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Montserrat Ferrer Alonso



La flauta de Xuan

Hace muchísimos años, en una pequeña aldea en los montes de Asturias vivían Xuan y María. Xuan subía todos los días al monte a cuidar de sus vacas y sus ovejas. Mientras, María le esperaba en casa preparando queso, cuidando de las gallinas y haciendo la comida.

Xuan buscaba los mejores pastos para su ganado y cuando encontraba un buen lugar para ellos, se echaba debajo de un árbol a comer queso y luego se entretenía tocando la flauta. La flauta de Xuan no era una flauta cualquiera: era mágica. La había heredado de su padre, y éste de su abuelo, y éste de su bisabuelo, y así desde hacía muchísimas generaciones. Y siempre la tendría el pastor que subiera al monte porque sin ella corría un grave peligro.

Los montes de Asturias estaban llenos de cuélebres, unas serpientes verdes y rojas con cabeza y alas de dragón que tenían el tamaño de un hombre, y de guaxas, unas brujas feas y encorvadas que sólo tenían un diente en su boca.

Pero también había en los bosques Xanas, que son las hadas buenas y unos pequeños duendecillos llamados trasgos que fueron los que hicieron esta flauta para que los pastores de la familia de Xuan pudieran defenderse de los cuélebres y las guaxas. Éstos se mantenían alejados de allí donde sonara la xipla, que era el nombre que le daban a esta flauta.

Un día, Xuan andaba muy cansado por el monte porque la noche anterior había sido la fiesta de su aldea y, ya se sabe, quien va de romería se arrepiente al otro día. Así, Xuan buscó una buena pradera para el rebaño y allí se tumbó bajo un roble a comer queso y a dormir esa siesta que tanto le pedía el cuerpo.

Cuando despertó, la flauta no estaba donde la había dejado. Miró por todas partes: entre las ovejas, entre las vacas, bajo el roble,... Incluso miró a ver si es que se la había olvidado allá donde había estado haciendo pis antes de echarse a dormir. Pero nada, no estaba. La flauta había desaparecido.

Y es que mientras él dormía, el cuélebre mayor y la guaxa de ese bosque, que le habían estado espiando, le robaron la flauta. Ahora Xuan estaba indefenso ante multitud de peligros que le acechaban. Él lo sabía y por eso volvió muerto de miedo a su casa a contarle a María lo que le había pasado.

Cuando atravesaba un pequeño bosque de avellanos que había antes de su casa, una luz blanca intensísima apareció ante él. Era una xana, el hada buena del bosque de la que le habían hablado cuando era niño y que pensaba que no era más que un mito. Ésta le dijo: "Xuan, no busques más la flauta porque te la han robado el cuélebre mayor y la guaxa. Lo único que puedes hacer es preparar una infusión con estas hierbas y dárselas a las ovejas. Mañana sube al monte y espera". Entonces Xuan intentó hablar, preguntarle cómo sabía todo eso, cuál era su nombre. Pero fue inútil. Con una xana no se conversa. Hay que estar lo agradecido por poder verla. Sólo dijo: "No hables, Xuan. Ve y dale a María las hierbas y que prepare la infusión. Que la fuerza os acompañe. Vete Xuan". Y desapareció.

En cuanto llegó a casa, le contó a María todo lo ocurrido y ésta preparó en seguida la infusión y se la dio a las ovejas para que la bebieran. Al día siguiente Xuan subió al monte con miedo por no llevar su flauta protectora pero confiando en que el remedio de la xana hiciera algún tipo de efecto. Sin embargo, pasaban la horas y nada ocurría.

Cuando Xuan vio que el sol se dirigía hacia la cumbre que estaba al oeste, decidió que ya era hora de irse porque en caso contrario se le iba a echar la noche encima. Al pasar por el bosque de avellanos cercano a su casa oyó un estruendo enorme a su izquierda. Miró allí y vio a cuatro enormes cuélebres que se lanzaban sobre sus ovejas. Él no podía hacer nada. Eran enormes y estaban muertos de hambre. Incluso la guaxa participaba del festín: con su único diente mordía la cabeza de un animal para chuparle la sangre. El miedo le impedía moverse. Ni siquiera pudo esconderse. Allí estaba, viendo como aquellos seres repulsivos devoraban sus ovejas.

Entonces ocurrió. Los cuélebres se fueron haciendo cada vez más y más pequeños. Primero adoptaron el tamaño de la guaxa, luego el de la oveja y, finalmente, se hicieron tan pequeños como el brazo de un bebé. Y la guaxa, que se reía de ellos al ver como se transformaban, comenzó también a menguar. Menguó y menguó hasta ser más pequeña que ellos. Y los cuélebres, viendo que ya no podían comer una oveja porque era mucho más grande que ellos, atacaron a lo único que se podían llevar a la boca, la guaxa. Y cuando se relamían del último bocado se dieron cuenta del tamaño que tenía Xuan en relación a ellos e intentaron huir de él, pues era un gigante para ellos, pero no pudieron volar porque las alas se les habían caído al menguar. Ahora ya ni siquiera eran cuélebres chiquititos. No eran más que lagartos. Y todos los lagartos que corretean por Asturias en la actualidad son sus descendientes. Ahora, además, nos hacen un bien, porque se comen los insectos. Así que cuando estés en Asturias y veas un lagarto, no lo mates, obsérvalo y recuerda que antes fueron unos seres monstruosos que atemorizaban a los asturianos y que ahora redimen sus pecados ayudándonos.

A todo esto, Xuan y María vivieron felices el resto de su vida. Él iba al monte con el rebaño y con la flauta, para no perder la tradición, y ella le esperaba y, a su vuelta, tomaban juntos una botella de sidra, como harás tú cuando vayas a Asturias a ver los lagartos.



 

 



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