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Tiro de gracia
...otra vez ese rumor, seco arrullo de
papel. Lo que fue tu pulmón, hoy fuelle viejo, crepita con
cadencias de ronroneo gatuno. Toses y la flema asoma en tu
boca. Esta mucosidad moteada de rojo arcilla... Jodido tubo
con el que te han hurgado... Broncososmia, broncosostia, como
se llame... Relájese... Un poco más y ya acabamos. Y una leche.
Pasos, puertas que se entreabren, jadeos en el pabellón de
neumología. Entran con andares blancos de felino. La luz
a la cara, la goma en el brazo. Frío mercurio en la axila.
Vuelves a aspirar en vano. Poca cosa. Seco silbo de caña.
Mejor el flagelo del humo denso, aterciopelado, de un Montecristo,
que ese oxígeno que no parece saciarte. La mascarilla y el
hídrico gorgoteo. A la mierda, Esther. Siempre con el no fumes,
Luis, que te destruyes. Nada más ridículo que un cadáver sano
en la mesa de un forense. Muerto y con los sacos pulmonares
podridos, le dices, pero muerto, al menos, por haber vivido,
aspirado el humo a dentelladas. Cuándo se hará de día, cuándo,
cuándo, cuándo...
- ¿Y bien, doctor?
Luis
ha apartado el plato del verdoso puré para, tras calarse la
mascarilla de oxígeno, dirigir su pregunta al oncólogo. El
doctor Yarza explora, indiferente, las difusas manchas que
conforman sus radiografías.
El mismo silencio que con la anterior lectura del informe clínico. Biopsia
y placas no parecen inmutar al oncólogo. El médico ha venido
a visitar a su paciente, justo cuando se enfrentaba con fastidio
al insípido almuerzo del hospital.
-
Señor Portolés, de su broncoscopia con biopsia transbronquial
se infiere que padece usted una neoplasia pulmonar con una
incipiente metástasis de esófago . El protocolo quirúrgico
contempla la resección de la mucosa alveolar tumorada. Es
una intervención, bueno, ya me entiende...Y, tras el postoperatorio,
la quimioterapia y las consabidas radiaciones -salvo, eso
sí, algunos efectos secundarios, dada la escasa agresividad
del tratamiento -, diríamos que podemos garantizarle una razonable
calidad de vida. Por supuesto, una vida de reposo, claro está,
con el oxígeno de rigor las veinticuatro horas del día.
- Hay cosas que no comprendo, doctor Yarza... ¿Podría ser más explícito?
- Señor Portolés, le quedan tres meses de vida.
La mascarilla ahoga la expresión que Luis profiere:
-¡Canalla!.
Y, agarrando el plato, arroja los restos de puré a la cara del oncólogo.
* * * *
Déjame que te acompañe, Manuel. No vengas, Sara, le has dicho. Una rodilla artrítica
no justifica tu compañía ante Santa Pau, médico eunucoide,
gafe tipo, que por un dolor pasajero te envía a que te taladren
un hueso. Biopsia, bioleches... Y qué tendrá que ver mi abdomen
con la rodilla. Si tengo náuseas y amarilleo será de empinar
el codo. Cualquier achaque sirve como pretexto para que te
humillen. Pruebas y más pruebas. De la rodilla, al vientre.
Por qué no de la rodilla derecha, al ojo, eso, al ojo izquierdo.
La cuestión es que esos tipos de bata blanca justifiquen su
vanidad predadora. Y si algo más tengo, algo, ya me entiendes...
maligno o como quieran llamarlo, le echo lo que hay que echarle
al asunto. Lo que no tiene el capón de Santa Pau. Nadie más
vuelve a meterme mano en un hospital. Lo dicho.
- Por favor, tome asiento, señor Azcona...
Manuel Azcona se sienta, no sin reprimir un marcado gesto de
dolor al doblar su rodilla derecha. Los fluorescentes del
techo derraman sobre la asepsia de la consulta su luz lechosa.
Las manos gordezuelas del doctor Santa Pau sostienen el informe
que desde el laboratorio del hospital le han remitido. A través
de las gruesas lentes de su montura de carey sus ojos leen
con detenimiento el contenido de la analítica.
Santa Pau despliega una vez más su talante afable, humano:
- Bueno, créame, señor Azcona, crea que me duele darle esta noticia. Verá, se
le ha diagnosticado a usted un histiocitoma fibroso maligno
en la articulación de su rodilla.
-
Luego... ¿significa eso que tengo un cáncer de huesos?
El “Así es” de Santa Pau resulta acorde con la blandura eclesial de sus manos.
- ¿Quiere decir que, tras pasar por el bisturí, tendré que
habituar mi trasero a una silla de ruedas o aspirar, como
mucho, a arrastrar mi pierna desarticulada con una eficaz
prótesis externa?
Santa Pau asiente con un laico tono de pésame, lo cual no disuade la vehemencia
que alumbra las palabras de Manuel Azcona.
- Eso, sin considerar el hecho de que otros tumores secundarios
no hayan invadido... por ejemplo... ¿el hígado?
Santa Pau aclara con consternación: -No
sólo el hígado, sino también, desgraciadamente, el páncreas.
Se acrecienta la avidez de Manuel.
- Luego... de poco va servir que me operen.... ¿No es cierto?
- El “ a decir verdad...” de Santa Pau,
pronunciado con meliflua tristeza, corrobora la aserción de
Manuel
La
voz de Manuel se eleva, vibrante. Sus palabras surgen sincopadas,
encadenándose a una velocidad creciente.
-
Y una vez operado de mi rodilla, o lo que es lo mismo, tras
superar la carnicería de un traumatólogo, tendré que pasar
por el consabido calvario de la quimioterapia y de las posteriores
radiaciones.... Es decir, lo que me espera son continuos ingresos
en el hospital para, después de haber sido asaetado por decenas
de catéteres, quedarme calvo, llagado e impotente, vivir
con horribles náuseas tres meses de vida...
Santa
Pau, escéptico y afligido, acompaña con gesto afirmativo las
lúcidas premoniciones de Manuel.
-
Usted lo ha dicho, querido amigo. Por eso yo no le aconsejo
que...
Manuel
lo interrumpe tajante. Formula su petición casi a gritos.
-
Llagado, calvo, impotente... bueno, pues... ¿sabe qué le digo?....
Que me operen, me radien y me den toda la quimioterapia del
mundo.
El
desconcierto congela la expresión del doctor Santa Pau. .
* * * *
Ocres
sillares de arenisca confieren a los muros austeridad de
convento. Rompen su fría desnudez los leños crepitantes de
una gran chimenea. Vigas de pino negral y puertas artesonadas
con herrajes definen un espacio donde el lujo ha sabido depurarse
de lo superfluo. El vasto salón realza la rojiza, liliácea,
densa presencia de un óleo de Rothko. Sobre el entramado de
enceradas losas de barro se disponen los muebles indispensables.
No turba su funcionalismo Bauhaus una sobria arquimesa renacentista.
Sara,
sentada, abate el tablero de la arquimesa y extrae una cuartilla.
El atardecer de Otoño proyecta a través de una ventana enrejada
un dorado haz de luz. El sol declinante perfila un delicado
óvalo de cara con ecos de adolescencia.
La
melena corta, cobriza. Ojos almendrados sobre pómulos eslavos.
La nariz, levemente aguileña. Esa imagen bañada por la luz
de poniente revela, no obstante, los primeros signos de madurez:
dureza azul en la mirada y leve rictus en su comisura labial.
Luz declinante para una juventud ya declinada.
Las
falanges, nudosas, no descomponen la articulada delgadez
de esos dedos que sostienen la pluma con la que Sara escribe.
Gruesa Mont-Blanc para unos trazos amplios y seguros.
La
Trinidad, 18 de Octubre
Querida
Esther:
Siento tener que daros tan malas noticias.
Manuel ha sido operado de un sarcoma en la rodilla. El problema
es que el cáncer había ya invadido el hígado y el páncreas.
Ahora, los tratamientos que ha seguido han acabado por dejarlo
exhausto...
Sigue
leyendo, Esther. A qué vienen esos escrúpulos. Manuel ha rendido
siempre vasallaje a los médicos. Allá él si ha decido pasar
por donde yo me he negado. No me afecta. Ningún hijo de Hipócrates
volverá a ponerme la mano encima. Esta jodida mascarilla
no acabará desplazando al puro. Aunque al toser pierda el
pulmón por la boca... Sigue leyendo.
La
voz de Esther tiene un deje metálico. Frío como la densa obsidiana
de sus ojos. Su cara, angulosa, exudó toda calidez años atrás.
Leve plata asoma en sus sienes, análogas hebras en una gruesa
trenza que fue negra. La mirada, que dirige de la carta a
los ojos de Luis, es intensa, pero decantadora de la emoción;
sabiamente instintiva. Y de sus labios, que no ocultan unos
dientes de personal irregularidad, vuelve a surgir su voz:
...Está muy débil y casi irreconocible.
Si anda, lo hace cojeando y con fuertes dolores. En su estado,
dicen los médicos que puede quedarle un mes de vida, tal vez
dos. Imaginaos su desesperación. Bueno, tendré que ir haciéndome
a la idea. Espero que Luis haya podido superar aquel problema
respiratorio sin importancia.
Y
tú, Esther ¿qué tal estás?
Un
fuerte abrazo,
Sara
El
silencio tras la lectura. Sólo ese persistente gorgoteo que
acompaña el áspero respirar de Luis.
Cadavérica
palidez la tuya, llevas postrado un mes en la innoble cama
de hospital que mandaste instalar aquí, en tu estudio. “Será
mejor que no durmamos juntos, Esther. Las noches en vela prefiero
pasarlas solo. Si toso o respiro más fuerte, sé que no te
molestaré y, si me da la gana de fumarme un Montecristo, también”.
Mentías.
Este estudio es tu caparazón, tu universo, el único, fuera
ya del dominio que compartías con Esther, liberado, al fin,
en tus noches insomnes, de la tibieza de su cuerpo deseado
e inaccesible. No soportabas, jadeante, edematoso, la densa
calidez de sus caderas, el delta azabache en su vientre, la
firme redondez de sus senos. Ella, pletórica en su madurez,
tú, atado al oxígeno, humillado en la peor de las decrepitudes.
La
mirada de Luis recorre una y otra vez sus limites: la librería
inglesa de oscuro nogal, el escritorio, su sillón Chester,
la cómoda isabelina de caoba y, prolongando el espacio entarimado
de roble, la superficie de espejos que cierra un amplio armario
empotrado. A un lado de la cama, el ventanal, con visillos
y un denso cortinaje con pasamanería. Desde sus cristales,
puede contemplar el exterior de la villa normanda.
Una esbelta araucaria se erige en el prado. A un lado, la
ladera sombreada de castaños. Cruzando el bosque, una serpenteante
pista desciende hasta la playa en la que se levanta, solitaria,
la casona de foránea arquitectura. Del otro, las olas rompiendo
en la ensenada de Quiteria con una armoniosa cadencia de marea
baja. Desde el cercano acantilado, una ermita y un adusto
faro. La estancia, tamizada por un sol otoñal, configura un
orden de espesa calidez. Severo escenario para un final ya
anunciado.
Esther,
bella como un áspid, reptante en sus palabras, rompe el silencio
creado:
-
Manuel, pobre Manuel..., pero no sé si me da más pena Sara,
con todo lo que debe de estar viviendo.
Luis
aparta su mascarilla de oxígeno. Saca un puro de su mesilla
de noche. Lo enciende, se ahoga y tose con un ronco estertor.
* * * *
Abandonas
su estudio. Dejas atrás ese nauseabundo maridaje: aroma de
puro, jadear de Luis, rumor acuoso del oxígeno que en vano
aspira cuando no fuma. Y entras por fin en tu espacio, limpio
y claro, de abstracta desnudez Zen. Amparada en la tonalidad
trigueña de sus paredes y esteras, consigues desprenderte
por momentos de las adherencias que Luis, enfermo terminal,
emana.
Piensas,
entonces, en Sara. En sus labios carnosos, en su lengua afresada,
en su tez marfileña. Revives la avidez de sus dedos deshaciendo
tu trenza. El estremecimiento de sus caderas, al abrir a tu
boca el oscuro broche de sus ingles. El enlace tentacular
de vuestros cuerpos amalgamados en la entrega. Tan lejos de
Luis y Manuel, ignorantes ellos de la entente secreta que,
años atrás, sus jovencísimas amigas mantenían. Encastillados
ellos en la fatua suficiencia de una madurez pletórica de
salud y bienes.
Y
en este preciso instante, transcurridos ya diez años, cuando
Luis y Manuel parecen acometer el último - aunque dilatado
e insufrible - tramo de sus vidas, decides que ha llegado
el momento de recordarle a Sara aquella lejana mañana. Por
eso, te sientas ante la veteada mesa de pino de Oregón y le
escribes.
Quiteria,
1 de Noviembre
Sara,
querida Sara,
Leer tu carta ha significado recordar con
nostalgia aquellos años. Nuestra juventud no parecía albergar
la menor suposición de lo que podía acaecerle en un futuro
nada lejano a Manuel. Pero tampoco el pobre Luis es el de
entonces ¿Los recuerdas a ambos aquella mañana, diez años
atrás, en el bosque? Todavía llegan a mí los ecos de sus risas
y de aquellos estampidos...
Habíamos
dejado atrás la fértil vega del Lamiel para adentrarnos por
la estrecha garganta que nos conduciría al santuario en ruinas.
Abedules y acebedos sombreaban la pendiente del camino. El
restallar de las mimosas en flor salpicaba de intensa calidez
los oscuros muros de verdor. El ascenso en vuestros rugientes
vehículos culminó cuando llegamos al hayedo que coronaba el
cerro y amenazaba con borrar las últimas ruinas del santuario.
Momentos
después, vuestros estampidos levantaban el vuelo de dos torcaces.
Habíais abierto fuego de revólver contra unos maderos que
se erguían a veinte metros. Atravesados en el claro del bosque,
los maderos formaban ese obsesivo recuerdo de vuestros padres
en el maquis francés: la cruz de Lorena que tanto os gustaba
profanar en su recuerdo, para
vengaros del desdeñoso comentario de De Gaulle en Toulouse
al finalizar la ocupación. El general de la grandeur
no había podido disimular su aprensión al ver desfilar junto
a las tropas francesas a aquella turba que ostentaba armas
y restos de uniformes alemanes: los mismos españoles resistentes
-vuestros padres- que habían liberado Foix de las tropas nazis,
mientras otros franceses colaboraban por activa o por pasiva
con los ocupantes.
A
las potentes detonaciones de la pólvora negra les seguía una
densa nube de humo. Difuminada, volvía a surgir la cruz. Cada
descarga iba mordiéndole sus cantos. Las gruesas astillas,
levantadas por los proyectiles de plomo del 45, saltaban a
la par que vuestras gozosas exclamaciones. Y, mientras la
detestada cruz de De Gaulle menguaba, vuestras risas crecían.
En este hayedo, prodigabais una y otra vez el mismo encuentro.
Escenario para la celebración de un juego que, convertido
en rito, os deleitaba, Luis, Manuel, como a dos niños. El
ritual os liberaba allí, en el hayedo de Santovenia, de los
bostezos que reprimíais en vuestros consejos de administración.
Arcaicas
armas de fuego, tan bellas como decadentes, devolvían el humor
a dos amigos de infancia que frisaban entonces los cincuenta
años. Los unía esa radiante complicidad masculina en la pasión
por el monte -libres de beatitud naturista- y por las armas
cortas que la épica de Ford, Hattaway, Ray, Fuller, Huston,
Peckimpah, Hawks y tantos, tantos otros había elevado a categoría
estética. Pasiones que nosotras, vuestras amigas, veinte años
más jóvenes y no inductoras aún del tedio matrimonial que
os aguardaba, contemplábamos con mezcla de asombro e indiferencia,
indolentemente recostadas al sol, sobre la hierba.
Habíais
enfundado vuestros revólveres al cinto. Cinturones y fundas
eran de hermoso cuero repujado.
Bajo
la copa de un haya, sobre una lasca granítica lamida por el
tiempo, otras armas parecían desplegarse en abanico. Eran
signos tan emblemáticos como los revólveres Colt 45 Frontier
de simple acción, que Luis y Manuel acababan de enfundar.
Varios ingenios mecánicos, recios y espigados, se alineaban
junto a dos botellas de vino y unos vasos. Los reflejos en
el cristal se armonizaban con el pavonado azul de los cañones
hexagonales. Gamas cromáticas compartidas por Colt, Remington
y Ribera del Duero. Queso de Roncal, chorizo ibérico y una
hogaza de pan configuraban, junto al vino y dos navajas de
monte, un peculiar bodegón: el épico yantar de dos inocentes
guerreros.
Ebrios
por el juego, febriles y sonrientes, Luis y Manuel habían
acometido su frugal merienda. Sorbos y más sorbos, cortes
de chorizo, pan y queso que se llevaban a la boca con sus
navajas. Al “¡Buen vino!” de Luis, le seguía un “ ¡Mejor
queso!” de Manuel. Y así. ¿Lo recuerdas?
Mientras,
nosotras, Esther, tumbadas en la hierba, con la impronta reciente
de nuestros besos y caricias prodigados allá, junto al riachuelo,
al otro lado del hayedo, observábamos a estos dos niños de
cincuenta años representando un papel equidistante entre el
maquis de sus padres y los mitos fordianos del western.
Nos
empezaba a hartar aquel juego. Tú tampoco entendías su fascinación
por las armas. Potencia, grueso calibre, cañones de ocho pulgadas,...
simple fetichismo fálico, terror al climaterio, te comenté.
La cosa no se acababa ahí, de un momento a otro iban a ponerse
sentimentales, observaste. O lo que es peor, dije yo: hipocondriacos.
Y así fue. La vitalidad, la actitud distendida, sus sonrisas
fueron desdibujándose, cediendo paso a los primeros signos
de melancolía.
Fue
entonces, cuando Luis aludió a Leonardo. ¡Cuánto se habría
divertido con ellos aquella mañana! ¡Jodido cáncer de laringe!
¡Cómo le habían hecho sufrir para, luego, nada! Traqueotomizado,
extirpadas sus cuerdas vocales, había muerto ahogándose, consumido,
sin haberse nunca dignado a hablar con eruptos a través de
aquella indigna cánula...
A
su vez, Manuel citó a Martín. Trepanado tras su derrame cerebral,
mantenido en coma durante seis meses, habría seguido ocupando
la siniestra U.V.I., conectado a un respirador, entubado y
sondado, de no haber sido por aquella feliz infección.
Acabaron
dando la razón a su amigo común, Albert. Luis reprodujo una
de sus conocidas sentencias: El único médico inofensivo, esto
es, el mejor....el forense. Manuel superó, de modo
un tanto afectado y retórico, la ironía de Luis. Al menos,
el forense no atrapaba a sus pacientes en el sadismo de la
escenografía clínica. Pero Luis iba más lejos. Cómo evitar
el terror clínico, antes de que el forense te reconociera
en su inofensiva mesa... Como no fuese con una dulce muerte
en brazos de Morfeo... La otra opción... cualquiera daba el
paso. ¡Cobardes! La simple alusión al frasco de somníferos,
al fondo de un río, la soga, el salto al vacío, el corte en
las venas..., les aterrorizaba. ¡Ni soñarlo!
En
aquel instante a Manuel pareció, por momentos, iluminársele
la cara al emitir su juicio. ¡Qué digno final, cuando un amigo
acortaba tu agonía de un disparo...! Hasta los caballos, cuando
se quebraban una pata, merecían este favor. Y, acto seguido,
procedió a ejemplificar su salida de tono. Su boca se llenó
de emotivas secuencias en los que distintos vaqueros del celuloide
sacrificaban emocionados a sus caballos con la pata quebrada.
¡Razón de más con un amigo! Luis, inmerso en la misma espiral
de lúdica fatuidad, recogió el envite y fue más lejos. Si
Manuel, se comprometía en un momento dado a darle el tiro
de gracia, él asumía el mismo compromiso. Y Manuel aceptó,
sellando el trato con un “¡Hecho!”. ¿A qué jugaban? Pero,
creyendo haber ido demasiado lejos, quiso conjurar la muerte
que tan a la ligera habían mentado. Todavía les quedaba una
larga jornada. Y cuando ya no pudieran....
Luis
hizo suya la reticencia de Manuel. Cuando ya no pudieran....
Uno de los dos, el que todavía se mantuviese en pie, tenía
el deber de darle el tiro de gracia, por sorpresa, en la noche,
al amigo sufriente. Dicho esto, Luis desenfundó, en el acto,
su revólver y apuntó a la cabeza de Manuel. Al segundo, Manuel
empuñaba también su revólver y encañonaba a Luis. Tras un
instante de inesperada tensión que se nos hizo eterno, ambos
bajaron sus armas, estallaron en carcajadas y brindaron con
sendos vasos de vino: ¡Por el tiro de gracia!
Se
divertían como niños, te comenté. Y tú fuiste lúcida, Esther,
premonitoria. Aunque nuestra condición venidera de esposas
nos deparase una situación que nunca habíamos podido soñar,
su vejez iba a resultarnos insufrible. Cuánto más, estando
enfermos... Como ahora Luis. Y como Manuel, el espectro atento
a la lectura de tu carta, demacrado, reducido en su silla
de ruedas, calvo por los efectos de la quimioterapia.
* * * *
No,
no pasa nada, Manuel. Sólo que por un momento, me han venido
muchos recuerdos a la mente, sólo eso. Sigo leyendo:
...Ahora, Luis, que imaginaba padecer
un simple enfisema, se halla desahuciado por un cáncer de
pulmón. No sólo se ha negado a seguir tratamiento alguno,
sino que se empecina en seguir fumando sus puros a pesar de
que dependa noche y día de su mascarilla de oxígeno. Y es
tal su resistencia, que temo que pueda seguir viviendo en
su estado mucho más tiempo de lo que el oncólogo le pronosticó.
No entiendo su anclaje en la vida, dado el sufrimiento que
ésta le depara.
Es una lástima que vivamos en esta recóndita
playa a doscientos kilómetros de distancia. Vaya ocurrencia
la de Luis y Manuel de abandonar la ciudad, una vez liquidadas
sus responsabilidades en el grupo financiero. Su obstinación
en permanecer recluidos en retiros tan distantes ha hecho
que apenas nos viéramos en los últimos años. ¿Para cuándo
la próxima vez?
Un beso,
Esther
Permaneces
en silencio tras la lectura de la carta. Sara te ha dejado
por fin solo en tu silla de ruedas, no sin antes compararte
con Luis. Tú, al menos, puedes aún andar ayudándote de morfina.
¡Andar, andar...! Arrastrarte con muletas unos cuantos pasos,
hacer crujir los jodidos hierros que fijan tu rodilla desarticulada,
reprimir el dolor y las náuseas... Eso debiera consolarte,
Manuel, te ha dicho.
Pero
su frío desdén ha servido también para poner en evidencia
algo que guardas obsesivamente en tu recuerdo, algo a lo que
os comprometisteis diez años atrás, en el bosque. Luis está
postrado, muriéndose, recluido en esa villa encajada en un
siniestro paraje de acantilados y castañares, mientras tú...
para algo han tenido que servir la quimioterapia y las radiaciones.
Claro que estás flaco, pero es sólo transitorio, dicen. Y
aunque calvo, volverá a crecerte el pelo. También tienes mal
color. Lógico, si tienes en cuenta la medicación que te está
salvando la vida. Porque tú, de ésta, sales. Cojo, pero sales.
Ya lo creo que sales. En cambio, Luis puede permanecer así,
ahogándose, tiempo y tiempo.
Y
tú, eso, no debes permitirlo.
* * * *
¿Cómo
que le has escrito a Sara? No le habrás comentado nada de
mi estado...
Efectivamente,
Esther se lo ha contado todo, absolutamente todo. Y ha intentado
convencerme de que Manuel, mi mejor amigo -yo ya no tengo
amigos- tenía derecho a conocer mi situación y a verme antes
de que su cáncer acabara con él. Porque lo que es a mí, a
mí esa mierda de tumor no me hace vestir el pijama de madera.
En cambio, Manuel, el muy imbécil, teniendo como tiene los
días contados por culpa de los médicos, puede encima ponerse
sentimental y perder todo sentido del humor. Tanto, como para
creerse a pies juntillas el pacto que, en nuestro juego, acordamos
años atrás en el hayedo. Yo todavía pienso agotar algunas
cajas de Montecristo.
No
quiero que me vea así, le he dicho a Esther entre toses y
ahogos. Ha intentado tranquilizarme. No. Si yo
no quiero, no le va a proponer que acuda antes de que sea
demasiado tarde... Además ¿cómo va a venir hasta aquí? Manuel
está seriamente impedido como para hacer un viaje de doscientos
kilómetros.
Encerrado, atado como estoy al oxígeno, no he tenido más remedio que dar crédito
a sus palabras. Y no sólo eso, sino confiar en ella al darle
una orden. Debía cambiar urgententemente la cerradura de la
villa por otra de máxima seguridad. Enfermo, prácticamente
inmovilizado, no estoy seguro en esta casa por las noches.
Mi razón, espero, la ha convencido.
Porque lo que no sabe Esther es que Manuel tiene las llaves de la casa.
Sí, Esther, eso es lo que acordamos, tiempo después, tras brindar por nuestro
tiro de gracia. Este retiro, que Manuel y yo decidimos liquidando
nuestras responsabilidades financieras, este dorado destierro
al que os hemos arrastrado –ignorantes vosotras del porqué-
no iba a privarnos del último compromiso, si quedábamos presos
en nuestras casas de una invalidez terminal.
Pero yo estoy vivo y bien vivo. Nadie va a impedir que siga viviendo. Y mucho
menos un muerto vivente como Manuel.
Por eso, extiendes tu mano y abres el segundo cajón de la cómoda isabelina que
tienes a la derecha de tu cama. Tu revólver y la munición siguen estando ahí.
* * * *
Acaba de levantarse un fuerte viento de Poniente y, con él, las primeras lluvias. Atrás
quedan los últimos atardeceres luminosos de Otoño. El agua
azota los muros y cristales de la abadía.
Desamortizada por Mendizabal, más tarde propiedad de los herederos de un rico
indiano, compraste La Trinidad para recluirte en ella con
Sara tras ser consciente de lo que pasaba. Y aquí, donde has
enfermado y convaleces de tu enfermedad, decides, en este
atardecer lluvioso, ser fiel a la palabra que diste en el
hayedo de Santovenia.
Atraviesas con tu silla de ruedas la sala capitular convertida en biblioteca.
Fijas la articulación de la rodilla y te incorporas. Dar los
primeros pasos te supone un doloroso esfuerzo. Arrastras la
pierna comprimida por la prótesis con ayuda de una muleta.
Dejas atrás el antiguo refectorio, ahora salón, y entras en
una de las celdas. Sacas de tu caja fuerte un sobre en el
que, años atrás, escribiste “LUIS”. Percibes, al tacto, el
relieve de una llaves. Introduces el sobre en un bolsillo
de tu gabardina. Abres la alacena, tu armero. En uno de los
estantes se exhiben varios revólveres. Escoges uno, tu Colt
Frontier de simple acción. Abates el tambor para introducir
los seis cartuchos del 45 en sus respectivas recámaras.Vuelves
a encajarlo de un golpe seco y, dándole un leve impulso con
la palma de tu mano izquierda, constatas su sonoro engranaje
en la fluidez del giro. Tus movimientos son firmes y precisos,
casi mecánicos porque los has ejecutado centenares de veces.
Pero, al enfundar tu revólver y ceñírtelo al cinto, sientes la presión de una
arcada. Sabes que esta vez tu blanco no va ser una cruz de
Lorena.
De nuevo en el salón. Te llega el vértigo de las Variaciones Goldberg,
que Sara debe de estar escuchando en la capilla con el mismo
deleite que le depara ese estragante lienzo de Rothko. No
te oye. Puedes, por lo tanto, llamar por teléfono a tu agencia
de coches. Les solicitas que dejen frente a la abadía de La
Trinidad un monovolumen. Aclaras que debe ser amplio y de
cambio automático.
Media hora más tarde, caída la noche, te hallas en un Mercedes rumbo a Quiteria.
Nunca sabrás que Sara acaba de llamar a Esther para comunicarle
que te diriges hacia allí.
* * * *
La niebla se ha apoderado de Quiteria. Sordo bramido del faro. Jirones de algodón
se adhieren a un mar en calma . Playa y bosque se han disuelto
en el letargo. Los haces del faro reverberan en la densa niebla,
haciéndola más blanca e insondable. Tras la esbelta copa de
la araucaria, la luz lechosa de un farol define un marco:
el ventanal del estudio de Luis. Un mecanismo de grúa, en
ascendente travelling llevaría la visión hasta su interior.
Luis, reclinado en su cama, fuma . Extiende la vista, una y otra vez, a través
de los visillos y explora en picado la pradera, frente al
pórtico, donde se levanta la araucaria. El resplandor de los
visillos divide su cara en dos mitades. Alarga el brazo hasta
el segundo cajón de la cómoda.
Lo abres y extraes tu revólver. El mismo Colt Frontier del 45 con el que en
Santovenia hiciste astillas el símbolo gaullista que tanto
detestaba tu padre. Procedes a cargarlo. Leve temblor en tus
manos. Los gruesos proyectiles de plomo parecen resistirse
a entrar en sus recámaras. Reintroduces el arma en el cajón.
Una intensa calada del habano que fijan tus dientes te hace
presa de la tos. El aura azulada del humo vela tus fuertes
y dolorosas sacudidas. De lo alto del acantilado te llega
el grave reclamo del faro traspasando la ciega blancura de
la noche.
* * * *
El
espacioso vehículo con el que partiste de La Trinidad deja
atrás el páramo. Te adentras en el túnel que barrena la agreste
sierra. A su término, una espesa niebla releva al aguacero
que azotaba el páramo.
Flaco
servicio le hacen a tu pierna lluvia y niebla. Un sordo dolor
parece haber cuajado en tu inhábil rodilla, más acorchada
ahora que nunca. Por ello agradeces la espaciosa cabina y
el cambio automático que facilitan la tarea de tu pierna libre
de hierros.
Deduces,
por las señales de la carretera, que estás atravesando el
rosario de poblaciones mineras ensartadas por el valle de
Lagral. La niebla en la noche te fuerza a orientarte en una
orografía invisible. Imaginas los últimos meandros que anuncian
la ría. Cruzas el puente y vuelves a adentrarte en bosques
cubiertos de brumoso sudario. Aminoras la marcha. Sabes que
un próximo camino forestal te llevará por la empinada ladera
hacia la playa. Así es. Un pequeño cartel de madera en el
que lees “QUITERIA” corrobora tu intuición. Estás llegando
a tu destino. En el descenso por el bosque de castaños crees
percibir el resplandor de un faro que la niebla embota. Hasta
ti llega también su hondo mugido. Atrás queda el castañar.
Enfrente, un prado ribereño en el que se destaca la figura
irreal de una araucaria iluminada al trasluz. El halo del
farol se diluye entre cornisas, vigas y tejados de arquitectura
normanda: el retiro de Luis. Tu amigo, que postrado, sufre.
Tu
amigo, postrado, sufre al no poder tragarse el humo de su
Montecristo, herejía de fumador de puros que antes de conectarse
al oxígeno cometía. Y en el espeso silencio de una madrugada
encostrada de niebla, sólo alterada por la potente voz del
faro, acaba de oír el sonido de un motor que enmudece.
Su
medio rostro, iluminado por el resplandor de los visillos,
acusa un súbito estado de alerta. Dirige su mirada al prado
y distingue un vehículo del que alguien parece surgir. Una
gabardina, velada de niebla, cojitranca, se articula en andares
de muleta. Un amplio sombrero de fieltro corona la espectral
silueta. Se desplaza penosamente hacia el pórtico de la villa.
Presa
de agitación, arrojas tu puro, te calas la mascarilla y extiendes
el brazo para abrir el cajón de tu cómoda. Extraes el revólver
y lo depositas blandamente sobre tu cama de ruedas. Aspirando
el oxígeno que no parece llegarte, tiras del grueso cordón
de pasamanería que cuelga de la cortina del ventanal. Tejes
con torpeza -pero lo tejes- un nudo corredizo. En vano intentas proyectar el lazo al grifo
del radiador que se halla a tu izquierda, al otro lado de
los visillos en luz. Al tercer intento lo consigues. Tensas
el lazo. Con un esfuerzo que te resulta ímprobo consigues
que la cama, gracias a sus ruedas, se deslice unos dos metros.
Queda el ventanal a tu espalda.
Los
pasos renqueantes, acompasados del metálico chasquido de la
prótesis, conducen a la arguellada figura hasta el pórtico
sobre el que extiende sus brazos la araucaria. Antes, sus
ojos han creído distinguir el ventanal barrido por la luz
del faro. Una vez en el pórtico, saca del bolsillo izquierdo
de la gabardina el sobre con las llaves. No van a ser necesarias.
La grave y prolongada señal acústica del faro parece enfatizar
lo que su vista descubre con asombro: la puerta de la villa
no está cerrada, sino levemente entornada.
El
haz luminoso del faro invade por un instante el pórtico y
acentúa la honda perspectiva del vestíbulo. Al extremo, el
arranque de unas amplias escaleras de madera. La coja figura
tocada de gabardina y sombrero desprende sobre el entarimado
de roble otra estela sonora.
Estela
sorda, hueca, pero no lo suficientemente amortiguada, para
que Esther oiga, impasible, desde su cama, el contrapunto
de muleta y herrado pie en los peldaños crujientes de la escalera.
También Luis. Los pasos ascendentes, cada vez más próximos,
le fuerzan a un último sacrificio. Se incorpora conectado
al oxígeno.
Empuñando
su mano derecha el 45, tiene ante sí, creyendo proteger su
vientre, la cama con ruedas convertida en blanca, inútil barbacana.
Luis, en pijama, a contraluz delante del inmediato ventanal,
amartilla tembloroso su revólver. Quien haya de entrar no
verá a su costado derecho, y menos en esa penumbra sólo rota
por la luz intermitente del faro, el espacio que la hoja de
la puerta oculta al girar sobre sus goznes.
Las
mandíbulas de un perro de presa parecen haber contraído el
estómago de Manuel. El reflujo biliar amarga su boca. Calva
y frente, tocadas por el amplio sombrero, se perlan de frío
sudor. La sacudida de un calambre atenaza su pierna lisiada.
Pero ha conseguido llevar sus desacompasados pasos hasta la
puerta del estudio de Luis, que siente -como Esther desde
el dormitorio contiguo- más próxima e insufrible la presencia
de Manuel
Gira
con suavidad el pomo de la puerta. La abre y, al traspasar
el umbral, la luz del faro, que por segundos barre la habitación
desde el acantilado, muestra a Luis, de pie, detrás de su
cama, a contraluz. del ventanal. Su imagen parece surgir de
un fondo acuoso. Escenografía de barracón de feria representando
la aparición de un ser del éter. Ilusionista encuadre que
extravaga. Pura imagen especular.
El
aparecido pierde entidad. Ahora, el resplandor de la lámpara
del pórtico apenas permite vislumbrar la figura en blanco
pijama. Pero el haz del faro vuelve a aportar densidad a esa
presencia. Presencia irreal, diríase, de Luis. Amartillas
el arma, levantas el brazo y la enfilas hacia el espectro
que -no entiendes por qué- levanta el brazo en ademán de apuntarte.
Otra vez desaparece el chorro de claridad procedente del acantilado.
Debes esperar a que el faro te devuelva la imagen irreconocible
de Luis para, entonces, abrir fuego. Y así lo haces una, dos
y tres veces. Tres estampidos, acompañados de una nube de
pólvora negra. Ahora -piensas- el siguiente haz del faro te
mostrará al espectro abatido sobre la cama.
No.
Frente a ti, en su lugar, no hay más que el interior de un
armario. Trajes, perchas, cajones y el suelo reverberando
en puzzle de espejos. Los que configuraban ese espacio virtual
contra el que has disparado, el espejo que repetía la imagen
de quien estratégicamente se había situado en tu flanco posterior
derecho, Luis, encañonándote con su revólver.
De
ahí te llega, entonces, su voz opaca: “¡Imbécil, tú tienes
la pata quebrada, y no yo!”.
Te
das la vuelta y recibes con la detonación una coz ardiente
que te arranca la muleta del hombro. Respondes al fuego, esta
vez contra la imagen real de Luis pegado a la ventana. Azaroso,
instintivo, no es ya un tiro de gracia. No es ni tan siquiera
un buen tiro.
Y
dando dos últimas, desesperadas, cómicas zancadas, avanzas
hacia Luis para dispararle a bocajarro. En vano. Otra detonación
te hace saltar tu sombrero de fieltro. Orificio de bala del
45 en el frontal, arranque de tu brillante calva. Salida posterior
del occipuccio, cráneo transformado en roja sandía. Cuerpo,
inerte, desplomándose sobre la cama.
Tu
peso proyecta el lecho rodante contra Luis, que recibe el
seco impacto a la altura de sus caderas. El asombro se dibuja
en su cara cuando pierde el equilibrio y se sabe golpeando
con su espalda la superficie acristalada del ventanal. Una
lluvia de cristales acompaña la figura en pijama, blando fardo,
que se estrella al pie de la araucaria.
Esther,
atenta, ha seguido desde su dormitorio la amplia, variada,
sincopada secuencia sonora, hasta que sólo vuelve a oírse
la honda voz del faro traspasando la niebla.
Arriba,
el espectro tocado de gabardina parece reposar su tronco sobre
la cama. Una pierna, en rígida tensión sobre el suelo; la
otra, doblada. Harapos y arneses esparcidos tras la batalla:
revólveres, sombrero, muleta, espejos y cristales, aderezados
cromáticamente por difusa pulpa craneal.
Abajo,
descalza, la figura en pijama bajo los brazos de la araucaria
que la niebla mancha. Su cuello, desnucado, propicia en la
cabeza un curioso giro de ciento ochenta grados.
Esther
contempla el escenario, Campo de Marte barrido por la luz
y el potente mugido del faro. Sus ojos, de negra severidad,
evidencian menos aprensión que disgusto por el destrozo.
Ante
ti, el teléfono. Levantas el auricular y marcas un número.
Es a Sara a quien llamas. Ya está. Lo sientes. Luis y Manuel
han cumplido su compromiso. Y ahora -por fin- hasta muy pronto.
Cambias
de tono, porque llamas a otro destino. Engorroso, pero necesario
trámite para que baje el telón anunciando el fin de la farsa
que se gestó en Santovenia. Guardia Civil, es urgente,...
Quiteria. sí,... en mi casa,... una tragedia... Mi marido...
Vas
y lloras, convincente.
* * * *
Atrás
queda ese obsesivo y laberíntico peregrinaje. Sociedad y estado
no son indiferentes a la reciprocidad homicida de dos financieros,
unidos por la amistad desde la infancia. Estupor en la Policía
Judicial. Tediosas declaraciones ante el Juez de Instrucción.
Autopsias. Ecos de prensa. Cámaras y más cámaras.
Y
el consabido ritual funerario. Dos viudas singulares recogiendo,
solitarias, las cenizas de sus maridos, víctimas y homicidas
a la par.
El
fatal desenlace duelístico de dos enfermos terminales, dos
hipocondríacos dementes, dos presuntos delincuentes muertos,
no ha generado más que diligencias prontamente archivadas
por el Juez, al no tener contra quién dirigir la acusación..
Ya
sólo os resta conocer cuáles han sido las últimas voluntades
de vuestros maridos. Por eso habéis sido citadas en una
notaría. Allí vais.
Sí,
sí, entiendo que les parezca tediosa la lectura de ambos documentos,
dada la profusión de bienes aquí enumerados... Eso, sin mencionar
el importante volumen de acciones que en el grupo LANDER poseían
sus difuntos maridos en su calidad de consejeros... Para abreviar,
señoras... en efecto, ambos testamentos las convierten a ustedes
en sus herederas universales. No obstante..., las últimas
voluntades vienen completadas con el contenido de estos sobres,
que sus maridos me entregaron dos años después de haber testado.
Procedamos, pues, a la lectura de los testamentos cerrados...
Les leo textualmente...
No
habéis dado crédito a lo que ha leído ese oscuro notario de
provincias que no dejaba de mirar vuestros escotes.
No.
Esos
mal nacidos nos recluyeron en sus siniestros retiros. Nos
condenaron, en su decadencia, a relegar nuestros deseos. Los
creíamos ignorantes de la relación secreta de sus jóvenes
amigas. Íbamos a ser esposas ricas para perseverar en nuestra
condición de amantes. ¿Entiendes, ahora, por qué nos separaron,
Sara? Porque lo sabían. Y también sabían que nunca los abandonaríamos:
nos habían comprado con un lujo que no osaríamos trocar por
nuestras caricias... Si no, a qué viene esa última disposición
en sus testamentos...
“La aceptación de la herencia conllevará
la imposibilidad de poner a la venta las acciones de LANDER
SA. Asimismo, la condición de herederas universales vendrá
también condicionada a la ineludible distancia física de
nuestras esposas en los términos que dicha sociedad estime
oportunos. LANDER SA podrá disponer de los medios necesarios
para velar por la inexistencia de contacto alguno entre ambas.
Si alguna relación se estableciera, la titularidad del patrimonio
heredado pasaría a ser de LANDER SA .”
Un
tiro de gracia con rebote. ¡Cabrones!
F I N
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