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Nuria Álvarez Ansina



Llanto argelino

Ustedes no lo pueden escuchar, pero en mi celda hay un grifo estropeado y las gotas de agua no dejan de caer. La primera vez que lo oí no me pareció muy molesto, sólo unas gotas cayendo al lavabo. Pero ahora me paso las noches y los días sufriendo un martirio. A veces me logro olvidar de él y duermo. Pero cuando la luz inunda mi celda y despierto, vuelvo a oír ese ruido que no me deja vivir.

Una vez intenté hacer ruido con una cuchara y así evitar el suplicio, pero en seguida vino mi enfermero y me dijo que molestaba a los demás enfermos. Pero para mí es como si dieran golpes en la puerta sin parar durante horas y horas. Resuenan en mi cabeza y no me dejan en paz. El grifo no cierra y nadie me quiere ayudar. Ni siquiera el médico que me debería atender me hace caso. Creo que le resulta muy curioso observarme.

Otra vez traté de dejar el grifo abierto del todo para no escuchar los golpes. Estuvo así dos horas. Luego vino el enfermero y lo volvió dejar goteando. Es como un terrorista. No tiene piedad de mí. Un terrorista defiende sus ideas matando a personas inocentes. Mi enfermero hace cumplir las normas del hospital implacablemente. No importa que sean justas o no. Hay que ahorrar.

Cuando entré en este hospital me trataban bien. Acababa de ver como mataban a mis hijas y me compadecían. Pero yo no quiero compasión, sólo quiero que se me trate bien. No me ayudaron nada. Llevo dos años en una celda con un grifo que gotea y con el recuerdo Karina y Amal, que ahora tendrían 20 y 23 años.

Hoy no puedo dormir. Siento las gotas caer e imagino que dan golpes en la puerta. Abro los ojos y miro la puerta. Nadie la golpea, pero yo oigo los golpes. Cierro los ojos y veo a Amal mirando por la mirilla y gritando: ¡terroristas, terroristas! Karina está en pijama detrás de un sofá. La pequeña está junto a ella y también grita.

Los golpes son ahora más fuertes pero cuando abro los ojos veo que las gotas no son mayores. El ruido está en mi cabeza. Ahora son gritos de hombres jurando por Alá. Aparto a Amal. Oigo disparos. De nuevo abro los ojos. Me incorporo y miro por la ventana. En la calle hay soldados pero no me parece que estén disparando. Sólo vigilan. Vuelvo a cerrarlos.

La puerta está agujereada. Una bota la atraviesa y entran varios hombres. La pequeña sale de su escondrijo. Les mira y chilla tan fuerte que me obliga a abrir los ojos. Pero la han enganchado y tengo que volver a cerrarlos. Yo grito ahora. Hay tres hombres con fusiles en mi casa y dos de ellos tienen enganchada a mi hija de 13 años. Algo me golpea la cara. Caigo al suelo y desde allí veo como se la llevan y la encierran en el baño. Karina está en el pasillo y grita tanto que siento una enorme presión en la cabeza.

Intento dejar de pensar pero no puedo apartar de mi cabeza la imagen de mis hijas. Uno de ellos llama puta a Karina y le da una patada entre las piernas. Otro coge a Amal y la tira al suelo. Le pisa para que no pueda levantarse. También a mí me pisan. Me obligan a quedarme allí, impotente, y no me atrevo a mirar. Sé que estamos los tres en el suelo pero no quiero verlo. De repente Karina chilla. Miro. Está sangrando. Un terrorista le arranca los pendientes a Amal. Supongo que ese es el motivo por el que grita Karina. Sus alaridos son ensordecedores. A mí, sin embargo, no me dejan hacerlo. "Tú ya gritarás, hijo de puta".

De nuevo oigo disparos. Me levanto y miro por la ventana de mi celda. No es en la calle, aunque ya lo sabía. A Karina le han pegado dos tiros en la cabeza. Amal está tumbada a su lado. Un reguero de sangre sale de su corazón. Ellos ya no están. Estoy yo solo con la pequeña y con mis hijas muertas. Estoy yo solo en una celda escuchando los golpes que sus asesinos dan en la puerta* .


* Este asesinato, uno de tantos, ocurrió en Argelia un día de marzo de 1995.

 



 

 



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