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Miguel León Burgos


Capítulo V

 

El grupo de los cuatro viajeros, Delvia, Fran, Montoya y su esposa se encontraban en la autopista 4, dirección a Pinar del Río. Los paisajes eran maravillosos, montañas verdes, campos bien cultivados, de vez en cuando aquellos letreros que habían llamado la atención de Fran. “Patria o Muerte” “Venceremos”. A Fran no le cabía en la cabeza aquellos carteles tan patrióticos. Bueno, si a los cubanos le agradaba, allá ellos. Siguieron su ruta y antes de llegar a Pinar del Río, el coche hizo una parada en un lugar típico, donde uno podía comprar fotos, recuerdos, bebidas o cigarros puros. Cerca de allí a unos metros, se encontraba una especie de choza hecha de madera de palma, según les informaron, eran secaderos de tabaco. Entraron, no se veía nada, pero cumplieron con la visita obligada. Luego, una vez compradas unas botellas de agua embotellada, siguieron su camino hasta Pinar del Río.

Fue en realidad una gran decepción para Fran, que esperaba ver una ciudad más o menos grande, pero en realidad era un pequeño pueblo. Paró el coche frente a lo que según el letrero decía “Fabrica de Tabacos” que indicaba que era de Francisco Donatién. Bueno eso fue hacía largo tiempo. Fue cárcel, ahora era una pequeña y triste fábrica de habanos y cuando entraron en ella, el alma se les cayó a los pies. Una serie de cubículos donde se encontraban unas seis personas a un lado u otro de un pupitre central, enrollaban hojas de tabaco para formar exquisitos puros, con un arte envidiable. Una sala con aire acondicionado, del que no disfrutaban los trabajadores, excepto unos pocos, era prácticamente la salida. Una decepción.

No lejos de allí, se encontraba la Casa del Ron. Fran se imaginaba una gran fábrica y en realidad era una tienda que aparte de vender puros y cigarrillos, vendían, camisetas, gorras, recuerdos del Che Guevara y de nuevo otra decepción. Les indicaron que cerca estaba la Fábrica de Guayabitas del Pinar, estaba cerrada por reforma. La Casa de la Trova, no se podía visitar. El Museo Provincial de Historia, cerrado por reforma. Fue una gran decepción, así que en vista del éxito, Montoya decidió continuar viaje hasta el Valle de Viñales, esperando tener mejor suerte para que sus compañeros de viaje pudieran ver algo que siempre llevaran en sus retinas. Y ciertamente, mucho había que ver en aquel paraíso. Entonces Fran le preguntó a Senair.

-¿Pero tu no eres de aquí?...

-Sí pero hace años que no he venido por esta zona. Prácticamente lo que sí conozco de verdad es la zona de Viñales, de allí sí os puedo contar muchas cosas. Hay verdaderas maravillas.

-¿Cómo cuáles? Inquirió Delvia.

-Bueno, ya que nos vamos acercando, podéis ver allá a lo lejos aquel esplendoroso valle. ¡Ya veréis, ya veréis! Es algo maravilloso.

El coche conducido por el experto chofer, se fue acercando hasta el Mirador del hotel Los Jazmines. Una vez allí, todos bajaron del vehículo y se acercaron a una valla estratégicamente instalada y desde aquel lugar privilegiado, pudieron contemplar en toda su extensión un verde valle y por aquí y por allí, se alzaban imponentes los mogotes. Era impresionante ver aquellas formaciones geológicas introducidas entre valles y montes lejanos. Los cuatro estuvieron varios minutos en éxtasis, era algo verdaderamente impresionante.

-Veis como yo tenía razón – comentó Senair - ¿No es este espectáculo algo que queda en el recuerdo?...

-Es verdad, tienes razón, pero... ¿Puedes explicarnos algo sobre esta zona? – preguntó Fran.

-Claro que puedo. Veréis, a esta comarca, la UNESCO le otorgó el reconocimiento de Paisaje Cultural de la Humanidad. ¿Qué os parece?.

-Que está muy bien, nos gusta – respondió Fran - pero según tenemos información, en esta zona se cultiva el tabaco mejor del mundo, ¿No?...

-Y es verdad, estas vegas dan unas cosechas de tabaco de excepcional calidad. ¿Veis aquellas casuchas de allá abajo?. Pues son secaderos de tabaco, bueno de sus hojas – terminó Senair.

Delvia y Fran tomaron multitud de fotos, de los mogotes, del valle, de ellos mismos, hasta casi quedarse sin carretes.

-Guardar algunas fotos para lo que veréis más tarde. Es algo único - comentó Montoya.

-¿Qué os parece si antes de comer visitamos la Cueva del Indio?- Insinuó Senair.

Sus acompañantes afirmaron que era lo más conveniente, así que se dirigieron dando un paseo hasta las estribaciones de un monte algo alejado, allí se encontraba la entrada a la famosa cueva del Indio. Un guía les acompañó para dirigir aquel pequeño grupo. Mientras caminaban, les fue informando que en aquella zona no solo estaba esa cueva, existían muchas más, pero esta era la más conocida, ya que varias expediciones la habían explorado casi en su totalidad. Poco a poco se fueron acercando a la entrada de aquella famosa cueva y el guía les indicó la conveniencia de tomar precauciones cuando entraran, allí había mucha humedad y era fácil resbalar. Aquella angosta entrada les hizo agachar la cabeza, Fran que no tomó las precauciones debidas se dio un buen coscorrón contra una de las rocas del techo.

-¡Ay! Vaya golpetazo que me ha dado en la cabeza – exclamó Fran.

-¿Te has hecho daño? – acudió solícita Delvia.

-No, no ha sido nada, creo que me ha salido un chichón.

Fueron penetrando en el interior y realmente resbalaban por la humedad del suelo y también por la poca luz que no permitía ver por donde pisaban. Al cabo de unos minutos llegaron a una especie de embarcadero. A lo lejos escucharon el ruido de un motor de una lancha que se les acercaba. Pronto estuvo amarrada y el barquero les ordenó que subieran con cuidado. Una vez todos a bordo la lancha se deslizó por la casi oscuridad de aquel lugar, por un canal de aquel río subterráneo y mientras navegaban, el barquero les fue explicando las características de aquella maravilla.

-Ven, la profundidad de estas aguas puede llegar a veces hasta más de 10 metros. - mientras hablaba iba señalando varios lugares con una linterna - Y ahora fíjense en aquella silueta de un indio cacique fumando en pipa, la cabeza de un cocodrilo más allá, aquello parece una botella de champaña, aquello otro la cabeza de un gallo. Vean, vean esas estalagmitas y estalactitas. ¡Cuidado con las cabezas! – exclamó.

Se oyó el ruido de una catarata enorme que caía en uno de los rincones en la oscuridad de la cueva. El ruido era ensordecedor, pero no tuvieron ocasión de poderla contemplar, aquello estaba muy oscuro.

-¡Cuidado con las cabezas! – Repitió riendo el barquero.

Ya tuvieron cuidado los pasajeros, pero así y todo, algún que otro trompazo recibió en su descuidada anatomía alguno de los eventuales marineros de agua dulce. Poco a poco, la lancha se fue deslizando hasta la salida, pudieron ver que la claridad iba aumentando, hasta que de repente, un sol cegador los deslumbró. El lanchero muy satisfecho arrimó la lancha hasta el desembarcadero y los pasajeros pudieron poner pie en tierra firme. Estaban un poco mareados, pero al pisar el suelo, poco después estaban todos bien.

Durante la travesía, todo hay que decirlo, Fran y Delvia no pararon de arrullarse, de unir sus bocas en interminables besos, cosa que aunque ellos imaginaron que no los podían ver, no era así, ante el jolgorio de Senair y Montoya, que de vez en cuando chistaban...

Ya estaban fuera de la cueva, se había hecho tarde, así que se acercaron al coche que los esperaba y se instalaron en él y Senair sugirió.

-Nos podemos ir a comer ¿No?...

-Pues la verdad es que tenemos hambre – respondió Fran - ¿Dónde nos vas a llevar a comer?.

-Os tengo reservada una sorpresa. Veréis, cerca hay un restaurante que conozco, y lo que todos podréis contemplar desde el comedor, es algo que os va a impresionar.

-¿Qué es? – Inquirió Fran.

-Ya lo veréis - ahora vamos a comer.

Era un corto paseo, y desde lejos pudieron contemplar algo que a Fran impresionó. ¡Era el Mural de la Prehistoria!. No tenía palabras para definir aquello, ante las sonrisas de sus acompañantes que sí lo conocían. Mientras colocaban una mesa frente al mural, solicitaron unos mojitos, para acompañar lo que iba a ser la comida. ¡Y qué comida! Criolla por los cuatro costados. Chayotes rellenos, frituras, tostones, plátanos maduros, frú frú de plátanos, fritura de malanga, bocaditos de jamón del diablo, moros y cristianos, mariquitas, un plato a rebosar detrás de otro. Y las bebidas, guarapo de piña, cubas libres, mojitos, y unos daiquiris. Estómagos a reventar y cuando acabaron su yantar, Montoya sacó unos magníficos habanos Cohiba y Montecristo, y aunque Fran usualmente no fumaba, ese día lo hizo. Grandes bocanadas de humo surgían de sus bocas, entre el tabaco y los efluvios del alcohol, Fran estaba en la gloria y esta circunstancia la aprovechó Senair para aproximarse a él con el ánimo de sonsacarle.

-¿Cómo estás, mi amor? – preguntó ella interesada.

-Bien, estoy bien – respondió Fran, aunque en su interior no estaba muy lúcido.

Montoya entre tanto se dedicaba a Delvia, a la que no le desagradaban aquellas atenciones. Pero de reojo miraba a Fran y a su acompañante, sintiendo dentro de ella una cierta rabia. Tuvo que hacer de tripas corazón hasta ver que era lo que iba a pasar.

-Qué dices corazón, ¿Te gusto? – preguntó ansiosa Senair.

-Claro que sí, me gustas mucho, pero tengo que decirte que estoy acompañado – respondió un poco entre nieblas Fran.

-Pero... ¿No me encuentras atractiva?.

-Claro que sí, pero en estos momentos, ante la magnificencia de lo que tengo ante mis ojos, tengo que decirte que...

-¿Qué mi tormento? ¡Me tienes loca desde que te vi!.

Fran, un poco escamado ante aquellas atenciones se volteó hasta donde se encontraba Montoya y exclamó.

-¡Compadre! No ves que se me están comiendo...

Éste se rió, sabía por donde iban los tiros, Senair trataba de conquistarlo con el fin de sonsacarle el porqué de su llegada a La Habana. Y riendo le respondió.

-Aprovéchate hermano, hembra como esa no vas a encontrar.

Ante esas palabras, la furia de Delvia se desató.

-¿Qué quieres decir con eso? ¿Que no hay hembras mejores que esa?, Esa... Tengo que decirte – le escupió – que no hay hembra para mi hombre, que es Fran, mejor que yo.

-Mujer, no te pongas así, eso era un decir. Ya sé que no hay punto de comparación, tu tienes todo cuanto un hombre puede desear, pero Fran ya está advertido de lo que iba a pasar y te sugiero que los dejes tranquilos. Quiero ver que es lo que pasa.

Ante esas palabras, Delvia se tranquilizó, en aquellos momentos tenía el convencimiento de que algo se estaba tramando y muy pronto lo supo. ¡Vaya que lo supo!.

La insistencia de Senair era agobiante con Fran, cuando de repente esta le preguntó.

-Bueno, mi cielo, ¿Tu que tienes que ver con Gabriel?. ¿Cuál es el motivo de tu venida a Cuba?. Nos tienes intrigados...

-Intrigados ¿A quiénes tengo intrigados?...

Ante esta pregunta tan directa, ella no supo que contestar, quedó un poco cohibida y cuando Fran levantándose de su asiento, ciñendo el puro entre sus dedos, le espetó furioso.

-¿Qué sabes tú de mi vida? ¿Sabes quién soy yo?...

Ante esas palabras Senair, no respondió.

-Te voy a decir que soy un español que ama a Cuba, por su carisma, por sus actos, por lo que para España representa. Por si no lo sabes, yo he combatido con cubanos en Angola, por la libertad de ese país, he sido uno más de ellos, he luchado, he padecido, y tuve la oportunidad de ayudar a Gabriel en un momento que él necesitaba ayuda. Nunca me he arrepentido de mis actos y me siento feliz de estar aquí y contar con la amistad de Gabriel – un corto sollozo cortó sus palabras y continuó - ¿Ves las palmas de mis manos? No hay nada, nada secreto, nada de nada, si he venido a Cuba, ha sido para conocer mi patria de adopción. Me siento cubano por los cuatro costados y lamento que “vosotros” – dijo esto con tono sarcástico – hayáis podido pensar que mi visita a Cuba no haya sido para conocer este maravilloso país y no con otro fin.

-Verás Fran – dijo Senair acongojada – yo no sabía esa historia, yo no sabía...

-Pues debieras haberlo sabido. Yo he luchado con vuestra gente en otro país, con tal de que este consiguiera su liberación de un país opresor como era Portugal. He combatido hombro con hombro con jóvenes muy valientes y me enorgullezco de ello. Pero todo aquello tenía que acabar...

-¿Y que pasó? – preguntó un poco cohibida Senair.

-Te lo voy a decir y nunca más lo repetiré. Según “ vosotros” habéis pensado de mí algunas cosas raras. Si Gabriel me está agradecido, es porque en un momento afortunado, yo en Angola, le salvé la vida.

-¿Cómo fue eso? – Insistió entonces Delvia.

-Bueno, en una de las batallas para reconquistar una de las poblaciones importantes de Angola, Sanganga, en el fragor de la batalla en la que parecía que llevábamos la de perder, Montoya estaba entre varios indígenas defendiéndose del ataque de un grupo muy deseoso de sangre. Yo afortunadamente estaba cerca y cuando varios de aquellos salvajes estaban a punto de rematarlo con sus lanzas, me lancé impetuosamente y con varios mandobles de mi ametralladora eliminé a aquellos indígenas que estaban a punto de matar a Gabriel. La lucha siguió pero con menos intensidad, así que lo que hice, para mí no tuvo importancia, salve la vida de un compañero, lo mismo que en las mismas circunstancias otro hubiera salvado la mía ¿No?.

No hubo palabras, en todos aquellos rostros se reflejaba la emoción del momento, pero Senair, en unos instantes insistió con una pregunta.

-¿Qué pasó cuando te hicieron prisionero?¿Dónde te llevaron?

-Bueno es bastante largo de contar, pero para no alargarme mucho te diré, que luego de derrotar al ejército Sudafricano, en su retirada nos aislaron a varios compañeros y nos hicieron prisioneros. Nos llevaron consigo hasta Ciudad del Cabo. Tuve mucha suerte, ya que hablo varios idiomas y también contaba que yo era español. Me acogí a las enmiendas del Pacto de Ginebra, yo era prisionero de guerra y me trataron bastante bien. Luego de unos meses me soltaron y tuve la suerte de poder embarcar como telegrafista en un barco ballenero sueco y luego de un tiempo, pude regresar a España. Y eso es todo.

-Pero ¿No te llevaron a un campo de prisioneros y te interrogaron? ¿No te maltrataron? – volvió a preguntar ansiosa Senair.

-No, no me hicieron nada, Me trataron bien y no me pasó nada.

A Fran le estaba mosqueando tanto interés y enfadado se enfrentó a ella diciendo.

-¿A qué vienen tantas preguntas? ¿Hay algún problema? ¿Me estáis investigando?...

-Bueno, no... – respondió un poco sorprendida Senair por la manera como Fran había contestado – Es qué...

-¿Qué? – pregunto irritado Fran – ¿Hay algo que quieras saber en concreto?.

Y ahora dirigiéndose a Montoya con voz agria le espetó.

-¿Que es lo que está pasando Gabriel? Yo creía que estábamos en una excursión, esto más bien parece un interrogatorio en toda regla.

-Vamos hombre, no te enfades. Verás, todo esto viene por haber habido algunas sospechas, de que alguien transmitió informes sobre nuestras tropas que estaban luchando en Angola. Por lo que ahora hemos sabido no fuiste tu, pero queríamos cerciorarnos de ello. ¡Perdona, hombre, perdona!. Y tu, Senair, deja de importunar a mi amigo Fran, deja el interrogatorio. Bueno, vamos a relajarnos y contemplemos con tranquilidad ese mural que tenemos enfrente. ¿Verdad, que es magnífico?.

Ya más calmados los cuatro, se extasiaron viendo aquel macizo mogote con una altura de 80 m y una anchura de 120 m. Estaban pintadas unas escenas con la evolución biogeológica de la zona, que era una de las más antiguas de Cuba. Escenas de animales prehistóricos, indígenas, aves y otras muchas figuras, todo ello pintado sobre aquella pared del mogote.

La tarde estaba llegando a su fin, era hora de regresar a La Habana, tenían por delante muchos Km que recorrer, así que decidieron regresar a coger el coche y prontamente estuvieron instalados en él. El chofer aceleró y en casi dos horas llegaron al fin a la capital. El ambiente en el interior del vehículo era frío, casi ni se hablaban entre ellos, algo había cambiado y esto había sido debido a la insistencia de Senair de importunar a Fran con tantas preguntas. Cuando llegaron al hotel, se despidieron fríamente y el disgusto de Fran y Delvia era patente, cosa que Montoya quiso quitar hielo y riendo comentó.

-Bueno amigos, ya os llamaré, tenemos que ir abañarnos a Playa Cayo Cocos, os encantará el lugar, veréis que lo pasaremos bien, hasta podremos bucear. ¿Conformes?.

No estaba la pareja para nuevas intentonas de hacer alguna excursión con ellos. Delvia y Fran, estaban disgustados, había sido un final del día bastante desagradable y decidieron rehusar cualquiera otra invitación. Cuando quedaron solos, se sentaron en el Patio Andaluz, y mientras degustaban unos mojitos, conversaron sobre lo sucedido durante el viaje. Una llamada desde recepción les hizo acudir, era Violeta que les informaba sobre la libertad de Jacinto.

-Os he estado llamando varias veces durante el día, luego me he acordado que estabais en Pinar del Río y me imaginaba que habríais regresado, por eso os llamo ahora. Jacinto quiere veros cuanto antes, ¿Qué os parece si vamos a buscaros y cenamos por ahí?.

-Vale, por nosotros conforme ¿Cuándo vendréis?.

-En una hora os recogeremos. Poneros bien guapos los dos. ¡Hasta luego!.

La llamada fue una sorpresa, pero les alegró saber que Jacinto ya estaba libre, tenían muchas cosas de que hablar y cuanto antes mejor. Fueron a la habitación de Fran y aun tuvieron tiempo de hacerse unos arrumacos, luego se ducharon, cambiaron de ropa y seguidamente bajaron al hall a esperar que los recogieran. Fue una alegría para todos ellos, hubo abrazos, parabienes y seguidamente Jacinto sugirió que fueran a casa de Violeta, allí iban a establecer su cuartel general para sus futuras operaciones. Tomaron un taxi y allí se dirigieron, mientras el vehículo se dirigía hasta su destino, fueron intercambiando impresiones pero sin dar detalles, casi toda la conversación versó sobre la salida de Jacinto de la cárcel y cuando llegaron a la casa de Violeta, los cuatro suspiraron, ya estaban en sitio seguro. La anfitriona se apresuró a ofrecerles un aromático café, que todos aceptaron de inmediato y una vez servido, entonces Jacinto tomó la palabra.

-Amigos míos, ha llegado la hora de planificar que es lo que vamos a hacer. Tengo muchas ideas en mente, pero como es natural necesito la cooperación de todos. Sabéis que se han hecho nuevos amigos en quién confiar, y para poder contar con ellos necesitamos la ayuda de Delvia.

-De qué se trata – preguntó esta.

-Pues bien, en la misma celda que estaba yo en la prisión, hice amistad con varios de ellos y necesitamos su ayuda para llevar adelante nuestros planes. Lógicamente ellos están en la cárcel y ahí entras tu. Necesito que entres en el sistema y emitas unas órdenes concretas para que suelten de inmediato a varios de ellos.

-¿Quiénes son? Necesito sus nombres...

-Tranquila mujer, tranquila. Verás, aparte de que puedan salir sin despertar sospechas los que han estado conmigo, necesitamos, que salgan otros muchos de distintas galerías. Con esto se armará una gran confusión y nadie podrá imaginar que es lo que está pasando. En la prisión hay varios módulos, nosotros estábamos en la Galería B y situados en la celda 33, así que si hay 6 módulos y en cada módulo 50 celdas, lo que se debe hacer es que de una forma indiscriminada se liberen una cantidad de ellos. Tu tienes forma de introducirte en los archivos ¿No?.

-Por supuesto que sí, puedo disponer de todos los datos necesarios enseguida.

-Bueno, pues aparte de los de mi celda, puedes ir prorrateando unos de aquí y otros de allá. Lo que sí es imprescindible, es que cuanto antes salga esa gente mucho mejor para todos. Se formará un gran lío y entonces, que todo vuelva a la normalidad. ¿Podrás hacerlo?.

-¡Hombre!, No lo dudes. ¿Cuándo quieres que ponga manos a la obra? – preguntó sonriente Delvia.

-Pues creo que mañana va a ser un buen día. Están programados algunos actos y lo que vamos a hacer los va a desconcertar.

-Vale, vale, entonces mañana dará comienzo la fiesta.

-Está bien. Bueno y ahora hay algo que deseo saber y es conocer lo que Fran ha traído de mis encargos.

-La verdad es que he traído lo que solicitaste y otras cosas – respondió éste.

-Pero le había comentado a Violeta que les explicaras el uso de cada cosa a ellas.

-Ya lo sé, pero hemos estado ocupados. Sabrás que hemos ido con Montoya a varios sitios y prácticamente no hubo tiempo de poder explicar todo. Así que hemos preferido aguardar hasta tu salida para hacerlo.

-Vale, me parece bien. Quisiera que ahora que estamos los cuatro, explicaras con algo de detalle la utilización de cada aparato – apuntó Jacinto.

-Está bien. Al principio parece complicado pero en realidad no lo es. Son aparatos muy sencillos y puedo asegurarte de una gran fiabilidad. La diversidad de cada uno de los componentes, puede garantizar el éxito, los he preparado de una gran facilidad de manejo y... prestad atención – precisó Fran.

Guardó unos segundos de silencio para que su auditorio prestara toda su atención y siguió.

-Tenemos por ejemplo un detector viral, esto puede parecer una tontería, pero nos puede ayudar a detectar si nos están investigando. Otro es un transmisor de pila – botón, también hay un transmisor a móvil con tarjeta de móvil, un transmisor de frecuencia, una cámara de botón, un inhibidor de frecuencia de celulares, un cambiador de voz, un estetoscopio para escuchar a través de las paredes, varios bolígrafos micrófono, unas micro-bobinas de alta intensidad y alto voltaje, en fin todo lo que pediste. Estamos preparados para cualquier emergencia ¿No?.

-La verdad es que sí. Ahora lo que nos hace falta es ubicar cada uno de estos aparatos en su lugar - respondió entusiasmado Jacinto.

-No hay problema. Ahora no es el momento de dar una explicación del funcionamiento de cada uno de ellos, pero puedo aseguraros que no van a fallar nunca.

-Pero... – comentó Jacinto – faltan algunas cosas ¿No?.

-Claro que sí, pero aunque he traído algunas muestras, ahora necesitaremos de la habilidad de Violeta para tener todo lo que necesitamos.

-¿Cómo por ejemplo? – preguntó esta con curiosidad.

-Sprays adormecedores, que pueden ser de Malonotrilo, o bien de gas paralizante, o de incapacitantes físicos, que pueden ser de Benzilato de metilo, en fin, según con los productos básicos que aquí podáis conseguir.

-Bueno, ya veremos, por lo menos tenemos una idea de que todo, por lo menos en mente, lo tenemos todo controlado. Vamos a tener éxito ¡Ya veréis!

Los cuatro rieron satisfechos de todo lo que pretendían hacer, pero... siempre hay un pero. ¿Podrían conseguir todo lo que necesitaba?. No las tenían todas consigo, estaban llegando muy lejos y no se podían volver atrás. Entonces Fran preguntó muy interesado.

-Bueno, ¿Y cuál es el plan?.

Ante esta pregunta Jacinto se encontró en la disyuntiva de exponer claramente cuáles eran sus propósitos o de guardarlos para sí. Decidió, dar algunos detalles pero no todos, ese era su gran secreto.

-En principio, durante mi encierro he estado maquinando cosas absurdas, unas y otras las fui desechando, y he llegado a la conclusión de que hemos de hacer algo para despertar la conciencia de nuestra gente y que de una vez por todas decidan hacer algo.

-¿Cómo qué? – preguntó interesada Violeta.

-Esto no funciona, estamos en esta situación desde hace muchos años y no tiene visos de acabar nunca, así, que nosotros debemos ser el acicate que mueva un pronto cambio a esta situación.

-Pero... ¿No es eso una misión imposible?- Respondió Fran.

-Imposible no, pero hay que tener arrestos para provocar una reacción en cadena para que esto cambie.

-Bueno, ¿Qué es lo que sugieres? – Inquirió Fran.

Jacinto quedó vacilando unos instantes y al final habló con voz firme.

-He estado pensando un plan, un gran plan. Pienso que va a salir bien, pero... Vuelvo a deciros que nos falta gente, por eso he pensado, que para distraer las suspicacias que pueden generarse con la liberación de unos presos determinados, hemos de crear la confusión, el caos y ahí entra Delvia. Quiero concretar, que principalmente debes introducir en el sistema unas órdenes de liberación de un grupo ingente de presos. Principalmente, mi grupo de adeptos. ¡Toma nota!, Orlando Arencibia, Raúl Zapata, José Morante, Guillermo Cortazar, José Ladrían, Manuel Gracia y Roberto Fraga. Estos siete los he elegido por tener unas características especiales. Confío en ellos y los necesitamos.

-Bueno, eso estará enseguida hecho – respondió Delvia - ¿Para cuando?.

-Pues ya. Cuanto antes mejor. Debemos tenerlos a nuestro lado para entre todos elaborar el plan maestro. ¿No te parece?.

-Vale, vale, no digas más. Dentro de un rato, daré comienzo a la liberación de todos tus amigos y de otros reclusos.

La cara de contento de los cuatro no tenía límites, estaban en la onda, no les importaban las dificultades, ni los peligros que iba a entrañar aquella aventura... Realmente no era una aventura, podría ser el comienzo de una nueva revolución y todos, aunque nadie dejaba traslucir su preocupación, estaban preocupados. Se jugaban mucho, pero todos ellos pensaban que valía la pena arriesgar su libertad para dar comienzo a una nueva era en aquel país tan oprimido, tan silenciado, tan opresivo, por las férreas manos del incómodo vecino del Norte. Y aquel minúsculo grupo, tenía el convencimiento de que todo iba a salir bien, confiaban de que fuera así y entonces, comenzó todo...


 

 


  Obras de este autor

Intriga en La Habana

· Capítulo I
· Capítulo II
· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII
· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X
· Epílogo


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  Autores

  · Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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