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Miguel León Burgos


Capítulo VIII

 

Tal como se había planeado, cada uno estuvo en su lugar con los componentes de su grupo, y minutos antes de la hora 0, Fran junto con su gente, estaba frente la puerta de la Cadeca de la calle Obispo. Al mismo tiempo, los responsables de unas determinadas acciones ya habían comenzado sus actividades, Morante se había hecho cargo de controlar todo el asunto de telefónica, García, a través de Delvia, se había hecho con el control de las comunicaciones del Ministerio del Interior. Grupos de gente iban repartiendo pasquines sobre los temas previstos, inquietar a la población. Ladrián, también por medio de Delvia, había transmitido órdenes a los colegios e institutos cercanos al centro para que dejaran libres ese día a los estudiantes. Estos debían concentrarse por las calles y avenidas cercanas al Capitolio. Arencibia y Zapata tenían listos los vehículos que se necesitaban para hacer los traslados a quienes tenían misiones lejanas del centro. También Fraga se había dedicado con su familia y amigos a ir repartiendo pan por todos los barrios pobres. Fue un gran éxito.

Delvia se había preocupado de provocar un caos circulatorio por todo el centro y las principales avenidas, cerrando los semáforos de todas las vías. Colapsando de una manera terrible todo el tráfico. En unos instantes, en aquella hora 0, La habana se convirtió en un terrible caos circulatorio. Nadie daba pie con bola, gente de aquí para allá, corriendo, gritando, provocando grandes aglomeraciones en todo el centro. Ese momento era el que esperaba Fran, que con su grupo entró en la Cadeca, lo hicieron con prontitud eliminando a los dos guardias de seguridad, con sendos toques de los botones micro bobina en las nucas de los agentes. De inmediato, en unos segundos estuvieron dentro de la sala principal, allí los estaba esperando uno de los contactos previstos. Los demás empleados estaban inconscientes y en medio de la sala un lote de sacas con dinero, que Fran y su gente rápidamente llevaron a la calle Cuba, donde les aguardaba la camioneta azul, en un plis plas, los cargaron y el grupo se diluyó en medio de la gente que en aquellos momentos llenaba todo aquel sector. La camioneta salió disparada a través de aquellas estrechas calles y desapareció con su carga.

Una serie de explosiones comenzaron a sonar por doquier, tal como había proyectado Montoya. Grandes columnas de humo, y sonoros estampidos, hizo que la gente comenzara a pensar que de verdad estaba siendo invadida la isla por fuerzas extrañas. No funcionaban los teléfonos, no había forma de comunicarse con nadie, aquello era el caos más absoluto. El desconcierto era total y por las emisoras Radio Rebelde, Radio Progreso, Radio Habana Cuba y Cuba Visión, comenzó a sonar el himno de Cuba. “Al combate corred Bayameses, que la patria os contempla orgullosa, no temáis una muerte gloriosa, que morir por la patria es viviiiiiiiiiiiiiiiir”...

Y mensajes bélicos que se entremezclaban estos con palabras dichas por el Comandante en Jefe, en varios de sus discursos. “Las guerras las ganan no los que tienen más armas y más soldados, sino los que tienen razón”. “Nosotros sabemos que tenemos que pelear aquí: ¡Tenemos pueblo para pelear, que es lo que decide una guerra!” “Nos defenderemos en nuestro territorio de cualquier agresión, defenderemos nuestra tierra”. “Un pueblo que resiste no puede ser derrotado”.”Nuestro pueblo podrá ser invadido, ocupado incluso, pero jamás vencido, jamás derrotado”.

Los mensajes se repetían una y otra vez machaconamente, haciendo que el pueblo llano se sintiera cada vez más integrado con su tierra y más levantisco. Mientras tanto, los mensajes de exaltación del pueblo cubano sonaban una y otra vez: “Recordad a Máximo Gómez, a Antonio Maceo, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, José Martí, Calixto García, Camilo Cienfuegos”. “Recordad al “Ché” Guevara y tantos otros que dieron su vida por la libertad de nuestra patria”. Aquellas soflamas iban exacerbando al pueblo, la gente iba de aquí para allá sin rumbo fijo, esperaban que alguien les indicara qué hacer y hasta ese momento no tenían ni idea de qué era lo que estaba pasando.

Hasta ese momento, se estaban cumpliendo exactamente las órdenes que los grupos habían recibido. Por parte del Ejército Revolucionario, éste estaba a la espera de recibir órdenes directas del Alto Mando, pero estas no llegaban, todos los conductos que podían transmitir dichas órdenes estaban colapsados. Sí habían recibido órdenes concretas la Fuerza Aérea Revolucionaria y la Marina de Guerra Revolucionaria con sus escuadrillas de lanchas torpederas, coheteras y otras unidades de superficie, dándoles órdenes concretas de inmovilidad hasta nuevas órdenes. Los radares de costa, recibían imágenes encontradas, grupos de puntos que indicaban concentraciones de ¿Qué?... Era una incógnita, ninguno de los especialistas sabía a qué atenerse y quedaron a la espera de recibir órdenes, ya que ellos no podían transmitir nada, tenían bloqueados todos los conductos regulares. ¿Qué estaba pasando?. La gente se preguntaba ¿Dónde está el Comandante en Jefe? ¿Dónde están los Altos Jefes Militares? ¿Dónde están reunidos?. Pero nada se sabía y el pueblo comenzó a sospechar que estaba pasando algo muy gordo ¿Pero qué era? Y de momento no hubo respuesta, pasaban los minutos y las horas y entonces...


 

 


  Obras de este autor

Intriga en La Habana

· Capítulo I
· Capítulo II
· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII
· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X
· Epílogo


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  Autores

  · Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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