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Viejo molino del Ulla
El agua remansada de la presa
silenciosa escuchaba
un opaco rumor que las paredes
dejaban escapar por las ventanas.
El agua, vítrea vida,
era espejo indolente,
y después se agitaba
nerviosa por entrar en la apertura
que, en deslizante rampa,
hacía más intenso aquel sonido
de la locuaz garganta.
El agua no sabía cual era tu trabajo,
creía que tú cantabas
y que, de alguna forma, sutilmente,
ella era una mano que tocaba...
Tú, en la blanca penumbra,
donde recias paredes enseñaban
oquedades cubiertas por un velo
de polvo feculento,
vestigio de las formas trituradas
de los granos de trigo y de centeno,
notabas la frescura transparente,
bajo tus pies de tablas;
y siempre te creíste, de aquel ruido
que, con clamor rodaba,
lo producías tú
chapoteando el agua.
Se ha quebrado el espejo,
no hay remanso en el agua;
un oscuro silencio cabecea
detrás de las ventanas;
la vereda se ha vuelto intransitable
por agresivas zarzas;
amplias zonas de musgo se aposentan
sobre el ajado techo de pizarra...
En tu interior, un grupo de lechuzas
anida en una caja
que acogió la textura de la harina:
cálida, dúctil, blanca.
Viejo molino, donde tantas fechas
quedaron, una a una,
entre muela y solera molturadas
y hoy rememoras, en la suave pluma
de adolescentes aves,
un retazo de aquella nívea estampa.
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