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Jinete cristalino
Cuando tú dulcificas, en verano,
con caricias de seda la mañana,
cuando palpas con nebulosos dedos
y te llenas de nieblas en la opaca
dilatación y senda de la noche,
o en las horas fulgentes y doradas
vistes intenso cielo sin espumas,
o aunque empujes con filo de cizalla
¡no puedo verte, viento,
mas conozco tu aliento de muchacha!
El pulso, el mimo, de tu vítrea mano,
y el corazón etéreo de tus alas
usurpa el alma tenue de las flores,
transforma rudos troncos en un arpa,
es artista que forja,
con céfiro vibrante, la palabra.
Por ti las lentas hojas otoñales
exhiben, melancólicas, sus danzas;
las nubes toman mágicos diseños
y es cometa el azor, en acechanza;
los livianos juncales reverencian
al espejo sonoro de las aguas,
en su morada azul, yaces con ellas,
juegas, te escondes... danzas
desnudo, en las estelas cristalinas,
un syrtaki de nítida semblanza
que el hombre, sin conciencia,
cual un torpe suicida desencanta.
Respiro indiferente, no valoro
cuando llegas sin prisa, cuando palpas
con pluma de jilguero
cabellos que retoñan alboradas.
Ni valoro si llevas querubines
ornándote con notas que se ensalzan
en armónico clímax,
o vacilas, con palidez amarga,
en el turbado grito de una víctima...
Temerosa es tu rabia,
aciago el desvarío de tu fuerza
e intimida los gritos que descargas
cuando anuncias tambores de tormenta
en las febriles tardes emplomadas.
Eres voz de la arena en los desiertos,
eres fuerza dinámica en las aspas,
jardinero de estambres y sonidos,
la mano que conmueve la montaña,
y disertas en las regias techumbres
y te enervas en lechos esmeraldas.
Jinete cristalino, yo que envidio
tu volitar de liberales alas,
aunque ignore apreciarte con el ojo,
puedo libar tu paso con el alma.
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