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La ciénaga
Me levanté creo un poco cansado,
dormí mal, abrí la persiana.
Dejé aquel libro abierto de ayer sobre la
mesita del cuarto, José Hierro lloraba.
Más tarde mi madre vino hacia mí, despacio,
con el peso del tiempo rompiéndole las piernas
me dijo:
“toma, es que yo ya no veo muy bien hijo mío,
enhébrame la aguja,
es para coserle la vida a tu padre, ayer lo mataron,
estabas durmiendo y no quise despertarte”.
Miré afuera la erosión de la luz, después
me vestí,
oí la radio, comí un poco.
Un niño de carrillos enormes sonreía, a través
del espejo me cogió de la mano y me dijo:
“cuéntame un cuento....”
Pensé que debiera ser una historia dulce quizás,
de amores, sin noche, de días, sin cierzo....
o de flores.
Alguien rió, crujió una enorme carcajada, yo
lloré.
El niño lloró, mi madre cosía mientras
lloraba.
Abrí la nevera, todo dentro estaba muy frío.
El televisor daba luz y calor a la estancia.
Sonó el teléfono, una voz cualquiera gruñó
al otro lado:
“mira oye, en el mundo hay dos tipos de personas:
los egoístas y los que sólo piensan en sí
mismos;
puestos a escoger yo me quedo con mi vida”.
Calló la voz, alguien rió, decidí entonces
no levantarme a cogerlo, siguió sonando.
Abrí un libro, cerré un libro, un disco sonaba,
el teléfono dejó por fin de zumbar.
Llamaron a la puerta, yo estaba descalzo
y en el suelo había cristales vacíos, se había
roto una copa: “excuse mi atrevimiento señor
–dijo aquel hombre–, perdone usted mi torpeza,
pero es que la vida que pasa a mi lado
va dejando desechos que las ratas devoran,
y yo tengo ya mucha hambre,
¿se da usted cuenta lo que digo, caballero?”.
Miré en el estante, alcancé de él un
cuchillo y
recogí los licores vertidos del suelo.
Barrí los cristales que ofrecí al hombre de
afuera.
Las ratas se abalanzaron y devoraron los restos.
El hombre lloró.
Fui a la despensa, comí algo.
Con una bayeta sucia de sangre intenté
contener la otra sangre vaciada en las baldosas,
mi madre vino hacia mí: “apaga la tele
–me dijo–, es ya muy tarde hijo mío,
se me acabó el hilo y yo ya casi no veo,
y ya empieza a haber olor en la casa”.
Me asomé a aquel umbral, vi la cuna del niño
balancearse sin nadie y mi madre no estaba.
Le di el teléfono que seguía sonando al mendigo,
intentó morderlo una rata.
Abrí el almacén, casi ahogado en los charcos
de orín pude ver a mi padre llorando,
colgando de un gancho estaba a medio coser
todavía.
Sus verdugos, unas personas muy tristes
velando el despojo, saludaron correctos.
Huyeron saltando por la ventana del corredor
hacia el patio, dijeron que tenían que matar
muchos hombres todavía.
Alguien les afilaba cuchillos mientras
los cuervos lloraban.
De repente me sentí muy cansado.
Comí algo, me desvestí, bajé la persiana.
Tuve como una absurda impresión de
extraña soledad y abandono,
como si el murmullo de la radio no fuese
suficiente compañía.
Acaso seguramente volvería a dormir mal,
era como una sensación entre algo espesa
y muy rancia.
Vi el reflejo de una luz al fondo del pasillo,
mi madre la dejaba encendida por la noche
para que mi padre no se sintiera tan solo.
Apagué la radio, cerré el libro, me acosté.
Pensé que había sido otro día de tantos.
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