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Hijos del frío
Sin miedo y de frente a los ojos,
sería necesario mirarle a la vida
a los ojos
-muy fijamente a los ojos sin prisa-,
y decirle que ya basta,
que ya es suficiente,
tanta obstinación sin sentido,
tanta rabia.
Y decirle que no hay más misterio
ni más magia,
que la contenida en una gota de lluvia
en otoño,
más palpitación ni más verdad,
más presente,
más secreto escondido en la piel
cuarteada en las manos,
más valor.
Y decirle que hay prisiones como templos
golpeando desde siempre en la rompiente,
brotes de tan tierna fragilidad del frío
en la escarcha,
somos hijos del frío
-no más que hijos del viento
y del frío-,
descarnando bajo la tibia densidad
de los soles
nuestras tristes calaveras malsanas.
Porque no somos más que el fino polvo
en suspensión de extrañas nebulosas
lejanas,
débil luz que al llegar ya no existe,
antiguo clamor de las hogueras extintas,
noche sobre lodo estancado,
preludio de sinfonías de incienso
en las flautas secretas de los pastores
de almas.
Pero la emoción de la luz
por la mañana en los ojos
puede ser como respirar rosas blancas,
y escupirle a la adversidad
toda su miseria en las hieles,
su goteo constante de sangre amarga
en las llagas.
Y ahora ven y coge mi mano de nuevo,
enreda mi pelo entre tus dedos de seda,
respirar esta luz puede sernos
más que suficiente otra vez,
y tú bien que lo sabes,
yo sé bien que tú lo sabes,
( tú has sabido siempre
que yo lo sé ).
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