dedicándonos por la
noche a la construcción de caminos cubiertos en el
monte de Conques.
1 y 2 de Mayo. Continuamos los trabajos de los días
anteriores en el Monte de Conques, cota 721 y Ermita de las
Esplugas, construyendo emplazamientos de máquinas.
3 de Mayo. Trasladada la Sección a Bastús
donde permanecemos hasta el día siete trabajando en
la sierra de dicho nombre, cota 69, ocupada por el Batallón
de Ceriñola. Se efectúan trabajos en la avanzadilla:
alambradas, pozos de tiradores, para emplazamientos de máquinas
y escuadras de fusileros.
8 y 9 de Mayo. Se ocupa mi sección, junto con
el resto de la Compañía, de la reparación
de la pista Figuerola-Bastús-San Román.
Del 10 al 13 de Mayo. Se fortifica la avanzadilla intermedia
entre el monte de Conques, y San Román de Abella, construyendo
los emplazamientos para máquinas y escuadras de fusileros.
Del 14 al 22 de Mayo, nos dedicamos a la construcción
de un camino cubierto entre la ermita y la avanzadilla y al
mejoramiento de las fortificaciones del monte de Conques.
Se unen con alambradas San Román -posición intermedia-,
la ermita de las Esplugas, el monte de Conques y el pueblo
de dicho nombre hasta alcanzar el río. Se observa gran
actividad en las filas enemigas. Son las vísperas de
su gran ofensiva. En el pueblo de Conques, carretera de Isona,
construimos un muro de piedra antitanque...”
Llevas veinte agotadoras jornadas trabajando en la fortificación
de estas sierras.
Muelas y abruptos farallones. Abajo, el valle de caprichosas
quebradas.
Lo hacéis de noche, como siempre, para no ser blanco
del enemigo. Inestimable presencia la del soldado navarro
Elizburu. Su innato sentido del monte le convierte en tu enlace
y más directo apoyo.
Junto a los soldados de tu Sección, un nutrido grupo
de trabajadores “gudaris”. En su día fueron
hechos prisioneros. Su origen no impide que confíes
en estos hombres. Te parecen gente sencilla y franca, a la
que no dudas en armar cuando las circunstancias lo requieren.
Son kilómetros de alambradas en el monte. Tras éstas,
trincheras y parapetos. Fuera, una franja minada con bombas
de mano. Doble red de alambradas que surca lomas y cerros.
Los mulos de Intendencia han descargado los rollos de alambre.
Tus soldados los llevan hasta el tajo. Extenderlo y tensarlo
suele herir las manos, que los muchachos -como así
los llamas- no siempre protegen con viejas suelas de alpargata.
Las mismas que también usan para ensordecer el tintineo
metálico de los mazos sobre las piquetas de hierro.
De lo contrario, os arriesgáis a ser localizados y
ametrallados en la noche.
Las piquetas van sucediéndose por terrones y maleza
enhebrando el alambre de púas. Trazado en V el de estos
cuadriláteros erizados que se erigen cerrando las laderas.
Diagonales punzantes unen igualmente sus bisectrices. Así,
erizados dientes de sierra coronan las cimas. En los vértices
exteriores de este anguloso trazado, se emplazan las ametralladoras
de posición. Mortíferos vértices los
de esta tupida, caprichosa maraña que protege el macizo
de Sant Corneli. En estas cotas superiores a los mil metros,
se dominan llanos y vaguadas abriéndose al Este. Las
vías que van a utilizar en su inmediata ofensiva las
Brigadas del XI Cuerpo del Ejército Popular...
“¡Aquí!”. Así dice para sus
adentros el anciano. Porque, en su fatigoso periplo de lectura,
acaba de encontrar el punto geográfico que desde un
principio buscaba: Sant Corneli. Lee con emoción:
“23 de Mayo. Empieza la ofensiva enemiga de todo
el sector ocupado por nuestra División y, por orden
superior salgo con mi Sección a las nueve de la noche
a fortificar la cota 1003 flanco derecho de la ermita de Sant
Corneli, dedicándonos a la construcción de parapetos
y alambradas...”
El alférez emprende con su Sección el ascenso
a Sant Corneli.
Orcau, un puñado de casas arracimadas en la empinada
ladera. El pueblo semeja una pequeña alcazaba del Riff.
La Sección y sus trabajadores “gudaris”
penetra por la puerta en arco del recinto amurallado. Unas
candilejas proyectan su mísera luz sobre capotes, gorros
y fusiles. Bultos de apariencia humana dormitan de pie, apoyados
en las sombrías paredes de las callejas. Expresiones
demacradas. Barbas de días. Denso agotamiento en las
miradas que con indiferencia os dirigen al pasar.
Ni el menor perímetro defensivo. Nadie os ha dado
el alto. Ausencia de puestos de guardia. Sólo, sombras
entre sombras, centenares de espectros durmientes que flanquean
vuestro paso.
Sorprendido, preguntas quién está al mando
de esta posición tan mal guarnecida. Te llevan hasta
una casa. Cruzas tres palabras con un comandante que, somnoliento,
te recibe tumbado en un camastro. “¿Dónde
vas, Ingeniero?”, te pregunta derrengado. Cuando le
dices que os dirigís a fortificar la cota 1003 de Sant
Corneli, no puede evitar compadecerse de tu misión
en esta noche. Será la última de este comandante
y la de muchos de sus soldados que ahora dormitan de pie.
La Sección deja atrás Orcau. Caminos de herradura
serpean por repechos cada vez más pronunciados. Brújula
y mapas orientan al alférez hacia la cota 1003 de Sant
Corneli.
En el trayecto, los zapadores vuelven a tener un raro encuentro
con efectivos de su propia unidad. Cientos de hombres, mulos
y pertrechos. Un Batallón de Infantería se halla
perdido en plena sierra. Su comandante, en dramáticos
apuros, se ve incapaz de conjugar la lectura de brújula
y mapa. Tampoco cuenta con un eficaz batidor del terreno,
como Elizburu. Sin tu ayuda, el Batallón hubiera tenido
que seguir a ciegas su camino o esperar a las primeras luces
del alba. Mala cosa, dada la febril actividad de un enemigo
cada vez más próximo.
Madrugada. Han pasado las horas y no cesa la intensa fortificación
de la cota 1003. Un doble, denso tendido de alambradas os
separa de quienes -por encima de vosotros y a no más
de treinta metros- controlan este cerro: requetés alaveses
del Tercio de la Virgen Blanca. Los cañones de sus
ametralladoras Hotchkiss señalan en la oscuridad el
ancho valle que se extiende al Sureste.
Durante la jornada anterior ha podido verse desde Sant Corneli
cómo el enemigo desplegaba miles de hombres en sus
vehículos de transporte. Las Brigadas Mixtas del XI
Cuerpo de Ejército en pleno. Y doce modernos tanques
de fabricación rusa preludiando, por vez primera, un
frente de batalla de muy distinto cariz. Contraofensiva en
toda regla del Ejército Popular.
La aurora. Cárdenos roquedos. Un emergente coágulo
solar enciende de púrpura el horizonte. En lontananza,
sembrados y viñedos se impregnan de arrebol.
A sabiendas de lo que podía acaecer de un momento
a otro, el alférez no ha dado respiro a la Sección
de Zapadores que aún sigue trabajando cuando se levanta
el día...
En este instante, las líneas del diario magnetizan
las fatigadas pupilas del lector:
“ Esta posición, guarnecida por una Compañía
del Tercio de Requetés de la Virgen Blanca, mientras
nos dedicamos al tendido de la alambrada fue atacada inesperadamente
a las siete de la mañana por un elevadísimo
número de fuerzas enemigas, teniendo que suspender
nuestro trabajo y replegarnos a los parapetos bajo un cercano
e intenso fuego cruzado de los atacantes y de los defensores...”
Un sordo rumor llega del valle. ¿Motores tal vez?
No. El alférez juraría haber oído el
redoblar de tambores. Le sorprende. Pero más llama
su atención el flamear de una bandera con los colores
rojo y gualda, que destaca sobre las cabezas de una nutrida
facción armada. Un despliegue de Infantería
con toda la aureola marcial del siglo XIX. Prolegómeno
digno de una batalla entre Liberales y Carlistas.
Los colores de la bandera que en su avance enarbola esa Infantería
no distraen tu quehacer. Al fin y al cabo, has vuelto a acostumbrarte
en el ejército a la exhibición de la antigua
bandera monárquica. Tampoco experimentan una curiosidad
mayor que la tuya los soldados destinados a vigilar y proteger
los trabajos de fortificación. Pero, al cabo de unos
minutos, la unidad de Infantería que avanza, caladas
las largas bayonetas rusas en sus fusiles, se halla a unos
cincuenta metros de vosotros. Es entonces cuando te percatas
de la auténtica naturaleza del estandarte enarbolado.
En efecto. Son los colores rojo y gualda, pero, en este caso,
los que integran otra bandera, la cuatribarrada de Cataluña.
Se trata de dos Compañías de la 134 Brigada
Mixta del Ejército Popular que ascienden, bandera en
ristre, por la ladera. Y algún soldado catalán
ha decidido, en la euforia previa al combate, el despliegue
del estandarte como romántica proyección de
sus ideales.
Gritos desde el otro lado de las alambradas. Los requetés
han identificado la avanzadilla del Ejército Popular
y se aprestan a abrir fuego. El enemigo os reclama a voces:
“¡Ingenieros! ¡Ingenieros!...¡Pasaos!
¡Venid con nosotros!...”. En este preciso instante,
temes con razón que los trabajadores “gudaris”
deserten, que seáis hechos prisioneros o aniquilados.
Los requetés ya han puesto en marcha sus ametralladoras.
Sus ráfagas silban por encima de vuestras cabezas.
A su vez, la avanzadilla enemiga contesta al fuego. Dos de
tus muchachos caen. No sabes si por efecto del fuego amigo
o enemigo. Maldices y a gritos ordenas abandonar la posición.
No os podéis proteger tras la línea de fuego
del Tercio de la Virgen Blanca, tal es el espeso, impenetrable
tendido de vuestras alambradas que impide vuestro paso. Amargo
sarcasmo: impecable trabajo de fortificación el tuyo,
para que luego te veas en tierra de nadie, a descubierto,
absurdamente batido por un fuego cruzado.
Soldados y trabajadores obedecen tus órdenes. Abandonan
el lugar, guiados por Elizburu. Para sustraerse al intenso
fuego de unos y otros, cruzan en diagonal el flanco Sur de
la ladera.
Has empuñado tu pistola Astra del nueve largo. Sientes
arder tus venas. Impregna tu boca un sabor metálico.
Debes esperar a que todos hayan evacuado el parapeto. Pero
queda un muchacho. No obedece. Atenazado por el miedo, es
incapaz de moverse. Lo encañonas. Disparas al aire,
aunque, por un segundo, tu intención haya sido otra.
No puedes permitir que nadie más muera o caiga prisionero,
a causa de este pánico que paraliza músculos
y dilata esfínteres. El joven soldado reacciona y sigue
a sus compañeros. Vas tras él. A tus espaldas
quedan los cuerpos de los dos muchachos.
La Sección se retira en dirección a Orcau.
Ha dejado atrás la mortífera cortina de alambradas
en que se ha convertido la cota 1003 de Sant Corneli. Sordas
explosiones: voces de morteros y artillería.
La mañana se muestra en todo su esplendor. En el descenso
vuelve a avistarse la pequeña alcazaba que ocupaba,
horas atrás, el abúlico comandante al mando
de aquellos cientos de figuras sonámbulas.
El alférez deshace el recorrido de la noche anterior.
Un halo de silencio pesa sobre el pueblo. Penetra por las
mismas callejuelas en pendiente. Ahora no encuentra soldados
que dormiten de pie, apoyados en paredes y fusiles. No.
En su lugar, amasijos de cuerpos tendidos en el suelo. Amalgama
de cabezas, pies y brazos entre capotes ensangrentados.
Orcau, momentos después de que lo abandonarais, ha
debido de ser sorprendido en un cruento golpe de mano. Su
guarnición, aniquilada. Quien no yace muerto está
prisionero, ahora, de un enemigo muy cercano.
Atravesáis sus calles, contagiados del mismo silencio
que las embarga. Un obscuro presentimiento te lleva hasta
aquella casa. Su puerta, entreabierta. Cruzas el zaguán.
En una alcoba, sobre su camastro, el comandante. La manta
se enreda en un cuerpo al que no han dado opción a
despertar.
Salís de Orcau, como quien deja atrás un pueblo
apestado.
De nuevo, con la fatiga en el cuerpo, monte a través
en dirección a Figuerola de Orcau, vuestro punto de
partida la noche anterior.
Destellos de luz primaveral. El sol, en vuestros párpados.
El frenesí de las últimas doce horas os hace
anhelar con desespero el refugio que os permita descansar
durante el día. Vano anhelo.
Los ecos de las explosiones como telón de fondo. Y
no sólo eso. Por la quebrada que pisan vuestros dolidos
pies, llega hasta tus oídos un confuso griterío.
El camino os conduce, in crescendo, a la fuente del clamor.
De súbito, ante tus ojos, se abre una llanada. Comprendes
ahora el porqué de esas voces que se te antojan secos
aullidos.
El primer cuerpo a cuerpo que presencias.
A escasos metros, una compañía de la XVI Bandera
de la Legión -el Tercio, como tú la llamas-
se enfrenta, bayoneta en ristre, al enemigo.
Obscena visión, un abigarrado cuadro impregna por
segundos tu retina: el promiscuo ir y venir de brazos, aceros
y culatas de quienes, de pie o retorciéndose en el
suelo, entrelazan encarnizadamente sus cuerpos.
Rasgar de hojas, chascar de culatazos.Vientres ensartados
Algarabía de blasfemias y gemidos.
Es entonces, cuando un promedio de fatiga, prudencia y miedo
te hace ordenar a tu Sección el abandono del lugar.
Procedéis, así, a una cauta retirada. Esta honrosa
media vuelta te aleja del escenario, antes de que los legionarios
os vean y os inviten a participar en una orgía de sangre
para la cual no estáis preparados.
Saciado de conmociones, recuerdas de camino a Suterranya
-segunda línea de fuego- una imagen del día
anterior: legionarios a bordo de un camión, oficial
incluido, pasándose de boca en boca un garrafón
de aguardiente. ¿Su destino inmediato? Protagonizar
acciones como el cuerpo a cuerpo que acabas de testimoniar.
Fiereza y ebriedad unidas. Herencia de los cruentos episodios
del Riff.
Ya en Suterranya, a media mañana. Agitación
en el pueblo. La ofensiva se ha cobrado varias posiciones.
Ir y venir de enlaces. Confusión de partes. La Plana
Mayor de tu División, que manda el coronel Tella, vive
el desconcierto ante lo que promete ser un avance, ya consolidado,
del ejército enemigo. Hay que abandonar esta segunda
línea de fuego antes de que sea demasiado tarde. Batallones
enteros inician su repliegue.
Desfallecido, te presentas en la Plana Mayor para informar
a tu coronel del desarrollo de tu misión en esta fatídica
noche. Acompañando a Tella, ejemplo de militar monárquico
curtido en Marruecos, su guardia de corps: una Escuadra de
legionarios de respetable catadura. El coronel profiere insultos
y maldiciones, a medida que los diferentes mandos van comunicándole
el desconcierto vivido a lo largo y ancho del frente. Gesticula,
airado, con su fusta. Golpea sobre una mesa en la que se despliegan
los mapas. Vergüenza entre los oficiales que encajan
los insultos y se apartan para no ser, a su vez, fustigados
por el iracundo coronel.
Te llega el turno. Te pregunta cuál es la situación
en Sant Corneli. Le refieres lo que has presenciado: el asalto
a la cota 1003 y el cuerpo a cuerpo entre la Legión
y el enemigo, pero silencias el aniquilamiento de Orcau. Cuando
se entera de que te has retirado eludiendo el combate, el
coronel te increpa y hace ademán de golpearte con su
fusta. Dejas apresuradamente la sala.
¿Habrías podido reprimir tu orgullo si tu máximo
jefe te hubiera afrentado? Sabes que la guardia personal de
Tella, como la de tantos mandos africanistas, se justifica
por la seguridad ante una incursión enemiga. Pero también,
en el calor de situaciones como ésta, como escudo frente
a la imprevisible reacción de cualquier soldado. Disuasorio
efecto el de sus legionarios. Tan fuerte como tu sentido de
la disciplina.
Abandonas Suterranya con tu Sección, al igual que
el resto de las unidades. Desde ventanas y balcones te llega
la befa de sus habitantes que celebra vuestra retirada...
Ha anochecido. En la penumbra, sobre la abarrotada superficie
del tablero, destacan bajo el haz de luz las cuartillas del
diario. A un lado, la pipa del lector. No humea.
Exhausto, retira el fajo de amarillentas cuartillas y devuelve
su fatigada mirada a los dos recortes de prensa.
Toma entre sus manos el primero: una carta aparecida quince
años atrás en La Vanguardia. La firma
Ferrán Torrescasana. Sus palabras vuelven a sonar en
la mente del lector:
“...El principal obstáculo lo constituía
la montaña de San Cornelio, en las estribaciones de
la Serra de Carreu (Pallars Jussà), punto clave para
el dominio de la extensa Conca de Tremp. Y allí durante
tres días y sus noches, tuvieron lugar combates de
los más sangrientos de la guerra en Cataluña,
por el gran número de muertos y heridos habidos en
tan poco tiempo, quedando materialmente deshecha la unidad
republicana (4° Batallón de la 134 Brigada Mixta)
formada en su mayor parte por bisoños jóvenes
catalanes del reemplazo de 1940, que intentó en vano
una y otra vez conquistar la fortificada y bien guarnecida
cima.”
Segundo recorte de prensa. Un epígrafe del artículo
publicado en El Periódico cobra, ahora, especial
relieve: ESQUELETOS EN SANT CORNELI .
Y enfoca de nuevo con la lupa las líneas marcadas
en rojo:
“... acabada la guerra civil, varios vecinos del
Pallars descubrieron en Sant Corneli la imagen horrible de
esqueletos de soldados atrapados en las alambradas que protegían
las posiciones franquistas. Ferrán Torrescasana formaba
parte de la quinta del biberón del 40 y participó
en el fallido asalto republicano a Sant Corneli... “Fue
un suicidio...tuvimos muchas bajas. Yo descendí la
montaña rodando porque me hirieron en una pierna y
no podía caminar.”
Acusando un leve estremecimiento, aparta la hoja recortada.
Sant Corneli. Tres días y tres noches. Del 22 al 25
de Mayo de 1938.
Setecientas bajas del Ejército Nacional. Tres mil
bajas del Ejército Popular. A un lado y a otro de aquellas
alambradas. Alambradas que tendió el alférez
antes de que, enfermo de paludismo, escribiera su diario en
la posición de Llanía.
El anciano toma el diario y los recortes. Delicadamente,
los deposita en la vieja carpeta. La cierra. Se incorpora
de la butaca. Esta vez, con menor esfuerzo; sin el lastre
de los años.
Se aproxima a la librería y guarda la carpeta en su
estante.
Se unen en su memoria Torrescasana, el soldado adolescente,
con el alférez que escribió el diario. Ninguna
alambrada los separa.
Al anciano lector
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