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Cochina existencia
¡Esa rubicundez con que os cincela
la vida, cual estatuas de Botero,
y que incita, con carnal avaricia,
a devorar vuestros torneados miembros!
Esclavos habitantes de una granja,
no sabréis de la dulce melodía
de una puesta de sol, tras la montaña,
ni del lento bostezo de las flores,
ni el infinito mar de luminarias;
no sentiréis el fluido que la luna
deposita en la hierba, como lágrimas.
En vuestras porquerizas ventanucos
opacan el fulgor de la mañana,
y la noche es el brillo macilento
de tímidas bombillas abrazadas
por un manto de grises telarañas.
Nadie os ensalza. Nadie: ni ascetas
ni afamados ni nobles ni criadas,
despertarán pensando en vuestra cuita
cuando la torridez os amordaza,
o cuando el hielo comprime la uralita
que techa las pocilgas; solo sois
un olor enojoso que os delata.
Vuestra vida no le interesa a nadie.
Solo después de muertos se os alaba.
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