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Hijos del campo
Muchos hombres colgaron sus azadas,
las hoces, los serones, las albardas…
en un rincón de olvidos y dejaron
las tierras más humildes y escarpadas
sin la lenta caricia del arado,
sin el niño dormido en la simiente,
sin el fermento -aguijón caliente-
del sudor en la siega derramado.
La tierra fue quedando, lentamente,
sin ser la fértil madre de sembrados.
También, para el olvido, recluyeron
el zurrón, el garrote y más aperos.
Abandonadas fueron las majadas.
los corrales también enmudecieron
sin balidos de ovejas y de cabras.
Dieron vida al abrojo las cañadas
y se fueron borrando los senderos.
Marchaban al señuelo sugerente
del piso en la ciudad, hacia el tumulto
del asfalto febril o del subsuelo;
empujando con ansia su presente,
sin ver el horizonte del futuro,
como migran las aves por el cielo.
No olvidaron las tierras donde el agua
besaba tiernos brotes de verdura
anclados en los surcos; donde el aire
recolectaba trinos y tersuras
y se ponía colonia en primavera
por caminos de paz, y las estrellas,
en las noches cercanas y profundas,
les hablaban con guiños misteriosos
junto al rostro mutante de la luna.
Hastiados de ciudad y tremolina,
cual retoños que buscan a la madre,
aquellos hijos pródigos del campo
regresan como pueden, cuando pueden;
llegan buscando aromas ancestrales
al corazón nativo del pasado,
a la fuente perpetua de la vida,
y se sienten felices a su lado.
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