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Lloraban las piedras
Sentado en una piedra, mis brazos gritando, implorando,
no alcanzo ningún lugar.
En su margen –ahora– ya sólo es tarde y
precipicio.
Áspero el tacto borda al amparo de un adiós.
Porque se fue –nocturna llegada–, estuvo,
y en el primer aún negro vagón de las albas
huyó.
Todo llega, incluso como la muerte, todo pasa,
neón en destello, viento de azar.
Todo es siempre llegar y pasar:
como el sol hacia otra duda, el amor hacia otro pecho,
la sombra hacia otro légamo o densidad.
Sentado en esta piedra no ansío lugares,
los tiempos me espantan, sólo estar y sin más.
Sintiendo el murmullo constante goteo en los mares,
extraños, sin tiempo, ajeno ya o sin lugar.
Lloraban las piedras su dolor de piedra,
sentado en su lomo –al borde casi del mundo–
oí gritar su dolor, duro, seco,
al desamparo de mi presencia.
Pero yo no sabía de las piedras sentimiento,
no sabía de las piedras pesadumbre,
no sabía de las piedras su dolor.
Sentado en una piedra comprendí tan de pronto
el latido del mundo, abrumada soledad y perenne,
tanta intolerable levedad.
Porque todo llega y todo pasa –siempre–,
todo viene.... se va.
Lloraban las piedras su dolor de piedra entonces,
como pueda hacerlo el cielo,
como a menudo los hombres lo hacen,
como parece hacerlo siempre el mar.
Con tanta espuma que germine el brote de ilusión
que desangra, entre ambas dos nubes,
bostezo tardío y un sol.
Sentado en una piedra –mis brazos abiertos–,
de viento y espuma el abrazo.
¡Loco! gritaban, ¿tiempo?
ninguno, ningún lugar.
Dolor como brisa, llega, enreda mi pelo y se va.
Todo llega y todo pasa, todo es nueva ilusión de empezar.
Lloraban las piedras su dolor de piedra entonces.
Yo, sentado en su lomo, lloraba mi dolor.
Mi lágrima sobre su lágrima, mi piedra sobre
la suya,
mi mar sobre aquel mar.
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