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Sr. Juez
No Sr. Juez!, le repito que mi único delito era
ir paseando por la calle, yo no tengo la culpa de que aquel
indeseable pasara corriendo por mi lado como un rayo, yo me
asusté, es verdad, y al girarme para decirle cuatro
cosas fue cuando aquel policía tropezó conmigo
y caímos los dos.
No se disculpó no, en lugar de eso comenzó a
chillarme que soltara la pistola que yo amablemente la había
recogido del suelo, no entiendo de armas, y soy de natural
nervioso, así que con la zozobra del momento no es
de extrañar que la pistola, bien por el diablo, bien
por mi inquieto dedo, se disparase.
Quiso el destino, ¡no yo por supuesto!, que la bala
fuese a parar contra la luz roja del semáforo, y que
aquel jovencito alocado iniciara la marcha con su coche sin
corresponderle, hasta colisionar con el autobús. Como
buen ciudadano, corrí hacia el lugar para intentar
auxiliar a las víctimas, comprenderá que con
las prisas del momento no parara a mirar a la calzada antes
de cruzar, mi vista estaba puesta únicamente en el
desafortunado accidente y por tanto no advertí la presencia
del coche que velozmente se acercaba por mi izquierda; el
buen hombre trató de esquivarme, con tan mala fortuna,
que termino con el coche empotrado contra el escaparate de
la pastelería. Fue un momento de terrible confusión,
me encontraba entre los dos accidentes y observé con
estupor como la gente, no solo no acudía a socorrerlos
sino que huía precipitadamente de donde yo me encontraba;
entonces advertí que la pistola aún permanecía
en mi mano y aterrado la lancé al suelo.
Desafortunadamente volvió a dispararse y quiso el incierto
destino... ¡Sr. Juez!, ¿porque me mira con esa
cara?
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