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En el calor de la noche
Granada, la Alhambra, la noche, el silencio; ¿silencio?,
no, el agua tozuda se encarga en cada fuente de no dejar quieto
el silencio. La Luna se enreda en cada arco, luchando cada
rayo por salir del laberinto imposible de sus filigranas y,
envolviéndolo todo, el aroma de jazmín impregnando
el calor de la noche.
La paz se turba, suenan cadenas, murmullos que crecen, lamentos
que hieren la noche anunciado la siniestra comitiva, que se
adentra en el patio llamado de los leones; caballeros Moros
entre cadenas atados con mirada altiva unos, mascando tristeza
otros, pidiendo clemencia ninguno.
Pasa el primero a la sala, la ceremonia comienza salvaje y
el acero implacable siega la primera vida que entre tanta
belleza se escapa. El agua se viste de rojo, cruel traje de
noche que discurre por la acequia, y uno tras otro los matan
en una bacanal de sangre que parece no tener fin.
Todo termina, el silencio vuelve, el agua se desnuda en transparencia,
y la Luna continúa en su enredo con los arcos de la
sala, la sala de los Abencerrajes, donde de nuevo el aroma
de Jazmín vuelve a impregnar el calor de la noche.
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