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Jaime Figuerola Manso



Angustia

Éramos tres. Caminábamos cogidos de la mano, así juntitos, como niños que tienen miedo y se protegen entre ellos. No nos separaríamos. Nunca lo haríamos.

Y juntos nos perdimos. Aunque todos mirábamos hacia el mismo punto en la lejanía, nos perdimos.

Estábamos tan contentos...
Queríamos hacer tantas cosas...
Teníamos tantos planes...

Nuestra ilusión era tan grande que apenas pensábamos en donde poníamos los pies. No creíamos poder perdernos.

Mientras:
Uno se soñaba caminando por el valle.
Otro subiendo montañas.
Otro volando.

Así que intentamos navegar, para así seguir todos juntos, pero nadie llevaba el timón y terminamos flotando a la deriva. Decidimos discutir el rumbo a seguir.

Uno dijo norte.
Otro sudeste.
Otro sudoeste.

No nos movimos. Continuamos flotando.

Por un momento tuve una indescriptible sensación de soledad. Allí, en medio de la nada, con mis dos compañeros, estaba totalmente solo. Empecé a sufrir. Quise olvidarlo, no sé...quise negarlo. No quería aceptar la situación. Me resistía a pensar que nos hundiríamos. Entonces quise simular que nada ocurría. Les animé a festejar cada noche, a celebrar cenas especiales según el santo del día. Pero a la mañana, al salir el sol, la luz mostraba la terrible situación que de nuevo yo intentaría encubrir.

Una noche salí de mi agujero y dirigí la mirada al cielo estrellado. Súbitamente fui consciente del cosmos que me rodeaba. Me imagine allí arriba contemplando la situación en la Tierra. Vi el barco flotando a la deriva, separado del puerto por un puñado de cientos de metros, pero incapaz de moverse hacia ningún lado.

No lo pensé y salté. Nadé y nadé, sufriendo el frío del agua y los brazos de las algas intentando enredarse en mí. Pero sabía que si continuaba llegaría a un sitio mejor.

Por fin llegué a la orilla y caminé hacia el interior, donde descubrí un gran camino que se abría ante mí, lleno de árboles en flor a punto de dar sus frutos. Y por allí entré y caminé de nuevo. Y había luz.



 

 



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